Antes de que existiera reino alguno, estas tierras altas del sureste africano estuvieron habitadas durante decenas de miles de años por los san, cazadores-recolectores emparentados con los pueblos más antiguos de la humanidad, que dejaron su huella en las pinturas rupestres de aleros como el de Nsangwini, en el valle del río Komati. Más tarde llegaron pueblos de lengua bantú, agricultores y pastores que trabajaban el hierro, en el marco de las grandes migraciones que a lo largo del primer milenio poblaron el sur de África.
El pueblo swazi propiamente dicho desciende de los grupos nguni que, hacia los siglos XVI y XVII, se desplazaron por la costa sureste africana. La tradición sitúa el origen de la dinastía en el clan Dlamini, que bajo líderes como Dlamini y sus sucesores fue avanzando hacia el interior. Hacia mediados del siglo XVIII, el rey Ngwane III trasladó a su gente a la región del río Pongola, en el actual sur de Eswatini, y por eso se lo considera el fundador del reino moderno. De su nombre deriva uno de los apelativos históricos del pueblo: los bakaNgwane, 'la gente de Ngwane'.
Los sucesores de Ngwane III —Ndvungunye, muerto según la tradición fulminado por un rayo hacia 1815— fueron consolidando un núcleo de poder en un tiempo turbulento. Porque justo entonces, a comienzos del siglo XIX, todo el sureste africano estaba a punto de estremecerse con la convulsión que la historia conoce como el Mfecane.
El rey Sobhuza I, llamado también Somhlolo ('la maravilla'), gobernó aproximadamente entre 1815 y 1839, en los años más violentos del Mfecane, el gran cataclismo de guerras y migraciones que desató en la región el ascenso del reino zulú de Shaka. Presionado desde el sur por el poderoso reino ndwandwe de Zwide, con quien mantuvo enfrentamientos por la tierra, Sobhuza I tomó una decisión estratégica que salvaría a su pueblo: en lugar de resistir hasta la aniquilación, condujo a los suyos hacia el norte, al territorio montañoso que hoy forma el corazón de Eswatini.
Allí, en torno al valle de Ezulwini y las tierras altas centrales, Sobhuza I fue integrando por la fuerza y por la diplomacia a los clanes que ya habitaban la región —grupos sotho, nguni y de otros orígenes—, construyendo un reino compuesto y multiétnico. En vez de chocar de frente con el creciente poderío zulú de Shaka, optó por una política prudente de alianzas y evitación del conflicto abierto, que le permitió preservar su independencia mientras otros pueblos eran arrasados.
A Sobhuza I se le atribuye además una célebre profecía: habría soñado con la llegada de hombres blancos de piel, portadores de dos cosas, el libro (la Biblia) y el dinero (o las armas), y habría aconsejado a su pueblo aceptar el primero pero desconfiar del segundo. Verdadera o embellecida por la tradición, la anécdota resume la actitud pragmática con que la monarquía swazi enfrentaría, décadas después, la avalancha europea. Su nombre quedó grabado en la memoria nacional: el estadio nacional de Lobamba, el Somhlolo, lo honra hasta hoy.
A Sobhuza I lo sucedió su hijo Mswati II, que reinó aproximadamente entre 1840 y 1865 y pasó a la historia como el mayor de los reyes guerreros swazis. Bajo su liderazgo, el reino alcanzó su máxima extensión territorial: Mswati II organizó un ejército permanente basado en regimientos por edades (los emabutfo), al estilo del modelo militar zulú, y lanzó expediciones que llevaron la influencia swazi mucho más al norte, hasta las tierras del actual Mpumalanga y Limpopo sudafricanos.
Fue tan decisivo su reinado que de su nombre —Mswati— deriva el gentilicio con que se conoce al pueblo y al país: los swazi (o emaSwati), la 'gente de Mswati'. En 2018, cuando el rey Mswati III rebautizó oficialmente el reino como Eswatini ('tierra de los swazi' en siSwati), estaba en realidad devolviéndole a la nación el nombre enraizado en aquel antepasado del siglo XIX.
Pero el reinado de Mswati II coincidió también con la llegada de los primeros europeos de forma sostenida: cazadores, comerciantes y, sobre todo, los bóeres que empujaban desde el Transvaal en busca de tierras y ganado. A su muerte, en 1865, siguió un período de disputas sucesorias y de regencias —protagonizadas por poderosas reinas madre, la Indlovukazi—, un momento de debilidad interna que coincidió, fatalmente, con el apetito creciente de las dos potencias que rodeaban al reino: los bóeres del Transvaal y el Imperio Británico.
El drama central de la historia swazi del siglo XIX fue la pérdida de la tierra a través de las concesiones. Durante el reinado del rey Mbandzeni (que gobernó entre 1875 y 1889), decenas de aventureros europeos —buscadores de oro, ganaderos, especuladores— acudieron a la corte swazi para obtener 'concesiones': documentos que otorgaban derechos sobre pastos, minas, comercio, e incluso sobre la recaudación de impuestos. Mbandzeni, presionado y a menudo engañado, firmó una cantidad asombrosa de estas concesiones, muchas superpuestas y contradictorias.
El propio rey llegó a comprender la gravedad de lo que ocurría. Se le atribuye una frase lúcida y amarga sobre el peligro de aquellos papeles que los concesionarios acumulaban. Para poner orden en el caos, Mbandzeni aceptó incluso nombrar a un asesor europeo, pero el daño ya estaba hecho: hacia el final de su reinado, una porción enorme del territorio swazi había sido, sobre el papel, entregada a extranjeros. La fiebre del oro del norte, que dio origen a pueblos mineros como Piggs Peak —bautizado hacia 1884 por el prospector William Pigg—, es un ejemplo directo de aquella avalancha de concesiones.
