El sur y el centro de la actual Ghana son el hogar histórico de los pueblos akan, agricultores y orfebres que hablan lenguas emparentadas —twi, fante, akuapem— y que a lo largo de siglos levantaron algunos de los Estados más ricos del África Occidental. La base de su poder fue el oro: los ríos y los yacimientos de la región del bosque producían cantidades tan grandes del metal que dieron nombre, siglos después, a toda la costa.
Entre los primeros grandes Estados akan estuvo Bono (o Bono Manso), surgido alrededor del siglo XIV como emporio del oro, en contacto con las rutas comerciales del norte. Más al sur, sobre las rutas hacia el mar, se sucedieron reinos rivales que competían por controlar el tráfico del metal y, más tarde, de las armas y los cautivos: Denkyira, que llegó a ser la potencia hegemónica del interior; Akwamu, que a fines del siglo XVII dominó un vasto territorio costero; Akyem, y los estados fante del litoral. El oro se pesaba con delicados pesos de bronce con forma de animales y proverbios, verdaderas obras de arte que hoy se exhiben en los museos del mundo.
Esta constelación de reinos akan estaba en permanente tensión y reacomodo. Sus jefes gobernaban desde "taburetes" (los stools), símbolos del alma de cada linaje, y organizaban ejércitos, cortes y complejos sistemas de tributos. De esa competencia entre estados del oro nacería, a comienzos del siglo XVIII, el más formidable de todos: la confederación ashanti, que se impondría sobre sus vecinos y marcaría el destino de la región durante los dos siglos siguientes.
El norte de Ghana cuenta otra historia, ligada no al Atlántico sino al desierto. Mucho antes de que llegaran los europeos, las sabanas del norte estaban conectadas al gran comercio transahariano que unía el África subsahariana con el Magreb y el Mediterráneo. Por esas rutas viajaban el oro, la nuez de cola, la manteca de karité y también cautivos hacia el norte, y regresaban sal, tejidos, caballos y, sobre todo, el islam.
Conviene aclarar un equívoco célebre: el antiguo imperio de Ghana —Wagadu— que dio nombre al país moderno no estaba aquí, sino mucho más al noroeste, en lo que hoy son Malí y Mauritania. Nkrumah eligió ese nombre en 1957 como homenaje a la grandeza africana medieval. Lo que sí ocurrió en el norte ghanés fue la formación, entre los siglos XV y XVII, de reinos poderosos: Dagbon, de los dagomba, y el vecino Mamprugu, ambos vinculados al ancestro legendario Naa Gbewaa; y Gonja, fundado por conquistadores de habla mandé llegados de la órbita del imperio de Malí. Estos reinos actuaron como puente entre el mundo islámico del Sahel y los reinos del bosque al sur.
Ciudades-mercado como Salaga se convirtieron en enormes centros caravaneros donde se cruzaban comerciantes wangara y hausa, eruditos musulmanes, telas del norte y esclavos; un viajero europeo del siglo XIX quedó tan asombrado por su tamaño y cosmopolitismo que la comparó con la mismísima Tombuctú. Los comerciantes y clérigos mandé llevaron el islam y la escritura árabe, y de esa herencia sahariana quedan joyas como la mezquita de Larabanga, de barro y madera al estilo sudanés. El norte de Ghana es, así, la cara continental y musulmana de un país que suele mirarse solo desde el mar.
En 1471 los navegantes portugueses alcanzaron este litoral y quedaron deslumbrados por la cantidad de oro que ofrecían los pueblos akan. Lo llamaron A Mina, "la mina", y a toda la región, la Costa del Oro (Costa da Mina). En 1482, una expedición al mando de Diogo de Azambuja levantó en Elmina el castillo de São Jorge da Mina, la primera fortaleza europea permanente del África subsahariana y el edificio europeo más antiguo que aún se conserva al sur del Sahara. Su propósito inicial era proteger y controlar el comercio del oro.
Con el tiempo, ese comercio se transformó en algo mucho más siniestro. A medida que las plantaciones americanas exigían mano de obra esclava, la Costa del Oro se convirtió en uno de los grandes nudos de la trata transatlántica. La costa se llenó de fuertes y castillos —se cuentan varias decenas— construidos por portugueses, holandeses, daneses, suecos, brandeburgueses y británicos, que competían y se arrebataban entre sí estas plazas. Los holandeses tomaron Elmina a los portugueses en 1637; los británicos consolidaron Cape Coast como su cuartel general.
