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Historia de Francia

La Galia y los celtas

Mucho antes de que existiera Francia, el territorio que se extiende entre el Rin, los Alpes, los Pirineos y el Atlántico estuvo habitado por pueblos celtas a los que los romanos llamaron galos. Llegados en oleadas desde el centro de Europa a lo largo del primer milenio antes de nuestra era, los galos no formaban un Estado sino una constelación de decenas de pueblos —arvernos, eduos, sécuanos, belgas, parisios, véneto s— organizados en tribus y confederaciones, a menudo rivales entre sí. Vivían en aldeas y en oppida, ciudades fortificadas sobre alturas, y desarrollaron una notable metalurgia del hierro, una agricultura próspera y un comercio que los conectaba con el mundo mediterráneo a través de la colonia griega de Marsella.

La sociedad gala estaba dominada por una aristocracia guerrera de jinetes y por una casta sacerdotal, los druidas, que oficiaban de jueces, maestros y guardianes de un saber religioso transmitido oralmente y jamás puesto por escrito. Los galos adoraban a numerosas divinidades ligadas a la naturaleza, celebraban asambleas y practicaban una religión de la que apenas conservamos ecos deformados por los autores griegos y romanos. Grandes artesanos del metal, acuñaron moneda, forjaron armas y joyas de exquisita orfebrería y difundieron innovaciones prácticas —el tonel, ciertos aperos agrícolas— que Roma adoptaría después.

Lejos del cliché de bárbaros primitivos, los galos eran un pueblo culto y dinámico, pero su fragmentación política los volvía vulnerables. Las rivalidades entre pueblos y las llamadas de auxilio de unos contra otros abrirían, en el siglo I a.C., la puerta a la intervención de Roma. La Galia independiente estaba a punto de desaparecer, aunque su sustrato —lingüístico, religioso, territorial— seguiría latiendo bajo la superficie romana durante siglos.

https://fr.wikipedia.org/wiki/Gaulehttps://www.britannica.com/place/Gaul

La conquista romana y Vercingétorix

La conquista de la Galia fue obra de un solo hombre, movido por la ambición política: Cayo Julio César. Procónsul de la Galia Narbonense —el sur mediterráneo, ya romano desde el siglo II a.C.—, César emprendió a partir del 58 a.C. una serie de campañas que en pocos años sometieron a la casi totalidad de la Galia «cabelluda». Aprovechando las divisiones entre los pueblos galos, jugando con las alianzas y desplegando una máquina militar implacable, describió sus operaciones en la Guerra de las Galias, obra maestra de propaganda y a la vez fuente histórica capital.

La resistencia culminó en el año 52 a.C. con la gran revuelta encabezada por Vercingétorix, joven jefe de los arvernos cuyo nombre significa «rey de los guerreros». Logró unir tras de sí a buena parte de los pueblos galos y practicó la táctica de la tierra quemada para privar a los romanos de víveres, infligiéndoles incluso una derrota en Gergovia. Pero acabó cercado en el oppidum de Alesia, donde César, con un prodigio de ingeniería militar, levantó una doble línea de fortificaciones de decenas de kilómetros para encerrar a los sitiados y contener al ejército galo de socorro. Entre julio y septiembre del 52 a.C., hambre y desmoralización quebraron la resistencia: Vercingétorix se rindió y fue llevado cautivo a Roma, donde, tras figurar en el triunfo de César en el 46 a.C., fue estrangulado en su cárcel.

Alesia selló el fin de la Galia independiente y el comienzo de casi cinco siglos de dominación romana. La Galia se cubrió de ciudades, calzadas, acueductos, anfiteatros y termas; adoptó el latín, del que nacería el francés, y el derecho romano; y se romanizó tan profundamente que llegó a dar emperadores y grandes escritores al Imperio. Vercingétorix, en cambio, resurgiría muchos siglos después como símbolo: en el siglo XIX, la Francia de Napoleón III lo convirtió en el primer héroe de la nación, primer nombre de un largo relato patriótico.

https://fr.wikipedia.org/wiki/Si%C3%A8ge_d'Al%C3%A9siahttps://fr.wikipedia.org/wiki/Guerre_des_Gaules

