Pocas ciudades despiertan tanta emoción anticipada como París. Antes de llegar, ya la conocemos a través de mil películas, canciones y postales: la Torre Eiffel iluminándose al caer la noche, los cafés con sus sillas de mimbre mirando a la calle, los puentes sobre el Sena, los puestos de libros usados de los bouquinistes. Y, sin embargo, cuando uno la pisa de verdad, la 'Ciudad de la Luz' siempre supera la fantasía: hay una belleza cotidiana en sus bulevares de piedra clara, sus mansardas de zinc y sus plazas arboladas que se siente en cada esquina.
París es, ante todo, una capital de la cultura. Aquí está el Louvre, el museo más visitado del mundo, con la Gioconda y la Venus de Milo; el Museo de Orsay, con los impresionistas; la catedral de Notre-Dame renaciendo de las llamas; y barrios enteros que respiran arte, como Montmartre, donde pintaron Picasso y Toulouse-Lautrec, o el Marais, con sus mansiones y galerías. Pero también es la ciudad del placer sencillo: sentarse en una terraza con un café o una copa de vino, comprar un croissant recién horneado, perderse caminando sin rumbo por sus calles.
Esta guía recorre lo esencial de París con mirada práctica y cálida: cómo organizar la visita a sus grandes museos y monumentos, cómo moverse en metro y a pie, qué barrios recorrer, dónde ver los mejores atardeceres y cómo disfrutar de su gastronomía sin gastar de más. París puede parecer abrumadora por todo lo que ofrece, pero con un poco de planificación regala algunos de los días más memorables de cualquier viaje por Europa.
París nació en una isla del Sena, la actual Île de la Cité, donde en la Antigüedad vivía la tribu gala de los parisii, que dio nombre a la ciudad. Hacia el año 52 a.C. los romanos conquistaron el lugar y fundaron Lutecia (Lutetia), una ciudad romana de la que aún quedan restos como las Arenas de Lutecia y las termas de Cluny. Con la caída de Roma, la región pasó a manos francas, y en el año 508 Clodoveo, rey de los francos, hizo de París su capital. Durante la Edad Media la ciudad creció a ambos lados del río, con la construcción de Notre-Dame (iniciada en 1163) y de la Universidad de París (la Sorbona), uno de los grandes centros del saber de Europa. Bajo los reyes capetos y luego Valois y Borbones, París se consolidó como capital del reino de Francia, aunque la Corte oscilaba entre la ciudad y el Valle del Loira. El siglo XVII vio la magnificencia de Luis XIV (que, sin embargo, trasladó la Corte a Versalles), y el XVIII, la efervescencia intelectual de la Ilustración. En 1789, la toma de la Bastilla dio inicio a la Revolución Francesa, que cambió la historia del mundo. En el siglo XIX, el barón Haussmann, por encargo de Napoleón III, transformó radicalmente la ciudad medieval abriendo los grandes bulevares y dándole su fisonomía actual; en 1889 se inauguró la Torre Eiffel para la Exposición Universal. París fue ocupada por los nazis entre 1940 y 1944 y liberada al final de la Segunda Guerra Mundial. En la posguerra siguió siendo capital del arte, la moda y las ideas. La historia completa está en nuestra página de historia.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
La historia de París comienza en una isla en medio del río Sena, la actual Île de la Cité. Hacia el siglo III antes de Cristo, una tribu celta de los galos, los parisii, se estableció en este lugar estratégico: la isla ofrecía protección natural y controlaba un cruce importante del río, en una de las rutas comerciales del estaño y otras mercancías. De esa tribu, los parisii, deriva el nombre de la ciudad. Vivían de la pesca, el comercio fluvial y la agricultura, y acuñaban incluso sus propias monedas de oro.
En el año 52 antes de Cristo, durante la conquista de la Galia por Julio César, las legiones romanas se enfrentaron a los pueblos galos de la región. Tras la derrota gala, los romanos tomaron el control del asentamiento y fundaron una ciudad a la que llamaron Lutecia (Lutetia). La ciudad romana creció sobre todo en la orilla izquierda del Sena (la actual montaña de Santa Genoveva, donde hoy está el Barrio Latino) y en la isla, siguiendo el trazado ordenado típico romano, con foro, termas, teatro y un anfiteatro.
