Mucho antes de que existiera la palabra 'Grecia', el Egeo fue cuna de tres de las primeras civilizaciones de Europa. La más antigua floreció en las islas Cícladas hacia el 3200-2000 a.C.: pueblos de marinos y pastores que tallaron en mármol blanco unas figuras humanas de líneas puras y abstractas, los ídolos cicládicos, cuya modernidad fascinaría milenios después a artistas como Brancusi, Modigliani o Picasso. Casi nada sabemos de su lengua o sus creencias, pero aquellas islas eran ya, en plena prehistoria, una encrucijada de rutas comerciales.
El gran salto lo dio Creta. Allí, en torno al 2000 a.C., surgió la civilización minoica, la primera civilización avanzada del suelo europeo, bautizada así por el arqueólogo británico Arthur Evans en honor al mítico rey Minos. Los minoicos levantaron palacios monumentales —Knossos, Festos, Malia, Zakros—, verdaderos complejos administrativos y religiosos de cientos de habitaciones, escaleras y almacenes, decorados con frescos luminosos de delfines, azafranes, saltos sobre toros y elegantes damas de corte. Fueron una potencia marítima, la talasocracia que dominó el Egeo, comerció con Egipto y el Levante y escribió en dos sistemas aún hoy en parte indescifrados, el jeroglífico cretense y el Lineal A. Su religión giraba en torno a diosas, al toro y al hacha doble (labrys), y de ese mundo de corredores y salas nació la leyenda del laberinto y del Minotauro. Hacia el 1600 a.C., la colosal erupción del volcán de Thera (Santorini) sepultó la ciudad minoica de Akrotiri bajo la ceniza y sacudió toda la región; aunque no destruyó de inmediato a los minoicos, marcó el principio del fin de su hegemonía.
En el continente, mientras tanto, se alzaba una civilización distinta y más guerrera: la micénica (c. 1600-1100 a.C.), la de los griegos aqueos, hablantes ya de una forma temprana de griego que escribían en Lineal B, una escritura descifrada en 1952 por Michael Ventris. Los micénicos construyeron ciudadelas amuralladas con bloques ciclópeos —Micenas, Tirinto, Pilos—, enterraron a sus reyes con máscaras de oro (la célebre 'máscara de Agamenón') y hacia 1450 a.C. ocuparon Knossos y heredaron el poder de los minoicos en el Egeo. Fueron los micénicos, casi con seguridad, quienes dieron origen al recuerdo lejano de la Guerra de Troya. Pero hacia el 1200-1100 a.C., en el marco del gran colapso que arrasó todo el Mediterráneo oriental, sus palacios ardieron y su mundo se desplomó, arrastrando consigo la escritura, el comercio y la memoria.
Con la caída de los palacios micénicos, Grecia se hundió en los llamados 'Siglos Oscuros' (c. 1100-800 a.C.), un período de despoblación, empobrecimiento y aislamiento del que apenas quedan restos materiales. Se perdió por completo la escritura: durante unos cuatro siglos, los griegos fueron un pueblo ágrafo. Las grandes ciudadelas quedaron desiertas, el comercio de larga distancia se contrajo y la población cayó en picada. En ese vacío, sin embargo, se estaban gestando en silencio los rasgos de la Grecia clásica: la lengua griega sobrevivió, los cultos se transmitieron oralmente y llegaron nuevas poblaciones, como los dorios, que reconfiguraron el mapa humano de la península y las islas.
De aquel mundo sin escritura brotó, paradójicamente, la mayor obra de la literatura griega. Transmitidas de memoria por generaciones de aedos, las tradiciones sobre la guerra contra Troya cristalizaron en la Ilíada y la Odisea, los dos grandes poemas épicos atribuidos a Homero y compuestos, tal como los conocemos, hacia los siglos VIII-VII a.C., justo cuando los griegos adoptaban el alfabeto fenicio y lo enriquecían con vocales, creando el primer alfabeto completo de la historia. Aquellos poemas no eran solo relatos de héroes: fueron durante siglos la enciclopedia moral, religiosa y educativa de todos los griegos, el texto común que definía qué significaba ser heleno.
Hacia el 800 a.C., Grecia empezó a resurgir. Reapareció la escritura, se recuperó la población, se reanudó el comercio con Oriente y Occidente, y surgieron los santuarios panhelénicos —Delfos, Olimpia— que unían a griegos de todas partes. Sobre esa base se levantaría la institución que definiría la civilización griega: la ciudad-Estado independiente, la polis.
Entre los siglos VIII y VI a.C. cristalizó la forma política que hizo única a Grecia: la polis, la ciudad-Estado soberana. No fue un imperio ni un reino unificado, sino un mosaico de centenares de pequeñas comunidades autónomas —Atenas, Esparta, Corinto, Tebas, Argos— cada una con sus leyes, sus dioses tutelares, su ejército de ciudadanos-soldados (los hoplitas, que combatían hombro con hombro en la falange) y una ferocísima independencia. Los griegos se sabían un solo pueblo por la lengua, la religión y los juegos panhelénicos, pero rara vez actuaron unidos: la rivalidad entre polis fue la regla.
El crecimiento demográfico y la sed de tierra y comercio lanzaron a los griegos a una gran expansión colonial (siglos VIII-VI a.C.). Fundaron ciudades por todo el Mediterráneo y el mar Negro: Siracusa y buena parte de Sicilia y el sur de Italia (la 'Magna Grecia'), Marsella en la Galia, Cirene en África, Bizancio a las puertas del mar Negro. Así, la lengua y la cultura griegas se sembraron desde España hasta el Cáucaso siglos antes de Alejandro.
Dos polis encarnaron dos modelos opuestos. Esparta, en el Peloponeso, se convirtió en un Estado militar y oligárquico: sometió a la vecina Mesenia y redujo a su población a la servidumbre de los ilotas, un campesinado esclavizado tan numeroso que obligó a los espartanos a vivir en armas permanentes. Bajo las leyes atribuidas a Licurgo, los varones espartiatas se entregaban desde niños a un durísimo entrenamiento (la agogé) y a la vida en común, despreciando el lujo y el comercio. Atenas, en el Ática, siguió el camino contrario: tras las reformas de Solón (594 a.C.), que abolió la esclavitud por deudas, y de Clístenes (508-507 a.C.), que reorganizó al pueblo y sentó las bases de la isonomía —la igualdad ante la ley—, avanzó hacia un gobierno cada vez más amplio de los ciudadanos. De esa tensión entre la Esparta guerrera y la Atenas comercial y democrática nacería buena parte de la historia griega clásica.
A comienzos del siglo V a.C., el mundo de las pequeñas polis griegas chocó con el mayor imperio de su tiempo: la Persia aqueménida, que se extendía de Egipto a la India. El conflicto empezó cuando las ciudades griegas de Jonia (la costa de la actual Turquía), sometidas a Persia, se rebelaron con apoyo ateniense. Sofocada la revuelta, el rey Darío I quiso castigar a Atenas. En 490 a.C., un ejército persa desembarcó en la llanura de Maratón, en el Ática, y allí fue derrotado por los hoplitas atenienses al mando de Milcíades: la victoria, celebrada por la leyenda del corredor que murió tras anunciarla en Atenas, dio nombre a la prueba deportiva y se grabó para siempre en la memoria griega.
Diez años después, el hijo de Darío, Jerjes I, volvió con una fuerza colosal para conquistar toda Grecia. En 480 a.C., en el desfiladero de las Termópilas, un pequeño contingente griego encabezado por el rey espartano Leónidas y sus trescientos espartiatas resistió durante días a un ejército inmensamente superior hasta caer hasta el último hombre, traicionados por un sendero de montaña. Su sacrificio, aunque fue una derrota, se convirtió en el símbolo eterno de la resistencia de los pocos libres frente a los muchos sometidos. Ese mismo año los persas tomaron y quemaron una Atenas evacuada, incendiando la Acrópolis.
Pero la guerra se decidió en el mar. Siguiendo la estrategia del ateniense Temístocles, la flota griega atrajo a la enorme armada persa al estrecho de Salamina, frente a Atenas, donde los pesados barcos enemigos, apiñados y sin espacio para maniobrar, fueron destruidos por las ágiles trirremes griegas (480 a.C.). Jerjes, que contemplaba la batalla desde un trono en la costa, regresó a Asia. Al año siguiente, la victoria terrestre de Platea (479 a.C.) expulsó definitivamente a los persas de Grecia. Contra todo pronóstico, un puñado de ciudades divididas había derrotado al mayor imperio del mundo, y de esa hazaña nació una nueva conciencia de sí mismos: la de un pueblo libre que se había salvado a sí mismo.
La victoria sobre Persia catapultó a Atenas. Al frente de la Liga de Delos, una alianza de ciudades para continuar la guerra, Atenas fue transformando poco a poco a sus aliados en súbditos y convirtió la liga en un imperio marítimo cuyo tesoro trasladó a su propia Acrópolis. Con ese poder y esa riqueza, la ciudad vivió bajo el liderazgo de Pericles (c. 461-429 a.C.) su época dorada, el llamado 'Siglo de Pericles'. Se reconstruyó la Acrópolis arrasada por los persas y se levantó el Partenón, el templo de mármol dedicado a Atenea que sigue siendo el símbolo del genio clásico. Florecieron la tragedia de Esquilo, Sófocles y Eurípides, la comedia de Aristófanes, la historia de Heródoto y Tucídides, la escultura de Fidias, la filosofía de Sócrates: nunca antes, en tan poco espacio y tan poco tiempo, se concentró tanta creación.
En el plano político, Atenas llevó la democracia (dêmokratía, 'poder del pueblo') a su forma más radical y directa. No había representantes ni parlamento elegido: los ciudadanos se reunían en persona en la Asamblea (Ekklesía), en la colina de la Pnix, para debatir y votar las leyes, la guerra y la paz. Los cargos se sorteaban entre los ciudadanos, los tribunales estaban formados por cientos de jurados populares y existía el ostracismo, el destierro por votación de quien se juzgara peligroso. Era un experimento asombroso de gobierno colectivo, sin precedentes en el mundo antiguo.
