Adís Abeba —'flor nueva' en amárico— es una capital joven para un país antiquísimo: la fundó la emperatriz Taitu en 1886, junto a las aguas termales del pie del monte Entoto, y en poco más de un siglo pasó de campamento imperial a metrópoli de más de cinco millones de personas, sede de la Unión Africana y corazón político de todo el continente. Es una ciudad de contrastes vertiginosos: rascacielos de vidrio junto a barrios de chapa, iglesias ortodoxas milenarias en su liturgia y el mayor mercado al aire libre de África.
Para el viajero, Adís es sobre todo la puerta de entrada a Etiopía y el lugar donde entender el país antes de lanzarse a la ruta histórica del norte o a los desiertos del este. Acá está Lucy, el fósil de 3,2 millones de años que reescribió la historia de la humanidad; acá se inventó la ceremonia del café tal como la conocemos; y acá se come el injera con wat en mesas compartidas mientras suena la música de masinko. La altitud —más de 2.300 metros— hace que el clima sea sorprendentemente fresco para estar tan cerca del ecuador.
Esta guía recorre lo práctico: qué ver en uno o dos días (Museo Nacional, Museo Etnológico, catedral de la Trinidad, el Mercato, el monte Entoto), cómo moverse por una ciudad enorme y caótica, dónde comer y dormir, y cómo usar Adís como base para volar por la ruta histórica con Ethiopian Airlines, que ofrece tarifas domésticas rebajadas si volás a Etiopía en sus aviones. También cómo manejarse con el peculiar calendario y reloj etíopes, que pueden confundir al recién llegado.
Adís Abeba nació en 1886, cuando la emperatriz Taitu Betul convenció a su marido, el emperador Menelik II, de bajar del frío monte Entoto y fundar una nueva capital junto a las fuentes termales de Filwoha. El nombre, 'flor nueva', lo puso ella. La ciudad creció rápido gracias a la introducción del eucalipto (que resolvió la falta de leña) y al ferrocarril a Yibuti, inaugurado en 1917. Fue capital de un imperio que derrotó a Italia en Adua en 1896, sufrió la ocupación fascista de Mussolini entre 1936 y 1941 —con la masacre de Yekatit 12 en 1937—, vio caer al último emperador, Haile Selassie, en el golpe marxista del Derg en 1974, y se convirtió tras 1963 en la sede de la Organización para la Unidad Africana, hoy Unión Africana. La historia completa está en nuestra página de historia.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
A diferencia de las ciudades antiquísimas del norte etíope, Adís Abeba es joven: no existía hace apenas siglo y medio. Su nacimiento se debe a una mujer con visión política, la emperatriz Taitu Betul, esposa del emperador Menelik II. A finales del siglo XIX, la corte imperial se asentaba en las alturas frías y ventosas del monte Entoto, incómodas y sin leña. Taitu quedó prendada del valle que se extendía a los pies de la montaña, cálido y regado por las fuentes termales de Filwoha, donde le gustaba bañarse, y convenció a Menelik de trasladar allí la residencia real. Hacia 1886 se fundó el nuevo asentamiento, y fue la propia Taitu quien lo bautizó Addis Abeba, 'flor nueva' en amárico.
El campamento imperial creció con rapidez alrededor del palacio (el Gebbi) de Menelik. Pero pronto surgió un problema clásico de las capitales etíopes: la deforestación. La corte y su enorme séquito consumían tanta leña que los alrededores quedaron pelados, y se llegó a pensar en mudar de nuevo la capital, como se había hecho tantas veces. La solución llegó de fuera: a comienzos del siglo XX se introdujo masivamente el eucalipto australiano, un árbol de crecimiento veloz que proporcionaba madera y combustible sin agotarse. Los bosques de eucaliptos —que todavía cubren el monte Entoto y dan su olor característico a la ciudad— salvaron a Adís Abeba y la fijaron para siempre en ese valle.
La joven capital fue el centro desde el que Menelik II consolidó y amplió el Imperio etíope, y desde el que protagonizó uno de los episodios más asombrosos de la historia africana: la victoria sobre Italia. En 1896, en la batalla de Adua, el ejército etíope aplastó a las tropas italianas que pretendían convertir el país en colonia. Fue la primera gran derrota de una potencia europea a manos de un Estado africano en la era del reparto colonial, y garantizó a Etiopía una independencia que la convirtió en símbolo para todo el continente y para la diáspora africana. La noticia se celebró en Adís y consolidó el prestigio de Menelik.
