El 24 de noviembre de 1974, en el yacimiento de Hadar, en la depresión de Afar, el paleoantropólogo Donald Johanson y el estudiante Tom Gray encontraron cientos de fragmentos que componían cerca del 40% del esqueleto de una hembra homínina. La llamaron Lucy, por la canción de los Beatles que sonaba en el campamento; en amárico se la conoce como Dinkinesh, "vos sos maravillosa". Vivió hace unos 3,2 millones de años y en 1978 se la declaró miembro fundador de una especie nueva, Australopithecus afarensis.
Lucy demostró que la marcha bípeda es anterior al gran desarrollo del cerebro: caminaba erguida con un cráneo todavía pequeño. No fue un hallazgo aislado. El valle del bajo Awash y el valle del bajo Omo, ambos en Etiopía, son dos de los archivos fósiles más ricos del mundo y están inscritos como Patrimonio de la Humanidad. De estas tierras salieron también restos de Ardipithecus y del Homo sapiens más antiguo conocido. Por eso a Etiopía se la llama, con razón, una de las cunas de la humanidad.
Antes de los grandes imperios, en el primer milenio antes de Cristo, en el norte de la actual Etiopía y Eritrea existió el reino de D'mt, con capital probablemente en Yeha, donde todavía se levanta un templo de piedra del siglo VII a. C. de clara influencia sudarábiga. Su cultura mezcló tradiciones locales con las del otro lado del mar Rojo y sentó las bases de lo que vendría después.
Hacia el siglo I d. C. emergió Aksum, un reino comerciante que desde las montañas de Tigray se expandió por gran parte del norte etíope, Eritrea, parte de Sudán y la costa occidental de Arabia. Controló el comercio entre el Mediterráneo, el mundo del océano Índico y el interior africano: marfil, oro, incienso y esclavos pasaban por su puerto de Adulis. Aksum acuñó moneda propia en oro, plata y bronce —algo excepcional para un Estado africano de la época— y durante más de seiscientos años rivalizó con Roma, Persia y la India. El profeta Mani, en el siglo III, lo mencionó entre los cuatro grandes reinos del mundo.
Hacia mediados del siglo IV, el rey Ezana de Aksum se convirtió al cristianismo bajo la influencia de Frumencio, un joven sirio que había llegado como cautivo y terminó siendo tutor y consejero de la corte. Frumencio fue consagrado en Alejandría como primer obispo de Etiopía, y de esa relación nació el vínculo, que duraría siglos, entre la Iglesia etíope y la copta de Egipto. Con Ezana, Aksum se volvió uno de los primeros Estados importantes del mundo en adoptar el cristianismo como religión oficial, décadas antes de que lo hiciera el Imperio Romano, y el primero en poner la cruz en sus monedas.
De aquella conversión surgió la Iglesia ortodoxa etíope tewahedo, una de las cristiandades más antiguas y singulares del planeta. Conserva su liturgia en ge'ez, la vieja lengua litúrgica; observa el sábado además del domingo; practica la circuncisión y ciertas normas alimentarias de raíz hebrea, y sostiene la creencia de que el Arca de la Alianza se custodia en Aksum. Con la expansión del islam por el mar Rojo, a partir del siglo VII, Aksum perdió sus rutas comerciales y entró en decadencia, pero el cristianismo que arraigó entonces nunca se fue.
Ninguna leyenda pesa tanto en la identidad etíope como la de la reina de Saba. Según el relato recogido en el siglo XIV en el Kebra Nagast ("La gloria de los reyes"), la reina —a la que la tradición etíope llama Makeda— viajó a Jerusalén para conocer al rey Salomón, y de aquel encuentro nació un hijo, Menelik I. Ya adulto, Menelik habría viajado a ver a su padre y regresado a Etiopía llevándose el Arca de la Alianza, que desde entonces reposaría, según la creencia, en la iglesia de Santa María de Sion, en Aksum.