Pero esa democracia tenía límites que hoy resultan brutales y que es preciso decir sin adornos. La ciudadanía —el derecho a participar— estaba reservada a los varones adultos nacidos de padre y madre atenienses, apenas una fracción de la población. Las mujeres, incluso las de familias ciudadanas, quedaban excluidas por completo de la vida política y confinadas al ámbito doméstico. Los metecos —extranjeros residentes, muchos de ellos comerciantes y artesanos imprescindibles para la ciudad— pagaban impuestos y servían en el ejército, pero jamás podían votar ni poseer tierras. Y por debajo de todos estaban los esclavos, decenas de miles de personas —prisioneros de guerra, comprados o nacidos en cautiverio— que trabajaban en las casas, los talleres y, sobre todo, en las mortíferas minas de plata de Laurion, y sobre cuyo trabajo forzado se sostenía en buena medida el ocio y la libertad de los ciudadanos. La democracia ateniense fue una conquista extraordinaria, pero fue la democracia de una minoría de hombres libres sobre una mayoría sin derechos.
El imperialismo ateniense y el creciente poder de la ciudad de Pericles alarmaron a Esparta y a sus aliados. En 431 a.C. estalló la Guerra del Peloponeso, un conflicto largo y devastador que enfrentó durante casi treinta años a dos bloques: la Atenas democrática y marítima, dueña del mar con su flota, y la Esparta oligárquica y terrestre, invencible en tierra con su ejército de hoplitas. Fue, en palabras de su gran cronista Tucídides —cuya historia de la guerra fundó el análisis político y militar riguroso—, una guerra total que arrastró a casi todo el mundo griego y lo desangró.
Los primeros años fueron un empate agotador: los espartanos arrasaban cada verano el campo del Ática mientras los atenienses, refugiados tras sus murallas y abastecidos por mar, castigaban las costas del Peloponeso. En ese hacinamiento, una terrible peste asoló Atenas en el 430-429 a.C. y se llevó a una parte enorme de su población, incluido el propio Pericles. Tras una tregua inestable, Atenas cometió su mayor error: en el 415 a.C. lanzó una desmesurada expedición para conquistar Sicilia y la rica Siracusa. La empresa terminó en 413 a.C. en una catástrofe absoluta, con la flota destruida y el ejército aniquilado o esclavizado.
Debilitada, Atenas resistió aún años, pero Esparta —que llegó a aliarse con Persia y a construir su propia flota— acabó imponiéndose. En 405 a.C. la armada ateniense fue destruida en Egospótamos, y en 404 a.C. Atenas, sitiada y hambrienta, se rindió: debió derribar sus murallas, entregar su flota y aceptar un gobierno títere. Esparta quedó como potencia hegemónica de Grecia, pero su dominio fue breve y odiado; pronto Tebas la derrotaría (Leuctra, 371 a.C.). La larga guerra dejó a las polis exhaustas, empobrecidas y enfrentadas entre sí, incapaces de unirse. En esa Grecia agotada y dividida iba a irrumpir, desde el norte, un reino hasta entonces menospreciado: Macedonia.
Al norte de Grecia, en Macedonia, un reino considerado semibárbaro por los atenienses se transformó en potencia bajo Filipo II (359-336 a.C.). Filipo reorganizó el ejército con la temible falange macedonia de largas picas (sarissas) y la caballería de compañeros, y con una mezcla de guerra, oro y diplomacia sometió una a una a las polis griegas. En 338 a.C., en la batalla de Queronea, derrotó a la coalición de Atenas y Tebas y puso fin a la libertad de las ciudades-Estado: Grecia quedó bajo la hegemonía macedonia. Filipo preparaba una gran invasión de Persia cuando fue asesinado en 336 a.C.
Le sucedió su hijo, de veinte años, educado por el filósofo Aristóteles: Alejandro III, Alejandro Magno. En apenas trece años protagonizó una de las campañas más asombrosas de la historia. Cruzó a Asia en 334 a.C., derrotó a los persas en el Gránico, Issos y Gaugamela, conquistó Egipto —donde fundó Alejandría—, destruyó el Imperio aqueménida, tomó Babilonia y Persépolis y siguió avanzando hasta el Punjab, en la India, antes de que sus agotadas tropas lo obligaran a regresar. Murió en Babilonia en 323 a.C., a los treinta y dos años, dueño del mayor imperio que el mundo había visto hasta entonces.
Alejandro no dejó heredero capaz, y su imperio se despedazó en guerras entre sus generales, los diádocos, que fundaron grandes reinos: el de los Ptolomeos en Egipto, el de los Seléucidas en Asia, el de los Antigónidas en Macedonia. Pero su verdadero legado fue cultural. De sus conquistas nació el helenismo: la difusión de la lengua griega común (la koiné), del arte, la ciudad y el pensamiento griegos por todo Oriente, desde Egipto hasta Afganistán, durante tres siglos. Alejandría de Egipto, con su Faro y su legendaria Biblioteca, se convirtió en la capital intelectual del mundo. La cultura griega dejó de ser la de un puñado de ciudades para volverse universal: fue el griego, y no el latín, la lengua franca del Mediterráneo oriental durante casi mil años, la lengua en la que se escribiría después el Nuevo Testamento.
Mientras los reinos helenísticos se desgastaban en guerras, una nueva potencia se alzaba en Occidente: Roma. Atraída al Egeo por sus conflictos con Macedonia, Roma intervino una y otra vez en Grecia a lo largo del siglo II a.C. Derrotó a Macedonia en Pidna (168 a.C.) y, tras una última rebelión, arrasó y saqueó la rica Corinto en 146 a.C., el mismo año en que destruyó Cartago: fue una advertencia sangrienta. Grecia quedó reducida a provincia romana con el nombre de Acaya. Los reinos helenísticos fueron cayendo uno tras otro hasta que Egipto, el último, se rindió con la muerte de Cleopatra en el 30 a.C.
Y sin embargo, la Grecia conquistada conquistó culturalmente a su vencedora. El poeta Horacio lo resumió en un verso célebre: 'Grecia, cautiva, cautivó a su fiero vencedor'. Las élites romanas aprendían griego, copiaban el arte griego, contrataban maestros y filósofos griegos, y enviaban a sus hijos a estudiar a Atenas, que siguió siendo durante siglos la gran universidad del mundo antiguo. Bajo la paz romana (Pax Romana), Grecia gozó de una relativa tranquilidad; emperadores filohelenos como Adriano embellecieron Atenas con nuevos monumentos. La cultura del Imperio romano fue, en su mitad oriental, profundamente griega.
Ese mundo grecorromano fue también el escenario de la expansión del cristianismo. El apóstol Pablo predicó en Filipos, Tesalónica, Corinto y en el mismo Areópago de Atenas a mediados del siglo I, y sus cartas a esas comunidades —escritas en griego— forman parte del Nuevo Testamento. Cuando en el 330 el emperador Constantino trasladó la capital del Imperio a Bizancio, a la que rebautizó Constantinopla, y el Imperio se dividió después definitivamente entre Oriente y Occidente (395), la mitad oriental —de habla y cultura griegas y crecientemente cristiana— quedó destinada a sobrevivir mil años más a la caída de Roma. De esa continuidad nacería Bizancio.
Cuando en el año 476 cayó el último emperador romano de Occidente, el Imperio romano no desapareció: siguió vivo en su mitad oriental durante otros mil años. Los historiadores lo llaman Imperio bizantino, pero sus habitantes se llamaron siempre a sí mismos rhomaioi, 'romanos', aunque su lengua fuera el griego y su fe, el cristianismo ortodoxo. Con capital en Constantinopla —la actual Estambul, refundada por Constantino sobre la antigua Bizancio en el 330—, fue el Estado más duradero y una de las civilizaciones más brillantes de la Edad Media, y el puente que transmitió a la posteridad la herencia de la Antigüedad grecolatina.
El imperio conoció su primer gran esplendor bajo Justiniano I (527-565), que reconquistó por un tiempo Italia y el norte de África, codificó todo el derecho romano en el monumental Corpus Iuris Civilis —base del derecho de media Europa— y levantó en Constantinopla Santa Sofía (Hagia Sophía), la mayor iglesia de la cristiandad durante casi mil años, cuya cúpula inmensa asombra todavía hoy. Bizancio desarrolló un arte propio y sublime —el mosaico dorado, el icono, la arquitectura de cúpulas— y una cultura religiosa que marcaría para siempre al mundo eslavo: fueron misioneros bizantinos, los hermanos Cirilo y Metodio, quienes evangelizaron a los eslavos, les crearon un alfabeto (el cirílico) y llevaron la fe ortodoxa a Bulgaria, Serbia y, sobre todo, a la Rusia de Kiev, que a partir del 988 se hizo heredera espiritual de Constantinopla.
Mil cien años no fueron un tiempo quieto. El imperio libró guerras interminables contra persas, ávaros, búlgaros, árabes y turcos; sobrevivió a los asedios árabes de Constantinopla gracias al legendario 'fuego griego'; se desgarró por dentro en la crisis iconoclasta (siglos VIII-IX) sobre la licitud de las imágenes sagradas; y en 1054 protagonizó el Gran Cisma que separó definitivamente a la Iglesia ortodoxa de Oriente de la católica de Roma, una fractura que dura hasta hoy. Tras un nuevo apogeo bajo la dinastía macedonia (siglos IX-XI), el imperio empezó a declinar: la derrota ante los turcos selyúcidas en Manzikert (1071) le costó buena parte de Asia Menor, su corazón demográfico. El golpe más traicionero, sin embargo, vino de los propios cristianos: en 1204, la Cuarta Cruzada, desviada por los intereses de Venecia, en lugar de ir a Tierra Santa asaltó y saqueó salvajemente Constantinopla, repartió el imperio entre señores latinos y venecianos y estuvo a punto de acabar con él. Aunque los bizantinos recuperaron su capital en 1261, el imperio ya nunca se recompuso: quedó reducido a poco más que la ciudad y sus alrededores, un Estado moribundo rodeado por el poder ascendente de los turcos otomanos.