De aquella Lutecia romana todavía quedan vestigios visibles en pleno París: las Arenas de Lutecia (Arènes de Lutèce), un anfiteatro donde se celebraban combates y espectáculos, y las termas de Cluny, hoy integradas en el Museo Nacional de la Edad Media. Durante varios siglos, Lutecia fue una ciudad galo-romana próspera pero secundaria dentro del Imperio. Con el tiempo, y ya en la Antigüedad tardía, el nombre de la ciudad fue cambiando del de la ciudad (Lutecia) al del pueblo que la habitaba (los parisii), hasta quedar fijado simplemente como 'París'.
Con la caída del Imperio romano de Occidente, la región de París pasó a manos de los pueblos germánicos. En el año 508, Clodoveo I (Clovis), rey de los francos y primer monarca cristiano de la dinastía merovingia, convirtió a París en la capital de su reino, sentando las bases de la futura nación francesa. A partir de entonces, y a lo largo de la Edad Media, la ciudad fue ganando peso como centro político, religioso y económico.
El gran impulso llegó con la dinastía de los Capetos, a partir del siglo X. Bajo su reinado, París se consolidó definitivamente como la capital del reino de Francia. La ciudad creció a ambos lados del río: en la Île de la Cité se concentraba el poder real y religioso; la orilla derecha (la 'Ville') se convirtió en el centro del comercio y los oficios; y la orilla izquierda (la 'Université') en el centro del saber. En 1163 comenzó la construcción de la catedral de Notre-Dame, una de las obras cumbre del gótico, que se prolongaría durante casi dos siglos.
En ese mismo período, hacia mediados del siglo XIII, se fundó la Universidad de París, con su famoso colegio de la Sorbona, que se convirtió en uno de los grandes focos intelectuales de toda Europa, atrayendo a estudiantes y maestros de todo el continente. El latín, lengua de la enseñanza, dio nombre al Barrio Latino. Los reyes fortificaron y embellecieron la ciudad: el rey Felipe Augusto mandó construir una gran muralla y la fortaleza del Louvre (que entonces era un castillo defensivo, no un palacio), y Luis IX (San Luis) erigió la deslumbrante Sainte-Chapelle para albergar reliquias de la Pasión. Pese a guerras, epidemias de peste y revueltas, al final de la Edad Media París era una de las mayores y más importantes ciudades de Europa.
Durante la Edad Moderna, París siguió siendo el centro del reino de Francia, aunque la relación de los monarcas con la ciudad fue ambigua. Los reyes de la dinastía Valois y luego los Borbones embellecieron París con palacios y monumentos, pero también desconfiaban de su población turbulenta. Enrique IV, a comienzos del siglo XVII, impulsó grandes obras urbanas, como el Pont Neuf (el puente más antiguo de la ciudad, pese a su nombre, que significa 'puente nuevo') y la elegante Place des Vosges, en el Marais.
El reinado de Luis XIV, el 'Rey Sol', en la segunda mitad del siglo XVII, marcó un punto de inflexión. Aunque trasladó la Corte al nuevo palacio de Versalles (en parte por su desconfianza hacia los parisinos tras las revueltas de la Fronda durante su infancia), embelleció la capital con grandes proyectos: los Inválidos para los soldados veteranos, las plazas reales como la Place Vendôme, los grandes bulevares en el trazado de las antiguas murallas. París se convirtió en una capital monumental y en referente de la elegancia europea.
El siglo XVIII fue el siglo de las Luces, y París fue su epicentro. En sus salones, cafés y academias se reunían los grandes pensadores de la Ilustración —Voltaire, Diderot, Rousseau, Montesquieu—, que con sus ideas sobre la razón, la libertad y los derechos transformaron el pensamiento europeo y prepararon el terreno para los grandes cambios políticos que se avecinaban. La ciudad era un hervidero intelectual, cultural y económico, pero también una urbe superpoblada, con enormes desigualdades sociales que terminarían estallando a finales de siglo.
El 14 de julio de 1789, el pueblo de París tomó por asalto la Bastilla, una fortaleza-prisión que simbolizaba el poder arbitrario de la monarquía absoluta. Aquel acto, hoy convertido en la fiesta nacional de Francia, dio el pistoletazo de salida a la Revolución Francesa, uno de los acontecimientos más trascendentales de la historia de la humanidad, cuyas ideas de libertad, igualdad y fraternidad transformaron el mundo entero.