Los francos, Clodoveo y Carlomagno

Con la crisis del Imperio romano de Occidente, en los siglos IV y V, pueblos germánicos cruzaron el Rin e se instalaron en la Galia. Entre ellos destacaron los francos, de los que la Francia tomaría su nombre. Hacia el año 481-482 tomó el poder entre ellos Clodoveo (Clovis), de la dinastía merovingia, que en pocos años sometió a los demás jefes francos y venció a los últimos poderes de la Galia. Dos decisiones suyas fueron decisivas: la victoria sobre los alamanes y, sobre todo, su conversión al cristianismo católico —y no al arrianismo de otros pueblos germánicos—, con el bautismo en Reims, hacia el año 496-500, de la mano del obispo Remigio. Esa alianza entre la monarquía franca y la Iglesia de Roma marcaría durante mil trescientos años la historia de Francia; Reims seguiría siendo la ciudad de la coronación de los reyes.

El reino merovingio, sin embargo, se fragmentó una y otra vez entre los herederos, y el poder real fue pasando a manos de los «mayordomos de palacio». Uno de ellos, Carlos Martel, frenó en 732 cerca de Poitiers una incursión musulmana procedente de la península ibérica; su hijo Pipino el Breve depuso al último merovingio y fundó, en 751, la dinastía carolingia. La cumbre llegó con su nieto Carlomagno (Charlemagne), rey de los francos desde 768, que en decenios de campañas reunió bajo su cetro buena parte de Europa occidental: la Galia, Germania, el norte de Italia. La Navidad del año 800, el papa lo coronó emperador en Roma, restaurando en Occidente la idea imperial.

El imperio de Carlomagno fue un renacimiento cultural —escuelas, copia de manuscritos, unificación de la escritura— pero no sobrevivió a su nieto. El Tratado de Verdún de 843 lo repartió entre tres herederos: de la Francia occidentalis nacería, andando el tiempo, el reino de Francia; de la oriental, Germania. Aquel reparto, hecho para contentar a unos príncipes, dibujó a grandes rasgos la frontera cultural de Europa y puso la primera piedra de la larga rivalidad entre Francia y Alemania.

https://fr.wikipedia.org/wiki/Clovis_Ierhttps://fr.wikipedia.org/wiki/Charlemagne

La Francia capeta, los Cien Años y Juana de Arco

En el año 987, los grandes del reino eligieron rey a Hugo Capeto, señor de un dominio modesto en torno a París. Nacía la dinastía de los Capetos, que con notable continuidad —de padre a hijo, durante siglos— fue ampliando poco a poco el poder real frente a los grandes feudos. Reyes como Felipe II Augusto, que arrebató Normandía a los ingleses y venció en Bouvines (1214), o Luis IX (San Luis), símbolo del rey justo y cruzado, o Felipe IV el Hermoso, que sometió al papado y disolvió a los Templarios, hicieron de Francia una monarquía cada vez más fuerte y centralizada. En torno a París florecieron las universidades, las catedrales góticas y una lengua y una cultura de irradiación europea.

Ese ascenso se quebró en el siglo XIV con la Guerra de los Cien Años (1337-1453), un largo conflicto contra Inglaterra por la corona de Francia y por los vastos feudos que los reyes ingleses poseían en suelo francés, sobre todo en Aquitania. Fue un siglo terrible: las derrotas de Crécy (1346) y Azincourt (1415), la peste negra que a mediados del siglo XIV mató quizá a un tercio de la población, las bandas de mercenarios que saqueaban el país. Tras Azincourt, el Tratado de Troyes (1420) llegó a desheredar al delfín y a reconocer al rey de Inglaterra como heredero del trono francés. Francia parecía a punto de desaparecer como reino independiente.

El vuelco lo encarnó una campesina de Lorena, Juana de Arco. Convencida de una misión divina, logró en 1429 que el desanimado delfín le confiara tropas, liberó Orleans sitiada y lo condujo a coronarse rey como Carlos VII en Reims, devolviendo legitimidad a la causa francesa. Capturada por los borgoñones, entregada a los ingleses y juzgada por un tribunal eclesiástico, Juana fue quemada viva en Ruan el 30 de mayo de 1431, a los diecinueve años. Rehabilitada en 1456 y canonizada en 1920, se convirtió en una de las grandes figuras de la memoria nacional, disputada después por casi todas las familias políticas francesas. La guerra terminó en 1453 con la reconquista de Burdeos y la expulsión casi total de los ingleses del continente.

https://fr.wikipedia.org/wiki/Guerre_de_Cent_Anshttps://fr.wikipedia.org/wiki/Jeanne_d'Arc

