Valencia es una de esas ciudades que lo tienen todo y que, aun así, sigue siendo asequible y disfrutona. Tercera ciudad de España, tendida junto al Mediterráneo en una llanura de huerta y arrozales, combina un casco antiguo medieval de piedra dorada, la arquitectura futurista de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, kilómetros de playa urbana y una gastronomía que dio al mundo uno de sus platos más famosos: la paella, que nació justo acá, en los arrozales de la Albufera.
Su gran seña de identidad moderna es el conjunto de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, el espectacular complejo de formas blancas diseñado por el arquitecto valenciano Santiago Calatrava, con su acuario Oceanogràfic (el más grande de Europa), el planetario Hemisfèric y el Museo de las Ciencias. Pero Valencia es mucho más: la Lonja de la Seda gótica, Patrimonio Mundial de la Unesco; el bullicioso Mercado Central modernista; la Catedral con su torre, el Miguelete; el laberinto del barrio del Carmen; y, sobre todo, el Jardín del Turia, un parque de nueve kilómetros que serpentea por el antiguo cauce del río tras la gran riada de 1957.
Esta guía recorre lo esencial de Valencia con mirada práctica y cálida: cómo organizar la visita al Oceanogràfic y a la Ciudad de las Artes, qué ver en el casco antiguo, cómo llegar a la Albufera para comer la paella de verdad, dónde tirarse a la playa de la Malvarrosa, cómo moverse en metro y qué fechas tener en cuenta si soñás con vivir las Fallas. Valencia es luminosa, tranquila y sabrosa: uno de los mejores destinos de España para pasarla bien sin apuro.
Valencia fue fundada por Roma en el 138 a.C. con el nombre de Valentia Edetanorum, como colonia para asentar a soldados licenciados tras las guerras contra Viriato y los lusitanos. Tras siglos romanos y visigodos, en el 714 pasó a manos musulmanas y, con el nombre de Balansiya, se convirtió en una de las ciudades más prósperas de Al-Ándalus, con su huerta regada por acequias que todavía funcionan. En 1094 fue tomada por Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, que la gobernó hasta su muerte. La conquista definitiva llegó el 9 de octubre de 1238, cuando el rey Jaime I de Aragón entró en la ciudad y le otorgó fueros propios, dando origen al Reino de Valencia. Los siglos XV y XVI fueron su Siglo de Oro, cuando el comercio de la seda la hizo rica y se levantó la deslumbrante Lonja gótica. En la Edad Moderna la ciudad perdió peso, hasta que el siglo XIX y XX la modernizaron. El 14 de octubre de 1957, una brutal riada del Turia dejó decenas de muertos y arrasó la ciudad; la respuesta fue desviar el río por un nuevo cauce al sur (el Plan Sur) y convertir el viejo lecho en el gran Jardín del Turia que hoy define Valencia. La historia completa está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓La fachada mediterránea: los condados que nacieron de la Marca Hispánica, la Corona de Aragón que se expandió por el Mediterráneo, la lengua catalana, la industria que hizo de Barcelona una potencia y la memoria de 1714.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
En el año 138 a.C., el cónsul romano Décimo Junio Bruto fundó a orillas del río Turia una pequeña colonia a la que llamó Valentia Edetanorum. El nombre lo dice todo: 'Valentia' significa en latín 'valor', 'fuerza', y aludía al mérito militar de sus primeros pobladores. Porque Valencia no nació como una ciudad cualquiera, sino como un premio: en ella se asentaron soldados licenciados que habían combatido en las guerras contra Viriato, el caudillo lusitano que durante años puso en jaque a las legiones de Roma en Hispania. A aquellos veteranos se les dio tierra y un lugar donde envejecer, sobre una isla fluvial fácil de defender, junto a un río navegable y cerca del mar.
La Valentia romana creció despacio pero con solidez. Se organizó según el urbanismo clásico, con su foro, su cardo y su decumano (las calles principales que aún se adivinan en el trazado del casco antiguo), templos, termas y un circo. Los restos de aquella ciudad se pueden ver hoy en el yacimiento de la Almoina, junto a la Catedral, donde capas y capas de historia (romana, visigoda, musulmana y cristiana) se apilan como un libro de piedra. En época de las guerras civiles romanas, la ciudad sufrió una destrucción casi total hacia el 75 a.C., durante el enfrentamiento entre Pompeyo y los partidarios de Sertorio, pero fue reconstruida y en el siglo II d.C. vivió su época de mayor esplendor imperial.
