Apolonia es una de esas ruinas que uno visita pensando en otra ciudad. Fue el puerto de Cirene, la gran metrópoli griega del interior, y durante más de mil años cumplió esa función discreta: recibir barcos, exportar el silfio y el aceite de la meseta cirenaica, y servir de puerta al Mediterráneo. Pero con el tiempo Apolonia dejó de ser un simple anexo portuario y se convirtió en una ciudad por derecho propio, hasta llegar a ser, bajo el nombre bizantino de Sozusa, la capital de toda la provincia.
Hoy el yacimiento se extiende junto al pueblo moderno de Susa, con el mar entrando y saliendo entre columnas caídas: un tramo importante del puerto antiguo quedó sumergido por el lento hundimiento de la costa cirenaica desde la Antigüedad, así que buena parte de la Apolonia helenística se explora, literalmente, con la vista puesta en el fondo del agua. En tierra firme sobreviven un teatro griego de veintiocho gradas, tres basílicas paleocristianas y los restos de un palacio bizantino de más de cien habitaciones.
Esta página describe ese patrimonio con el detalle que merece. Pero hay que decirlo con la misma claridad con la que se cuenta la historia: Libia está en nivel 4, «No viajar», para prácticamente todas las cancillerías occidentales, y la Cirenaica —donde está Apolonia— exige además un permiso de entrada específico y una inestabilidad propia que se suma a la del resto del país.
Apolonia nació hacia el siglo VII a.C. como puerto de Cirene, la colonia fundada por griegos de Tera apenas veinte kilómetros tierra adentro. Durante siglos fue la salida al mar de esa gran ciudad, el punto de embarque del preciado silfio cirenaico, hasta que en época helenística tardía se independizó como polis propia. Los romanos la integraron a la provincia de Creta y Cirenaica, y bajo el Imperio bizantino, ya con el nombre de Sozusa, alcanzó su mayor peso político: en el siglo VI d.C. llegó a ser, según distintas fuentes, capital de la provincia de Libia Superior o Pentapolitana, con un palacio ducal de más de cien habitaciones excavado entre 1959 y 1962. El terremoto y maremoto de Creta del 365 d.C. dañó gravemente la ciudad y su puerto, que desde entonces se hunde lentamente bajo el mar por el basculamiento de la costa cirenaica. La conquista árabe de 643 d.C. puso fin a la vida urbana; el asentamiento moderno de Susa se desarrolló siglos después junto a las ruinas.
Leer la historia completa ↓La mitad griega de Libia: la Pentápolis fundada por colonos de Tera, la cuna de la resistencia contra Italia y la meseta más verde del país, hoy también el centro de la administración rival del este libio.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Cuando los colonos de la isla de Tera fundaron Cirene, hacia el 631 a.C., eligieron un emplazamiento en altura, a unos 20 kilómetros de la costa, protegido y fértil, pero sin salida directa al mar. La solución fue casi inmediata: en la costa más cercana se levantó un puerto que sirviera de vínculo con el Mediterráneo, la vía por la que llegaban colonos, mercancías y noticias del mundo griego, y por la que salía la gran exportación cirenaica, el silfio, una planta hoy extinta cuyo valor comercial fue comparable al de las especias más caras de la Antigüedad.
Ese puerto fue Apolonia, cuyo nombre honra a Apolo, la divinidad protectora de Cirene y de toda la colonización griega en la región. Durante los siglos siguientes, Apolonia funcionó administrativamente como una dependencia de Cirene, sin autonomía política propia: era el brazo marítimo de una ciudad cuya riqueza y prestigio se decidían en la meseta, no en la costa.
Esa subordinación, sin embargo, no impidió que el asentamiento creciera con fuerza propia. Su posición en una ensenada natural, protegida y con fondeadero seguro, la convirtió en un nudo de tráfico marítimo constante, y hacia el período helenístico su población y su infraestructura urbana ya rivalizaban en tamaño con las de otras ciudades de la Pentápolis cirenaica —el conjunto de las cinco grandes ciudades griegas de la región—.
En algún momento de la época helenística tardía, probablemente entre los siglos II y I a.C., Apolonia dejó de ser una simple dependencia administrativa de Cirene y se constituyó como polis independiente, con instituciones y gobierno propios. Es en ese período cuando se construye el gran teatro griego de veintiocho gradas frente al mar, uno de los edificios de espectáculos mejor conservados de toda la Cirenaica y prueba tangible de que la ciudad ya tenía vida cultural e institucional propia.
Cuando Roma incorporó la Cirenaica a su órbita —formalmente como provincia desde el 74 a.C., unida después a Creta—, Apolonia mantuvo su papel de puerto principal de la región, ahora integrada en las rutas comerciales del Mediterráneo romano. La ciudad recibió el equipamiento típico de una urbe próspera del Imperio: termas de dimensiones considerables, un sistema de murallas reforzado, viviendas con mosaicos y una necrópolis extramuros con tumbas excavadas en la roca según la costumbre grecorromana.