El Renacimiento y las guerras de religión

El siglo XVI abrió para Francia una época de esplendor y de tragedia. Los reyes Francisco I (1515-1547) y sus sucesores importaron de Italia el Renacimiento: llamaron a artistas como Leonardo da Vinci, que murió en Amboise, levantaron los castillos del Loira, protegieron las letras y las artes, y en 1539 la ordenanza de Villers-Cotterêts impuso el francés en lugar del latín en los actos oficiales, un hito para la lengua nacional. París y las cortes del Loira se llenaron de humanistas, y florecieron autores como Rabelais y Montaigne. Fue también el siglo de la rivalidad con la casa de Habsburgo, que rodeaba a Francia por España, los Países Bajos y el Imperio.

Pero la Reforma protestante desgarró el reino. A partir de mediados de siglo, el calvinismo ganó adeptos —los hugonotes— entre la nobleza, la burguesía y regiones enteras del sur y el oeste, mientras la monarquía y buena parte del país permanecían católicas. De 1562 a 1598 se sucedieron ocho guerras de religión, mezcla de conflicto confesional y de lucha por el poder entre grandes casas nobiliarias. Su episodio más atroz fue la matanza de San Bartolomé, en la noche del 23 al 24 de agosto de 1572: en París, con ocasión de una boda real que debía reconciliar a los bandos, se desató una matanza de hugonotes que se extendió a otras ciudades y dejó, según las estimaciones, entre varios miles y más de diez mil muertos. La cifra sigue discutida por los historiadores, pero el horror del acontecimiento marcó para siempre la memoria francesa.

La salida llegó con Enrique IV, jefe protestante que heredó la corona y se convirtió al catolicismo —«París bien vale una misa», se le atribuye— para pacificar el reino. En 1598, su Edicto de Nantes concedió a los protestantes libertad de conciencia, culto en determinados lugares y hasta plazas de seguridad, una tolerancia pionera en la Europa de su tiempo. El edicto trajo décadas de paz, pero no era definitivo: en 1685, Luis XIV lo revocaría, provocando la huida de cientos de miles de hugonotes hacia los países protestantes, con un grave perjuicio económico y humano para Francia.

https://fr.wikipedia.org/wiki/Massacre_de_la_Saint-Barth%C3%https://fr.wikipedia.org/wiki/%C3%89dit_de_Nantes

Luis XIV, el absolutismo y la Ilustración

El siglo XVII vio triunfar en Francia la monarquía absoluta. Tras el paréntesis de los ministros-cardenales Richelieu y Mazarino, que consolidaron el poder central y la potencia exterior del reino, ascendió al trono Luis XIV, el «Rey Sol», cuyo largo reinado personal (1661-1715) es sinónimo de absolutismo. «El Estado soy yo», resume la leyenda su concepción del poder. Luis XIV domesticó a la nobleza atrayéndola a la corte, que instaló en el fastuoso palacio de Versalles, convertido en escaparate del prestigio real y modelo para toda Europa. Bajo su reinado y el impulso de su ministro Colbert, Francia desarrolló el mercantilismo, una potente industria de lujo, una marina y un ejército formidables, y una cultura clásica —Molière, Racine, La Fontaine— de irradiación universal.

Ese esplendor tuvo un altísimo costo. Las guerras casi permanentes agotaron las finanzas, la revocación del Edicto de Nantes en 1685 desangró al país de sus élites protestantes, y el peso de los impuestos recaía sobre un campesinado exhausto mientras la nobleza y el clero gozaban de privilegios fiscales. El reinado siguiente, el de Luis XV, alternó prosperidad y derrotas: la Guerra de los Siete Años (1756-1763) costó a Francia buena parte de su imperio en América y la India frente a Gran Bretaña.

