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De Altamira a Tartessos: prehistoria, íberos, fenicios y griegos

La península ibérica es uno de los territorios con presencia humana más antigua de Europa: en la sierra de Atapuerca, en Burgos, se han hallado restos de homínidos de más de ochocientos mil años, entre ellos los del Homo antecessor. Decenas de miles de años después, hacia el 15.000 a.C., cazadores paleolíticos pintaron en la cueva de Altamira, en Cantabria, los famosos bisontes polícromos, una obra maestra del arte rupestre que cuando fue dada a conocer en 1880 muchos se negaron a creer que fuera prehistórica. Altamira, hoy Patrimonio Mundial, se convirtió en el emblema del arte de la Edad de Hielo europeo.

En el primer milenio antes de Cristo la península estaba habitada por un mosaico de pueblos. En la mitad este y sur vivían los íberos, sociedades urbanas y jerarquizadas que acuñaron moneda, escribieron en una lengua todavía no descifrada del todo y dejaron esculturas admirables como la Dama de Elche. En la meseta y el noroeste predominaban pueblos de raíz céltica; del contacto entre ambos mundos suele hablarse de cultura «celtíbera». No formaban una unidad política: eran tribus y ciudades que comerciaban y guerreaban entre sí.

Sobre esas costas se asomó pronto el Mediterráneo oriental. Los fenicios, navegantes venidos del actual Líbano, fundaron hacia el 1100 a.C. —según la tradición— Gadir, la actual Cádiz, tenida por la ciudad más antigua de Europa occidental, y una red de factorías comerciales por el sur. Después llegaron los griegos, que establecieron colonias como Emporion (Ampurias), en la costa catalana. De ese comercio de metales —plata, cobre, estaño— nació el brillo de Tartessos, una civilización semilegendaria del bajo Guadalquivir, riquísima en metales, que los textos antiguos describen como un reino fabuloso y que fue la primera «alta cultura» documentada de Occidente en la península.

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Cartago y Roma: la Hispania romana

En el siglo III a.C. la península quedó atrapada en el pulso entre las dos grandes potencias del Mediterráneo. Cartago, heredera del comercio fenicio, extendió su dominio por el sur y el levante y fundó Cartago Nova (Cartagena) como base de su poder; desde allí Aníbal Barca lanzó, tras el sitio de Sagunto, la Segunda Guerra Púnica contra Roma (218-201 a.C.). La derrota cartaginesa entregó Hispania a los romanos, que sin embargo tardarían dos siglos en dominarla por completo: la resistencia de los pueblos indígenas fue feroz, con episodios míticos como la larga guerra del caudillo lusitano Viriato o el asedio y destrucción de Numancia en 133 a.C.

La conquista se cerró en tiempos del emperador Augusto, con las guerras cántabras (29-19 a.C.). A partir de entonces Hispania se convirtió en una de las provincias más romanizadas y prósperas del Imperio. Se cubrió de calzadas, acueductos, teatros, puentes y ciudades; se impuso el latín, del que derivan el castellano, el catalán, el gallego y el resto de lenguas romances peninsulares; y llegó el derecho romano y, con los siglos, el cristianismo. Todavía hoy el acueducto de Segovia, el teatro de Mérida, la muralla de Lugo o las ruinas de Itálica y Tarraco atestiguan aquella huella.

Hispania no fue solo una provincia rica: dio a Roma algunos de sus nombres más ilustres. Nacieron en suelo hispano los emperadores Trajano —bajo el cual el Imperio alcanzó su máxima extensión— y Adriano, ambos oriundos de Itálica, cerca de Sevilla, así como Teodosio. Y de Córdoba salió Séneca, el filósofo estoico y maestro de Nerón, junto a su sobrino, el poeta Lucano. El latín, el derecho, la red urbana y la primera cristianización son la herencia más duradera de aquellos seis siglos romanos.

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El reino visigodo (siglos V-VIII)

La crisis del Imperio romano de Occidente arrastró consigo a Hispania. A comienzos del siglo V entraron en la península distintos pueblos germánicos —suevos, vándalos, alanos—, y poco después los visigodos, un pueblo ya profundamente romanizado que actuaba en un principio como aliado (foederatus) de Roma. Empujados desde la Galia tras su derrota ante los francos en Vouillé (507), los visigodos acabaron fijando en Hispania el centro de su reino, con capital en Toledo.

El reino visigodo de Toledo fue el primer intento de unificar políticamente toda la península bajo un solo poder. Reyes como Leovigildo sometieron a los suevos del noroeste y a buena parte de los territorios rebeldes. Un paso decisivo fue la conversión del rey Recaredo al catolicismo en el III Concilio de Toledo (589), que abandonó el arrianismo de los godos y unió a la minoría gobernante germánica con la mayoría hispanorromana en una misma fe. Los concilios de Toledo se convirtieron en asambleas de enorme peso político y religioso, y de aquel mundo salió una figura intelectual mayúscula: san Isidoro de Sevilla, cuyas Etimologías fueron una enciclopedia del saber leída en toda la Europa medieval.

Fue, sin embargo, un reino frágil. La monarquía era electiva y estuvo desgarrada por conspiraciones y guerras civiles entre facciones nobiliarias. Esa debilidad interna resultó fatal: hacia el 710, una disputa sucesoria entre los partidarios del rey Rodrigo y los del depuesto Witiza abrió la puerta a la intervención de un ejército musulmán llegado del norte de África. La derrota y muerte de Rodrigo en la batalla de Guadalete, en 711, hundió en pocos años a la monarquía visigoda y cambió por completo el rumbo de la historia peninsular.

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Al-Ándalus: Córdoba, las taifas y la convivencia

En el año 711 un ejército mandado por Táriq ibn Ziyad cruzó el estrecho y derrotó al rey Rodrigo. En apenas siete años los musulmanes —árabes y bereberes— dominaron casi toda la península, que pasó a llamarse al-Ándalus. Al principio fue una provincia lejana del califato omeya de Damasco, gobernada por emires. El giro llegó en 756, cuando Abderramán I, superviviente de la matanza de su familia por los abasíes, se refugió en Córdoba y fundó un emirato omeya independiente. En 929 su descendiente Abderramán III dio el paso definitivo y se proclamó califa, rompiendo todo vínculo con Oriente: nacía el califato de Córdoba.