Desde su nueva capital, Menelik impulsó una modernización cautelosa pero real: hizo tender las primeras líneas de teléfono y telégrafo, abrió escuelas y hospitales, introdujo el automóvil y, sobre todo, promovió el ferrocarril que uniría Adís Abeba con el puerto de Yibuti, en la costa, a través del desierto. Inaugurada en tramos y completada en 1917, ya bajo su sucesión, la línea férrea franco-etíope fue durante décadas el cordón umbilical del país con el mar y el motor del comercio. Adís dejó de ser un campamento para convertirse en una ciudad con mercado (el futuro Mercato), barrios diferenciados, legaciones extranjeras y una incipiente burguesía.
El capítulo más oscuro de Adís Abeba llegó en el siglo XX. En 1935-1936, la Italia fascista de Benito Mussolini invadió Etiopía con aviación y armas químicas, desquitándose de la humillación de Adua. En mayo de 1936, las tropas italianas entraron en Adís Abeba y el emperador Haile Selassie partió al exilio, no sin antes pronunciar ante la Sociedad de Naciones en Ginebra un célebre alegato que advertía que la agresión impune a Etiopía era el preludio de una guerra mayor en Europa. La ciudad quedó bajo ocupación italiana e integrada en el efímero 'África Oriental Italiana'.
La ocupación dejó una huella brutal. El 19 de febrero de 1937 —Yekatit 12 en el calendario etíope—, tras un atentado contra el virrey italiano Rodolfo Graziani, las fuerzas fascistas y los colonos desataron durante días una matanza indiscriminada de civiles en Adís Abeba: se calcula que fueron asesinados desde varios miles hasta decenas de miles de personas, en una de las peores atrocidades del colonialismo italiano. Un monumento en la ciudad recuerda a las víctimas. La ocupación también dejó marcas menos trágicas y hoy visibles: trazados urbanos, edificios, el propio nombre del Mercato y la afición al espresso y a la pasta. En 1941, con ayuda británica y de los patriotas etíopes de la resistencia, Haile Selassie regresó triunfante a su capital y restauró la independencia.
Tras la guerra, Haile Selassie convirtió a Adís Abeba en algo más que la capital de Etiopía: la transformó en la capital simbólica de África. Aprovechando el prestigio de ser el único país africano que nunca fue verdaderamente colonizado, el emperador atrajo a la ciudad las grandes instituciones panafricanas. En 1958 se instaló allí la Comisión Económica de la ONU para África, y en 1963 se fundó en Adís la Organización para la Unidad Africana (OUA), hoy Unión Africana, cuya sede sigue estando en la ciudad. Adís se llenó de conferencias, embajadas y organismos internacionales, y ganó el apodo de 'capital diplomática de África'.
Pero el reinado de Haile Selassie terminó en tragedia. La hambruna de 1973 en el norte del país, ocultada por el régimen, y el malestar social precipitaron su caída. En 1974, un comité de militares de bajo rango llamado el Derg depuso al anciano emperador —que murió al año siguiente en circunstancias sospechosas, probablemente asesinado— y proclamó un régimen marxista-leninista bajo Mengistu Haile Mariam. Los años del Derg fueron de terror: el llamado 'Terror Rojo' de 1977-1978 llenó Adís de ejecuciones políticas, y el país se sumió en guerras civiles y en la devastadora hambruna de 1984-1985 que conmovió al mundo. El Derg cayó en 1991 ante los rebeldes del EPRDF, que entraron en Adís y abrieron una nueva etapa.
Desde los años noventa, Adís Abeba ha vivido una transformación acelerada. La ciudad se convirtió en el corazón de una de las economías de más rápido crecimiento de África: torres de oficinas, hoteles internacionales, un aeropuerto —Bole— que es el mayor hub aéreo del continente gracias a Ethiopian Airlines, y proyectos de infraestructura de gran escala. En 2015 se inauguró el tren ligero urbano, el primero del África subsahariana, financiado y construido con apoyo chino, y una nueva línea férrea eléctrica volvió a unir Adís con Yibuti, recuperando el viejo sueño de Menelik en clave moderna.
La capital sigue siendo el centro político de todo el continente: en su moderna sede de la Unión Africana —también levantada con financiación china— se reúnen los jefes de Estado africanos. Al mismo tiempo, Adís es una ciudad de enormes desigualdades, donde los barrios de chapa conviven con los rascacielos y donde el crecimiento urbano se come el campo circundante. En años recientes, planes de renovación como el proyecto Corridor han remodelado avenidas y riberas, no sin polémica por los desalojos.
Para el viajero, Adís condensa todo el país en una sola ciudad: allí está Lucy, la abuela de la humanidad; allí se bebe el café en su tierra de origen; allí conviven la liturgia ortodoxa milenaria, el islam, decenas de lenguas y culturas, y una energía urbana trepidante. Entender su historia —de la flor nueva de Taitu a la capital de África— es la mejor manera de empezar a comprender Etiopía antes de lanzarse a sus montañas, sus iglesias excavadas en la roca y sus desiertos de sal.