Hay lugares que parecen demasiado increíbles para ser reales, y el Pelican Bar de Jamaica es uno de ellos: una rústica choza de madera, bambú y techo de palma levantada sobre pilotes en medio del mar, sobre un banco de arena, a un kilómetro de la costa sur de la isla. Para llegar hay que tomar un bote y navegar mar adentro, hasta que en el horizonte aparece esta cabaña solitaria rodeada de agua turquesa, como un espejismo flotante.
Conocido oficialmente como Floyd's Pelican Bar, este bar nació del sueño de un pescador local, Floyd, que quiso construir un lugar propio donde tomar algo en medio del mar. Lo que empezó como una ocurrencia se transformó en uno de los íconos más fotografiados y queridos de la costa sur jamaicana, un sitio donde el tiempo se detiene: pescado fresco a la parrilla, una cerveza fría o un ron, los pies en el agua, el sol y el mar por todas partes, y la posibilidad de nadar y hacer snorkel alrededor de los pilotes.
El Pelican Bar es el broche perfecto de un recorrido por el sur tranquilo y auténtico de Jamaica, esa Jamaica de pueblos pesqueros, naturaleza y ritmo pausado que contrasta con los resorts de la costa norte. Esta guía recorre lo esencial de la experiencia con mirada práctica y cálida: cómo llegar, qué esperar, qué combinar y cómo disfrutar con sentido común de uno de los bares más singulares del mundo.
El Pelican Bar (Floyd's Pelican Bar) es una creación relativamente reciente, fruto de la iniciativa de un pescador local llamado Floyd Forbes. Según la historia que se cuenta en la zona, Floyd concibió la idea a comienzos de los años 2000 (las fuentes suelen situar su construcción hacia 2001) de levantar un bar sobre un banco de arena en medio del mar, frente a la costa de Parottee, en Saint Elizabeth, como un lugar para que los pescadores y, luego, los visitantes pudieran tomar algo y descansar en pleno Caribe. Construido de forma artesanal con madera, bambú, postes y techo de hojas de palma, el bar se hizo famoso por su ubicación insólita y su ambiente único, y se convirtió en una atracción turística de la costa sur. A lo largo de los años, el Pelican Bar ha sido dañado y reconstruido varias veces tras el paso de huracanes (un riesgo inherente a su exposición en medio del mar): el huracán Iván en 2004 y, más recientemente, el huracán Melissa en octubre de 2025, que lo arrasó por completo; en ambos casos Floyd y la comunidad lo levantaron de nuevo, y a comienzos de 2026 volvió a reabrir, demostrando la tenacidad de su dueño y de la comunidad. Hoy es un símbolo de la costa sur jamaicana y un ejemplo del espíritu emprendedor y relajado de la región. Su historia, breve pero entrañable, está ligada a la cultura pesquera de Saint Elizabeth y al turismo de bajo perfil que caracteriza esta parte de la isla. La historia completa está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓La tranquila y árida costa sur de Jamaica: tierra de Black River —primera ciudad del país con electricidad, en 1893— y sus safaris entre cocodrilos, de Treasure Beach y su turismo comunitario, del icónico Pelican Bar levantado sobre el mar, de las cascadas de YS Falls y de los cimarrones de Accompong. La cara más auténtica y relajada de la isla.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
El Floyd's Pelican Bar es, quizás, una de las construcciones más improbables y entrañables del Caribe: una cabaña de madera rústica, hecha de tablones, mangle y techo de palma, levantada sobre pilotes en medio del mar, a casi un kilómetro de la costa de Saint Elizabeth, en el sur de Jamaica. No está en una playa ni en un muelle: está literalmente plantada sobre un banco de arena somero (un 'sandbar') que, con la marea baja, queda casi a la altura del agua, de modo que el bar parece flotar en mitad del océano.
Para llegar hay que tomar un bote desde la costa —generalmente desde Parottee Point, cerca de Black River, o desde Treasure Beach—, en un trayecto de unos quince a treinta minutos sobre aguas turquesas y poco profundas. Una vez allí, el plan es simple y perfecto: una cerveza Red Stripe bien fría o un ron con jugo, pescado fresco asado a la parrilla, los pies en el agua y un horizonte de mar abierto en todas direcciones. Muchos visitantes nadan alrededor de la estructura o simplemente se quedan tomando sol sobre el banco de arena.
El lugar se ha convertido en un ícono de la costa sur jamaicana, mucho menos turística y más auténtica que los grandes polos del norte como Montego Bay u Ocho Ríos. Su encanto está justamente en lo precario y lo improvisado: cada tablón parece colocado a mano, las paredes están cubiertas de banderas, billetes y mensajes dejados por viajeros de todo el mundo, y la sensación general es la de haber llegado a un rincón secreto del Caribe.
La historia del Pelican Bar es la de un sueño personal. Su creador, un pescador local llamado Floyd Forbes, pasaba largas horas faenando sobre los bancos de arena frente a la costa de Saint Elizabeth. Según la versión más repetida, hacia fines de los años noventa tuvo la idea —se dice que incluso la soñó— de construir un pequeño bar allí mismo, sobre el agua, donde otros pescadores y, con el tiempo, los viajeros pudieran detenerse a descansar, comer algo y tomar una cerveza en medio del mar.