Bajo el califato, entre los siglos X y XI, Córdoba fue la mayor y más culta ciudad de Europa occidental, con centenares de miles de habitantes, calles empedradas, alumbrado, baños, la gran Mezquita y la ciudad palatina de Medina Azahara. Sus bibliotecas atesoraban decenas de miles de volúmenes cuando en los reinos cristianos apenas se leía; en ellas se cultivaron la medicina, la astronomía, las matemáticas, la filosofía y la poesía, con figuras posteriores como el filósofo Averroes o el pensador judío Maimónides, ambos cordobeses. Es la célebre imagen de la convivencia de las tres culturas —musulmana, judía y cristiana (mozárabe)—, que fue real e intensamente fértil, pero que conviene no idealizar: la sociedad era jerárquica, judíos y cristianos vivían como dimmíes sujetos a un impuesto y a limitaciones, y hubo también episodios de intolerancia y persecución. Fue coexistencia productiva, no igualdad moderna.

El califato se hundió en una guerra civil (la fitna) a comienzos del siglo XI y en 1031 se fragmentó en una veintena de pequeños reinos, los reinos de taifas, cultos pero débiles y a menudo enfrentados. Esa debilidad favoreció el avance cristiano: la caída de Toledo en manos de Alfonso VI (1085) alarmó a los musulmanes andalusíes, que pidieron auxilio a dos imperios bereberes del norte de África. Primero los almorávides y luego los almohades cruzaron el estrecho, reunificaron por la fuerza al-Ándalus e impusieron una religiosidad mucho más rigorista. Pero su empuje se quebró en la gran derrota de las Navas de Tolosa (1212), tras la cual el poder musulmán se replegó hasta quedar reducido, desde el siglo XIII, al solo reino nazarí de Granada.

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Los reinos cristianos y la mal llamada «Reconquista»

Mientras al-Ándalus brillaba en el sur, en las montañas del norte, donde el dominio musulmán apenas había penetrado, fueron surgiendo pequeños núcleos cristianos. La tradición sitúa el arranque en la batalla de Covadonga (hacia 722), donde el caudillo Pelayo resistió a una expedición musulmana; de aquel foco astur nació el reino de Asturias, después trasladado a León. A lo largo de la Edad Media se formaron y transformaron varios reinos: León, Castilla, Navarra, Aragón, el condado y luego principado de Cataluña y el reino de Portugal, cada uno con sus instituciones, sus fueros y su propia dinámica.

Durante siglos, estos reinos fueron expandiéndose hacia el sur a costa del territorio musulmán, en un proceso largo, discontinuo y mucho menos épico de lo que luego se contó. No fue una cruzada permanente ni una guerra continua de religión: hubo largos periodos de paz, pactos, pagos de tributos (parias), alianzas entre reyes cristianos y musulmanes contra otros reyes cristianos o musulmanes, y una frontera porosa donde convivían gentes de las tres religiones. Figuras como Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, sirvieron por igual a señores cristianos y musulmanes.

Conviene aclarar un punto importante: el propio término «Reconquista» es una creación tardía. No se usó en la Edad Media, sino que se popularizó en el siglo XIX, en plena construcción del Estado-nación y bajo la influencia del romanticismo y del nacionalcatolicismo, para presentar ocho siglos de historia como una gesta unitaria de recuperación de una España cristiana esencial y eterna. Los historiadores actuales lo consideran un concepto ideológico y anacrónico, que proyecta hacia atrás una idea de nación que entonces no existía. Por eso se habla hoy con cautela de «la mal llamada Reconquista»: describe un resultado —la desaparición del poder político musulmán en la península en 1492— pero deforma la realidad, mucho más compleja, de los siglos que lo precedieron.

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1492: los Reyes Católicos, Granada, América y la expulsión de los judíos

El matrimonio en 1469 de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón unió las dos coronas más poderosas de la península en una unión dinástica —no todavía en un Estado unificado, pues cada reino conservó sus leyes e instituciones— y abrió una época decisiva. Los llamados Reyes Católicos reforzaron el poder real, sometieron a la nobleza díscola y prepararon el asalto final al último reducto musulmán. El 2 de enero de 1492, tras una larga guerra, el rey Boabdil entregó Granada: se extinguía el reino nazarí y con él casi ocho siglos de presencia política del islam en la península.

Ese mismo año, cargado de acontecimientos, tuvo otras dos consecuencias enormes. El 31 de marzo de 1492 los reyes firmaron en la Alhambra el Edicto de Granada, que ordenaba a los judíos convertirse al cristianismo o abandonar sus reinos en pocos meses. Fue el fin de la más antigua y numerosa comunidad judía de Europa: las estimaciones de los historiadores sobre el número de expulsados varían mucho, en un rango que suele situarse entre unas 40.000 y 100.000 personas, cifra que autores como Ladero Quesada han tendido a rebajar respecto a cálculos antiguos. Aquellos sefardíes se dispersaron por el Mediterráneo, el norte de África y el Imperio otomano, conservando durante siglos su lengua, el judeoespañol o ladino. El decreto no fue derogado formalmente hasta 1968.

Y en octubre de 1492, tras años de insistencia, el marino genovés Cristóbal Colón, financiado por la Corona de Castilla, llegó a una isla del Caribe creyendo haber alcanzado Asia. Aquel viaje inauguró la expansión europea por América y convirtió a Castilla en el núcleo de un imperio de dimensiones nunca vistas. En pocas décadas, el descubrimiento y la conquista transformarían la economía mundial, la dieta de continentes enteros y la vida —a menudo trágicamente— de millones de personas a ambos lados del océano.

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La Inquisición española

En 1478, los Reyes Católicos obtuvieron del papa la autorización para crear una Inquisición propia, controlada por la Corona y no directamente por Roma. Su objetivo declarado era vigilar la ortodoxia religiosa, y en particular perseguir a los conversos —judíos y, más tarde, musulmanes convertidos al cristianismo— sospechosos de seguir practicando en secreto su antigua fe. El Santo Oficio se organizó en tribunales por todo el territorio, con un procedimiento secreto, el uso de la tortura para obtener confesiones y las penas ejecutadas en ceremonias públicas, los autos de fe.

