Corfú no se parece al resto de Grecia, y esa es justamente su gracia. Mientras casi todas las islas griegas pasaron cuatro siglos bajo el Imperio otomano, Corfú y el resto de las Jónicas estuvieron cuatro siglos bajo Venecia, y nunca cayeron ante los turcos. El resultado es una isla que huele a Italia: callejones estrechos con ropa tendida entre balcones, iglesias con campaniles venecianos, soportales franceses donde tomar un café, fortalezas coronando el mar y una Ciudad Vieja tan bella que es Patrimonio Mundial de la Unesco. A eso se suma un manto verde de olivos y cipreses que cubre montañas y bahías de agua turquesa.
La isla fue refugio de emperatrices y káiseres —la Sissi austríaca se hizo construir aquí el palacio Achilleion— y escenario de la infancia mágica que Gerald Durrell narró en 'Mi familia y otros animales'. Hoy combina ese pasado cosmopolita con playas para todos los gustos: las calas dramáticas de Paleokastritsa, las curiosas formaciones del Canal d'Amour en Sidari, el ambiente de fiesta del sur y calas tranquilas en el norte, bajo el monte Pantokrator. Corfú es a la vez cultura, historia y mar, sin tener que elegir.
Esta guía recorre Corfú con mirada práctica y cálida: cómo moverse por la Ciudad Vieja y sus dos fortalezas, cuándo y cómo visitar el Achilleion, dónde están las mejores playas, cómo llegar en ferry desde Italia o Albania y cómo aprovechar la isla como puerta a las Jónicas. Corfú premia tanto al que busca ruinas venecianas y museos como al que solo quiere una taberna con vista al mar y un vaso de kumquat, el licor local hecho con una naranja enana traída por los británicos.
Colonizada por los corintios en el siglo VIII a.C. como Kérkyra, la isla ya aparece en la Odisea como la tierra de los feacios que acogieron a Ulises. Fue bizantina durante siglos, pero su destino se selló en 1386, cuando se entregó a la República de Venecia: cuatro siglos (hasta 1797) que la marcaron para siempre y durante los cuales resistió repetidos asedios otomanos sin caer jamás, algo único en Grecia. Tras un breve paso de la Francia napoleónica llegó la efímera República Septinsular (1800), primer Estado griego semiindependiente de la era moderna, y luego el protectorado británico (1815-1864), que dejó palacios, acueductos, caminos y hasta el cricket. En 1864 las Jónicas se unieron a Grecia. En junio de 1944, los nazis deportaron a casi toda la comunidad judía de Corfú a Auschwitz. La historia completa está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓Las islas del oeste que nunca fueron otomanas: cuatro siglos de dominio veneciano, la efímera República Septinsular, el protectorado británico y la unión con Grecia en 1864, marcadas por una cultura ítalo-griega singular y por el terremoto de 1953 que arrasó Cefalonia y Zakynthos.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Corfú entra en la historia por la puerta del mito. Para los antiguos, esta isla verde frente a la costa del Epiro era Esqueria, la tierra de los feacios: el pueblo hospitalario que, según la Odisea, acogió a Ulises náufrago y desnudo, lo agasajó en la corte del rey Alcínoo y la princesa Nausícaa, y lo devolvió por fin a su Ítaca en un barco mágico. La tradición local incluso identifica la islita de Pontikonisi, frente a Kanoni, con ese barco petrificado por Poseidón. Mito o no, la Odisea revela que ya en época homérica el nombre de la isla resonaba en el mundo griego.
La historia documentada empieza en el siglo VIII a.C., cuando colonos de Corinto fundaron aquí la ciudad de Kérkyra (hacia 734 a.C.), uno de los asentamientos griegos más antiguos y prósperos del Adriático. Situada en una posición estratégica en la ruta marítima entre Grecia e Italia, Kérkyra creció rápido, desarrolló una flota poderosa y llegó a rivalizar con su propia metrópoli. El enfrentamiento entre Corinto y Corcira por la colonia de Epidamno, hacia el 435 a.C., fue una de las chispas que encendieron la Guerra del Peloponeso, según narra Tucídides: la isla se alió con Atenas y quedó atrapada en el gran conflicto que desangró a Grecia.