Forbes levantó la primera estructura con sus propias manos, usando madera, postes clavados en el fondo arenoso y techo de palma, en un proceso que fue creciendo de a poco. El bar abrió alrededor del año 2001 (algunas fuentes lo sitúan un par de años antes o después, ya que se trata de una construcción artesanal sin fecha oficial). El nombre rinde homenaje a los pelícanos que sobrevuelan la zona y se zambullen en busca de peces, una imagen cotidiana en ese tramo de costa.
Con los años, el boca a boca y las fotos de viajeros convirtieron a este rincón improvisado en una parada célebre del sur de Jamaica, recomendada en guías y reseñas como una experiencia imperdible. A pesar de su fama creciente, el Pelican Bar conservó su espíritu sencillo y familiar, ligado a la figura de Floyd y a la comunidad pesquera de la zona.
La vida de una construcción de madera plantada en mitad del mar está, por definición, expuesta a la furia del Caribe. En septiembre de 2004, el huracán Iván —uno de los ciclones más destructivos que azotaron Jamaica en décadas— pasó muy cerca de la isla y devastó el Pelican Bar, que quedó prácticamente destruido por el oleaje y el viento. Fue apenas unos tres años después de que Floyd Forbes levantara la primera plataforma, y muchos pensaron que ese sería el final de la historia.
Lejos de rendirse, Forbes reconstruyó el bar dentro del mismo año, pieza por pieza, con la ayuda de la comunidad y de vecinos y comerciantes que juntaron dinero para rehacerlo. Esa capacidad de resurgir tras las tormentas se volvió parte de su leyenda: el Pelican Bar es una estructura viva, que se repara y se rehace cada vez que el mar la castiga, lo que en cierto modo refuerza su carácter de obra artesanal en permanente construcción.
La reconstrucción de 2004 no fue la única vez que el bar tuvo que reponerse a los embates del clima; las temporadas de huracanes del Caribe son un riesgo constante para cualquier construcción costera, y más aún para una levantada sobre el agua. Durante casi dos décadas el Pelican Bar resistió temporal tras temporal —incluido el huracán Beryl en 2024—, hasta que un golpe mucho mayor puso a prueba, otra vez, la tenacidad de Floyd y de toda la comunidad de Parottee.
En octubre de 2025, el huracán Melissa golpeó con extrema violencia el suroeste de Jamaica, una de las zonas más castigadas de la isla. La parroquia de Saint Elizabeth y la comunidad pesquera de Parottee quedaron devastadas, y el Floyd's Pelican Bar —que había sobrevivido incluso al huracán Beryl el año anterior— fue arrasado por completo: el mar borró casi por entero la cabaña sobre pilotes, dejando poco más que algunos postes clavados en el banco de arena.
Para Floyd Forbes y para las decenas de familias de boteros, pescadores y trabajadores que viven del bar, la pérdida fue durísima. Pero, fiel a la historia del lugar, la reconstrucción se convirtió en una empresa colectiva. A lo largo del verano boreal de 2025-2026, con el esfuerzo del propio Floyd, de la comunidad y de visitantes y donantes conmovidos por la desaparición de uno de los íconos de Jamaica, el Pelican Bar volvió a levantarse tablón por tablón sobre el mismo banco de arena de siempre.
A comienzos de 2026, la prensa jamaicana celebró lo que llamó 'la gran resurrección': el Pelican Bar reabrió tras los daños de Beryl y, sobre todo, de Melissa, recuperando su pulso y, con él, la esperanza de una comunidad cuyo sustento depende en buena medida de este rincón insólito. Su reapertura no fue solo la de un bar turístico, sino la de un símbolo de resiliencia del sur jamaicano. Antes de viajar conviene, de todos modos, confirmar el estado de los accesos y de los operadores de la zona de Black River y Parottee, que todavía se estaban recuperando del huracán.
Con el correr de los años, el Floyd's Pelican Bar pasó de ser un capricho de pescador a convertirse en uno de los símbolos de la costa sur de Jamaica, esa Jamaica menos conocida y más genuina que se extiende por las parroquias de Saint Elizabeth y Westmoreland, lejos del circuito masivo de resorts del norte. El bar encarna a la perfección la filosofía del 'irie' y del ritmo pausado caribeño: nada de apuro, los pies en el agua y la vida que transcurre al compás del mar.
El lugar aparece hoy en innumerables listas de 'bares más insólitos del mundo' y de experiencias imperdibles del Caribe, y atrae a viajeros de todas partes que llegan en bote para tomar algo, comer pescado fresco y nadar en aguas cristalinas. Buena parte de su pesca y de su comida proviene del mar que lo rodea, lo que mantiene su vínculo original con la actividad pesquera de la zona.
El Pelican Bar también se integra a un circuito natural y cultural más amplio del sur jamaicano: las excursiones en bote por el Black River y sus manglares con cocodrilos, las cataratas de YS Falls, la comunidad bohemia de Treasure Beach y los acantilados de Lovers' Leap. Visitarlo es asomarse a esa otra cara de Jamaica, más tranquila, comunitaria y conectada con la naturaleza, donde una cabaña de madera sobre el mar puede convertirse en leyenda.