Con la crisis del Imperio romano y las invasiones germánicas, Valentia pasó a manos de los visigodos, que la mantuvieron como sede episcopal. De aquellos siglos oscuros quedan pocos vestigios, pero la ciudad nunca llegó a desaparecer: seguía siendo un pequeño núcleo cristiano cuando, a comienzos del siglo VIII, la historia de la península dio un vuelco total con la llegada del islam.
En el año 714, apenas tres años después del desembarco musulmán en la península, Valencia se rindió a los ejércitos árabes y bereberes sin apenas resistencia. Comenzaba así una etapa de más de cinco siglos que marcaría para siempre el paisaje, la agricultura y el carácter de la ciudad. Bajo el nombre de Balansiya, la vieja Valentia se transformó en una próspera ciudad andalusí, sobre todo a partir del siglo X y durante los reinos de taifas, cuando llegó a ser capital de un reino independiente.
El gran legado de aquellos siglos fue el agua. Los musulmanes perfeccionaron un sistema de riego basado en acequias que repartían el agua del Turia por toda la llanura, convirtiéndola en la huerta feraz que aún rodea la ciudad. De aquel ingenio hidráulico nació también el Tribunal de las Aguas, la institución de justicia más antigua de Europa todavía en funcionamiento, que cada jueves se reúne junto a la puerta de la Catedral para dirimir los conflictos del regadío. También son de esta época el trazado de barrios como el Carmen o la Xerea, el primer recinto amurallado y la introducción de cultivos que hoy son símbolo de la tierra: el arroz, la naranja, el limón, el azafrán.
En 1094, en pleno desmoronamiento de las taifas, la ciudad fue conquistada por uno de los personajes más legendarios de la historia de España: Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador. Mercenario y estratega genial, el Cid tomó Valencia tras un largo asedio y la gobernó como señor casi independiente hasta su muerte en 1099. Su viuda, Jimena, resistió unos años más, pero en 1102 los cristianos abandonaron la ciudad y la incendiaron antes de retirarse, y Balansiya volvió a manos musulmanas, ahora bajo el dominio de los almorávides y luego de los almohades. La reconquista definitiva tendría que esperar todavía más de un siglo.
El 9 de octubre de 1238, el rey Jaime I de Aragón, apodado 'el Conquistador', entró triunfalmente en Valencia tras un largo asedio, arrebatándola definitivamente al poder musulmán. Esa fecha es hoy el Día de la Comunitat Valenciana, la efeméride fundacional de la Valencia moderna, y se celebra cada año con la histórica procesión cívica de la Senyera, la bandera valenciana.
La conquista no fue un simple cambio de manos: Jaime I creó con los territorios ganados un reino nuevo y separado, el Reino de Valencia, integrado en la Corona de Aragón pero con instituciones, leyes y personalidad propias. En 1261 promulgó los Furs de València (los Fueros de Valencia), un cuerpo legal avanzado para su época que regía la vida del reino y otorgaba a la ciudad amplias libertades y autogobierno. Nacía además una nueva sociedad y una nueva lengua, el valenciano, romance derivado del latín emparentado con el catalán, que se fue consolidando como lengua propia del reino.
Los musulmanes que quedaron (los mudéjares, luego moriscos) siguieron siendo una parte esencial de la población y de la economía, sobre todo en el campo, durante siglos, hasta su trágica expulsión en 1609. Sobre la vieja mezquita mayor se empezó a levantar, a partir de 1262, la actual Catedral gótica, y la ciudad cristiana comenzó a crecer con nuevas iglesias, conventos y murallas. Valencia se orientaba ahora hacia el Mediterráneo y hacia el comercio, sentando las bases del esplendor que estallaría dos siglos después.
El siglo XV fue el gran siglo de Valencia, su Siglo de Oro. Convertida en el principal puerto y centro financiero de la Corona de Aragón, la ciudad vivió una explosión de riqueza, población y cultura que la situó entre las urbes más importantes y pobladas del Mediterráneo occidental. El motor de aquella prosperidad fue el comercio, y muy en especial el de la seda, una industria que daría trabajo a barrios enteros de tejedores durante generaciones.