La Inquisición española funcionó durante más de tres siglos y medio, hasta su abolición definitiva en 1834. Persiguió sucesivamente a criptojudíos, moriscos, protestantes, iluminados, personas acusadas de blasfemia, bigamia o brujería, y ejerció además una férrea censura de libros e ideas que, según muchos historiadores, contribuyó al aislamiento intelectual de España frente a la Europa moderna. Fue también un poderoso instrumento de control social y de imposición de una uniformidad religiosa.

En torno a ella se construyó, desde el siglo XVI, buena parte de la llamada «leyenda negra», la imagen de una España fanática y sanguinaria difundida por sus rivales políticos y religiosos. La historiografía reciente ha matizado las cifras: los estudios sobre los registros conservados calculan que el número de personas condenadas a muerte por la Inquisición española a lo largo de toda su existencia se cuenta en torno a varios miles —muy lejos de las decenas o centenares de miles de la leyenda—, aunque su capacidad de infundir miedo, controlar conciencias y censurar el pensamiento fue mucho mayor de lo que esas cifras sugieren. Ni monstruo único de Europa, como quiso la leyenda negra, ni institución benévola, como pretendió cierta reacción apologética: fue un tribunal de excepción al servicio de la ortodoxia y del poder.

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El imperio de los Austrias, la conquista de América y el Siglo de Oro

Con el nieto de los Reyes Católicos, Carlos I de España y V de Alemania, la monarquía hispánica se convirtió en la primera potencia mundial: reunía Castilla, Aragón, los Países Bajos, buena parte de Italia, el Imperio alemán y, sobre todo, un dominio americano en expansión vertiginosa. Su hijo Felipe II reinó sobre un imperio «donde no se ponía el sol» y fijó la capital en Madrid en 1561. Fue una época de grandeza y de guerras incesantes —contra Francia, contra el Imperio otomano (con la victoria naval de Lepanto en 1571), contra los rebeldes protestantes de Flandes y contra la Inglaterra de Isabel I, frente a la que fracasó la Armada Invencible en 1588—, financiadas en buena parte con la plata americana.

La conquista de América es uno de los capítulos más grandes y más terribles de esta historia, y merece contarse sin las dos deformaciones habituales. Ni la «leyenda negra», que la reduce a un genocidio deliberado y niega toda complejidad, ni la «leyenda rosa» o rosada, que la presenta como una empresa civilizadora casi benévola, hacen justicia a los hechos. Lo que ocurrió fue una conquista militar acelerada —Cortés sobre el imperio azteca (1519-1521), Pizarro sobre el inca (1532-1533)— acompañada de una catástrofe demográfica de proporciones colosales: la población indígena se desplomó, sobre todo por las epidemias de viruela, sarampión y otras enfermedades para las que no tenían defensas, pero también por la violencia, el trabajo forzado en minas y encomiendas y el desarraigo. Hubo, al mismo tiempo, un intenso debate moral dentro de la propia España: fray Bartolomé de las Casas denunció los abusos, las Leyes Nuevas de 1542 intentaron —con escaso éxito— proteger a los indígenas, y la controversia de Valladolid (1550-1551) discutió abiertamente la legitimidad de la conquista. Se impuso también un enorme mestizaje y la difusión del castellano y del catolicismo. Todo eso convivió: la evangelización y la explotación, el derecho de gentes y la esclavitud, la fundación de universidades y el saqueo de la plata de Potosí.

En paralelo a la expansión imperial floreció el Siglo de Oro de las artes y las letras españolas. Cervantes publicó el Quijote (1605-1615), primera novela moderna; Lope de Vega, Calderón de la Barca y Tirso de Molina llenaron los teatros; Quevedo y Góngora renovaron la poesía; y en la pintura brillaron El Greco, Velázquez —con Las Meninas— y Murillo. Esa cumbre cultural coincidió, paradójicamente, con el inicio de la decadencia política. Bajo los últimos Austrias, sobre todo Felipe IV y Carlos II, las guerras arruinaron la hacienda, se sucedieron rebeliones y la de Portugal culminó en su independencia (1640-1668). A ese cuadro se sumó la expulsión de los moriscos decretada por Felipe III en 1609: unos 300.000 descendientes de musulmanes convertidos, muchos plenamente integrados, fueron forzados a abandonar España —el reino de Valencia y Aragón fueron los más afectados—, con un durísimo coste humano y económico para regiones enteras.

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Los Borbones, la guerra contra Napoleón y la pérdida del imperio

La muerte sin descendencia de Carlos II en 1700 desató la Guerra de Sucesión Española (1701-1714), un conflicto europeo por el trono de Madrid entre el candidato francés, Felipe de Anjou —nieto de Luis XIV—, y el archiduque Carlos de Austria. Venció Felipe, primer rey de la dinastía de los Borbones, que aún reina. Su triunfo tuvo una consecuencia interna profunda: los Decretos de Nueva Planta abolieron los fueros e instituciones propias de los reinos de la Corona de Aragón —Aragón, Valencia, Cataluña, Mallorca— que habían apoyado al archiduque, e impusieron un modelo centralista de inspiración francesa. El siglo XVIII borbónico, sobre todo con Carlos III, fue un tiempo de reformas ilustradas, obras públicas y cierta recuperación económica.

Todo se quebró a comienzos del siglo XIX. En 1808, Napoleón, aprovechando las intrigas de la familia real (el motín de Aranjuez, las abdicaciones de Bayona), colocó a su hermano José Bonaparte en el trono español. La reacción popular fue inmediata: el levantamiento del 2 de mayo de 1808 en Madrid, inmortalizado por Goya, encendió la Guerra de la Independencia (1808-1814), una guerra brutal —de la que la propia palabra «guerrilla» procede— librada con apoyo británico y saldada con la retirada francesa. En plena contienda, las Cortes reunidas en Cádiz proclamaron en 1812 la primera Constitución española, «la Pepa», de signo liberal, que marcó el nacimiento del constitucionalismo hispano.