El gran teatro sufrió en esta época una transformación reveladora: fue remodelado bajo el emperador Domiciano, a fines del siglo I d.C., para permitir la celebración de combates de gladiadores, una adaptación habitual en los teatros griegos del Imperio, que documenta hasta qué punto Apolonia había asimilado las costumbres de espectáculo público romanas sin perder su fábrica arquitectónica original griega.
La transformación más decisiva de la historia de Apolonia llegó con el Imperio bizantino, cuando la ciudad cambió su nombre a Sozusa —«la que salva» o «la salvada», en referencia probablemente a un culto cristiano de salvación— y experimentó un auge administrativo sin precedentes. Hacia el siglo VI d.C., bajo el reinado de Justiniano o poco antes, Sozusa llegó a ser, según las fuentes, capital de la provincia de Libia Superior o Libia Pentapolitana, desplazando en ese papel a otras ciudades de mayor tradición como Cirene o Tolemaida.
La prueba material de ese peso político es el llamado Palacio del Duque, la residencia del gobernador provincial, con más de cien habitaciones identificadas por las excavaciones del arqueólogo británico Richard Goodchild entre 1959 y 1962. Es uno de los edificios administrativos bizantinos mejor documentados de todo el norte de África, y su tamaño da la medida de la importancia que la ciudad había alcanzado.
En paralelo, la cristianización de Apolonia-Sozusa avanzó con rapidez: la ciudad llegó a tener al menos tres grandes basílicas —conocidas hoy como la Iglesia Central, la Iglesia Oriental y la Iglesia Occidental—, cada una con su propia planta de tres naves, columnatas y pavimentos, un número de templos cristianos notable para una ciudad de su tamaño y que confirma su papel como sede episcopal de cierta relevancia dentro de la jerarquía eclesiástica de la Pentápolis.
El 21 de julio del 365 d.C., un terremoto de magnitud extraordinaria con epicentro cerca de Creta generó un maremoto que devastó las costas de todo el Mediterráneo oriental, desde Alejandría hasta Grecia. Apolonia, expuesta directamente al mar, sufrió daños severos en su puerto y en buena parte de su trama urbana costera; el propio Amiano Marcelino, historiador romano contemporáneo, describió el fenómeno como un cataclismo que devolvió el mar a tierra firme y luego lo arrastró de vuelta con violencia devastadora.
A ese golpe puntual se sumó un proceso geológico mucho más lento pero igual de decisivo: el basculamiento tectónico de la costa de la Cirenaica, que desde la Antigüedad viene hundiendo gradualmente el litoral en esta zona. El resultado, documentado por la arqueología subacuática, es un desnivel de unos 3,7 a 3,8 metros entre las estructuras portuarias antiguas y el nivel del mar actual: buena parte del puerto helenístico y romano de Apolonia quedó, literalmente, bajo el agua, en un estado de conservación que la convierte en una de las referencias mundiales de arqueología portuaria submarina.
La ciudad se recuperó parcialmente de esos daños y mantuvo actividad durante todo el período bizantino, pero el golpe final llegó con la conquista árabe de la Cirenaica, completada hacia el 643 d.C. Tras la caída del dominio bizantino, la vida urbana organizada de Apolonia-Sozusa cesó de forma progresiva en las décadas siguientes, y el sitio quedó reducido a un despoblado que solo mucho después, ya en época moderna, dio lugar al pueblo pesquero de Susa junto a las ruinas.
El interés arqueológico moderno por Apolonia se consolidó a mediados del siglo XX, en el marco de las grandes campañas británicas e italianas que documentaron sistemáticamente las ciudades de la Cirenaica bajo administración colonial y, después, bajo el reino de Libia independiente. El arqueólogo británico Richard Goodchild dirigió entre 1959 y 1962 la excavación del Palacio del Duque, uno de los trabajos de referencia sobre la administración bizantina en el norte de África.
El aporte más singular, sin embargo, llegó del mar. En 1958 y 1959, el investigador de la Universidad de Cambridge Nicholas Flemming realizó un levantamiento sistemático de las estructuras portuarias sumergidas frente a Apolonia, produciendo mapas detallados de muelles, rompeolas y edificaciones bajo el agua. Ese trabajo pionero de arqueología subacuática documentó con precisión el hundimiento tectónico de la costa cirenaica y convirtió a Apolonia en un caso de estudio internacional sobre cambios del nivel del mar en la Antigüedad.
A ese trabajo de campo se sumó la creación del Museo de Susa, que reúne los materiales recuperados en las distintas campañas de excavación —cerámica, inscripciones, elementos arquitectónicos— y que, junto con las ruinas al aire libre, permite reconstruir la secuencia completa de la ciudad, desde el puerto griego original hasta la capital provincial bizantina. Como el resto del patrimonio libio, el estado actual de conservación y de acceso al sitio y al museo no es plenamente verificable en el contexto del conflicto que atraviesa el país desde 2011, aunque no consta que Apolonia haya sufrido daños directos por combates.