El símbolo de piedra de aquel esplendor es la Lonja de la Seda (La Llotja de la Seda), construida entre 1483 y 1548 y hoy declarada Patrimonio Mundial de la Unesco. Su Salón de Contratación, con sus columnas retorcidas que se abren como palmeras hacia las bóvedas, es una de las cumbres del gótico civil europeo y un monumento a la potencia mercantil de la ciudad. En sus muros, una inscripción latina exhorta a los comerciantes a obrar con honradez y sin usura, recordando que allí se jugaba el prestigio de toda Valencia.
Fue también una edad de oro cultural. En Valencia se imprimió, hacia 1478, la primera Biblia impresa en una lengua romance (una traducción al valenciano), y de esta época y esta tierra son figuras señeras de las letras como el poeta Ausiàs March, el caballero y novelista Joanot Martorell —autor del Tirant lo Blanc, obra maestra que Cervantes elogió en el Quijote— y la escritora Isabel de Villena. La ciudad se llenó de palacios, iglesias y obras de arte.
El declive llegó después. La unión de las coronas de Castilla y Aragón, el desplazamiento del comercio hacia el Atlántico tras el descubrimiento de América, la expulsión de los moriscos en 1609 (que despobló la huerta) y la Guerra de Sucesión, con la derrota en la batalla de Almansa en 1707 y la abolición de los Furs por los Decretos de Nueva Planta de Felipe V, fueron minando el peso y las libertades de Valencia. La ciudad entró en una larga etapa de menor protagonismo de la que solo saldría con la modernidad.
El siglo XIX y comienzos del XX devolvieron a Valencia parte de su pujanza: la exportación de naranja y de vino, la industria, el derribo de las murallas medievales en 1865 para dejar crecer la ciudad, y una intensa vida cultural que dio pintores como Joaquín Sorolla, maestro de la luz mediterránea, y escritores como Vicente Blasco Ibáñez. La ciudad se modernizaba, aunque no sin las convulsiones de la época, incluida la Guerra Civil española (1936-1939), durante la cual Valencia fue capital de la República durante casi un año.
Pero el acontecimiento que más transformó la Valencia contemporánea fue una catástrofe. La noche del 14 de octubre de 1957, tras lluvias torrenciales, el río Turia se desbordó y una gigantesca riada anegó la ciudad. El agua alcanzó varios metros de altura en las calles del centro, arrasó viviendas, negocios e infraestructuras y dejó decenas de muertos (las cifras oficiales hablan de unas 80 víctimas, aunque probablemente fueron más). Fue una de las mayores tragedias de la historia moderna de la ciudad.
La respuesta fue radical y visionaria. Para evitar que se repitiera, se ejecutó el llamado Plan Sur, que desvió por completo el cauce del Turia por un nuevo canal artificial al sur de la ciudad, alejando el río del centro urbano. Quedaba entonces por decidir qué hacer con el viejo cauce seco que atravesaba Valencia. Durante años se proyectó convertirlo en una gran autopista, pero una fuerte movilización ciudadana bajo el lema 'El llit del Túria és nostre i el volem verd' ('El cauce del Turia es nuestro y lo queremos verde') logró frenar el plan. Así nació el Jardín del Turia, un parque de nueve kilómetros que hoy es el pulmón y el orgullo de la ciudad.
Fue precisamente en el tramo final de ese antiguo cauce donde, a partir de finales de los años noventa, el arquitecto valenciano Santiago Calatrava levantó la Ciudad de las Artes y las Ciencias, el conjunto futurista que se convirtió en la nueva imagen mundial de Valencia. Con su Oceanogràfic, sus museos, sus playas, su casco antiguo restaurado y sus Fallas declaradas Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco en 2016, la ciudad que nació como premio a unos soldados romanos es hoy uno de los destinos más luminosos y disfrutables de España. En octubre de 2024, la memoria de 1957 volvió a hacerse presente con la trágica DANA que golpeó la comarca metropolitana y recordó, una vez más, la delicada relación de esta tierra con el agua.