El siglo XIX español fue convulso: la vuelta del absolutismo con Fernando VII, las guerras carlistas entre liberales y tradicionalistas, pronunciamientos militares, una efímera Primera República (1873-1874) y una permanente inestabilidad. Y fue, sobre todo, el siglo de la pérdida del imperio. Aprovechando el vacío de poder de la guerra napoleónica, las colonias americanas se independizaron una tras otra entre 1810 y 1825, con figuras como Bolívar y San Martín al frente. El golpe final llegó en 1898, cuando la derrota frente a Estados Unidos costó a España sus últimas posesiones de ultramar —Cuba, Puerto Rico y Filipinas—. Aquel «Desastre del 98» provocó una honda crisis de conciencia nacional que dio nombre a toda una generación de escritores e intelectuales.

es.wikipedia.org · Guerra de la Independencia españolaes.wikipedia.org · Desastre del 98

La Segunda República, la Guerra Civil y la dictadura franquista

Tras la dictadura de Primo de Rivera y el desgaste de la monarquía, las elecciones municipales de abril de 1931 llevaron a la proclamación de la Segunda República. Fue un régimen democrático reformista que aprobó el sufragio femenino, la reforma agraria, la escuela pública, la separación de la Iglesia y el Estado y los primeros estatutos de autonomía. Pero también un tiempo de fortísima polarización política y social, entre una derecha que temía la revolución y una izquierda a menudo dividida, con episodios violentos como la revuelta de Asturias de 1934.

El 18 de julio de 1936, un golpe militar encabezado por parte del ejército contra el gobierno del Frente Popular fracasó parcialmente y, en lugar de un triunfo rápido, desencadenó la Guerra Civil (1936-1939). Fue un conflicto atroz y también un ensayo de la Segunda Guerra Mundial: la Alemania nazi y la Italia fascista apoyaron con hombres y armas al bando sublevado —la Legión Cóndor bombardeó Guernica en 1937, escena que Picasso convirtió en icono universal—, mientras la Unión Soviética y las Brigadas Internacionales de voluntarios de todo el mundo apoyaron a la República, abandonada por las democracias occidentales. Hubo represión y matanzas en la retaguardia de ambos bandos. La guerra terminó el 1 de abril de 1939 con la victoria del general Francisco Franco.

Siguieron casi cuatro décadas de dictadura. El franquismo fue un régimen autoritario, nacionalcatólico y de partido único que reprimió con dureza a los vencidos. La cuestión de las víctimas debe tratarse con precisión y sin equidistancia: la investigación histórica calcula que la represión franquista —ejecuciones durante y sobre todo después de la guerra— causó del orden de 150.000 muertos, y España es hoy uno de los países del mundo con más desaparecidos en fosas comunes sin identificar, contabilizándose miles de fosas y decenas de miles de personas todavía sin recuperar. Cientos de miles de españoles marcharon al exilio; muchos republicanos acabaron en campos de concentración nazis. Hubo una represión política y cultural que persiguió las lenguas y las identidades catalana, vasca y gallega. Con el tiempo, y sobre todo desde los años sesenta, la dictadura evolucionó hacia un desarrollismo económico y una apertura al turismo, pero mantuvo hasta el final su carácter represivo: aún en 1975, el año de la muerte de Franco, se ejecutaron condenas a muerte por motivos políticos.

es.wikipedia.org · Guerra civil españolaes.wikipedia.org · Víctimas de la guerra civil española

La Transición y la España democrática

Franco murió el 20 de noviembre de 1975. Dos días después, Juan Carlos I fue proclamado rey, en un principio como continuador designado del régimen. Sin embargo, bajo su reinado y con figuras como el presidente Adolfo Suárez, se puso en marcha la Transición: el paso de la dictadura a la democracia por la vía de la reforma pactada más que de la ruptura. Se legalizaron los partidos, incluido el comunista; en 1977 se celebraron las primeras elecciones libres; y en 1978 los españoles aprobaron en referéndum una Constitución que consagró una monarquía parlamentaria, el pluralismo y un modelo descentralizado, el «Estado de las autonomías». La Transición fue admirada como modelo, aunque hoy se debate críticamente el precio que tuvo, sobre todo la Ley de Amnistía de 1977, que dejó impunes los crímenes del franquismo.

La joven democracia superó momentos graves, como el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, cuando un grupo de guardias civiles asaltó el Congreso; su fracaso consolidó el sistema. España se integró en la OTAN (1982) y en la Comunidad Económica Europea (1986), y vivió una modernización acelerada, simbolizada por el año 1992, con los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla. La alternancia entre el PSOE y el Partido Popular articuló la vida política, hasta que la crisis económica de 2008 y los casos de corrupción abrieron paso a un panorama más fragmentado.

La democracia española ha convivido con tensiones territoriales de fondo. Durante décadas, la organización terrorista ETA, surgida en el tardofranquismo con el objetivo de una Euskal Herria independiente, mató a más de 850 personas en una campaña de atentados, secuestros y extorsión que solo cesó definitivamente con el anuncio del fin de la violencia en 2011 y su disolución en 2018. En Cataluña, el auge del independentismo culminó en el referéndum ilegal y la declaración de independencia de octubre de 2017, respondidos por el Estado con la aplicación de la Constitución y procesos judiciales, en una crisis que sigue marcando la política española. En 2014 Juan Carlos I abdicó en su hijo Felipe VI. Hoy España es una democracia consolidada e integrada en la Unión Europea, todavía debatiendo cómo encajar la pluralidad de sus territorios y cómo saldar las cuentas con su memoria histórica.

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🗺️ Historia por provincia / estado

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Andalucía

Historia de Andalucía · España

Tartessos y la Bética romana

Andalucía, regada por el Guadalquivir, fue una de las primeras tierras civilizadas de Occidente. En el bajo valle del río floreció, en el primer milenio antes de Cristo, Tartessos, una cultura riquísima en metales que comerciaba con fenicios y griegos y que las fuentes antiguas envolvieron en un halo casi legendario. Los fenicios habían fundado en la costa Gadir (Cádiz), tenida por la ciudad más antigua de Europa occidental, y una red de factorías por todo el litoral.