El 29 de mayo de 1453, tras un asedio de casi dos meses, las tropas del sultán otomano Mehmed II —Mehmed 'el Conquistador'— irrumpieron por las murallas de Constantinopla. El último emperador, Constantino XI Paleólogo, murió combatiendo entre sus soldados, con la espada en la mano, y su cuerpo nunca fue identificado. Con su caída terminaban de golpe los mil cien años del Imperio bizantino y los dos mil de continuidad del Imperio romano. Santa Sofía, la gran iglesia de Justiniano, fue convertida en mezquita, y Constantinopla —pronto llamada Estambul— pasó a ser la capital del Imperio otomano. La noticia conmocionó a toda la cristiandad; para los griegos, el martes de la caída quedó marcado como día aciago para siempre.
Empezaban así casi cuatro siglos de dominación otomana, la Tourkokratía, que los griegos recuerdan como una larga noche. Bajo el sistema del millet, el Imperio otomano organizaba a sus súbditos por religión: los cristianos ortodoxos formaban un millet propio gobernado por el patriarca de Constantinopla, que era a la vez líder religioso y responsable político de su comunidad ante el sultán. Los griegos conservaron así su fe y su Iglesia —que se convirtió en el gran custodio de la identidad y la lengua nacionales durante la ocupación—, pero como súbditos de segunda: pagaban impuestos especiales como el haraç, tenían prohibido portar armas o montar a caballo, veían sus iglesias convertidas o restringidas, y sufrieron durante generaciones el devşirme, el impuesto de sangre por el que los otomanos reclutaban por la fuerza a niños cristianos, los convertían al islam y los formaban como jenízaros o funcionarios del sultán.
No toda Grecia cayó a la vez ni de la misma manera. Los venecianos conservaron durante siglos plazas clave —Creta hasta 1669, las islas Jónicas hasta el final—, y algunas comunidades desarrollaron formas de resistencia y autonomía. En las montañas sobrevivieron los kleftes, bandidos-guerrilleros que se convertirían en héroes populares, y una próspera clase mercantil y letrada griega, los fanariotas de Constantinopla, llegó a ocupar altos cargos en la administración otomana. A lo largo del siglo XVIII, el comercio marítimo griego floreció, surgió una intelectualidad ilustrada y las ideas de la Revolución Francesa y del nacionalismo europeo empezaron a filtrarse. Pensadores como Rigas Feraios y sociedades secretas como la Filikí Etería (la 'Sociedad de Amigos', fundada en 1814) prepararon el terreno para lo que vendría: la insurrección.
En la primavera de 1821, la Grecia sometida se levantó en armas. La revuelta, preparada por la Filikí Etería, estalló en el Peloponeso, en las islas y en la Grecia continental, y quedó simbólicamente fechada el 25 de marzo de 1821 —hoy fiesta nacional—, cuando la tradición sitúa el alzamiento en el monasterio de Aghía Lavra. Fue una guerra brutal y desigual, librada por caudillos como Theodoros Kolokotronis, marinos isleños que incendiaban las flotas turcas con brulotes, y klephtes de la montaña, contra el poderío del sultán. Ambos bandos cometieron matanzas terribles: los griegos masacraron a poblaciones musulmanas, y los otomanos respondieron con represalias atroces, como la masacre de la isla de Quíos en 1822, donde decenas de miles de griegos fueron asesinados o esclavizados, un horror que el pintor Delacroix inmortalizó y que conmovió a toda Europa.
Porque Europa miraba. La causa griega despertó una ola de simpatía sin precedentes: el filohelenismo. Para la Europa romántica y liberal, educada en el culto a la antigüedad clásica, los griegos que luchaban por su libertad eran los herederos de Pericles y Leónidas frente a la 'tiranía oriental'. Cientos de voluntarios extranjeros —idealistas, veteranos, aventureros— cruzaron a Grecia a combatir. El más célebre de todos fue el poeta inglés Lord Byron, la mayor estrella literaria de su tiempo, que puso su fama, su dinero y su persona al servicio de la revolución: llegó a Mesolongi para organizar y financiar la lucha y allí murió de unas fiebres en abril de 1824. Su muerte convirtió la causa griega en causa sagrada de la opinión pública europea.
El giro decisivo llegó cuando las grandes potencias intervinieron. En 1827, las flotas combinadas de Gran Bretaña, Francia y Rusia destruyeron a la armada turco-egipcia en la batalla de Navarino, sellando la suerte de la guerra. En 1830, el Protocolo de Londres reconoció a Grecia como Estado independiente —el primero en desgajarse del Imperio otomano—, aunque reducido a un pequeño territorio en el sur. El primer gobernante, Ioannis Kapodistrias, fue asesinado en 1831, y las potencias impusieron entonces una monarquía: en 1832 llevaron al trono a un príncipe bávaro de diecisiete años, Otón de Wittelsbach, que fijó la capital en Atenas en 1834. Nacía el reino de Grecia, un Estado pequeño, pobre y tutelado por las potencias, pero libre, y con un sueño enorme por delante.
El pequeño reino nacido en 1830 llevaba en su corazón un sueño desmesurado: la Megáli Idéa, la 'Gran Idea', el proyecto de reunir a todos los griegos de Oriente en un solo Estado que resucitara, con capital en Constantinopla, la vieja grandeza bizantina. Durante casi un siglo, ese ideal irredentista guió la política griega y llevó a la expansión gradual del país: las islas Jónicas se unieron en 1864, Tesalia en 1881, y las victoriosas guerras balcánicas de 1912-1913 casi duplicaron el territorio incorporando Macedonia con Salónica, el Epiro, Creta y las islas del Egeo. Bajo el gran estadista Elefthérios Venizélos, cretense, Grecia parecía a punto de coronar su sueño.
La ocasión llegó tras la Primera Guerra Mundial, con la derrota y el desmembramiento del Imperio otomano. En 1919, con la bendición de los aliados, Grecia desembarcó en Esmirna (İzmir), la gran ciudad griega de la costa de Asia Menor, y lanzó una campaña para anexar la región de Jonia, poblada por más de un millón de griegos desde la Antigüedad. Al principio los ejércitos griegos avanzaron hacia el interior de Anatolia, pero se internaron demasiado y chocaron con el movimiento nacionalista turco de Mustafá Kemal (Atatürk). En el verano de 1922, el contraataque turco desbarató al ejército griego, que se retiró en desbandada hacia la costa.
El final fue una catástrofe: la Mikrasiatikí Katastrofí. En septiembre de 1922, las tropas turcas entraron en Esmirna y la ciudad ardió en un gran incendio, mientras decenas de miles de griegos y armenios se agolpaban aterrorizados en el muelle intentando huir por mar; miles murieron. En las semanas siguientes, según el Alto Comisionado de la Sociedad de Naciones, cerca de 900.000 refugiados de Asia Menor llegaron a una Grecia arruinada. El desastre puso fin brutalmente a la Gran Idea y a tres mil años de presencia griega en Anatolia. En 1923, el Tratado de Lausana consagró lo que la guerra ya había impuesto: un intercambio obligatorio de poblaciones basado únicamente en la religión, por el que alrededor de 1.200.000 cristianos ortodoxos fueron trasladados de Turquía a Grecia y entre 355.000 y 400.000 musulmanes de Grecia a Turquía. Familias arrancadas de tierras que habían habitado durante siglos, gente que no siempre hablaba la lengua del país al que ahora 'pertenecía', fueron desarraigadas de un plumazo. Grecia, un país pequeño y pobre, tuvo que absorber de golpe a más de un millón de refugiados que cambiaron para siempre su demografía, su economía, su música (el rebétiko nació en los barrios de refugiados) y su política.
En octubre de 1940, la Italia fascista de Mussolini exigió rendición a Grecia; el dictador Ioannis Metaxás respondió con un rotundo 'No' (Óchi), y el país rechazó la invasión italiana e incluso la hizo retroceder por Albania, la primera victoria terrestre aliada contra el Eje. Pero en abril de 1941 la Alemania nazi acudió en auxilio de su aliada, invadió Grecia y en pocas semanas la ocupó. En mayo, la temible batalla de Creta selló la conquista. Empezaba una triple ocupación —alemana, italiana y búlgara— que sería una de las más atroces de Europa.
El invierno de 1941-1942 trajo la Gran Hambruna. Las requisas alemanas, el colapso de la economía y el bloqueo naval provocaron una catástrofe alimentaria: en las calles de Atenas la gente moría de inanición, con carros que recogían cada mañana los cadáveres. Se estima que la hambruna mató entre 200.000 y 300.000 griegos, sobre todo en el invierno más duro. Sobre ese fondo de muerte se consumó, además, el Holocausto de los judíos griegos. La comunidad más antigua y numerosa era la de Salónica (Tesalónica), corazón del judaísmo sefardí en Europa: descendientes de los judíos expulsados de España en 1492, hablaban ladino y habían hecho de la ciudad, durante siglos, un centro sefardí de fama mundial. En marzo de 1943, los ocupantes alemanes iniciaron su deportación: en pocos meses, unos 46.000 a 49.000 judíos de Salónica —cerca del 96% de la comunidad— fueron enviados en tren a Auschwitz-Birkenau, donde la inmensa mayoría fue asesinada. Con ellos desapareció para siempre una de las grandes culturas judías del Mediterráneo.
Contra la ocupación surgió una poderosa resistencia, dividida entre la guerrilla comunista (EAM-ELAS) y grupos no comunistas. Cuando los alemanes se retiraron en 1944, esa división estalló en violencia. Tras un breve y sangriento enfrentamiento en Atenas (los Dekemvrianá de diciembre de 1944), el país se precipitó a una guerra civil abierta (1946-1949) entre el gobierno monárquico, respaldado primero por Gran Bretaña y luego decididamente por Estados Unidos —fue precisamente Grecia el detonante de la Doctrina Truman de 1947, primera gran línea de contención de la Guerra Fría—, y el Ejército Democrático comunista, apoyado por los vecinos del bloque soviético (Yugoslavia, Bulgaria, Albania). Fue una guerra feroz y fratricida, con ejecuciones, deportaciones de niños y aldeas arrasadas por ambos bandos. La ruptura entre Stalin y Tito en 1948 cortó el apoyo yugoslavo a los guerrilleros y decidió su derrota. En 1949, el gobierno se impuso. El balance de la década fue devastador: unos 158.000 muertos en la sola guerra civil, cientos de miles de exiliados y desplazados, y un país arrasado, empobrecido y profundamente dividido, cuyas heridas tardarían generaciones en cerrar.