Más allá de su valor histórico —discutido y en buena parte legendario—, el mito tuvo un peso político enorme: sirvió para legitimar a la llamada dinastía salomónica, que se proclamó descendiente directa de Salomón y de Saba. Esa pretensión quedó incluso en la Constitución imperial de 1955, que reservaba el trono a la "línea de Salomón". Conviene tratarlo como lo que es: un relato fundacional, cargado de sentido para millones de personas, que no debe confundirse con la crónica documentada de los hechos.
Tras la caída de Aksum, el centro de poder se desplazó hacia el sur, a las montañas de Lasta, donde a partir del siglo XII gobernó la dinastía Zagwe. Su rey más célebre, Gebre Meskel Lalibela, reinó entre 1181 y 1221 aproximadamente y dio nombre a su obra maestra: las once iglesias excavadas en la roca viva de la localidad antes llamada Roha.
La iniciativa tuvo un motivo concreto. Después de que Saladino tomara Jerusalén en 1187, la peregrinación a Tierra Santa se volvió peligrosa para los cristianos etíopes, y Lalibela decidió construir una "Nueva Jerusalén" en sus propias montañas. Los templos no se levantaron con piedras: se tallaron hacia abajo, esculpiendo bloques enteros de toba volcánica y vaciándolos por dentro, unidos por túneles y zanjas. La iglesia de San Jorge, con forma de cruz, es la más famosa. Todavía hoy son un centro vivo de peregrinación ortodoxa y Patrimonio de la Humanidad. La dinastía Zagwe cayó en 1270, cuando Yekuno Amlak la derrocó reclamando la sangre salomónica.
En 1270, Yekuno Amlak derrocó a los Zagwe y fundó la dinastía salomónica, que —con interrupciones— reinaría hasta 1974. El monje Iyasus Mo'a y, sobre todo, el clero fueron claves para legitimar el nuevo orden con el relato de la descendencia de Salomón. Fue una monarquía itinerante: la corte se movía con campamentos enormes, sin capital fija, y su fuerza dependía de la lealtad de los señores regionales y del apoyo de la Iglesia.
Entre los siglos XIV y XV, emperadores como Amda Seyon I y Zara Yaqob consolidaron y expandieron el reino cristiano, chocaron con los sultanatos musulmanes del este y del sur y desarrollaron una intensa vida literaria en ge'ez, incluida la redacción del Kebra Nagast. Fue también la época en que Europa empezó a soñar con Etiopía: la identificó con el mítico reino del Preste Juan, un soberano cristiano en tierras lejanas, y buscó una alianza contra el islam que terminaría concretándose, con consecuencias enormes, en el siglo XVI.
El islam llegó tempranísimo al Cuerno de África: la tradición cuenta que, hacia el año 615, los primeros seguidores de Mahoma cruzaron el mar Rojo huyendo de la persecución y hallaron refugio en el reino cristiano de Aksum. Con los siglos florecieron en el este y el sur sultanatos musulmanes prósperos, como Ifat y su sucesor Adal, cuyo corazón terminó siendo la ciudad de Harar.
El choque llegó en 1529. El imam Ahmad ibn Ibrahim al-Ghazi, llamado Gragn ("el zurdo"), lanzó desde Adal una guerra que devastó buena parte del imperio cristiano: conquistó las tierras altas, quemó iglesias y monasterios y llegó hasta el lago Tana. El emperador Lebna Dengel pidió auxilio a Portugal, y en 1541 desembarcó una expedición al mando de Cristóvão da Gama, hijo del navegante Vasco. Ahmad murió en batalla en 1543 y el reino cristiano sobrevivió, pero quedó exhausto. En ese vacío se produjeron, a lo largo del siglo XVI, las grandes migraciones del pueblo oromo desde el sur hacia el centro del país, un movimiento que transformó para siempre la composición étnica y política de Etiopía.
