Cefalonia es la más grande y quizá la más variada de las Islas Jónicas: una isla montañosa y verde donde en un mismo día se puede navegar en un bote por un lago subterráneo iluminado por un rayo de sol, bajar a una playa de guijarros blancos y agua turquesa encajada entre acantilados, catar un vino robola en un valle a los pies de un monte de abetos y cenar pescado en un puerto veneciano que sobrevivió a un terremoto que arrasó todo lo demás. No tiene la fama instantánea de Santorini ni de Mykonos, y esa es parte de su encanto.
La isla cargó con dos golpes que marcaron su historia y su paisaje. En 1943, durante la Segunda Guerra Mundial, fue escenario de la masacre de la división italiana Acqui a manos del ejército alemán, uno de los episodios más trágicos de la guerra en Grecia, que años después inspiró la novela y la película 'La mandolina del capitán Corelli', rodada aquí. Y en 1953, un terremoto devastador destruyó casi todos los edificios de la isla, salvo los del pueblo de Fiskardo, en el extremo norte: por eso Cefalonia tiene tan poca arquitectura antigua y sus pueblos, salvo Fiskardo, son reconstrucciones modernas.
Esta guía recorre Cefalonia con mirada práctica y cálida: cómo visitar Melissani y Drogarati, cuándo bajar a Myrtos, qué ver en Assos y Fiskardo, cómo subir al monte Enos, dónde catar el robola y cómo moverse por una isla grande y sin trenes donde el auto es casi obligatorio. Cefalonia premia al viajero curioso con naturaleza espectacular, historia intensa y la calma de una isla que todavía se siente auténtica.
Habitada desde el Paleolítico y mencionada por Homero (algunos sitúan aquí, y no en la vecina Ítaca, el reino de Ulises), Cefalonia tuvo en la Antigüedad cuatro ciudades-estado y pasó por manos griegas, romanas y bizantinas. Como el resto de las Jónicas, su marca la dejó Venecia, que la gobernó desde 1500 hasta 1797 y la libró del dominio otomano que sufrió casi toda Grecia. Tras la Francia napoleónica, la República Septinsular y el protectorado británico (1815-1864), se unió a Grecia en 1864. En septiembre de 1943, tras la capitulación de Italia, los alemanes masacraron a miles de soldados de la división italiana Acqui que se negaron a rendirse. El 12 de agosto de 1953, un terremoto devastador arrasó casi toda la isla, salvo Fiskardo: por eso apenas queda arquitectura vieja. La historia completa está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓Las islas del oeste que nunca fueron otomanas: cuatro siglos de dominio veneciano, la efímera República Septinsular, el protectorado británico y la unión con Grecia en 1864, marcadas por una cultura ítalo-griega singular y por el terremoto de 1953 que arrasó Cefalonia y Zakynthos.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Cefalonia es una isla con una pregunta a cuestas: algunos estudiosos sostienen que el reino de Ulises, la Ítaca de la Odisea, no era la pequeña isla vecina que hoy lleva ese nombre, sino la península de Paliki, en la propia Cefalonia. La teoría, defendida entre otros por el investigador Robert Bittlestone, no está probada, pero da idea de la profundidad histórica de una tierra habitada desde el Paleolítico y presente ya en los poemas homéricos, donde los cefalonios aparecen entre los pueblos que siguieron a Ulises a Troya.
En la Antigüedad clásica, Cefalonia era notable por estar dividida en cuatro ciudades-estado independientes —Same (la actual Sami), Krane, Pale y Pronnoi—, cada una con su propia acrópolis y sus murallas, cuyos restos aún se conservan. Esa fragmentación en cuatro polis es rara y habla de la importancia de la isla, la mayor del Jónico. Participó, como el resto del mundo griego, en las guerras entre Atenas y Esparta.
En el siglo II a.C. cayó bajo Roma tras una dura resistencia (la ciudad de Same soportó un largo asedio), y luego, con la partición del Imperio, quedó integrada en el mundo bizantino. Durante siglos fue tierra de frontera, disputada y golpeada por normandos, piratas y potencias diversas, hasta que a comienzos de la Edad Moderna una nueva señora del mar dejó su marca definitiva: Venecia.
Como en el resto de las Islas Jónicas, aquí está la clave que distingue a Cefalonia del resto de Grecia. Mientras casi todo el mundo griego caía bajo el Imperio otomano tras 1453 y quedaba cuatro siglos bajo dominio turco, las siete islas del Jónico siguieron otro rumbo. Cefalonia, tras un breve período otomano a fines del siglo XV, pasó a manos de la República de Venecia en 1500 y permaneció veneciana hasta 1797, casi tres siglos. Esa diferencia lo marcó todo: la isla no vivió bajo el yugo otomano que definió al resto del país.
Bajo Venecia, Cefalonia se organizó al modo de la Serenísima, con su nobleza local y su Libro de Oro, y desarrolló una economía basada en las pasas de Corinto, el aceite y el vino. La capital se trasladó con el tiempo a Argostoli. La herencia veneciana quedó en el dialecto, en la arquitectura de campaniles y logias (hoy casi toda perdida por los terremotos), en la organización social y en una cultura abierta al Adriático y a Italia. Los cefalonios eran grandes marinos y comerciantes, y muchos emigraron y prosperaron por todo el Mediterráneo.