Con la conquista romana, el sur se convirtió en la provincia Bética, una de las más ricas, pobladas y romanizadas de todo el Imperio. Exportaba a Roma aceite de oliva, vino, garum (salsa de pescado) y metales, y sus ciudades alcanzaron gran esplendor. De la Bética salieron algunos de los nombres mayores de Roma: los emperadores Trajano y Adriano nacieron en Itálica, junto a la actual Sevilla, cuyo anfiteatro y mosaicos aún se conservan; y de Córdoba era el filósofo Séneca.

Esa condición de tierra fértil, próspera y abierta al Mediterráneo, encrucijada entre Europa y África, marcaría toda la historia posterior de Andalucía. Sobre el sustrato ibérico, fenicio y romano se superpondrían después los visigodos y, sobre todo, los ocho siglos de al-Ándalus, que harían del sur peninsular el corazón de la civilización islámica en Europa.

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Córdoba, capital del califato

Ninguna ciudad encarna mejor el esplendor de al-Ándalus que Córdoba. Convertida en capital del emirato omeya independiente por Abderramán I en 756 y elevada a sede del califato por Abderramán III en 929, Córdoba fue durante los siglos X y XI la mayor, más rica y más culta ciudad de Europa occidental. Se ha calculado que llegó a superar el cuarto de millón de habitantes cuando las capitales cristianas eran aldeas; tenía calles pavimentadas, baños, mercados y bibliotecas con decenas de miles de volúmenes.

Su monumento supremo es la Mezquita, iniciada por Abderramán I en el siglo VIII y ampliada varias veces, un bosque de columnas y arcos bicolores de una belleza sobrecogedora. Tras la conquista cristiana de la ciudad por Fernando III en 1236 se levantó en su interior una catedral, de modo que hoy es la Mezquita-Catedral, símbolo de la superposición de culturas que define a Andalucía. A pocos kilómetros, las ruinas de Medina Azahara, la deslumbrante ciudad palatina construida por Abderramán III, atestiguan el lujo del califato.

Córdoba fue también un foco intelectual de primer orden, cuna de dos de los mayores pensadores de la Edad Media: el filósofo musulmán Averroes, comentarista de Aristóteles cuya obra influyó decisivamente en la Europa cristiana, y el sabio judío Maimónides, una de las cumbres del pensamiento hebreo. Aquel legado científico y filosófico, transmitido a través de traducciones, fue una de las grandes aportaciones de al-Ándalus a la cultura universal.

es.wikipedia.org · Mezquita catedral de Córdobawhc.unesco.org

Sevilla almohade y Granada nazarí

Tras la caída del califato, Andalucía fue escenario de los sucesivos imperios que trataron de reunificar al-Ándalus. Bajo los almohades, en el siglo XII, Sevilla vivió una época de gran esplendor como capital peninsular del imperio: de aquel tiempo data la Giralda, alminar de la gran mezquita almohade que después se convirtió en campanario de la catedral cristiana, hoy emblema de la ciudad y una de las torres más famosas del mundo. Sevilla fue conquistada por Fernando III de Castilla en 1248.

El último reducto del poder musulmán en la península fue el reino nazarí de Granada, que sobrevivió más de dos siglos y medio, desde mediados del siglo XIII hasta 1492, pagando tributos a Castilla y jugando hábilmente sus alianzas. En ese largo crepúsculo, la dinastía nazarí levantó sobre la colina de la Alhambra uno de los conjuntos palaciegos más bellos jamás construidos: un laberinto de patios, fuentes, jardines y salas cubiertas de yeserías, mocárabes e inscripciones, con el Patio de los Leones y el Generalife como joyas. La Alhambra es la obra cumbre del arte andalusí y uno de los monumentos más visitados de España.

La toma de Granada por los Reyes Católicos el 2 de enero de 1492 puso fin al reino nazarí y a la presencia política del islam en la península. Las capitulaciones prometían respeto a la religión y las costumbres de los musulmanes granadinos, pero esas garantías se incumplieron pronto: las conversiones forzosas, las revueltas de las Alpujarras y, finalmente, la expulsión de los moriscos en 1609 cerraron trágicamente aquella larga historia. Bajo el Albaicín y la Alhambra late todavía la memoria de al-Ándalus.

whc.unesco.orges.wikipedia.org · Reino nazarí de Granada

El oro de América y el monopolio de Sevilla

El descubrimiento de América abrió a Andalucía —y muy en particular a Sevilla— un capítulo de riqueza deslumbrante. En 1503, la Corona estableció en Sevilla la Casa de Contratación, el organismo que controlaba en régimen de monopolio todo el comercio con las Indias: por su puerto fluvial, único autorizado, debían pasar los barcos, las mercancías, los emigrantes y, sobre todo, los cargamentos de oro y plata que llegaban de América. Sevilla se convirtió así en el «puerto y puerta de Indias» y en una de las ciudades más ricas y cosmopolitas de Europa.

Durante el siglo XVI y buena parte del XVII, la ciudad vivió una edad de oro: se llenó de mercaderes de toda Europa, de banqueros, de artistas y de gentes venidas a buscar fortuna. La flota de Indias partía y regresaba cada año, y por el Guadalquivir subía la plata del Cerro Rico de Potosí y el oro de las Indias. Ese esplendor dejó una huella monumental y artística enorme, con pintores como Murillo y Zurbarán, y una arquitectura de iglesias, palacios y la propia catedral —la mayor gótica del mundo—, junto al Archivo de Indias, que aún hoy custodia la memoria documental del imperio.