Tras un siglo de guerras, el imperio recuperó estabilidad cuando el emperador Fasilides fundó en 1636 una capital permanente: Gondar. Por primera vez en siglos la corte dejó de ser itinerante. Fasilides y sus sucesores levantaron un recinto real de castillos de piedra, el Fasil Ghebbi, con seis palacios, jardines, baños y una muralla de novecientos metros. La mezcla de tradiciones locales, influencia portuguesa e indígena dio origen al llamado "estilo de Gondar", hoy Patrimonio de la Humanidad. En esa época, las tensiones con los misioneros jesuitas católicos, que llegaron a convertir brevemente a un emperador, terminaron con su expulsión y con un largo recelo hacia Europa.
Desde mediados del siglo XVIII, el poder imperial se desmoronó. Comenzó el Zemene Mesafint, la "era de los príncipes" (1769-1855): los emperadores de Gondar quedaron reducidos a figuras decorativas mientras los grandes señores regionales guerreaban entre sí por la supremacía. Etiopía funcionó de hecho como un mosaico de feudos rivales durante casi un siglo, hasta que un ambicioso guerrero puso fin al desorden.
El fin del caos empezó con Tewodros II, coronado en 1855, que intentó unificar el país por la fuerza y modernizar el ejército; acorralado por una expedición británica, se suicidó en 1868. Tras él, Yohannes IV y luego Menelik II, rey de Shewa, retomaron la tarea. Menelik, coronado emperador en 1889, expandió el imperio hacia el sur y el este y trasladó el centro de poder a una nueva ciudad, Adís Abeba.
Su prueba de fuego fue con Italia. En 1889 Menelik firmó el Tratado de Wuchale, cuya versión italiana —a diferencia de la amárica— convertía a Etiopía en protectorado. Al descubrir el engaño, Menelik lo denunció, y la disputa derivó en guerra. El 1 de marzo de 1896, cerca de la ciudad de Adua, en Tigray, un ejército etíope de unos 100.000 a 120.000 hombres, mandado por Menelik y la emperatriz Taytu, aplastó a las columnas italianas del general Baratieri. Fue una de las derrotas coloniales más rotundas de la historia europea. Por el Tratado de Adís Abeba, en octubre de 1896, Italia reconoció la plena independencia de Etiopía, que se convirtió en el símbolo de la resistencia africana frente al colonialismo.
En 1930 fue coronado emperador Haile Selassie I, antes conocido como Ras Tafari —nombre del que derivaría, en Jamaica, el movimiento rastafari, que lo venera como figura mesiánica. Selassie impulsó una modernización cautelosa: dio a Etiopía su primera Constitución escrita en 1931 y buscó insertarla en el concierto internacional ingresando a la Sociedad de Naciones.
Esa membresía no la salvó. En 1935 la Italia de Mussolini invadió el país, ahora con aviación y armas químicas: usó gas mostaza contra tropas y población civil, en violación de todo derecho. En 1936 los italianos tomaron Adís Abeba y Selassie partió al exilio, desde donde pronunció ante la Sociedad de Naciones un discurso célebre advirtiendo que la indiferencia ante la agresión terminaría alcanzando a todos. La ocupación fue breve pero brutal —incluida la masacre de Yekatit 12, en febrero de 1937, en represalia por un atentado, con miles de muertos en la capital. En 1941, con apoyo británico, Selassie regresó y recuperó el trono. Etiopía nunca llegó a ser una colonia consolidada: la ocupación duró apenas cinco años y encontró resistencia armada desde el primer día.
La monarquía milenaria terminó en 1974. Una combinación de hambruna, inflación, corrupción y descontento militar precipitó la caída: el 12 de septiembre de 1974, un comité de oficiales, el Derg, depuso a Haile Selassie, que murió al año siguiente en circunstancias nunca aclaradas. El Derg abolió la monarquía, proclamó el marxismo-leninismo y desató el "Terror Rojo", una ola de violencia política con decenas de miles de muertos. Su hombre fuerte, Mengistu Haile Mariam, gobernó con mano de hierro entre 1977 y 1991.