Dentro de esos muros blancos y luminosos se escondían los calabozos donde se hacinaban, en condiciones atroces, hombres, mujeres y niños capturados en el interior antes de ser embarcados hacia América. La "puerta del no retorno" de Cape Coast y Elmina —el umbral por el que salían encadenados hacia los barcos negreros para no volver jamás— es hoy uno de los lugares de memoria más conmovedores de África, Patrimonio de la Humanidad. Es un pasado que debe nombrarse sin eufemismos: millones de africanos pasaron por estas costas rumbo a la esclavitud, y estos castillos, hermosos y terribles a la vez, son su testimonio de piedra.
Mientras los europeos peleaban por la costa, en el corazón del bosque nacía uno de los Estados más poderosos que conoció el África precolonial. Hacia fines del siglo XVII, un puñado de pequeños estados akan, sometidos y explotados por el reino de Denkyira, se unieron bajo el liderazgo de Osei Tutu. En 1701, en la decisiva batalla de Feyiase, derrotaron a Denkyira y sellaron el nacimiento del imperio ashanti (asante), con capital en Kumasi.
El símbolo y el pegamento de esa unión fue el Sika Dwa Kofi, el Trono de Oro. Según la tradición, el sacerdote y consejero Okomfo Anokye lo hizo descender del cielo entre truenos para posarlo sobre las rodillas de Osei Tutu, declarando que en ese taburete de oro macizo residía el alma misma de la nación ashanti. Nadie —ni siquiera el rey, el Asantehene— podía sentarse en él, y jamás debía tocar el suelo. En torno a ese trono, Anokye ayudó a dotar al imperio de una constitución, un ejército permanente y un sistema de gobierno notablemente elaborado.
Durante el siglo XVIII y buena parte del XIX, los ashanti extendieron su dominio sobre gran parte de la actual Ghana y más allá, controlando el comercio del oro y de la nuez de cola. Kumasi se convirtió en una capital opulenta, con caminos, palacios y una corte de gran ceremonial, donde el oro se lucía en pesos, joyas, ornamentos y en los tejidos de kente reservados a la realeza. La riqueza y la organización del imperio impresionaron a los propios europeos, que pronto verían en esa potencia del bosque a su gran rival por el control de la Costa del Oro.
El choque entre el imperio ashanti y el imperio británico fue inevitable, y se saldó en una larga serie de guerras anglo-ashanti que se sucedieron, con treguas de por medio, entre 1823 y 1900. Los británicos, aliados a menudo con los fante de la costa —enemigos históricos de los ashanti—, buscaban quebrar el poder de Kumasi y quedarse con el control del comercio. Los ashanti resistieron durante décadas con notable eficacia militar.
El punto de inflexión llegó en 1874, cuando una expedición británica marchó sobre Kumasi, la ocupó y la incendió. Ese mismo año, Londres proclamó formalmente la colonia de la Costa del Oro sobre la franja costera. Pero el imperio ashanti no estaba vencido del todo. En 1896 los británicos ocuparon de nuevo Kumasi y deportaron al Asantehene Prempeh I a las islas Seychelles, tratando de descabezar el reino.
El episodio más heroico llegó en 1900. El gobernador británico Frederick Hodgson tuvo la osadía de exigir que le entregaran el Trono de Oro para sentarse en él, sin entender que estaba profanando el alma de todo un pueblo. Ante la vacilación de los jefes, fue una mujer, la reina madre Yaa Asantewaa, quien tomó las armas y encabezó la última gran rebelión, conocida como la Guerra del Trono de Oro. Miles de ashanti sitiaron a los británicos en el fuerte de Kumasi en una guerra encarnizada que dejó millares de muertos de ambos lados. Los británicos aplastaron finalmente la revuelta y deportaron también a Yaa Asantewaa a las Seychelles, donde murió; en 1902 anexaron Ashanti como colonia de la Corona. Pero nunca consiguieron el Trono de Oro, que los ashanti lograron esconder, y la figura de la reina guerrera quedó para siempre como símbolo de la dignidad y la resistencia africanas.
Con la anexión de Ashanti en 1902 y la incorporación de los Territorios del Norte, los británicos completaron la construcción de la colonia de la Costa del Oro, sumando a la franja costera —donde la capital colonial pasó de Cape Coast a Accra en 1877— el interior del bosque y las sabanas septentrionales. Tras la Primera Guerra Mundial se añadió una porción del antiguo Togo alemán, el llamado Togoland británico, administrado bajo mandato.
La economía colonial se transformó de manera profunda. Junto al viejo oro y a la madera irrumpió un cultivo que cambiaría el país para siempre: el cacao. Introducido a fines del siglo XIX —la tradición atribuye a Tetteh Quarshie la llegada de las primeras semillas desde Fernando Poo—, el cacao se expandió por manos de pequeños agricultores africanos hasta convertir a la Costa del Oro en el mayor productor mundial. Esa riqueza financió carreteras, ferrocarriles, el puerto de Takoradi y una red de escuelas y misiones que formaron una élite africana educada.