Ese comercio tuvo también su cara oscura: fue parte de una economía global sostenida en el trabajo forzado indígena y en la trata de esclavos africanos, que pasaron igualmente por los puertos andaluces. Con el tiempo, el progresivo cegamiento del Guadalquivir y las conveniencias comerciales llevaron a trasladar el monopolio a Cádiz en 1717. La bahía gaditana tomó el relevo como gran puerto americano en el siglo XVIII, y de aquel cosmopolitismo salió, no por casualidad, la Constitución liberal de 1812.

es.wikipedia.org · Casa de Contrataciónwhc.unesco.org

El flamenco y su raíz gitana

El flamenco, la expresión artística más universal de Andalucía, nació del encuentro de las culturas que poblaron el sur. Su núcleo es la aportación del pueblo gitano, llegado a la península a comienzos del siglo XV, que a lo largo de los siglos fusionó su propia sensibilidad con las tradiciones musicales andaluzas —de raíces también árabes, judías, castellanas y, más tarde, americanas— en las zonas de Sevilla, Cádiz, Jerez y Granada. La palabra «flamenco» empezó a usarse en el siglo XVIII asociada precisamente a lo gitano-andaluz.

El flamenco se articula en torno a tres elementos: el cante (la voz), el toque (la guitarra) y el baile, organizados en «palos» o estilos —soleá, seguiriya, bulerías, tangos, fandangos— cada uno con su compás y su carácter. En su origen fue una música íntima, de fragua y de reunión, ligada a la marginación y al sufrimiento del pueblo gitano y de las clases populares andaluzas, y por eso muchos de sus cantes más hondos, el llamado «cante jondo», expresan el dolor, la pena y la muerte con una intensidad estremecedora.

En el siglo XIX el flamenco salió al escenario con los «cafés cantantes», locales donde los artistas se profesionalizaron y compitieron, como el que abrió el mítico Silverio Franconetti en Sevilla. En el siglo XX conoció figuras legendarias, del cantaor Camarón de la Isla al guitarrista Paco de Lucía, que lo llevaron a las cimas del arte y lo abrieron a la fusión con el jazz y otras músicas. En 2010, la Unesco declaró el flamenco Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, reconociendo un arte que sigue siendo, ante todo, la voz viva de Andalucía.

es.wikipedia.org · Flamencoich.unesco.org · El flamenco 00363

Málaga, Ronda y los pueblos blancos

La Andalucía mediterránea tiene en Málaga una de sus ciudades más antiguas y vitales. Fundada por los fenicios como Malaka hacia el siglo VIII a.C., fue puerto fenicio, romano y andalusí —su Alcazaba y el castillo de Gibralfaro dominan la ciudad— antes de su conquista por los Reyes Católicos en 1487. En época moderna fue un puerto comercial e industrial pionero, y en el siglo XX se consagró como capital de la Costa del Sol y del turismo. Málaga es, además, la ciudad natal de Pablo Picasso, el pintor más influyente del siglo XX, a quien están dedicados un museo y su casa natal.

Tierra adentro, la serranía andaluza esconde los llamados «pueblos blancos», localidades de casas encaladas encaramadas a los montes, herencia del poblamiento de época andalusí y de la frontera entre el reino nazarí y Castilla. El más espectacular es Ronda, partida en dos por un tajo vertiginoso que salva el célebre Puente Nuevo, del siglo XVIII. Ronda fue una importante ciudad musulmana, cabeza de una taifa, y conserva su casco viejo de origen andalusí sobre el precipicio.

Ronda ocupa además un lugar especial en la historia de la tauromaquia: su plaza de toros, una de las más antiguas de España, se asocia a la escuela rondeña y a la saga de los Romero, que en el siglo XVIII contribuyeron a fijar las reglas del toreo moderno a pie. Su paisaje dramático y su ambiente romántico sedujeron a viajeros y escritores extranjeros, de los viajeros románticos del siglo XIX a Ernest Hemingway y Orson Welles, que amaron la ciudad y contribuyeron a difundir su leyenda por el mundo.

es.wikipedia.org · Málagaes.wikipedia.org · Ronda
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📚 Bibliografía

  • Wikipedia (ES) — «Historia de Andalucía»: https://es.wikipedia.org/wiki/Historia_de_Andaluc%C3%ADa
  • Wikipedia (ES) — «Mezquita-catedral de Córdoba»: https://es.wikipedia.org/wiki/Mezquita-catedral_de_C%C3%B3rdoba
  • Unesco — «Centro histórico de Córdoba»: https://whc.unesco.org/es/list/313/
  • Unesco — «Alhambra, Generalife y Albaicín de Granada»: https://whc.unesco.org/es/list/314/
  • Wikipedia (ES) — «Reino nazarí de Granada»: https://es.wikipedia.org/wiki/Reino_nazar%C3%AD_de_Granada
  • Wikipedia (ES) — «Casa de Contratación»: https://es.wikipedia.org/wiki/Casa_de_Contrataci%C3%B3n
  • Wikipedia (ES) — «Flamenco»: https://es.wikipedia.org/wiki/Flamenco
  • Unesco — «El flamenco» (Patrimonio Inmaterial): https://ich.unesco.org/es/RL/el-flamenco-00363
  • Wikipedia (ES) — «Ronda»: https://es.wikipedia.org/wiki/Ronda

Cataluña y Levante

Historia de Cataluña y Levante · España

De la Marca Hispánica a los condados catalanes

Cataluña nació en la frontera. Tras la conquista musulmana, el Imperio carolingio de Carlomagno y sus sucesores empujó hacia el sur de los Pirineos y organizó, a comienzos del siglo IX, una zona defensiva conocida como la Marca Hispánica, dividida en condados dependientes de los reyes francos: Barcelona, Gerona, Urgel, Ampurias y otros. De ese origen fronterizo procede buena parte de la personalidad histórica catalana.

Con el tiempo, los condes de Barcelona se fueron imponiendo sobre los demás y ganando independencia de hecho respecto de unos reyes francos cada vez más lejanos. La tradición atribuye a Wilfredo el Velloso (Guifré el Pilós), conde a finales del siglo IX, el papel de fundador de la dinastía condal que consolidó ese poder autónomo. A finales del siglo X, el conde Borrell II dejó de renovar el vínculo de vasallaje con los francos, un momento que la historiografía catalana ha tomado como símbolo del nacimiento de una Cataluña propia.