París fue el escenario central de la Revolución. En sus calles, plazas y asambleas se vivieron los grandes momentos del proceso: la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, la marcha de las mujeres sobre Versalles que obligó a la familia real a regresar a París, la proclamación de la República en 1792 y, en el período más radical del Terror, las ejecuciones en la guillotina instalada en la actual Plaza de la Concordia, donde fueron decapitados el rey Luis XVI y la reina María Antonieta, entre miles de personas. La Conciergerie, en la Île de la Cité, sirvió de antesala de la guillotina.
La Revolución también transformó la ciudad de forma duradera. El Louvre, antiguo palacio real, se convirtió en museo público en 1793. Numerosos bienes de la Iglesia y la nobleza fueron nacionalizados. Y el ideario revolucionario dejó una huella que llega hasta hoy en los nombres de calles y plazas y en los símbolos de la República francesa. Tras los años convulsos de la Revolución llegó al poder Napoleón Bonaparte, que se coronó emperador en 1804 (en la catedral de Notre-Dame) y dejó en París monumentos imperiales como el Arco del Triunfo y la columna de la Place Vendôme.
A mediados del siglo XIX, París era todavía en gran parte una ciudad medieval, con calles estrechas, oscuras e insalubres. Entre 1853 y 1870, bajo el reinado de Napoleón III, el prefecto del Sena, el barón Georges-Eugène Haussmann, llevó a cabo una transformación urbanística sin precedentes que dio a París su aspecto actual. Haussmann abrió grandes bulevares rectos y arbolados a través del tejido medieval, construyó sistemas modernos de agua y alcantarillado, creó parques (como el Bois de Boulogne y el Bois de Vincennes), y estableció normas de fachadas que generaron la imagen homogénea y elegante de los edificios parisinos de piedra clara, con sus balcones de hierro y sus techos de zinc.
Esta reforma, aunque criticada por su costo social (se demolieron barrios populares enteros y se desplazó a muchos vecinos), modernizó la ciudad y la convirtió en un modelo urbano admirado en todo el mundo. París afianzó así su papel como capital del arte, la moda y el placer. En 1889, para la Exposición Universal que conmemoraba el centenario de la Revolución, se inauguró la Torre Eiffel, que en su momento fue la estructura más alta del mundo y que, pese a las críticas iniciales de muchos artistas, terminó convirtiéndose en el símbolo eterno de la ciudad.
El cambio de siglo, conocido como la Belle Époque, fue una época de esplendor cultural y científico: nacieron el cine (de la mano de los hermanos Lumière), el cabaret (con el Moulin Rouge), el art nouveau (visible en las célebres bocas de metro de Hector Guimard) y una vida artística deslumbrante. París atraía a pintores, escritores y músicos de todo el mundo, especialmente a barrios como Montmartre y, más tarde, Montparnasse, donde se gestaron las vanguardias del arte moderno.
El siglo XX puso a prueba a París como nunca antes. Durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918), la ciudad estuvo amenazada por el avance alemán, que fue detenido en la batalla del Marne, en parte gracias a los famosos 'taxis del Marne' que llevaron tropas al frente. En el período de entreguerras, los 'années folles' (los años locos), París volvió a brillar como capital mundial del arte y la cultura, atrayendo a artistas, escritores y músicos de todo el planeta, desde Picasso y Hemingway hasta los músicos de jazz afroamericanos.
La Segunda Guerra Mundial trajo el episodio más oscuro: entre junio de 1940 y agosto de 1944, París estuvo ocupada por la Alemania nazi. Fueron años duros, marcados por la represión, la escasez, la deportación de la población judía y la actividad clandestina de la Resistencia. El 25 de agosto de 1944, tras una insurrección popular y la llegada de las fuerzas aliadas y de la Francia Libre, París fue liberada; el general De Gaulle desfiló triunfal por los Campos Elíseos. La ciudad, afortunadamente, se salvó de la destrucción que sufrieron otras capitales europeas.
En la posguerra, París se modernizó y siguió siendo un faro cultural e intelectual (con el existencialismo de Sartre y los cafés de Saint-Germain, el Mayo del 68 estudiantil, la moda y el cine). Se construyeron grandes obras arquitectónicas contemporáneas que conviven con el patrimonio histórico: el Centro Pompidou, la pirámide del Louvre, la Grande Arche de La Défense, la Ópera Bastilla. Hoy París es una metrópolis cosmopolita y diversa, capital de Francia y una de las ciudades más visitadas e influyentes del mundo, que en 2024 volvió a ser sede de los Juegos Olímpicos (un siglo después de 1924) y reabrió, restaurada, su catedral de Notre-Dame.