De aquella época clásica sobreviven restos arqueológicos en la zona de Paleópolis y Mon Repos, incluidos templos arcaicos y el célebre frontón de la Gorgona del templo de Artemisa, hoy en el museo arqueológico. Tras la decadencia de las ciudades griegas, Corfú pasó a manos de los romanos en el siglo II a.C. y, con la partición del Imperio, quedó integrada en el mundo bizantino, del que formó parte durante casi mil años, expuesta a las incursiones de godos, normandos y piratas.
Aquí está la clave para entender Corfú y todas las Jónicas, y lo que las separa del resto de Grecia. Mientras la práctica totalidad del mundo griego caía bajo el Imperio otomano tras la toma de Constantinopla en 1453 y quedaba cuatro siglos bajo dominio turco, las siete islas del Jónico siguieron otro camino: quedaron bajo la República de Venecia. Corfú se entregó a la Serenísima en 1386, buscando protección, y permaneció veneciana hasta 1797, más de cuatro siglos. Ese hecho, único en Grecia, explica por qué Corfú parece más italiana que griega.
Venecia hizo de Corfú un bastión militar de primer orden, la llave del Adriático. Levantó y reforzó las dos grandes fortalezas que todavía dominan la ciudad, y con ellas la isla resistió repetidos y feroces asedios otomanos sin caer jamás: en 1537, en 1571 y sobre todo en el gran asedio de 1716, cuando las tropas turcas desembarcaron y sitiaron la ciudad. La defensa, dirigida por el conde alemán Johann Matthias von der Schulenburg al servicio de Venecia, resistió contra todo pronóstico hasta que los turcos se retiraron. Corfú fue celebrada en toda Europa como el baluarte que frenó la expansión otomana hacia occidente; el compositor Antonio Vivaldi llegó a componer un oratorio en honor de aquella victoria.
El legado veneciano va mucho más allá de las murallas. Venecia dio a Corfú su idioma administrativo (durante siglos se habló y escribió en véneto e italiano), su arquitectura de callejones altos y coloridos, su música, su gastronomía única en Grecia (la pastitsada, el sofrito) y hasta su paisaje: para asegurarse el aceite, los venecianos incentivaron con primas la plantación de olivos, y así se cubrieron las montañas de la isla con los más de tres millones de olivares que aún hoy la caracterizan. La nobleza local se organizó al modo veneciano, con su Libro de Oro, y la ciudad se convirtió en un refinado centro cultural. Cuando el resto de Grecia vivía bajo el yugo otomano, Corfú era una ciudad europea, católica y ortodoxa a la vez, abierta al Adriático.
El fin de Venecia arrastró a Corfú a la vorágine europea. En 1797, el tratado de Campoformio con que Napoleón liquidó la República de Venecia entregó las Jónicas a la Francia revolucionaria. Los franceses gobernaron apenas dos años, pero dejaron huella: abolieron los privilegios feudales, quemaron el Libro de Oro de la nobleza, plantaron el árbol de la libertad y comenzaron a construir el Liston, la elegante hilera de soportales que imita la calle de Rivoli de París y que hoy es el salón al aire libre de la ciudad.
En 1799, una flota conjunta ruso-otomana expulsó a los franceses, y en 1800 nació un experimento notable: la República Septinsular (Repubblica Settinsulare), el primer Estado griego semiindependiente de la era moderna, formado por las siete islas jónicas bajo protección nominal del zar de Rusia y del sultán otomano, con Corfú como capital. Duró poco —el Tratado de Tilsit de 1807 devolvió las islas a la Francia napoleónica—, pero fue un anticipo de la idea de un Estado griego propio, décadas antes de la independencia del país.