Bajo el Derg estalló la gran hambruna de 1984-1985, agravada por la guerra y por las restricciones del régimen al movimiento de ayuda hacia las zonas rebeldes; murieron cientos de miles de personas y la tragedia dio origen al concierto internacional Live Aid. En 1991, una coalición de guerrillas, el EPRDF liderado por Meles Zenawi, derrocó a Mengistu, que huyó a Zimbabue. Eritrea se independizó en 1993. En 1995 se adoptó una Constitución de federalismo étnico que dividió el país en regiones con derecho, en principio, a la autodeterminación. Zenawi gobernó hasta su muerte en 2012; en 2018 asumió Abiy Ahmed, primer premier de origen oromo, que hizo la paz con Eritrea y recibió el Nobel de la Paz en 2019. Poco después, entre 2020 y 2022, una devastadora guerra en la región de Tigray dejó cientos de miles de muertos, mostrando lo frágil que sigue siendo el equilibrio de la Etiopía federal.
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El centro de Etiopía coincide con la histórica provincia de Shewa (o Shoa), la base desde la que la dinastía salomónica proyectó su poder en la Edad Media y, sobre todo, la tierra de Menelik II. Rey de Shewa antes de ser emperador, Menelik convirtió a esta región en el motor de la unificación del país a fines del siglo XIX. Desde estas mesetas de más de 2.000 metros salieron los ejércitos que marcharon a Adua y las políticas que dieron forma a la Etiopía contemporánea.
El altiplano central es también el país oromo y amhara por excelencia, una zona de agricultura de altura donde se cultiva el teff —el cereal diminuto con el que se hace la injera— y donde el paisaje alterna campos, iglesias circulares y eucaliptos. Su ubicación estratégica, equidistante del norte cristiano, el este musulmán y el sur oromo, explica por qué terminó siendo el fiel de la balanza política nacional.
Adís Abeba —"flor nueva" en amárico— nació en 1886, cuando la emperatriz Taytu Betul eligió instalarse junto a las fuentes termales de Filwoha, en las faldas del monte Entoto, donde la corte había tenido un campamento previo. Menelik II hizo de ese sitio la capital permanente, y en pocos años la ciudad creció al ritmo del imperio. Un problema amenazó su supervivencia temprana: la falta de leña casi obliga a mudar la capital. La solución llegó a fines del siglo XIX con la importación masiva del eucalipto australiano, que hoy sigue tiñendo de gris verdoso las colinas de la ciudad.
Con más de 2.300 metros de altitud, Adís Abeba es la capital más alta de África y una de las más altas del mundo. Su mercado, el Merkato, es uno de los más grandes del continente. La ciudad concentra la memoria nacional: en el Museo Nacional se exhibe el esqueleto de Lucy, y el conjunto urbano mezcla iglesias ortodoxas, edificios del período italiano y arquitectura moderna.
La independencia que Etiopía defendió en Adua le dio, en el siglo XX, un prestigio único entre los países africanos: fue el símbolo de que la colonización europea podía derrotarse. Ese capital simbólico se tradujo en un rol diplomático de primer orden. En 1963, Haile Selassie fue uno de los impulsores de la Organización para la Unidad Africana, que fijó su sede en Adís Abeba.
Desde entonces la ciudad es la capital política del continente. Alberga la sede de la Unión Africana —sucesora de la OUA desde 2002— y la Comisión Económica de la ONU para África, además de decenas de embajadas y organismos internacionales. Que el cuartel general de la unidad africana esté en el único país que nunca fue colonizado de forma duradera no es casualidad: es el reconocimiento a una historia de resistencia.