La posguerra fue de reconstrucción y de tutela: una monarquía frágil, un anticomunismo férreo y una fuerte dependencia de Estados Unidos. El 21 de abril de 1967, un grupo de coroneles del ejército encabezado por Geórgios Papadópoulos dio un golpe de Estado y estableció una dictadura militar, la 'Junta de los Coroneles' (1967-1974). Fueron siete años de represión: censura, tortura de opositores, disolución de los partidos, exilio de intelectuales y artistas. El régimen se sostuvo con un discurso ultranacionalista y religioso ('Grecia de los griegos cristianos') y con el respaldo tácito de Occidente en plena Guerra Fría. La resistencia culminó en noviembre de 1973 con el levantamiento estudiantil del Politécnico de Atenas, aplastado cuando un tanque derribó la verja de la facultad, dejando muertos cuya cifra sigue discutida. Poco después, un golpe interno llevó al poder al aún más duro Dimítrios Ioannídis, y fue su aventura exterior la que hundió a la dictadura: en julio de 1974, la Junta patrocinó un golpe en Chipre para unir la isla a Grecia, lo que dio a Turquía el pretexto para invadir Chipre y ocupar su tercio norte. Incapaz de responder, el régimen se derrumbó y entregó el poder a los civiles.
Empezó entonces la Metapolítefsi, la transición a la democracia, conducida por el veterano político Konstantinos Karamanlís. Se legalizó el Partido Comunista, y en diciembre de 1974 un referéndum abolió la monarquía y proclamó la república. En 1981, dos hechos marcaron una nueva era: Grecia ingresó en la Comunidad Económica Europea (hoy Unión Europea), anclándose definitivamente a Occidente y a Europa, y llegó al poder por primera vez la izquierda, con el PASOK socialista de Andreas Papandréou. Las décadas siguientes trajeron modernización, fondos europeos, la adopción del euro en 2001 y los brillantes Juegos Olímpicos de Atenas 2004.
Pero bajo la prosperidad se acumulaba una deuda enorme, en parte ocultada en las cuentas públicas. En 2010, incapaz de financiarse, Grecia tuvo que ser rescatada por la 'troika' —la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el FMI— con un primer préstamo de 110.000 millones de euros a cambio de durísimos programas de austeridad. Fue el comienzo de la crisis más grave que sufrió un país europeo en tiempos de paz: sucesivos memorandos, recortes de salarios y pensiones, subidas de impuestos, privatizaciones, una economía que se contrajo alrededor de un cuarto y un desempleo que superó el 27%, con más de la mitad de los jóvenes sin trabajo. La sociedad estalló en huelgas y protestas. En julio de 2015, un gobierno de la izquierda radical (Syriza), liderado por Aléxis Tsipras, convocó un referéndum en el que más del 61% de los votantes rechazó las condiciones del rescate; días después, sin embargo, y ante la amenaza de salir del euro (el temido 'Grexit'), el gobierno firmó un tercer rescate de hasta 86.000 millones con condiciones aún más severas. Grecia salió formalmente de los programas de rescate en agosto de 2018, tras casi una década de sacrificios que dejaron cicatrices sociales profundas. Hoy, miembro de la UE y de la eurozona, con una economía recuperada pero marcada por aquellos años, Grecia sigue negociando, como durante toda su historia moderna, su lugar entre Oriente y Occidente, entre su grandeza antigua y sus desafíos presentes.
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Habitada sin interrupción desde hace más de cinco mil años, Atenas debe su nombre a la diosa Atenea, que según el mito venció a Poseidón por el patronazgo de la ciudad ofreciendo el olivo. Su historia gira en torno a la Acrópolis, la 'ciudad alta', el peñón sagrado que domina la llanura del Ática. Fue en Atenas donde, tras las reformas de Solón (594 a.C.) y de Clístenes (508 a.C.), nació la democracia directa: los ciudadanos se reunían en la colina de la Pnix para votar en persona las leyes y la guerra, sorteaban los cargos y podían desterrar por votación a quien juzgaran peligroso mediante el ostracismo.
Tras la victoria sobre Persia, bajo el liderazgo de Pericles, Atenas vivió su Siglo de Oro (siglo V a.C.). Con los fondos de la Liga de Delos se reconstruyó la Acrópolis que los persas habían incendiado y se levantó, entre 447 y 432 a.C., el Partenón, el templo de mármol pentélico dedicado a Atenea, obra de los arquitectos Ictino y Calícrates y del escultor Fidias, cumbre absoluta del arte clásico. A su lado se alzaron los Propileos, el templo de Atenea Niké y el Erecteion con sus cariátides. En esa misma Atenas florecieron la tragedia y la comedia en el teatro de Dioniso, y por sus calles caminaron Sócrates, Platón —que fundó la Academia— y Aristóteles —que fundó el Liceo—, dando forma a la filosofía occidental.
Esa grandeza convivió con límites severos: la ciudadanía se reservaba a los varones nacidos de padre y madre atenienses, mientras las mujeres, los extranjeros residentes (metecos) y decenas de miles de esclavos quedaban excluidos de todo derecho político. Aun así, la Atenas clásica dejó un legado —la democracia, la filosofía, el teatro, la historia— que sigue siendo uno de los cimientos de la civilización.
El territorio de la antigua Atenas era el Ática, una península montañosa y árida cuya población quedó unificada tempranamente bajo la ciudad (un proceso que el mito atribuía al héroe Teseo). En sus fronteras se libraron episodios decisivos de la historia griega. En la llanura de Maratón, en la costa nordeste del Ática, los hoplitas atenienses derrotaron en 490 a.C. al ejército persa de Darío; de la leyenda del mensajero que corrió hasta Atenas para anunciar la victoria y cayó muerto al llegar nació el nombre de la carrera de maratón.
La fuerza de Atenas, sin embargo, no vino de la tierra sino del mar. Su puerto, El Pireo, fortificado y unido a la ciudad por los 'Muros Largos', fue la base de la flota que ganó Salamina y sostuvo el imperio marítimo ateniense. También del subsuelo del Ática salió parte de su riqueza: las minas de plata de Laurion, explotadas por miles de esclavos en condiciones atroces, financiaron la construcción de la flota de guerra por consejo de Temístocles.
El Ática guarda además otros grandes santuarios: el templo de Poseidón en el cabo Sunion, asomado al Egeo, y el santuario de los misterios de Eleusis, uno de los cultos más venerados del mundo antiguo. Toda esta región, corazón del poder ateniense, sería arrasada una y otra vez —por los persas en 480 a.C., por los espartanos en la Guerra del Peloponeso— y renacería siempre en torno a su ciudad y su puerto.
Con la conquista romana, Atenas dejó de ser una potencia política pero conservó un prestigio inmenso como capital cultural. Los romanos la respetaron como cuna del saber, y emperadores filohelenos como Adriano (siglo II) la embellecieron con nuevos monumentos —el arco de Adriano, el gran templo de Zeus Olímpico que él terminó, una biblioteca—. Durante siglos, las familias romanas enviaron a sus hijos a estudiar filosofía y retórica a Atenas, que siguió siendo la gran universidad del mundo antiguo hasta que el emperador Justiniano ordenó cerrar sus escuelas filosóficas paganas en el 529.
Bajo Bizancio, Atenas se convirtió en una ciudad provinciana y cristiana. El Partenón fue transformado en iglesia dedicada a la Virgen María, y el Erecteion y otros templos también se cristianizaron, lo que paradójicamente ayudó a conservarlos. En 1204, tras el saqueo de Constantinopla por la Cuarta Cruzada, Atenas cayó bajo dominio de señores latinos —francos, catalanes, florentinos— que gobernaron un pequeño ducado y usaron la Acrópolis como fortaleza y residencia.
Cuando los otomanos tomaron la ciudad en 1458, cinco años después de la caída de Constantinopla, Atenas era ya una población menor y decaída. El Partenón, convertido ahora en mezquita, sufriría su mayor desgracia en 1687: durante un asedio veneciano, los turcos habían almacenado pólvora en su interior, y un disparo de cañón veneciano lo hizo estallar, volando el techo y buena parte del templo que había resistido intacto más de dos mil años. Poco después, a comienzos del siglo XIX, el diplomático británico Lord Elgin desmontó y se llevó a Londres buena parte de las esculturas del Partenón —los 'mármoles Elgin', hoy en el Museo Británico—, cuya devolución Grecia sigue reclamando.
Cuando estalló la Guerra de Independencia, Atenas era apenas un pueblo grande de unos pocos miles de habitantes al pie de la Acrópolis. La ciudad fue escenario de duros combates y asedios entre 1821 y 1833. Pese a su modestia, el peso simbólico de su pasado clásico era irresistible: en 1834, el nuevo reino de Grecia trasladó su capital a Atenas, precisamente por lo que representaba para la Europa filohelena que había apadrinado la independencia. Arquitectos bávaros y griegos trazaron una ciudad neoclásica de nueva planta, con avenidas, la Universidad, la Academia y el Palacio Real, a los pies del peñón sagrado.
La Atenas moderna creció de golpe con la Catástrofe de Asia Menor de 1922: cientos de miles de refugiados de Anatolia se instalaron en barrios enteros de la periferia —Nea Smyrni, Nea Ionia, Kaisariani—, cuyos nombres recuerdan las ciudades perdidas y que transformaron la vida, la música y la política de la capital. Durante la ocupación del Eje, Atenas fue el epicentro de la Gran Hambruna del invierno de 1941-42, con miles de muertos de inanición en sus calles, y luego escenario de los sangrientos combates de diciembre de 1944 que anticiparon la guerra civil.