Mientras la monarquía se anquilosaba, en los salones y las imprentas del siglo XVIII florecía la Ilustración (les Lumières), uno de los mayores movimientos intelectuales de la historia. Montesquieu teorizó la separación de poderes; Voltaire combatió el fanatismo y la intolerancia; Rousseau planteó la soberanía del pueblo y el contrato social; Diderot y d'Alembert dirigieron la monumental Enciclopedia, que quiso reunir todo el saber humano a la luz de la razón. Aquellas ideas —igualdad ante la ley, libertad, crítica del absolutismo y de los privilegios— minaron los cimientos ideológicos del Antiguo Régimen y prepararon el terreno para la tormenta que se avecinaba.

https://fr.wikipedia.org/wiki/Louis_XIVhttps://www.britannica.com/biography/Louis-XIV-king-of-Franc

La Revolución de 1789 y el Terror

En 1789, una crisis financiera insoluble obligó a Luis XVI a convocar los Estados Generales, que no se reunían desde 1614. La representación del pueblo llano, el Tercer Estado, se proclamó Asamblea Nacional y juró en el Juego de Pelota (20 de junio) no separarse hasta dar una Constitución a Francia. El 14 de julio de 1789, el pueblo de París tomó la Bastilla, fortaleza-prisión símbolo del despotismo real: esa fecha se convertiría en la fiesta nacional francesa. En agosto, la Asamblea abolió los privilegios feudales y proclamó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, que afirmaba la libertad, la igualdad ante la ley y la soberanía nacional, un texto de alcance universal que inspiraría a revoluciones de todo el mundo.

La Revolución se radicalizó ante la resistencia de la corte, la fuga del rey y la guerra con las monarquías europeas. En agosto de 1792 cayó la monarquía; en septiembre se proclamó la República; el 21 de enero de 1793, Luis XVI fue guillotinado, y en octubre lo sería la reina María Antonieta. Acosada por la guerra exterior, las insurrecciones internas —sobre todo la sublevación de la Vendée— y la carestía, la República entró en la fase del Terror (1793-1794), dirigida por el Comité de Salvación Pública y la figura de Robespierre. Un régimen de excepción, tribunales revolucionarios y la guillotina buscaron aplastar a los «enemigos» de la Revolución: se calcula en torno a 17.000 las ejecuciones oficiales, además de decenas de miles de muertos en prisión, sin juicio o en la represión de la Vendée. La violencia acabó devorando a los propios revolucionarios: Danton fue guillotinado, y el 9 de Termidor (27 de julio de 1794) cayó el propio Robespierre, poniendo fin al Terror.

Más allá de su cara sangrienta, la Revolución transformó Francia y el mundo para siempre. Abolió el feudalismo y los privilegios, proclamó la igualdad ante la ley, nacionalizó los bienes de la Iglesia, creó el sistema métrico decimal, instituyó el registro civil y sentó las bases del Estado moderno y de la ciudadanía. Su lema —Liberté, Égalité, Fraternité— sigue siendo la divisa de la República. Del debate historiográfico entre quienes la celebran como cuna de la democracia y quienes subrayan sus excesos totalitarios se nutre todavía buena parte de la política francesa.

https://fr.wikipedia.org/wiki/R%C3%A9volution_fran%C3%A7aisehttps://www.assemblee-nationale.fr/dyn/histoire-et-patrimoin

Napoleón

De la inestabilidad posterior al Terror surgió un joven general de origen corso, Napoleón Bonaparte, que se hizo célebre en las campañas de Italia y Egipto. En 1799, un golpe de Estado (18 de Brumario) lo puso al frente del país como Primer Cónsul; en 1804 se coronó a sí mismo emperador de los franceses en Notre-Dame, en presencia del papa. Napoleón fue a la vez heredero y sepulturero de la Revolución: conservó muchas de sus conquistas —la igualdad ante la ley, la abolición del feudalismo— pero liquidó la libertad política. Su obra civil fue inmensa y duradera: el Código Civil de 1804 (Código Napoleón), que unificó y modernizó el derecho e influyó en decenas de países; la reorganización administrativa en departamentos y prefecturas; el Banco de Francia, los liceos, el Consejo de Estado, el Concordato con la Iglesia. Buena parte del Estado francés actual lleva su sello.

Como militar fue uno de los mayores estrategas de la historia. Sus ejércitos dominaron el continente y sus victorias —Austerlitz (1805), Jena, Wagram— se estudian aún en las academias. En su apogeo, hacia 1811, el Imperio francés y sus Estados satélites cubrían casi toda Europa occidental y central, y Napoleón colocó a sus hermanos y mariscales en tronos de media Europa. Pero su ambición no conocía freno. La invasión de España desató una guerra de desgaste, y sobre todo la desastrosa campaña de Rusia de 1812 aniquiló a la Grande Armée en la retirada por el frío y el hambre.