Al este de la capital, el río Awash baja del altiplano hacia la depresión de Afar y atraviesa una sabana de acacias antes de perderse en una serie de lagos sin salida al mar. Ese valle guarda uno de los archivos fósiles más importantes del planeta. El bajo valle del Awash, en la región de Afar, es donde en 1974 se encontró a Lucy, y el sitio está inscrito como Patrimonio de la Humanidad por su riqueza en restos de homínidos que abarcan millones de años de evolución.
Más cerca de Adís Abeba, el Parque Nacional Awash —el primero declarado en Etiopía— protege un tramo del río con sus cataratas, aguas termales y una fauna de sabana que incluye oryx, cebras de Grevy, kudúes y numerosas aves. La combinación de paisaje volcánico, agua caliente brotando de la tierra y horizonte de acacias resume bien la geología inquieta de esta parte del país, justo donde tres placas tectónicas se separan lentamente.
El centro del país vivió de cerca los episodios más duros del siglo XX. Durante la ocupación italiana, Adís Abeba fue escenario, en febrero de 1937, de la masacre de Yekatit 12: tras un atentado contra el virrey Rodolfo Graziani, las tropas italianas y los camisas negras desataron tres días de matanzas indiscriminadas en la capital, con miles de víctimas. Un monumento en la ciudad recuerda a los caídos.
Adís Abeba fue también el epicentro de la revolución de 1974 y del "Terror Rojo" del Derg, cuya memoria se conserva hoy en un museo dedicado a las víctimas. Superadas esas décadas, la ciudad se transformó: en 2015 inauguró el primer sistema de tren ligero del África subsahariana, se llenó de obras y creció a un ritmo vertiginoso. Sigue siendo el lugar donde conviven, a pocas cuadras, la historia más antigua de la humanidad, la memoria de la resistencia y la Etiopía que mira al futuro.
Al norte de Gondar se levantan las montañas Simien, una cordillera de picos escarpados y precipicios vertiginosos formada por la erosión de antiguos volcanes. Allí está el Ras Dashen, con unos 4.550 metros, la cima más alta de Etiopía y una de las mayores de África. El Parque Nacional del Simien, uno de los primeros sitios inscritos como Patrimonio de la Humanidad en 1978, protege un paisaje afroalpino único.
Estas alturas son un refugio de fauna endémica. Aquí vive el gelada, un primate de melena y pecho rojo que pasta en grandes tropas al borde de los acantilados, y sobreviven el íbice walia —una cabra montés que no existe en ningún otro lugar del mundo— y el escaso lobo etíope. El aislamiento de las mesetas etíopes, verdaderas "islas" de clima frío en pleno trópico, explica esta concentración de especies que no se encuentran en ninguna otra parte.
En el extremo opuesto del paisaje está la depresión de Danakil, en la región de Afar, uno de los lugares más calurosos, bajos y hostiles del planeta: hay puntos por debajo del nivel del mar y temperaturas medias que la convierten en uno de los sitios habitados más tórridos de la Tierra. Es una zona geológicamente joven y activa, donde se separan tres placas tectónicas. El volcán Erta Ale alberga uno de los pocos lagos de lava permanentes del mundo, y las llanuras del Dallol se cubren de sales y azufre en colores irreales, verdes, amarillos y naranjas.
Esta tierra durísima es el hogar del pueblo afar, pastores nómades acostumbrados a un ambiente extremo. Durante siglos, las caravanas afar extrajeron sal de las llanuras de Danakil, la cortaron en bloques llamados amole y la transportaron a lomo de camello hacia las tierras altas. En muchas regiones de Etiopía, esos bloques de sal funcionaron como moneda. Todavía hoy pueden verse las largas caravanas cruzando el desierto, en una de las formas de comercio más antiguas que siguen vivas en el mundo.
El lago Tana es el mayor de Etiopía y una pieza clave de la geografía africana: de él nace el Nilo Azul, que aporta la mayor parte del caudal del Nilo cuando llegan las lluvias del monzón etíope. Durante siglos, esa dependencia dio a Etiopía un poder implícito sobre Egipto y Sudán, y todavía hoy el reparto de las aguas es motivo de tensión regional, sobre todo tras la construcción de la gran presa del Renacimiento sobre el Nilo Azul.