En la segunda mitad del siglo XX, Atenas se convirtió en una megalópolis que concentra a cerca de un tercio de la población del país. Fue el corazón de la resistencia a la dictadura de los coroneles: en noviembre de 1973, el levantamiento del Politécnico —cuando un tanque derribó la verja de la escuela— se convirtió en el símbolo de la lucha por la democracia. En 2004, la ciudad acogió los Juegos Olímpicos, un regreso simbólico a la cuna de los Juegos, y pocos años después fue el escenario central de las masivas protestas contra la austeridad durante la crisis de la deuda. Hoy, la Atenas del siglo XXI convive con su Acrópolis eterna: bajo el Partenón, la ciudad que inventó la democracia sigue siendo el pulso político y cultural de Grecia.
Atenas es hoy uno de los grandes museos al aire libre del mundo. El recorrido clásico —la Acrópolis, el Partenón y los Propileos, el antiguo Ágora donde se reunía la vida cívica, la colina de la Pnix de la Asamblea, el teatro de Dioniso, el templo de Zeus Olímpico— condensa el nacimiento de la civilización occidental. Al pie de la Acrópolis, el moderno Museo de la Acrópolis, inaugurado en 2009, fue concebido en buena medida como un argumento arquitectónico: sus salas superiores reproducen las dimensiones exactas del Partenón y dejan visibles los huecos de las esculturas ausentes, las que Lord Elgin se llevó a Londres a comienzos del siglo XIX.
Esa ausencia es una herida abierta. Los llamados 'mármoles del Partenón' o 'mármoles de Elgin' —frisos, metopas y frontones desmontados del templo— se conservan en el Museo Británico de Londres, que se ha negado durante décadas a devolverlos. Grecia reclama su restitución desde el siglo XIX, con especial fuerza desde la campaña impulsada en los años ochenta por la ministra de Cultura Melina Merkúri, y la disputa sigue siendo un símbolo mundial del debate sobre el patrimonio saqueado en época colonial.
Más allá de la Acrópolis, Atenas conserva tesoros bizantinos —pequeñas iglesias medievales escondidas entre los edificios modernos, como la Panaghía Kapnikaréa—, el barrio otomano y neoclásico de Plaka, y grandes colecciones como el Museo Arqueológico Nacional, que guarda la máscara de oro de Micenas y los ídolos cicládicos. La ciudad ofrece así, en pocos kilómetros, un viaje por todas las capas de la historia griega: la clásica, la romana, la bizantina, la otomana y la moderna, superpuestas bajo el mismo cielo del Ática.
Creta, la mayor isla de Grecia y una de las mayores del Mediterráneo, fue la cuna de la primera civilización avanzada de Europa: la minoica. Hacia el 2000 a.C., los cretenses levantaron grandes palacios —Knossos, Festos, Malia, Zakros— que eran a la vez centros administrativos, religiosos, artesanales y de almacenamiento. Fueron una potencia marítima, la talasocracia que dominó el Egeo, comerció con Egipto y el Levante, y desarrolló un arte refinado y luminoso: frescos de delfines y azafranes, cerámica, orfebrería, y dos escrituras aún en parte sin descifrar, el jeroglífico cretense y el Lineal A.
El más famoso de sus palacios, Knossos, cerca de la actual Heraclión, fue un complejo de más de mil habitaciones distribuidas en varios pisos, con patios, escaleras monumentales, sistemas de agua y frescos célebres como el del 'príncipe de los lirios' o las damas de la corte. Su planta enrevesada y el culto minoico al toro —los frescos muestran acróbatas saltando sobre toros— dieron origen, casi con seguridad, al mito griego del laberinto construido por Dédalo para encerrar al Minotauro, el monstruo mitad hombre mitad toro que devoraba a los jóvenes atenienses hasta que Teseo lo mató. El palacio fue excavado y en parte reconstruido —con criterios muy discutidos— por el arqueólogo británico Arthur Evans a comienzos del siglo XX, que dio a esta civilización el nombre de 'minoica' por el legendario rey Minos.
La civilización minoica entró en crisis a partir del 1600 a.C., quizá afectada por la erupción de Thera y sus tsunamis, y hacia 1450 a.C. sus palacios sufrieron destrucciones y Knossos quedó bajo control de los micénicos, que introdujeron el Lineal B —la forma más antigua conocida del griego escrito—. Con ello, Creta se integró en el mundo griego, del que ya nunca saldría, pero el recuerdo de aquella primera gran civilización europea, con sus palacios y sus mitos, sigue siendo uno de los grandes tesoros de la historia.
Tras siglos de dominio bizantino, Creta pasó en 1204 —de nuevo tras la Cuarta Cruzada— a manos de la República de Venecia, que la gobernó durante más de cuatro siglos y medio como su gran colonia del Egeo, el 'Reino de Candía'. Los venecianos fortificaron sus ciudades —las murallas de Heraclión (Candía), el puerto y la fortaleza de Chania, la de Rethymno— y dejaron una profunda huella cultural. De hecho, bajo el dominio veneciano floreció el llamado Renacimiento cretense, una notable cultura que fundió lo bizantino y lo italiano: de la Creta veneciana salieron obras maestras de la literatura griega como el poema Erotókritos y, sobre todo, el pintor Doménikos Theotokópoulos, nacido en Creta en 1541, que llevaría el arte del icono bizantino a España y pasaría a la historia como El Greco.
El fin del dominio veneciano llegó con la larga y sangrienta Guerra de Candía (1645-1669): los otomanos conquistaron la isla, y el asedio final de Heraclión duró más de veinte años, uno de los más largos de la historia. Bajo el dominio otomano, Creta fue una de las regiones más rebeldes de todo el Imperio: los cretenses protagonizaron a lo largo del siglo XIX una serie de sublevaciones sucesivas contra los turcos, reprimidas con dureza, como la gran revuelta de 1866 en la que los defensores del monasterio de Arkadi se hicieron volar con la pólvora antes de rendirse, un episodio que conmovió a Europa.
En 1898, tras nuevas matanzas e intervención de las potencias, Creta obtuvo una autonomía como Estado cretense bajo soberanía nominal otomana, y finalmente se unió a Grecia en 1913, tras las guerras balcánicas. De Creta era el gran político griego Elefthérios Venizélos, líder de la unión de la isla con Grecia y luego varias veces primer ministro, la figura política más importante de la Grecia de la primera mitad del siglo XX. Creta aportó así a la nación no solo su primera civilización, sino también a su estadista más influyente.
En mayo de 1941, tras conquistar la Grecia continental, la Alemania nazi lanzó sobre Creta una operación sin precedentes: la primera invasión mayoritariamente aerotransportada de la historia, la Operación Merkur ('Mercurio'). El 20 de mayo, miles de paracaidistas alemanes y tropas transportadas en planeadores cayeron del cielo sobre la isla, defendida por una guarnición de tropas británicas, neozelandesas, australianas y griegas al mando del general neozelandés Bernard Freyberg.
La batalla fue terrible para ambos bandos. Muchos paracaidistas alemanes fueron abatidos en el aire o nada más tocar tierra, y sufrieron bajas gravísimas; la élite aerotransportada del Reich quedó tan diezmada que Hitler prohibió después nuevas grandes operaciones de este tipo. Un rasgo que asombró a los alemanes fue la resistencia de la propia población civil cretense: campesinos, mujeres y ancianos se lanzaron a combatir a los invasores con escopetas de caza, hoces y cuchillos, en defensa de su tierra. Aun así, la captura del aeródromo de Máleme permitió a los alemanes traer refuerzos por aire, y en pocos días la balanza se inclinó. Los aliados tuvieron que evacuar la isla, y Creta cayó a fines de mayo.
La ocupación fue brutal. En represalia por la resistencia, los alemanes ejecutaron a civiles y arrasaron aldeas enteras —como Kándanos o, más tarde, la masacre de Viánnos y la destrucción de pueblos como Anógeia y Kédros—. Pero Creta se convirtió en uno de los grandes focos de la resistencia griega: sus guerrilleros, ayudados por agentes británicos, hostigaron sin tregua a los ocupantes durante toda la guerra, en una gesta que incluyó episodios legendarios como el secuestro de un general alemán en 1944. La memoria de la batalla y de la resistencia sigue siendo, hoy, parte central de la identidad cretense.
En el extremo sudeste del Egeo, cerca de la costa de Asia Menor, se extiende el Dodecaneso, un grupo de islas cuya principal es Rodas. En la Antigüedad, la ciudad de Rodas fue una potencia marítima y comercial, célebre por el Coloso de Rodas, una gigantesca estatua de bronce del dios Helios erigida en el siglo III a.C. que fue una de las Siete Maravillas del mundo antiguo, hasta que un terremoto la derribó pocas décadas después.
Pero la huella más visible de Rodas es medieval. En 1309, la isla fue conquistada por la Orden de los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, una orden militar-religiosa nacida de las Cruzadas que, expulsada de Tierra Santa, hizo de Rodas su Estado soberano durante más de dos siglos. Los Caballeros convirtieron la ciudad de Rodas en una de las plazas fuertes más poderosas del Mediterráneo: levantaron murallas colosales, el Palacio del Gran Maestre, la Calle de los Caballeros con los albergues de las distintas 'lenguas' (naciones) de la orden, hospitales e iglesias, en un extraordinario conjunto gótico que se conserva casi intacto y es hoy Patrimonio Mundial de la Unesco.
Desde Rodas, los Caballeros combatieron durante generaciones a los turcos y a los corsarios, resistiendo asedios famosos. Pero en 1522, tras un asedio épico, el sultán otomano Solimán el Magnífico conquistó la isla con un ejército inmenso y permitió a los Caballeros supervivientes marcharse; la orden se refugiaría después en Malta, donde volvería a hacer historia. Rodas quedó bajo dominio otomano durante casi cuatro siglos, hasta 1912. Su casco medieval amurallado, uno de los mejor conservados de Europa, sigue transportando al visitante a la época de las Cruzadas.
El Dodecaneso siguió un camino histórico distinto al del resto de Grecia. En 1912, durante la guerra ítalo-turca, el Reino de Italia ocupó Rodas y las demás islas del Dodecaneso, arrebatándoselas al Imperio otomano. Lo que iba a ser una ocupación temporal se prolongó durante más de tres décadas: Italia se quedó con las islas y las convirtió en una colonia, el 'Possedimenti italiani dell'Egeo' (Posesiones italianas del Egeo).