Las potencias coaligadas —Reino Unido, Rusia, Austria, Prusia— acabaron derribándolo. En 1814 abdicó y fue desterrado a la isla de Elba; regresó en 1815 para el efímero episodio de los Cien Días, que terminó en la derrota definitiva de Waterloo (18 de junio de 1815) frente a británicos y prusianos. Deportado por los ingleses a la remota isla de Santa Elena, en el Atlántico Sur, murió allí en 1821. Sus guerras habían costado la vida a millones de europeos, pero su leyenda —y las instituciones que dejó— siguen marcando a Francia. El Congreso de Viena de 1815 restauró a los Borbones y quiso devolver a Europa al orden anterior; la simiente revolucionaria, sin embargo, ya no podía extirparse.

https://fr.wikipedia.org/wiki/Napol%C3%A9on_Ierhttps://www.britannica.com/biography/Napoleon-I

El siglo XIX: tres revoluciones y la Comuna

El siglo XIX francés es un vaivén incesante entre monarquía, república e imperio, jalonado por revoluciones populares en París. La Restauración de los Borbones, empeñada en dar marcha atrás, cayó en la Revolución de julio de 1830 (las «Tres Gloriosas»), que llevó al trono a Luis Felipe de Orleans, la «monarquía burguesa». Dieciocho años después, la Revolución de febrero de 1848 derribó a Luis Felipe y proclamó la Segunda República, que instauró por primera vez el sufragio universal masculino y abolió definitivamente la esclavitud en las colonias. Pero la República fue breve: su presidente electo, Luis Napoleón Bonaparte, sobrino del emperador, dio un golpe de Estado en 1851 y se proclamó al año siguiente emperador con el nombre de Napoleón III, inaugurando el Segundo Imperio.

El Segundo Imperio (1852-1870) fue una época de modernización acelerada: revolución industrial, ferrocarriles, grandes bancos, la transformación de París por el barón Haussmann con sus bulevares, y una activa expansión colonial. Pero terminó en catástrofe. La Guerra franco-prusiana de 1870, provocada por la hábil diplomacia de Bismarck, se saldó con el desastre de Sedán, la captura del emperador y la humillante derrota frente a Prusia. El 4 de septiembre de 1870 se proclamó en París la Tercera República. Alemania, unificada en ese mismo momento en el espejo de Versalles, arrancó a Francia Alsacia y buena parte de Lorena, una herida que envenenaría las relaciones entre ambos países durante medio siglo.

En ese contexto de derrota y asedio estalló la Comuna de París de 1871. Del 18 de marzo al 28 de mayo, los parisinos se sublevaron contra el gobierno conservador refugiado en Versalles y ensayaron un poder popular y social: autogestión, laicidad, medidas a favor de los trabajadores y de las mujeres. El gobierno de Adolphe Thiers la aplastó por las armas en la «Semana Sangrienta» (21-28 de mayo de 1871), con una represión feroz cuyo número de muertos sigue debatido: las estimaciones historiográficas van desde unos 10.000 hasta cerca de 20.000 comuneros muertos en los combates y las ejecuciones sumarias, además de miles de deportados. La Comuna quedó como mito fundacional de los movimientos obreros y revolucionarios del mundo entero. La Tercera República, nacida entre la derrota y la sangre, sería sin embargo el régimen más duradero de la Francia contemporánea hasta 1940.

https://fr.wikipedia.org/wiki/Commune_de_Paris_(1871)https://en.wikipedia.org/wiki/Semaine_sanglante

El imperio colonial

Entre el siglo XVI y el XX, Francia construyó dos grandes imperios coloniales. El primero, en la época del Antiguo Régimen, se extendió por Norteamérica (Canadá, Luisiana), las Antillas y la India, y se sostuvo en buena medida sobre la economía de plantación y la esclavitud; fue en gran parte perdido frente a Gran Bretaña en el siglo XVIII. El segundo imperio, mucho mayor, se forjó en el siglo XIX y comienzos del XX, hasta convertir a Francia en la segunda potencia colonial del mundo tras el Imperio británico, con posesiones en África, Asia y el Pacífico que abarcaban millones de kilómetros cuadrados y decenas de millones de habitantes.