Sus aguas están salpicadas de islas y penínsulas donde, desde la Edad Media, se levantaron monasterios ortodoxos. Muchos conservan iglesias circulares con pinturas murales vivísimas y tesoros —cruces, coronas, manuscritos iluminados en ge'ez— que se refugiaron allí durante las guerras. Algunos monasterios mantienen todavía la vieja regla de no admitir mujeres. El lago es, a la vez, motor de vida y santuario de la memoria religiosa del norte.
A orillas del lago Tana está Bahir Dar, una ciudad de clima suave, avenidas arboladas y aire relajado que sirve de base para explorar la región. Desde su puerto salen las barcas hacia los monasterios de las islas, y a pocos kilómetros el Nilo Azul se despeña en las cataratas de Tis Issat, el "agua que humea", uno de los saltos más imponentes de África cuando el río viene crecido.
Bahir Dar fue durante el siglo XX un centro de modernización del norte y hoy es la capital de la región de Amhara. Su universidad, sus mercados y su malecón sobre el lago la convirtieron en una de las ciudades de más rápido crecimiento del país. Combina el peso histórico de la cuenca del Tana con una energía urbana joven, en una de las zonas más fértiles y pobladas del altiplano etíope.
Las montañas del noroeste, entre Gondar y el lago Tana, fueron durante siglos el hogar de los Beta Israel, la comunidad judía etíope conocida también como falashas. Practicaban una forma antiquísima de judaísmo, anterior a buena parte de la tradición rabínica, con su propia liturgia y calendario, y vivieron largos períodos de marginación y conflicto con los reinos cristianos vecinos.
En el siglo XX su historia dio un vuelco. Reconocidos como judíos por las autoridades religiosas de Israel, decenas de miles fueron trasladados en operaciones aéreas dramáticas: la Operación Moisés en 1984-1985, a través de Sudán en plena hambruna, y la Operación Salomón en 1991, que en apenas 36 horas evacuó a más de 14.000 personas mientras el régimen del Derg se derrumbaba. Hoy la gran mayoría de los Beta Israel vive en Israel, y su éxodo dejó vacíos muchos de los pueblos que habitaron durante generaciones en esta parte de Etiopía.
El bajo valle del río Omo, en el suroeste, es una de las zonas culturalmente más diversas de África. Allí conviven pueblos como los mursi —célebres por los platos labiales de las mujeres—, los hamer, los karo, los surma y los dassanech, cada uno con su lengua, su organización social y sus rituales. Ceremonias como el salto del toro de los hamer, rito de paso a la adultez, o las pinturas corporales de los karo, forman parte de tradiciones vivas, no de un museo.
Esta diversidad es también la más vulnerable del país. La construcción de la gran presa Gibe III sobre el Omo y el desarrollo de plantaciones de caña y algodón alteraron el régimen de crecidas del río del que dependía la agricultura de ribera de estos pueblos, y generaron desplazamientos y tensiones. El valle plantea, en toda su crudeza, el choque entre modelos de desarrollo y la supervivencia de culturas milenarias. Conviene mirarlo con respeto y sin exotismo: son comunidades con derechos, no una postal.
El valle del Omo no solo es un tesoro cultural: es también uno de los grandes yacimientos de la evolución humana. En la formación de Omo Kibish, en los años sesenta, el equipo de Richard Leakey encontró los restos conocidos como Omo I y Omo II, atribuidos a nuestra propia especie, el Homo sapiens.