Tras la caída de Venecia en 1797, Cefalonia siguió el destino común de las Jónicas: la Francia revolucionaria de Napoleón, la efímera República Septinsular (1800) bajo protección ruso-otomana —primer Estado griego semiindependiente de la era moderna— y, tras el Congreso de Viena de 1815, el protectorado británico bajo el nombre de Estados Unidos de las Islas Jónicas. Los británicos, durante su medio siglo de gobierno (1815-1864), construyeron caminos, puentes (el célebre puente de piedra sobre la laguna de Argostoli, el de Drapano, es de esta época) y faros. En 1864, las Jónicas se unieron por fin al reino de Grecia.
El episodio más trágico de la historia moderna de Cefalonia ocurrió en septiembre de 1943 y merece contarse con precisión y sobriedad, porque fue un crimen de guerra real y de enorme gravedad. Durante la Segunda Guerra Mundial, la isla estaba ocupada por tropas italianas: la División Acqui, con unos 11.500 hombres al mando del general Antonio Gandin, guarnecía Cefalonia junto a un contingente alemán más pequeño.
El 8 de septiembre de 1943, Italia firmó el armisticio con los Aliados y dejó de ser aliada de la Alemania nazi. En Cefalonia se planteó entonces una situación desesperada: los alemanes exigieron a los italianos que entregaran las armas y se rindieran. Tras días de tensas negociaciones y una consulta entre los soldados, la División Acqui decidió no rendirse y resistir. Entre el 15 y el 22 de septiembre de 1943 se libraron duros combates entre italianos y alemanes, que recibieron refuerzos aéreos y terrestres.
Tras la rendición italiana, los alemanes ejecutaron de forma sistemática a miles de prisioneros de guerra italianos, en cumplimiento de órdenes de no hacer prisioneros. Las estimaciones históricas varían, pero se calcula que alrededor de 5.000 soldados de la División Acqui fueron fusilados tras deponer las armas, y varios miles más murieron en los combates o ahogados cuando los barcos que los transportaban como prisioneros se hundieron al chocar con minas. En total, se estima que perecieron entre 5.000 y 9.000 hombres. Fue una de las mayores masacres de prisioneros de guerra de todo el conflicto. Algunos habitantes de la isla ayudaron a esconder a los pocos italianos que lograron escapar. Hoy un monumento en Argostoli recuerda a los caídos de la División Acqui, y el hecho es conmemorado tanto en Grecia como en Italia. Esta tragedia inspiró, años más tarde, la novela y la película 'La mandolina del capitán Corelli'.
Diez años después de la guerra, la naturaleza asestó a Cefalonia otro golpe demoledor. El 12 de agosto de 1953, una serie de terremotos sacudió las Islas Jónicas del sur durante varios días. El seísmo principal, de magnitud en torno a 6,8-7,2, tuvo su epicentro entre Cefalonia y Zakynthos y fue acompañado de un fenómeno geológico impresionante: elevó toda la isla de Cefalonia unos 60 centímetros de forma permanente.
La destrucción fue casi total. Argostoli, la capital, quedó arrasada, y prácticamente todos los edificios de la isla se derrumbaron o quedaron inhabitables. Solo se salvó, casi intacto, el pueblo de Fiskardo, en el extremo norte, más alejado del epicentro: por eso hoy Fiskardo es el único lugar de Cefalonia que conserva su arquitectura veneciana original, mientras que el resto de la isla —pueblos, iglesias, campaniles, mansiones— tuvo que reconstruirse desde cero. Esa es la clave para entender por qué Cefalonia, pese a su larga historia, muestra tan poca piedra vieja.
Las consecuencias humanas fueron enormes. Muchos habitantes lo perdieron todo, y una parte importante de la población emigró de forma definitiva a Atenas y sobre todo al extranjero —Canadá, Estados Unidos, Australia, el Reino Unido—, dejando la isla y su economía en ruinas durante años. La reconstrucción se hizo con nuevas normas antisísmicas y un estilo funcional y moderno, muy distinto del veneciano perdido. El mismo terremoto devastó también a la vecina Zakynthos, con la que Cefalonia comparte esta historia de catástrofe y reconstrucción. Entender el 1953 es entender el rostro actual de las Jónicas del sur.
Reconstruida tras la guerra y el terremoto, Cefalonia se abrió lentamente al turismo en las décadas siguientes, apoyándose en su naturaleza espectacular más que en un patrimonio monumental que había desaparecido. La cueva-lago de Melissani, la caverna de Drogarati, la playa de Myrtos, los pueblos de Assos y Fiskardo y el monte Enos, con su bosque de abetos endémicos protegido como Parque Nacional desde 1962, se convirtieron en sus grandes atractivos.
El salto a la fama internacional llegó con la cultura popular. En 1994, el escritor británico Louis de Bernières publicó la novela 'La mandolina del capitán Corelli' (Captain Corelli's Mandolin), una historia de amor ambientada en Cefalonia durante la ocupación italiana y la tragedia de la División Acqui. El libro fue un éxito mundial, y su adaptación al cine en 2001, rodada en la propia isla con estrellas de Hollywood, multiplicó su fama y atrajo a una nueva ola de visitantes que querían ver los paisajes de la película. La isla, sin embargo, ha mantenido en buena medida su carácter auténtico y menos masificado que otros destinos griegos.
Hoy Cefalonia combina el turismo de naturaleza y playa con una producción agrícola de calidad, encabezada por su vino blanco robola, elaborado con una uva autóctona en las laderas del Enos y protegido con denominación de origen. Verde, montañosa, marcada por su historia trágica y por los terremotos, la mayor de las Jónicas ofrece al viajero una mezcla difícil de encontrar: naturaleza de primera, memoria histórica intensa, buena mesa y la sensación de estar en una isla que todavía se pertenece a sí misma.