La conquista de Argelia, iniciada en 1830, fue especialmente larga y violenta: décadas de guerra, la dura resistencia del emir Abd el-Kader, políticas de tierra quemada, expropiaciones masivas y la instalación de colonos europeos (los pieds-noirs) sobre las mejores tierras. Argelia fue jurídicamente asimilada a Francia, dividida en departamentos, pero su población musulmana quedó excluida de la ciudadanía plena. En Indochina (Vietnam, Laos, Camboya), conquistada a partir de la década de 1860, Francia explotó la colonia más poblada y rica de su imperio. En el África subsahariana —del Senegal al Congo, del Sahel a Madagascar— la expansión de fines del siglo XIX trajo conquistas militares, trabajos forzados y una economía orientada a la metrópoli. La Tercera República justificó todo ello con la retórica de la «misión civilizadora», que hoy la historiografía analiza críticamente.

El balance colonial fue profundamente desigual y está marcado por la violencia. Junto a infraestructuras, escuelas y ciudades, la colonización supuso conquistas sangrientas, el código del indigenato que discriminaba a los colonizados, trabajos forzados, represiones brutales y la negación de derechos políticos a millones de personas. La memoria de aquel imperio —sus crímenes, sus mitos y sus herencias— sigue siendo hoy uno de los debates más vivos y sensibles de la sociedad francesa, atravesada por la inmigración procedente de sus antiguas colonias y por reclamos de reconocimiento y reparación.

https://fr.wikipedia.org/wiki/Empire_colonial_fran%C3%A7aishttps://fr.wikipedia.org/wiki/Indochine_fran%C3%A7aise

La Primera Guerra Mundial y Verdún

La Primera Guerra Mundial (1914-1918) fue para Francia una hecatombe. El país, aliado de Rusia y del Reino Unido frente a los Imperios Centrales, fue el principal escenario del frente occidental: la guerra se libró en gran parte en suelo francés, del norte a los Vosgos. Tras la guerra de movimientos de 1914, detenida en el Marne a las puertas de París, el frente se estabilizó en una línea de trincheras que apenas se movería durante cuatro años, en una guerra de desgaste atroz, con artillería masiva, gas y ametralladoras que segaban vidas por millones.

El símbolo de aquel horror fue la batalla de Verdún, en 1916. Durante casi diez meses, del 21 de febrero al 18 de diciembre, alemanes y franceses se desangraron en un pequeño sector del frente que el mando alemán había elegido precisamente para «desangrar» al ejército francés. Bajo un diluvio de obuses que transformó el paisaje en un lodazal lunar, la resistencia francesa —«On ne passe pas», no pasarán— convirtió Verdún en emblema del sacrificio nacional. La batalla dejó unos 300.000 muertos y cientos de miles de heridos entre ambos bandos. Ese mismo año, la ofensiva conjunta franco-británica del Somme costó otro tanto.

Francia salió victoriosa en 1918, pero exangüe. Cerca de 1,4 millones de soldados franceses murieron y varios millones quedaron heridos o mutilados; regiones enteras del norte y el este quedaron devastadas. El Tratado de Versalles de 1919 devolvió a Francia Alsacia y Lorena e impuso duras condiciones a Alemania, pero la «paz» sembró resentimientos que alimentarían el siguiente conflicto. Cada pueblo de Francia levantó su monumento a los caídos, y el trauma de la «Grande Guerre» —una generación diezmada— pesó sobre toda la vida del país en el período de entreguerras, marcando incluso la voluntad de evitar a toda costa una nueva guerra.

https://fr.wikipedia.org/wiki/Bataille_de_Verdunhttps://fr.wikipedia.org/wiki/Premi%C3%A8re_Guerre_mondiale

La Segunda Guerra: Vichy, la colaboración y la Resistencia

En mayo-junio de 1940, la Alemania nazi derrotó a Francia en apenas seis semanas. El norte y el oeste quedaron bajo ocupación alemana, y en el sur se instaló un régimen dirigido por el mariscal Pétain, con capital en la ciudad termal de Vichy. El régimen de Vichy (1940-1944) puso fin a la República, instauró un Estado autoritario con la divisa «Trabajo, Familia, Patria» y practicó la colaboración con la Alemania nazi. No fue un simple gobierno títere pasivo: por iniciativa propia promulgó desde octubre de 1940 un «estatuto de los judíos» que los excluía de la función pública y de numerosas profesiones, mucho antes de que Berlín lo exigiera.