Dataciones posteriores sitúan esos fósiles en torno a los 230.000 a 233.000 años de antigüedad, lo que los convierte en algunos de los restos de humanos anatómicamente modernos más antiguos jamás hallados. Junto con el bajo Awash, en el norte, esto hace de Etiopía un país excepcional: en su suelo se documentan tanto los homínidos primitivos de hace millones de años como el amanecer de nuestra propia especie. El bajo valle del Omo está inscrito como Patrimonio de la Humanidad justamente por su importancia paleontológica.
En el este, Harar es el gran centro histórico del islam etíope. Ciudad amurallada de callejuelas estrechas y casas de colores, con más de ochenta mezquitas y numerosos santuarios, es considerada por muchos musulmanes la cuarta ciudad más sagrada del islam. Fue la capital del sultanato de Adal en el siglo XVI, la base desde la que el imam Ahmad Gragn lanzó su guerra contra el imperio cristiano, y durante siglos un nudo del comercio de café, marfil y textiles entre el interior y la costa.
Harar desarrolló su propia lengua, el harari, y una cultura urbana refinada. En el siglo XIX vivió allí el poeta francés Arthur Rimbaud, que había abandonado la literatura para dedicarse al comercio. Una tradición singular sobrevive hasta hoy: los "hombres de las hienas", que cada noche alimentan a mano a hienas salvajes a las puertas de la ciudad, en una convivencia insólita entre humanos y depredadores. El casco histórico, Harar Jugol, es Patrimonio de la Humanidad.
Al sureste del altiplano se extienden las montañas Bale, un macizo afroalpino coronado por la meseta de Sanetti, que supera los 4.000 metros y es una de las mayores extensiones de este ecosistema en África. El Parque Nacional de las Montañas Bale protege páramos de altura, bosques de brezo gigante y el bosque de Harenna, uno de los últimos bosques nublados del país.
Bale es el mejor lugar del mundo para ver al lobo etíope, el cánido más amenazado del planeta, del que quedan apenas unos cientos de ejemplares repartidos en unas pocas mesetas de gran altura. También alberga el nyala de montaña y decenas de aves endémicas. La región es, además, tierra oromo y una de las zonas de origen del café arábica silvestre, en los bosques de Harenna. La combinación de fauna única y paisajes de altura la convierte en un santuario natural de primer orden.
El sur está atravesado por el Valle del Rift, la gran fractura geológica que parte África de norte a sur y que en Etiopía se llena de lagos. El lago Chamo, junto al vecino lago Abaya y el Parque Nacional de Nechisar, es famoso por su "Mercado de Cocodrilos", una orilla donde se concentran cocodrilos del Nilo enormes junto a hipopótamos y abundante avifauna. Estos lagos fueron durante milenios corredores de vida y de pueblos.
El sur y el este son, sobre todo, el gran país oromo, la etnia más numerosa de Etiopía, que se expandió por estas tierras a partir del siglo XVI y que aportó a la política nacional figuras decisivas, incluido el actual primer ministro. Fue también en el suroeste, en la región de Kaffa —de donde viene la palabra "café"—, donde según la tradición se descubrió la planta del café arábica. Etiopía es la cuna del café, y la ceremonia del café sigue siendo, de norte a sur, uno de los rituales sociales más queridos del país.
Axum fue la capital del reino que, entre los siglos I y VII, dominó el comercio del mar Rojo y se convirtió en una de las grandes potencias del mundo antiguo. Su huella más espectacular son los obeliscos monolíticos —en realidad, estelas funerarias— tallados en un solo bloque de granito y erigidos para marcar tumbas reales. El mayor de los que llegaron a levantarse superaba los 20 metros; otro, hoy caído, medía unos 33 metros y habría sido el bloque de piedra más grande que la humanidad intentó erguir.
Uno de esos obeliscos tiene una historia moderna: fue saqueado por las tropas italianas en 1937 y llevado a Roma como trofeo. Tras décadas de reclamos, Italia lo devolvió, y entre 2005 y 2008 la estela de Axum fue reinstalada en su sitio original. El campo de estelas, con sus gigantes de granito, forma parte del Patrimonio de la Humanidad y sigue siendo el símbolo de la grandeza aksumita.