De esa élite letrada, y de los veteranos africanos que combatieron por el imperio en las dos guerras mundiales, surgió el nacionalismo moderno. La colonia tenía una prensa vigorosa, abogados, médicos y maestros que reclamaban primero más representación y luego, directamente, la independencia. El detonante llegó en 1948, cuando la policía disparó contra una manifestación pacífica de excombatientes en Accra, matando a varios; los disturbios que siguieron radicalizaron el movimiento y pusieron a Ghana en la senda irreversible hacia la libertad.
El hombre que encarnó esa hora fue Kwame Nkrumah. Formado en Estados Unidos y Gran Bretaña, empapado de ideas panafricanistas y socialistas, regresó a su tierra en 1947 y pronto rompió con los nacionalistas moderados para fundar en 1949 su propio partido, el Convention People's Party (CPP), con una consigna incendiaria: "autogobierno ya". Su método de "acción positiva" —huelgas y desobediencia civil no violenta— le valió la cárcel, pero también una popularidad arrolladora. Desde la prisión, su partido arrasó en las elecciones de 1951, y los británicos no tuvieron más remedio que liberarlo y hacerlo líder del gobierno.
El 6 de marzo de 1957, a la medianoche, ante una multitud enfervorizada en Accra, Nkrumah proclamó la independencia con una frase que resonó en todo el continente: "¡Al fin la batalla ha terminado!". La antigua Costa del Oro renació con el nombre de Ghana, en homenaje al gran imperio medieval de África Occidental. Fue un acontecimiento histórico: Ghana se convirtió en el primer país del África subsahariana en liberarse del dominio colonial europeo, y su bandera con la estrella negra —símbolo de la libertad africana— se transformó en emblema de toda una época. En 1960 el país se proclamó república, con Nkrumah como presidente.
Nkrumah soñaba en grande. Impulsó una industrialización acelerada, escuelas y hospitales, la gigantesca represa de Akosombo sobre el río Volta, y sobre todo un proyecto continental: la unidad de África. Fue uno de los grandes arquitectos del panafricanismo y de la Organización para la Unidad Africana, fundada en 1963. "La independencia de Ghana no tiene sentido si no está ligada a la liberación total del continente africano", proclamó. Pero su gobierno derivó hacia un régimen de partido único, personalista y cada vez más autoritario y endeudado, que le fue restando apoyos dentro del país.
El sueño de Nkrumah terminó de forma abrupta el 24 de febrero de 1966, cuando un golpe militar y policial lo derrocó mientras estaba de viaje en el extranjero. Nunca regresó: murió en el exilio en 1972. Se abrió entonces una de las etapas más turbulentas de la joven nación: entre 1966 y 1981, Ghana sufrió una seguidilla de golpes de Estado —fue uno de los países más golpistas del África poscolonial—, alternando efímeros gobiernos militares y civiles en medio de una economía en caída libre.
De ese caos emergió una figura decisiva y controvertida: el teniente de aviación Jerry John Rawlings. Llegó al poder por primera vez en un levantamiento de junio de 1979 —durante el cual fueron ejecutados varios exjefes de Estado—, entregó el gobierno a civiles y luego, ante la parálisis del país, volvió a tomar el poder en un nuevo golpe el 31 de diciembre de 1981. Rawlings gobernó con mano dura durante más de una década, aplicó dolorosos ajustes económicos y, finalmente, condujo la transición a la democracia: una nueva constitución en 1992 y elecciones multipartidistas que él mismo ganó en 1992 y 1996, ya como presidente civil.
El gran salto llegó en el año 2000, cuando la oposición de John Kufuor ganó las elecciones y Rawlings entregó pacíficamente el poder: fue la primera alternancia democrática de un partido a otro en la historia del país, y una de las primeras de África Occidental. Desde entonces Ghana se consolidó como una de las democracias más estables y respetadas del continente, con transiciones pacíficas entre los dos grandes partidos —Kufuor, Atta Mills, Mahama, Akufo-Addo y de nuevo Mahama—. Hoy, apoyada en el cacao, el oro y el petróleo descubierto frente a sus costas en 2007, y con una cultura vibrante que exporta al mundo el highlife, el afrobeats, el kente y la iniciativa "Year of Return" que invita a la diáspora africana a volver, Ghana honra su lugar como pionera de la libertad africana, aunque todavía lidie con la corrupción, la deuda y las desigualdades heredadas de su historia.