La colaboración de Vichy en el exterminio de los judíos es una de las páginas más negras de la historia de Francia, reconocida oficialmente por el Estado francés en 1995. Su símbolo es la redada del Vel' d'Hiv (Vélodrome d'Hiver), del 16 y 17 de julio de 1942: la policía francesa, no la alemana, arrestó en París a más de 13.000 judíos —entre ellos más de 4.000 niños—, hacinados en el velódromo en condiciones atroces antes de ser deportados vía Drancy hacia Auschwitz, de donde casi ninguno regresó. En total, unos 76.000 judíos fueron deportados desde Francia hacia los campos de exterminio, con la participación activa de la administración francesa; solo unos pocos miles sobrevivieron. Es un hecho establecido por la historiografía y por la justicia, sin margen para la relativización.

Frente a Vichy y la ocupación se alzó la Resistencia. Desde Londres, el general Charles de Gaulle lanzó el 18 de junio de 1940 un llamamiento a proseguir la lucha y encarnó la Francia Libre. En el interior, redes clandestinas —de todas las tendencias, con fuerte presencia comunista tras 1941— practicaron el sabotaje, la información y la lucha armada; Jean Moulin logró unificarlas en 1943 antes de morir bajo tortura de la Gestapo. Muchos resistentes, judíos, comunistas y rehenes fueron fusilados o deportados. La Liberación llegó con el Desembarco de Normandía (junio de 1944) y la liberación de París en agosto de 1944. La posguerra trajo un ajuste de cuentas (la épuration), el voto de las mujeres —por fin— en 1944 y un largo y difícil trabajo de memoria sobre lo que Francia había hecho y padecido entre 1940 y 1944.

https://fr.wikipedia.org/wiki/Rafle_du_V%C3%A9lodrome_d'https://www.cheminsdememoire.gouv.fr/fr/la-rafle-du-vel-dhiv

Descolonización, De Gaulle, Mayo del 68 y la Francia contemporánea

La posguerra fue, para Francia, la época de la descolonización, a menudo violenta. En Indochina, la guerra contra el Viet Minh de Ho Chi Minh terminó con la derrota militar de Diên Biên Phu (7 de mayo de 1954) y los acuerdos de Ginebra, que sellaron el fin de la Indochina francesa. Apenas meses después estalló la guerra de Argelia (1954-1962), la más traumática de todas, porque Argelia era considerada parte de Francia y vivían allí un millón de colonos europeos. Fue una guerra atroz, con tortura sistemática practicada por el ejército francés, atentados, ejecuciones y desplazamientos masivos. Las estimaciones de víctimas están discutidas: del lado argelino se han manejado cifras que van de unos 250.000-300.000 muertos a las mucho más altas reivindicadas por Argelia; del lado francés murieron unos 25.000 militares. La crisis derribó a la Cuarta República.

En 1958, la amenaza de un golpe militar por la cuestión argelina llevó de nuevo al poder a De Gaulle, que fundó la Quinta República, con una Constitución que reforzaba enormemente al presidente (elegido desde 1962 por sufragio universal directo). De Gaulle, contra buena parte de su propio campo, condujo a Argelia a la independencia mediante los acuerdos de Evian (18 de marzo de 1962), lo que provocó el éxodo de casi un millón de pieds-noirs hacia Francia y el drama de los harkis, los auxiliares argelinos del ejército francés abandonados a su suerte. En paralelo, De Gaulle dotó a Francia del arma nuclear, la sacó del mando militar integrado de la OTAN y afirmó una política exterior de independencia.

En mayo de 1968, una revuelta estudiantil en París se transformó en la mayor huelga general de la historia de Francia, con millones de trabajadores parados y una honda contestación cultural del orden establecido, la autoridad y las costumbres. «Mayo del 68» no derribó al régimen —De Gaulle ganó las elecciones siguientes y dimitió al año siguiente, en 1969—, pero transformó profundamente la sociedad francesa. Las décadas siguientes vieron la alternancia entre derecha e izquierda (la larga presidencia socialista de François Mitterrand, la de Jacques Chirac), la construcción europea —Francia como motor de la Unión Europea y del euro—, la inmigración y la sociedad multicultural heredera del imperio, y nuevos desafíos: el terrorismo yihadista que golpeó París en 2015, los movimientos sociales, el debate sobre la laicidad y la identidad. Francia sigue siendo hoy una de las grandes potencias del mundo y una república que no deja de discutir, con pasión, su propia historia.

https://fr.wikipedia.org/wiki/Guerre_d'Alg%C3%A9riehttps://fr.wikipedia.org/wiki/Cinqui%C3%A8me_R%C3%A9publique

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📚 Bibliografía

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