Axum es el centro espiritual del cristianismo etíope. Según la tradición, en la iglesia de Santa María de Sion se custodia el Arca de la Alianza que Menelik I habría traído de Jerusalén. Nadie puede verla salvo un único monje guardián, elegido de por vida, que jamás abandona el recinto: es él quien sostiene la creencia sobre la que se apoya buena parte de la identidad religiosa nacional. Cada iglesia ortodoxa etíope guarda, además, una réplica del Arca llamada tabot, que se saca en procesión durante la fiesta del Timkat.
Esta región, junto con Tigray, conserva algunas de las comunidades cristianas más antiguas del mundo, con monasterios excavados en acantilados casi inaccesibles y una liturgia en ge'ez que apenas cambió en siglos. Aquí, la fe no es un dato del pasado: estructura el calendario, la comida, los ritos y la vida cotidiana de millones de personas.
En las montañas de Lasta, el rey Gebre Meskel Lalibela ordenó a fines del siglo XII y principios del XIII la excavación de once iglesias en la roca volcánica, con la intención de recrear Jerusalén después de que la ciudad santa cayera en manos de Saladino en 1187. Los templos no se construyeron: se esculpieron de arriba hacia abajo, vaciando bloques enteros de toba y conectándolos con túneles, cámaras y canales de drenaje.
La iglesia de Beta Ghiorgis, dedicada a San Jorge y con planta de cruz griega perfecta, es la imagen más reconocible de Etiopía. Hasta el nombre de los accidentes del terreno imita la topografía de Tierra Santa: hay un río Jordán, un Gólgota, una tumba de Adán. Ocho siglos después, Lalibela sigue siendo un centro de peregrinación vivo, sobre todo en Navidad ortodoxa (Genna, el 7 de enero), cuando miles de fieles vestidos de blanco llenan los patios de piedra.
Cuando el emperador Fasilides fundó Gondar en 1636, puso fin a siglos de corte itinerante y le dio a Etiopía su primera capital estable en mucho tiempo. Durante más de dos siglos, la ciudad fue el centro político y cultural del imperio. Su recinto real, el Fasil Ghebbi, reúne seis palacios de piedra, salones, baños y jardines rodeados por una muralla, en un estilo propio que combina tradiciones locales con influencias portuguesas e indias. Por su aire medieval, a Gondar se la apoda la Camelot de África.
A las afueras, los baños de Fasilides todavía se llenan de agua una vez al año para la celebración del Timkat, la Epifanía ortodoxa, cuando los fieles se sumergen en ellos renovando su bautismo. La cercana iglesia de Debre Berhan Selassie, con su techo cubierto de rostros de ángeles alados, es una de las joyas de la pintura religiosa etíope. Gondar concentra, en pocos kilómetros, el esplendor de la etapa imperial posterior a Aksum.
La ruta histórica atraviesa dos de los pueblos centrales de la Etiopía cristiana: los tigriña, herederos directos de Aksum, en el extremo norte, y los amhara, cuya lengua es el idioma oficial del Estado. Durante siglos, de estas tierras salieron emperadores, patriarcas y ejércitos. Su historia común, sin embargo, también carga con rivalidades que estallaron trágicamente en el siglo XXI.
Entre noviembre de 2020 y noviembre de 2022, la región de Tigray fue escenario de una guerra devastadora entre el gobierno federal, sus aliados y las fuerzas del Frente de Liberación Popular de Tigray. El conflicto dejó cientos de miles de muertos por combates, hambre y falta de atención médica, con denuncias de atrocidades por todos los bandos, y afectó también a zonas de Amhara y Afar. El Acuerdo de Pretoria puso fin a los combates a fines de 2022, pero la reconstrucción y la reconciliación siguen en marcha. Es una herida reciente que conviene nombrar con precisión y sin tomar partido.