Durante el período italiano, y sobre todo bajo el fascismo, las islas fueron objeto de una intensa política de italianización, obras públicas y arquitectura monumental. En Rodas y otras islas, los italianos construyeron edificios administrativos, hoteles y avenidas de estilo racionalista y colonial, restauraron los monumentos de los Caballeros y trataron de imponer la lengua y la cultura italianas, con distinto éxito y no poca resistencia de la población griega, que mantuvo su identidad y su fe ortodoxa.
La Segunda Guerra Mundial trajo un final complicado. Tras la capitulación de Italia en septiembre de 1943, las tropas alemanas ocuparon el Dodecaneso, derrotando a los italianos y a un breve intento británico de tomar las islas (la fallida campaña del Dodecaneso de 1943). Los alemanes ocuparon las islas hasta el final de la guerra y deportaron a las pequeñas comunidades judías, como la milenaria de Rodas, prácticamente exterminada en Auschwitz. Al terminar la guerra, el Dodecaneso pasó a administración británica y, finalmente, en 1947-1948, fue formalmente cedido a Grecia y unido a la nación. Así, estas islas del sudeste del Egeo, que habían sido bizantinas, de los Caballeros, otomanas e italianas, se incorporaron a Grecia recién a mediados del siglo XX, siendo el último territorio en sumarse al Estado griego moderno.
Las Cícladas —un círculo (kýklos) de islas en torno a la sagrada Delos, de donde viene su nombre— fueron cuna de una de las primeras civilizaciones de Europa. Durante la Edad del Bronce temprana, hacia el 3200-2000 a.C., floreció allí la cultura cicládica, un pueblo de agricultores, pescadores y sobre todo marinos que aprovecharon la posición de las islas como escala en las rutas del Egeo y explotaron sus recursos: el mármol blanquísimo de Naxos y Paros, la obsidiana de Milos —un vidrio volcánico cortante, buscadísimo antes de la metalurgia— y los metales.
De esta cultura casi no sabemos nada escrito, pero nos dejó un arte inconfundible: los ídolos cicládicos, figuras humanas talladas en mármol blanco con una asombrosa economía de líneas. La mayoría representa figuras femeninas desnudas con los brazos cruzados sobre el vientre, el rostro liso salvo una nariz prominente y una geometría casi abstracta. Se han hallado sobre todo en tumbas, y probablemente tenían un sentido religioso o funerario que se nos escapa. Su modernidad radical fascinó a los artistas del siglo XX —Brancusi, Modigliani, Picasso, Henry Moore—, que vieron en ellos un antecedente del arte abstracto.
La cultura cicládica fue una sociedad de aldeas y pequeños poblados, sin los grandes palacios de la Creta minoica, pero conectada por el mar con Creta, la Grecia continental y Asia Menor. Con el tiempo quedó bajo la influencia y luego el dominio de los minoicos primero y de los micénicos después, integrándose en el gran mundo del Egeo de la Edad del Bronce. Hoy, sus enigmáticos ídolos son uno de los emblemas del arte antiguo y se exhiben en museos de todo el mundo, desde el Museo de Arte Cicládico de Atenas hasta el Louvre.
En el centro geográfico de las Cícladas se halla Delos, una islita rocosa y hoy deshabitada que fue, sin embargo, uno de los lugares más sagrados de toda Grecia. Según el mito, fue allí donde la diosa Leto, perseguida por los celos de Hera, dio a luz a los gemelos divinos Apolo y Ártemis: Delos era el lugar de nacimiento de Apolo, dios de la luz, la música y la profecía, y por eso ninguna otra isla la superaba en santidad.
Delos se convirtió en un gran santuario panhelénico y en el centro religioso del Egeo. En el siglo V a.C. fue la sede de la Liga de Delos, la alianza que Atenas encabezó contra Persia y cuyo tesoro común se guardaba en la isla antes de que los atenienses lo trasladaran a su Acrópolis. Tan sagrado era el lugar que los atenienses decretaron una 'purificación': prohibieron nacer y morir en Delos, y trasladaron todas las tumbas a la isla vecina. En época helenística y romana, Delos vivió además un enorme auge comercial y se convirtió en uno de los mayores mercados de esclavos del Mediterráneo, con una población cosmopolita de mercaderes de todo el mundo antiguo.
Saqueada en el siglo I a.C. y luego abandonada, Delos quedó como una isla desierta cubierta de ruinas, que las excavaciones francesas convirtieron en uno de los mayores yacimientos arqueológicos del Mediterráneo. Hoy es Patrimonio Mundial de la Unesco: un museo al aire libre con el santuario de Apolo, la célebre Terraza de los Leones, mosaicos, casas y templos, al que se llega en barco desde la cercana y mundana Mykonos, en un contraste asombroso entre la fiesta de una isla y el silencio sagrado de la otra.
Ninguna isla del Egeo tiene una historia geológica tan dramática como Santorini, la antigua Thera. Su forma actual —un semicírculo de acantilados que se asoman a una gran bahía azul (la caldera), con un islote humeante en el centro— es la cicatriz de una de las mayores erupciones volcánicas de la historia de la humanidad. Hacia el 1600 a.C. (la fecha exacta se discute), el volcán de Thera estalló en una erupción colosal que vació el interior de la isla y provocó su hundimiento en el mar, generando tsunamis que barrieron las costas del Egeo.
Antes de la catástrofe, Thera albergaba una floreciente ciudad de la órbita minoica: Akrotiri. La erupción la sepultó bajo metros de ceniza, y esa misma ceniza la conservó como una Pompeya del Egeo, con sus casas de varios pisos, sus calles, sus tuberías de agua y, sobre todo, sus extraordinarios frescos —pescadores, barcos, monos azules, muchachos boxeando— que hoy son tesoros del arte minoico. Es probable que la erupción, con sus tsunamis y su nube de ceniza, contribuyera al debilitamiento de la civilización minoica de la vecina Creta, y hay quien ve en el recuerdo lejano de esta catástrofe el origen del mito de la Atlántida narrado por Platón.
Tras la erupción, Thera fue repoblada por griegos dorios en la Antigüedad, y desde ella partieron los colonos que fundaron Cirene en el norte de África. En la Edad Media, la isla recibió su nombre actual, Santorini, de la iglesia de Santa Irene, y quedó bajo dominio veneciano. Hoy, sus pueblos de casas blancas y cúpulas azules encaramados al borde de la caldera —Fira, Oía— y sus atardeceres sobre el volcán hacen de Santorini una de las islas más famosas del mundo, un paisaje de belleza sobrecogedora nacido, literalmente, de una catástrofe.
Tras el saqueo de Constantinopla por la Cuarta Cruzada en 1204 y el reparto del Imperio bizantino, las Cícladas cayeron en manos de aventureros venecianos. En 1207, el noble veneciano Marco Sanudo conquistó Naxos y las islas vecinas y fundó el Ducado de Naxos (o Ducado del Archipiélago), un pequeño Estado feudal latino que gobernó buena parte de las Cícladas durante más de tres siglos, hasta 1566. De hecho, la palabra 'archipiélago' —hoy sinónimo de grupo de islas— deriva del nombre que los venecianos daban a este mar, el Egeo (Aigaîon Pélagos), sembrado de islas.
Bajo el dominio veneciano y latino, las Cícladas se poblaron de castillos (los kástro) que aún coronan los cascos antiguos de Naxos, Paros o Sifnos, y de una aristocracia católica que convivió —no siempre en armonía— con la población griega ortodoxa. Los venecianos y sus sucesores dejaron una huella arquitectónica y cultural: torres, iglesias católicas, apellidos italianos que perduran en las islas. Naxos, la mayor y más fértil de las Cícladas, con sus montañas y sus valles, fue el corazón de este pequeño Estado insular.
Las islas, dispersas y mal defendidas, sufrieron durante siglos el azote de la piratería —berberiscos, otomanos, corsarios de toda laya— que asolaba el Egeo, obligando a los habitantes a construir sus pueblos tierra adentro, escondidos de la vista del mar, o amurallados. El Imperio otomano fue absorbiendo el ducado a lo largo del siglo XVI, aunque muchas islas conservaron privilegios y una notable autonomía, y en algunas la comunidad católica pervivió. Cuando estalló la Guerra de Independencia en 1821, la flota mercante de islas cicládicas y vecinas —como los brulotes de Psará e Hydra— tuvo un papel decisivo en la lucha por mar contra los turcos.
Durante siglos, las Cícladas fueron islas pobres y áridas que vivían de la pesca, la agricultura de subsistencia, el mármol, la marina mercante y la emigración. Mykonos, por ejemplo, era una isla rocosa y ventosa cuyos habitantes se ganaban la vida en el mar y como marinos; su fama antigua venía sobre todo de ser la puerta de acceso a la sagrada Delos. Paros y Naxos eran conocidas por su mármol blanquísimo —el mármol de Paros fue uno de los más apreciados de la Antigüedad, usado por los grandes escultores griegos— y por sus productos agrícolas.
Todo cambió con el auge del turismo internacional a partir de los años cincuenta y sesenta del siglo XX. La arquitectura tradicional de las Cícladas —los cubos encalados de blanco deslumbrante, las iglesias de cúpulas azules, los molinos de viento, los callejones laberínticos pensados para despistar a los piratas— se convirtió en la imagen misma de Grecia en el imaginario mundial. Mykonos, con su vida nocturna, sus molinos y su barrio de la 'Pequeña Venecia', se transformó en un destino cosmopolita y de moda internacional; Santorini, en el escenario romántico por excelencia; Paros y Naxos, en islas que combinan playas, pueblos tradicionales y un ritmo más pausado.
Detrás de esa imagen de postal, las Cícladas conservan una historia densa y una identidad fuerte: sus pueblos medievales amurallados, sus tradiciones ortodoxas y católicas, su música y sus fiestas, y un patrimonio que va de los ídolos de la Edad del Bronce a los castillos venecianos. Islas que fueron cuna de una de las primeras civilizaciones de Europa y hoy son uno de los destinos más deseados del planeta, las Cícladas siguen siendo, tres mil años después, un cruce de caminos en medio del Egeo.