Las potencias vecinas aprovecharon el enredo. La Convención de Pretoria de 1881 y la de Londres de 1884 habían reconocido formalmente la independencia swazi, pero en la práctica el reino quedó atrapado entre la República Sudafricana (Transvaal) de los bóeres y Gran Bretaña. Una serie de acuerdos entre ambas potencias fue erosionando la soberanía swazi: hacia 1894, el Transvaal asumió la administración del territorio como una suerte de protectorado, sin consultar realmente a los swazis. La independencia formal se había convertido en una ficción sostenida sobre montañas de papeles firmados.
La Segunda Guerra Anglo-Bóer (1899-1902) cambió el mapa de la región. Tras la derrota del Transvaal, Gran Bretaña asumió el control de Suazilandia, que en 1903 quedó convertida formalmente en un protectorado británico, administrado desde 1906 a través del Alto Comisionado para África del Sur. Los swazis conservaron su monarquía y buena parte de su organización tradicional, pero perdieron soberanía política y siguieron atrapados en el problema de la tierra: una comisión colonial de reparto, hacia 1907, dejó a la población africana en posesión de apenas un tercio del territorio, confirmando el despojo de la era de las concesiones.
En 1899 había nacido Sobhuza II, y al morir su padre Ngwane V (Bhunu) en 1899, fue proclamado rey siendo un bebé, bajo la larga regencia de su abuela, la reina Labotsibeni Mdluli, una figura política de enorme peso. Sobhuza II fue coronado formalmente como Ngwenyama ('el león') en 1921, y dedicó buena parte de su reinado a una causa obsesiva: recuperar la tierra perdida. Impulsó la compra de fincas para devolverlas a la nación y llevó personalmente el reclamo swazi hasta los tribunales británicos y ante la propia corona en Londres, aunque con éxito limitado.
Paciente y astuto, Sobhuza II supo maniobrar durante décadas dentro del sistema colonial sin renunciar a la institución monárquica. Cuando llegó la hora de la descolonización africana, en los años sesenta, era el líder indiscutido de su pueblo. Su reinado, iniciado en 1899, se extendería hasta 1982: unos 82 o 83 años que lo convierten en el monarca con el reinado documentado más largo de la historia.
El 6 de septiembre de 1968, Suazilandia recuperó la plena independencia dentro de la Commonwealth, con Sobhuza II como jefe de Estado y una Constitución de estilo Westminster negociada con los británicos, que incluía un Parlamento electo, partidos políticos y una carta de derechos. Ese mismo año se inauguró en Lobamba el estadio nacional Somhlolo, escenario de las grandes celebraciones. Pero el modelo constitucional importado chocaba con la concepción tradicional del poder real.
El 12 de abril de 1973, Sobhuza II dio un golpe institucional: derogó la Constitución de 1968, disolvió el Parlamento, prohibió los partidos políticos y asumió todos los poderes, argumentando que el sistema de partidos era ajeno a la cultura swazi y dividía a la nación. Aquel decreto convirtió a Suazilandia en una monarquía absoluta y sentó las bases del sistema tinkhundla, un modelo de gobierno local sin partidos que perdura hasta hoy. La prohibición de los partidos políticos nunca se levantó del todo.
Sobhuza II murió en agosto de 1982. Tras un período de regencias y luchas palaciegas entre reinas madre, en 1986 fue coronado su hijo, el príncipe Makhosetive, con el nombre de Mswati III, que gobierna desde entonces. Bajo su reinado, Eswatini sigue siendo una de las últimas monarquías absolutas del mundo: el rey nombra al primer ministro, controla al Parlamento y concentra amplios poderes ejecutivos, en un sistema donde el poder se reparte, según la tradición dual, entre el Ngwenyama (el rey) y la Indlovukazi (la reina madre, 'la gran elefanta').
El 19 de abril de 2018, en el acto por el 50.º aniversario de la independencia y su propio 50.º cumpleaños, el rey Mswati III anunció que el país dejaría de llamarse Suazilandia para recuperar su nombre en siSwati: Eswatini, 'la tierra de los swazi'. El cambio buscaba borrar el híbrido colonial 'Swaziland' y evitar la confusión frecuente con Suiza (Switzerland), pero también reafirmó el peso simbólico de la monarquía en la identidad nacional.
El reino conserva vivas dos de las ceremonias más imponentes de África, ambas centradas en Lobamba y en el poblado real de Ludzidzini. El Incwala, la 'fiesta de la primogenitura' o de la realeza, es el rito sagrado más importante del calendario swazi: se celebra hacia el solsticio de verano austral y renueva simbólicamente la fuerza del rey y de la nación en ceremonias de varios días. El Umhlanga, o danza de las cañas, congrega cada agosto o septiembre a decenas de miles de jóvenes solteras que cortan cañas para la reina madre en una celebración multitudinaria de la comunidad y la tradición.
Detrás de esa vitalidad cultural, el país enfrenta desafíos duros. Eswatini padece una de las tasas de VIH/sida más altas del mundo, una economía muy dependiente de Sudáfrica —con la que comparte una unión aduanera y una moneda, el lilangeni, ligada a la par con el rand— y profundas desigualdades. En junio de 2021 estallaron las mayores protestas prodemocráticas de su historia reciente, desatadas por la muerte del estudiante Thabani Nkomonye y por el reclamo de reformas. La represión de las fuerzas de seguridad dejó decenas de muertos —los grupos de derechos humanos hablan de varias decenas, muy por encima de la cifra oficial— y abrió un debate, todavía sin resolver, sobre el futuro político de la última monarquía absoluta de África.