Aquellos condados desarrollaron instituciones, un derecho propio —los Usatges de Barcelona— y una lengua romance, el catalán, emparentada con el occitano del otro lado de los Pirineos. En torno a Barcelona se articuló un espacio político y cultural que, sin ser todavía un Estado en el sentido moderno, sentó las bases de la identidad catalana que se desplegaría con la posterior unión con Aragón.

es.wikipedia.org · Condado de Barcelonaes.wikipedia.org · Marca Hispánica

La Corona de Aragón y la expansión mediterránea

En 1137, el matrimonio del conde de Barcelona Ramón Berenguer IV con Petronila, heredera del reino de Aragón, unió ambos territorios en lo que se conoce como la Corona de Aragón: no un Estado unitario, sino una confederación de reinos y territorios —Aragón, el principado de Cataluña, y más tarde Valencia, Mallorca y posesiones italianas— que compartían monarca pero conservaban cada uno sus leyes, cortes e instituciones. Fue un modelo pactista, en el que el rey debía jurar y respetar los fueros de cada territorio.

La Corona de Aragón se convirtió en una gran potencia marítima y comercial del Mediterráneo. En el siglo XIII, Jaime I el Conquistador incorporó las islas Baleares (1229) y el reino de Valencia (1238), arrebatados a los musulmanes. Después, la Corona proyectó su poder hacia el este: conquistó Sicilia y Cerdeña, intervino en Nápoles y llegó incluso, con los almogávares, hasta Grecia, donde fundó los ducados de Atenas y Neopatria. Barcelona, con su Lonja y su consulado de mar, y su famoso derecho marítimo, fue uno de los grandes emporios comerciales de la época.

Valencia, incorporada como reino propio, floreció especialmente en el siglo XV, su «Siglo de Oro» valenciano, con una potente economía, la Lonja de la Seda —hoy Patrimonio Mundial— y una literatura en lengua catalana de primer orden, con autores como Ausiàs March o Joanot Martorell, autor del Tirant lo Blanch. Aquella brillante etapa mediterránea dejó una honda huella en la identidad, la lengua y el urbanismo de toda la fachada oriental de la península.

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La lengua catalana y la Renaixença

El catalán es una lengua romance nacida, como el castellano, de la evolución del latín, pero en el ámbito de los antiguos condados pirenaicos. Durante la Edad Media fue lengua de cultura, de cancillería y de literatura en toda la Corona de Aragón, desde Cataluña hasta Valencia y Baleares, con nombres tan altos como el del filósofo y místico mallorquín Ramon Llull, considerado uno de los creadores de la prosa catalana.

Tras la unión dinástica de las coronas y, sobre todo, tras los Decretos de Nueva Planta del siglo XVIII, el catalán perdió su condición de lengua oficial y de administración, aunque siguió siendo la lengua viva de la mayoría de la población. Su recuperación como lengua literaria y culta llegó en el siglo XIX con la Renaixença, un movimiento cultural que, en paralelo al romanticismo europeo, reivindicó la lengua, la historia y las tradiciones catalanas, con figuras como el poeta Jacint Verdaguer. De ahí surgiría también, ya a finales del XIX, el catalanismo político.

En el siglo XX, la lengua catalana vivió etapas de reconocimiento —los estatutos de autonomía de la Segunda República— y de dura represión, especialmente durante la dictadura franquista, que prohibió su uso oficial y público. Con la democracia y los estatutos de autonomía de Cataluña, Valencia y Baleares, el catalán —denominado valenciano en la Comunidad Valenciana— recuperó su estatus de lengua cooficial, se normalizó en la escuela y los medios, y es hoy uno de los pilares de la identidad de estos territorios.

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1714 y los Decretos de Nueva Planta

En la Guerra de Sucesión Española (1701-1714), Cataluña y el resto de la Corona de Aragón se decantaron mayoritariamente por el candidato austríaco, el archiduque Carlos, frente al borbónico Felipe de Anjou, por temor al centralismo de corte francés que este representaba. La derrota del bando austracista fue también la de las libertades e instituciones propias de estos territorios.

El episodio culminante fue el sitio de Barcelona, que resistió durante más de un año hasta su caída el 11 de septiembre de 1714 ante las tropas de Felipe V. Aquella fecha se convirtió con el tiempo en la Diada, el día nacional de Cataluña, en memoria de la derrota y de las instituciones perdidas. Conviene precisar, frente a lecturas simplificadoras, que no fue una guerra de Cataluña contra España, sino un conflicto sucesorio y europeo en el que catalanes, valencianos y aragoneses combatieron en ambos bandos; pero el resultado sí tuvo consecuencias específicas y muy graves para la Corona de Aragón.

Tras la victoria, Felipe V promulgó los Decretos de Nueva Planta (para Valencia y Aragón en 1707, para Mallorca y Cataluña en 1715-1716), que abolieron los fueros, las cortes y las instituciones de autogobierno de estos reinos e impusieron las leyes e instituciones de Castilla y un modelo administrativo centralizado. Se suprimió la Generalitat, se cerró la Universidad de Barcelona y el catalán fue apartado de la administración. Aquella pérdida de las libertades históricas está en la raíz de buena parte de la memoria y del imaginario político catalán contemporáneo.

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La industria, el catalanismo y la Barcelona moderna

Cataluña fue la cuna de la Revolución Industrial en España. Desde finales del siglo XVIII y a lo largo del XIX, la industria textil del algodón convirtió a Barcelona y a las cuencas de los ríos catalanes en el primer gran foco fabril del país, con sus colonias industriales, sus chimeneas y una nueva clase obrera. Esa pujanza económica, unida a la Renaixença cultural, alimentó el surgimiento del catalanismo político y, a la vez, de un fuerte movimiento obrero y anarcosindicalista que haría de Barcelona una ciudad de intensa conflictividad social.

La prosperidad burguesa dejó una huella artística única: el Modernismo catalán, la versión local del Art Nouveau, que transformó el ensanche barcelonés a comienzos del siglo XX. Su figura máxima fue Antoni Gaudí, autor de la Sagrada Familia, la Casa Batlló, la Pedrera y el Park Güell, hoy Patrimonio Mundial, junto a arquitectos como Domènech i Montaner. La Barcelona de 1888 y de 1929 se lució en dos exposiciones universales, y la ciudad se consagró definitivamente al mundo con los Juegos Olímpicos de 1992.