En las laderas del monte Parnaso, sobre un paisaje de montañas y olivares que baja hacia el golfo de Corinto, se levanta Delfos, el santuario más sagrado de la antigua Grecia. Allí, según el mito, dos águilas soltadas por Zeus desde los extremos del mundo se encontraron, marcando el centro exacto de la tierra: por eso Delfos guardaba el ónfalos, la piedra que era el 'ombligo del mundo'. En su templo de Apolo oficiaba la Pitia, la sacerdotisa que, en trance, pronunciaba los oráculos —a menudo ambiguos— que consultaban tanto simples campesinos como reyes y ciudades enteras antes de fundar colonias o emprender guerras.
Delfos no era territorio de ninguna polis: era un santuario panhelénico, común a todos los griegos, administrado por una liga de pueblos vecinos. Su prestigio atraía ofrendas fabulosas de las ciudades más ricas, que competían por levantar allí sus 'tesoros' —pequeños templos que guardaban sus donativos— a lo largo de la Vía Sagrada. Cada cuatro años se celebraban los Juegos Píticos, segundos en importancia tras los de Olimpia, con competiciones atléticas y musicales en honor de Apolo. El recinto conserva hoy el teatro, el estadio, el templo de Apolo y la joya circular del Tholos.
El oráculo mantuvo su influencia durante más de mil años, hasta que el emperador cristiano Teodosio lo clausuró a fines del siglo IV, en el marco de la prohibición de los cultos paganos. Delfos quedó sepultado y sobre sus ruinas creció un pueblo, hasta que las excavaciones francesas de fines del siglo XIX lo sacaron a la luz. Hoy es Patrimonio Mundial de la Unesco, y su museo guarda obras maestras como el Auriga de bronce, uno de los tesoros del arte griego.
En la región occidental del Peloponeso, en un valle apacible regado por los ríos Alfeo y Cladeo, se encuentra Olimpia, cuna de los Juegos Olímpicos. Fue ante todo un gran santuario dedicado a Zeus, cuyo templo albergaba una de las Siete Maravillas del mundo antiguo: la colosal estatua de Zeus en oro y marfil, obra del escultor Fidias, de unos doce metros de altura, hoy perdida. Junto al templo estaba el Heraion, dedicado a Hera, y decenas de altares, tesoros y monumentos.
Los Juegos Olímpicos se celebraban allí cada cuatro años en honor de Zeus, y la tradición fijaba su primera edición en el 776 a.C. —fecha desde la cual los griegos contaban el tiempo por 'olimpiadas'—. Durante los Juegos se proclamaba una tregua sagrada que suspendía las guerras entre las polis para que atletas y espectadores pudieran viajar en paz. Los competidores, que participaban desnudos, corrían, luchaban, boxeaban, competían en el pentatlón y en las espectaculares carreras de carros del hipódromo; los vencedores, coronados solo con una rama de olivo, alcanzaban gloria eterna en sus ciudades de origen. Las mujeres casadas tenían prohibido incluso presenciar los Juegos.
Los Juegos se mantuvieron durante casi 1.200 años, hasta que el emperador Teodosio I los abolió hacia el 393 como culto pagano. Terremotos, inundaciones del Alfeo y el abandono sepultaron Olimpia bajo metros de tierra, lo que la conservó hasta que las excavaciones alemanas del siglo XIX la redescubrieron. El recuerdo de Olimpia inspiró al barón Pierre de Coubertin para fundar los Juegos Olímpicos modernos en 1896, celebrados —no por casualidad— en Atenas. Todavía hoy, la llama olímpica de cada edición se enciende en las ruinas de Olimpia con un espejo y los rayos del sol, uniendo el mundo antiguo con el contemporáneo.
En la llanura de Tesalia, en el centro de Grecia, se alza uno de los paisajes más asombrosos del país: Meteora, un bosque de gigantescas columnas de roca gris que brotan verticalmente del suelo hasta cientos de metros de altura, esculpidas por millones de años de erosión. Su nombre significa precisamente 'suspendido en el aire', y sobre las cumbres de esos pináculos inaccesibles se construyeron, a partir del siglo XIV, una serie de monasterios ortodoxos que parecen colgar entre el cielo y la tierra.
Los primeros ermitaños se habían instalado en las cuevas de las rocas siglos antes, buscando aislamiento y contemplación. Pero fue en el siglo XIV, en tiempos de inseguridad y de amenaza otomana, cuando los monjes empezaron a levantar auténticos monasterios en las cimas, donde estaban a salvo de incursiones y bandidos. En su apogeo llegó a haber una veintena de monasterios; el más importante, el Gran Meteoro (Metamórfosis), fue fundado por san Atanasio hacia 1340. Durante siglos, el único acceso a muchos de ellos fue a través de escalas de cuerda retráctiles y de redes izadas con tornos, con las que se subía a personas y provisiones colgando sobre el vacío.
Meteora se convirtió, junto al monte Athos, en uno de los grandes centros del monacato ortodoxo griego y del arte religioso bizantino tardío, con iglesias cubiertas de frescos. Hoy siguen habitados seis de sus monasterios, ya accesibles por escaleras y caminos tallados en la roca en el siglo XX. El conjunto es Patrimonio Mundial de la Unesco, reconocido a la vez por su valor natural y cultural, y sigue siendo un lugar de peregrinación y de vida monástica, además de uno de los paisajes más espectaculares de Grecia.
En la costa oriental del Peloponeso, sobre una bahía dominada por fortalezas, Nafplio (Nauplia) es una de las ciudades más bellas y con más historia de Grecia. Su emplazamiento estratégico la convirtió durante siglos en una plaza codiciada: fue bizantina, y sobre todo veneciana. La República de Venecia la fortificó como una de sus grandes bases en el Egeo, coronando el peñón que domina la ciudad con la imponente fortaleza de Palamidi, una obra maestra de la ingeniería militar del siglo XVIII, y guarneciendo el islote de Bourtzi, en medio del puerto. Nafplio pasó de manos venecianas a otomanas y viceversa a lo largo de las guerras entre ambos imperios.
Durante la Guerra de Independencia, Nafplio fue una de las primeras grandes plazas liberadas y se convirtió en el centro político de la revolución. Al nacer el Estado griego, fue elegida primera capital de la Grecia moderna. Allí llegó en 1828 el primer jefe de Estado, Ioannis Kapodistrias, un diplomático de las islas Jónicas que había servido en la corte rusa y que intentó organizar el país devastado por la guerra. En Nafplio, en 1831, Kapodistrias fue asesinado en las gradas de una iglesia por una venganza familiar, un magnicidio que sumió al joven Estado en el caos.
Fue también a Nafplio adonde llegó en 1833 el primer rey, Otón de Baviera, impuesto por las potencias. Pero la capital se trasladó a Atenas apenas un año después, en 1834, por el peso simbólico de la ciudad clásica, y Nafplio quedó como una elegante ciudad provincial que conservó intacto su casco veneciano y neoclásico. Hoy, con sus callejones, sus balcones y sus dos fortalezas asomadas al mar, es uno de los destinos más encantadores de Grecia y un lugar cargado de memoria: aquí, y no en Atenas, empezó a caminar el Estado griego moderno.
Al norte de Grecia se extiende Macedonia, la tierra que dio al mundo a Filipo II y a Alejandro Magno. En la Antigüedad, los macedonios eran vistos por los griegos del sur como parientes rústicos y semibárbaros, pero fue su reino el que, en el siglo IV a.C., sometió a las polis y lanzó desde allí la conquista de Asia. En Vergina (la antigua Egas, primera capital macedonia) se descubrieron en 1977 las tumbas reales macedonias, entre ellas la que muchos identifican con la del propio Filipo II, con un ajuar de oro deslumbrante que es hoy uno de los mayores tesoros arqueológicos de Grecia.
La gran ciudad de la región es Tesalónica (Thessaloníki), fundada hacia el 315 a.C. por el general Casandro, que la llamó así en honor a su esposa, hermana de Alejandro. Situada en un cruce de rutas entre Europa y Asia, sobre la Vía Egnatia romana, Tesalónica fue durante casi dos mil años una de las grandes metrópolis del mundo griego y bizantino: la 'segunda ciudad' del Imperio bizantino después de Constantinopla. Conserva de esa época un extraordinario conjunto de monumentos paleocristianos y bizantinos —la basílica de San Demetrio (su santo patrón), la Rotonda, Santa Sofía, las murallas— declarados Patrimonio Mundial.
En 1430, Tesalónica cayó en manos otomanas, y durante casi cinco siglos fue una ciudad cosmopolita del Imperio, poblada por turcos, griegos, búlgaros y sobre todo judíos. Fue en Tesalónica donde nació en 1881 Mustafá Kemal Atatürk, el futuro fundador de la Turquía moderna. La ciudad fue incorporada a Grecia en 1912, durante las guerras balcánicas, y desde entonces es la gran capital del norte griego. Pero su historia más singular y más trágica es la de su comunidad judía, que merece contarse aparte.
Durante más de cuatro siglos, Tesalónica —Salónica— fue una de las grandes capitales del mundo judío, tan sefardí que llegó a ser llamada la 'Madre de Israel' y la 'Jerusalén de los Balcanes'. Su comunidad se formó a partir de 1492-1493, cuando el Imperio otomano acogió a los judíos expulsados de España por los Reyes Católicos y de Portugal poco después. Aquellos sefardíes, que hablaban judeoespañol (ladino), se instalaron en Salónica en tal número que llegaron a ser, durante siglos, la mayoría de la población de la ciudad —un caso único en Europa: una gran urbe de mayoría judía—. El puerto llegaba a cerrar en sábado, y el ladino era una de las lenguas francas de la ciudad.