Tras la caída de Napoleón, el Congreso de Viena de 1815 puso las Jónicas bajo protectorado británico, con el nombre de Estados Unidos de las Islas Jónicas. Durante medio siglo (1815-1864), los británicos gobernaron con mano firme desde Corfú a través de un alto comisario, y dejaron una impronta muy visible: construyeron el Palacio de San Miguel y San Jorge, la villa de Mon Repos, un sistema de acueductos, buena parte de la red de caminos que aún se usa, edificios neoclásicos y hasta costumbres tan británicas como el cricket, que todavía se juega en la explanada, o el ginger beer local (tsitsibira). Pero el sentimiento nacional griego crecía, y en 1864, como gesto hacia el nuevo rey Jorge I de Grecia, Gran Bretaña cedió las Jónicas al reino griego. El 21 de mayo de 1864, Corfú y sus islas hermanas se unieron por fin a Grecia.
Ya griega, Corfú vivió el siglo XX entre la luz y la sombra. En 1923 sufrió un breve bombardeo y ocupación por la Italia de Mussolini durante el llamado incidente de Corfú, resuelto por presión internacional. En los años treinta, la isla conoció un episodio literario que la haría famosa en todo el mundo: la familia inglesa Durrell se instaló allí entre 1935 y 1939. El joven naturalista Gerald Durrell inmortalizó aquella infancia paradisíaca entre bichos, tabernas y personajes excéntricos en 'Mi familia y otros animales', y su hermano, el escritor Lawrence Durrell, retrató la isla en 'Prospero's Cell' desde la Casa Blanca de Kalami. Sus libros —y la serie de televisión 'Los Durrell'— siguen atrayendo visitantes que buscan la Corfú luminosa y bohemia de entreguerras.
La Segunda Guerra Mundial trajo el desastre. Tras la invasión de Grecia, la isla fue ocupada primero por los italianos y, tras la capitulación de Italia en septiembre de 1943, por los alemanes, en medio de duros combates que causaron destrucción e incendios en la ciudad. Pero el capítulo más oscuro llegó en junio de 1944. Corfú albergaba una antigua y numerosa comunidad judía, de raíces romaniotas e italianas, con dos sinagogas y unos 2.000 miembros que vivían en el barrio judío (la Evraiki), junto a la Fortaleza Nueva.
El 9 de junio de 1944, apenas cuatro meses antes de que los alemanes se retiraran de Grecia, las autoridades nazis ordenaron a todos los judíos de la isla concentrarse en la plaza principal de la ciudad vieja y los encerraron en la Fortaleza Vieja. Entre el 11 y el 15 de junio, cerca de 1.800 hombres, mujeres y niños fueron embarcados en tres barcos rumbo al continente y de allí, en tren, deportados al campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau. Casi ninguno regresó. Unos 200 corfiotas judíos lograron salvarse escondidos por familias cristianas de la isla. Aquella deportación borró de un golpe a una comunidad que había vivido en Corfú durante siglos; hoy una pequeña comunidad, una sinagoga superviviente y varios memoriales mantienen viva su memoria.
Tras la guerra y la posguerra, Corfú se reinventó como uno de los grandes destinos turísticos del Mediterráneo. Desde los años sesenta, la belleza de sus playas, su clima y su patrimonio atrajeron a viajeros de toda Europa, y el turismo se convirtió en el motor de la isla, junto al aceite de oliva y los cultivos tradicionales. Hoy conviven la Corfú de los resorts del norte y el sur —a veces demasiado masificada en pleno verano— con la Corfú culta y elegante de la capital.
En 2007, la Ciudad Vieja de Corfú fue inscrita en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco, un reconocimiento a ese conjunto urbano único que resume seis siglos de historia veneciana, francesa, británica y griega en un mismo casco. Pasear por sus kantoúnia, tomar un café bajo los soportales del Liston, subir a las fortalezas al atardecer o escuchar a las bandas filarmónicas (una tradición local heredada de la época jónica) que tocan en la explanada es tocar esa herencia con las manos.
Corfú es, además, la puerta natural de las Islas Jónicas y un cruce de caminos entre Grecia, Italia y Albania: desde su puerto salen ferries a los tres países, y su aeropuerto la conecta con media Europa. Verde, lluviosa y fértil, con más de tres millones de olivos, cientos de pueblos de piedra y una cocina que nadie más en Grecia tiene, sigue fiel a lo que la hizo distinta: una isla griega que nunca fue otomana, que miró siempre al Adriático y que hizo de esa mezcla su identidad.