Aquella comunidad milenaria fue exterminada casi por completo en unos pocos meses. Cuando la Alemania nazi ocupó Salónica en 1941, vivían allí unos 50.000 judíos. Tras un período de humillaciones —el 'sábado negro' de julio de 1942, con miles de hombres sometidos a trabajos forzados; la destrucción del inmenso cementerio judío, uno de los mayores de Europa—, en febrero de 1943 los ocupantes encerraron a la comunidad en guetos. Entre marzo y agosto de 1943, en diecinueve trenes, unos 46.000 a 49.000 judíos de Salónica —alrededor del 96% de la comunidad— fueron deportados a Auschwitz-Birkenau. La inmensa mayoría fue asesinada en las cámaras de gas nada más llegar; sobrevivió menos del 4%.
Con ellos desapareció para siempre una de las culturas judías más ricas del Mediterráneo: sus sinagogas, sus escuelas, sus periódicos en ladino, su música, un mundo entero de cinco siglos borrado en un verano. Salónica, que había sido durante generaciones una ciudad de mayoría judía, se quedó prácticamente sin judíos. Hoy, un puñado de descendientes, un museo judío y algunos monumentos —entre ellos un memorial del Holocausto en el centro de la ciudad— mantienen viva la memoria de aquella comunidad sefardí que fue una de las glorias de Tesalónica y una de las mayores pérdidas del judaísmo europeo.
Las islas Jónicas —Corfú, Paxos, Léucade, Ítaca, Cefalonia, Zakynthos y la lejana Citera— forman un archipiélago en el mar Jónico, frente a la costa occidental de Grecia y del Epiro. Su historia las distingue radicalmente del resto del país: fueron las únicas tierras griegas que nunca cayeron bajo el dominio otomano de forma duradera. Mientras el resto de Grecia soportaba cuatro siglos de Tourkokratía, las Jónicas vivieron bajo el ala de la República de Venecia.
Venecia fue tomando las islas entre los siglos XIV y XVIII —Corfú desde 1386, las demás a lo largo de los siglos siguientes, hasta completar la conquista de Léucade en 1684— y las conservó hasta 1797, es decir, unos cuatro siglos. Para Venecia, las Jónicas eran un enclave estratégico vital: puertos y bases navales que guardaban la entrada al Adriático y protegían las rutas hacia Oriente. Corfú, en particular, resistió varios grandes asedios otomanos —sobre todo el de 1716— y nunca fue tomada, lo que convirtió a la isla en un baluarte de la cristiandad y en la razón por la que estas islas permanecieron fuera del Imperio otomano.
El largo dominio veneciano dejó una impronta cultural profunda y única en Grecia. Las islas Jónicas desarrollaron una civilización ítalo-griega: una aristocracia local que hablaba italiano y se regía por un 'Libro de Oro' de familias nobles, una arquitectura de palacios, campaniles e iglesias de aire veneciano, una tradición musical y operística de influencia italiana —de aquí saldrían compositores y el primer himno nacional griego—, y una fuerte presencia católica junto a la mayoría ortodoxa. Los millones de olivos que hoy cubren Corfú fueron plantados por incentivo de Venecia. Esa herencia veneciana, visible aún en cada plaza y cada callejón, hace de las Jónicas un rincón de Grecia distinto a cualquier otro.
El fin de la Venecia milenaria arrastró a las islas Jónicas a un torbellino de cambios de bandera. En 1797, Napoleón Bonaparte disolvió la República de Venecia por el Tratado de Campoformio, y las islas Jónicas pasaron directamente a Francia. Los revolucionarios franceses fueron recibidos por algunos con entusiasmo —plantaron 'árboles de la libertad' y quemaron el Libro de Oro de la nobleza—, pero su dominio fue breve.
Entre 1798 y 1799, una flota conjunta ruso-otomana expulsó a los franceses de las islas. De aquel episodio nació, en 1800, un Estado singular: la República Septinsular (es decir, 'de las siete islas'), el primer Estado griego autónomo de la era moderna, aunque estuviera bajo el protectorado conjunto de Rusia y el Imperio otomano. Fue una entidad efímera y turbulenta, gobernada por la aristocracia local, pero tuvo un enorme valor simbólico: por primera vez en siglos existía un Estado de griegos, con bandera propia, y en él dieron sus primeros pasos políticos figuras que después serían decisivas, como Ioannis Kapodistrias, corfiota que llegaría a ser ministro del zar de Rusia y, más tarde, primer jefe de Estado de la Grecia independiente.
La República Septinsular duró poco: en 1807, por el Tratado de Tilsit, las islas volvieron a manos de Francia, ahora la Francia imperial de Napoleón, que las mantuvo hasta su derrota. En medio de las guerras napoleónicas, los británicos fueron ocupando una a una las islas a partir de 1809, hasta que la caída de Napoleón decidió su destino. Aquellos años vertiginosos —venecianos, franceses, rusos, otomanos, franceses de nuevo, británicos— dejaron a las Jónicas una experiencia política e ideológica que las convirtió, ya en el siglo XIX, en un foco de nacionalismo griego y de ideas liberales.
Tras la derrota de Napoleón, el Congreso de Viena y el Tratado de París de 1815 pusieron a las islas Jónicas bajo protectorado británico, con el nombre de Estados Unidos de las Islas Jónicas. Formalmente eran un Estado griego libre, con su propia constitución, senado y parlamento, pero en la práctica estaban gobernadas por un Lord Alto Comisionado británico que concentraba el poder real. El dominio británico duró casi medio siglo, de 1815 a 1864.
Los británicos dejaron su propia huella en las islas: construyeron carreteras, acueductos, puentes, escuelas y edificios públicos —el palacio de San Miguel y San Jorge en Corfú—, e introdujeron instituciones y costumbres inglesas. Fundaron la Universidad Jónica en Corfú, la primera universidad de habla griega de los tiempos modernos. Y dejaron también legados curiosos, como el cricket, que todavía se juega en Corfú, o la cerveza de jengibre local. Pero su gobierno, autoritario y a menudo sordo a las aspiraciones locales, chocó con un sentimiento cada vez más fuerte: el deseo de los jonios de unirse a la Grecia independiente nacida en 1830.
El movimiento por la 'énosis' (unión) con Grecia creció durante décadas, impulsado por los diputados 'radicales' del parlamento jonio. Finalmente, en 1864, Gran Bretaña accedió a ceder las islas: el gesto se enmarcó en el respaldo británico al nuevo rey de Grecia, Jorge I, un príncipe danés recién entronizado. Por el Tratado de Londres de 1864, las islas Jónicas se unieron oficialmente al reino de Grecia, siendo el primer gran ensanchamiento territorial del joven Estado griego. Corfú y sus islas hermanas se sumaban así a la nación, aportándole una tradición cultural europea, liberal y cosmopolita que había madurado al margen del yugo otomano.
Como el resto de Grecia, las islas Jónicas fueron ocupadas por el Eje en 1941. Al ser la zona occidental, quedaron bajo control italiano, y en Corfú y las demás islas se instalaron guarniciones de la Italia de Mussolini. La ocupación italiana fue dura, aunque en general menos sanguinaria que la alemana, y las islas sufrieron privaciones y represión. Corfú tenía además una antigua y notable comunidad judía, de tradición tanto romaniota (griega) como veneciana; tras la ocupación alemana, en junio de 1944 la mayoría de sus miembros fue deportada a Auschwitz, donde casi todos perecieron, otro capítulo del Holocausto en suelo griego.
El episodio más terrible ocurrió en septiembre de 1943, en la isla de Cefalonia. Cuando Italia capituló y cambió de bando, la división italiana Acqui, que guarnecía la isla, se negó a rendir sus armas a los alemanes y, tras una consulta a sus soldados, decidió resistir. Los italianos y los alemanes combatieron durante días. Tras la rendición de la división, las tropas alemanas llevaron a cabo una de las mayores matanzas de prisioneros de guerra de la contienda: ejecutaron a sangre fría a miles de soldados italianos —las estimaciones hablan de entre 5.000 y 9.000 muertos entre los combates y las ejecuciones—. La masacre de la división Acqui en Cefalonia se convirtió en un símbolo trágico, popularizado décadas después por la novela y la película 'La mandolina del capitán Corelli', ambientada precisamente en la isla.
Tras la guerra, las islas Jónicas se reintegraron a la vida griega, pero las esperaba aún una catástrofe natural que marcaría su historia reciente y su fisonomía actual: el gran terremoto de 1953.
En agosto de 1953, las islas Jónicas del sur sufrieron una de las mayores catástrofes naturales de la Grecia moderna. Una serie de violentos terremotos, cuyo golpe más fuerte llegó el 12 de agosto con una magnitud de alrededor de 7,2, sacudió las islas de Cefalonia, Zakynthos e Ítaca. La devastación fue casi total: en Cefalonia y Zakynthos se derrumbó la inmensa mayoría de los edificios, ciudades enteras quedaron reducidas a escombros y se declararon incendios. Murieron cientos de personas y decenas de miles quedaron sin hogar, lo que provocó una gran ola de emigración desde las islas.
El terremoto borró buena parte del patrimonio arquitectónico veneciano y neoclásico que estas islas habían conservado durante siglos, precisamente por no haber sufrido la ocupación otomana. Ciudades como Argostoli (Cefalonia) o Zakynthos, que habían sido joyas de arquitectura ítalo-griega, tuvieron que ser reconstruidas casi desde cero, en muchos casos con edificios nuevos y antisísmicos que cambiaron por completo su aspecto. Corfú, más al norte, se salvó del sismo y por eso conserva hoy mejor que ninguna otra isla jónica su casco histórico veneciano, declarado Patrimonio Mundial de la Unesco.
Hoy las islas Jónicas son uno de los destinos turísticos más apreciados de Grecia, célebres por su vegetación exuberante —muy verde en comparación con las áridas islas del Egeo, gracias a las lluvias del Jónico—, sus playas espectaculares como la de Navagio en Zakynthos, sus pueblos de sabor veneciano y una identidad cultural propia, mezcla de lo griego y lo italiano, que se palpa en su música, su gastronomía y su arquitectura. Islas que fueron venecianas, francesas, rusas y británicas antes que griegas, las Jónicas aportan a Grecia una historia europea singular y un carácter inconfundible.