En el siglo XX, Cataluña vivió la autonomía de la Segunda República, la revolución y la represión de la Guerra Civil, y luego la dura persecución de su lengua e identidad bajo el franquismo. Recuperada la Generalitat con la democracia, ha sido una de las comunidades más dinámicas de España, pero también el escenario de la mayor tensión territorial reciente: el auge del independentismo culminó en el referéndum ilegal y la declaración de independencia de octubre de 2017, respondidos por el Estado con medidas judiciales y constitucionales, en un conflicto que sigue abierto y que divide a la propia sociedad catalana.

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📍 Destinos de Cataluña y Levante
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📚 Bibliografía

  • Wikipedia (ES) — «Historia de Cataluña»: https://es.wikipedia.org/wiki/Historia_de_Catalu%C3%B1a
  • Wikipedia (ES) — «Condado de Barcelona»: https://es.wikipedia.org/wiki/Condado_de_Barcelona
  • Wikipedia (ES) — «Corona de Aragón»: https://es.wikipedia.org/wiki/Corona_de_Arag%C3%B3n
  • Wikipedia (ES) — «Idioma catalán»: https://es.wikipedia.org/wiki/Idioma_catal%C3%A1n
  • Wikipedia (ES) — «Sitio de Barcelona (1713-1714)»: https://es.wikipedia.org/wiki/Sitio_de_Barcelona_(1713-1714)
  • Ministerio de Cultura — «Decretos de Nueva Planta»: https://www.cultura.gob.es/archivos-aca/actividades/documentos-para-la-historia-de-europa/nueva-planta.html
  • Unesco — «Obras de Antoni Gaudí»: https://whc.unesco.org/es/list/320/
  • Wikipedia (ES) — «Historia de Valencia»: https://es.wikipedia.org/wiki/Historia_de_Valencia

Centro (Madrid y Castilla)

Historia de Centro (Madrid y Castilla) · España

La meseta y el nacimiento de Castilla

El centro de España es la meseta, una gran altiplanicie de horizontes amplios, inviernos duros y veranos ardientes, dividida por el Sistema Central en dos submesetas. Sobre este suelo áspero se forjó Castilla, cuyo nombre —«tierra de castillos»— alude a las fortalezas que jalonaban la frontera de aquella marca oriental del reino de León en los siglos IX y X. De condado dependiente, Castilla pasó a reino independiente y, con el tiempo, en el motor político de la expansión cristiana hacia el sur.

De esas tierras salió también la lengua que hoy hablan cientos de millones de personas. El castellano nació como un dialecto romance en la zona de Burgos y La Rioja, y las primeras muestras escritas —las Glosas Emilianenses, del monasterio de San Millán— datan del siglo X-XI. El poder político de Castilla, su papel en la frontera y después el peso de la corte y del imperio convirtieron aquel habla local en la lengua común de la monarquía y, más tarde, en el español que se extendió por América.

Castilla la Vieja, al norte del Sistema Central (Burgos, Valladolid, Segovia, Ávila, Salamanca), y Castilla la Nueva, al sur (Toledo, Madrid, Cuenca, Guadalajara), fueron el núcleo territorial en torno al cual se articuló la monarquía hispánica. Ciudades como Valladolid llegaron a ser capital, y la elección de Madrid como sede fija de la corte en el siglo XVI acabó de convertir a la meseta en el centro de gravedad político del país.

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Toledo, la ciudad de las tres culturas

Encaramada sobre un peñón rodeado casi por completo por el río Tajo, Toledo es uno de los grandes museos vivos de la historia de España. Fue capital del reino visigodo, y sus concilios marcaron la vida política y religiosa de aquel tiempo. Tras la conquista musulmana pasó a ser una importante ciudad de al-Ándalus, y en 1085 fue tomada por Alfonso VI de León y Castilla, un hito de enorme valor simbólico y estratégico.

Bajo dominio cristiano, Toledo se convirtió en el mejor ejemplo de la convivencia —y también de sus límites— entre cristianos, musulmanes (mudéjares) y judíos. La ciudad conserva iglesias, mezquitas y sinagogas, a veces reconvertidas unas en otras, como la sinagoga de Santa María la Blanca o la del Tránsito. En el siglo XII y XIII floreció la célebre Escuela de Traductores de Toledo, donde se vertieron al latín y al castellano las obras griegas, árabes y hebreas de filosofía, medicina y ciencia, un puente intelectual decisivo entre el mundo islámico y la Europa cristiana.

Sede primada de la Iglesia española y capital hasta que Felipe II trasladó la corte a Madrid en 1561, Toledo quedó después como una ciudad de arte detenida en el tiempo, lo que hoy es su mayor tesoro. Aquí vivió y pintó El Greco, cuyo Entierro del conde de Orgaz puede verse en la iglesia de Santo Tomé. Todo el casco histórico, declarado Patrimonio Mundial, es un laberinto de callejuelas donde se superponen las huellas de las tres culturas que la habitaron.

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Madrid, la corte y la capital

A diferencia de otras grandes capitales europeas, Madrid no debe su rango a un pasado imperial romano ni a una gran sede medieval, sino a una decisión política. Era una villa de origen musulmán —su nombre viene del árabe Mayrit—, tomada por Castilla en el siglo XI y de mediana importancia, cuando en 1561 Felipe II decidió instalar allí de forma permanente la corte. Su posición central en la península y la voluntad de contar con una capital sin el peso de otros poderes locales pesaron en la elección.

Desde entonces, Madrid creció como capital de la monarquía. Bajo los Austrias se configuró el Madrid de los Habsburgo, con la Plaza Mayor y el barrio de los Austrias; los Borbones del siglo XVIII le dieron un aire más monumental, con el Palacio Real levantado tras el incendio del viejo alcázar, el Paseo del Prado y las grandes instituciones ilustradas. En el siglo XIX y XX la ciudad se expandió con nuevos barrios, la Gran Vía y los ensanches, hasta convertirse en la gran metrópoli que es hoy.

Madrid fue también escenario de momentos capitales de la historia nacional: el levantamiento del 2 de mayo de 1808 contra los franceses, la resistencia republicana durante el largo asedio de la Guerra Civil (1936-1939) o el intento de golpe de Estado del 23-F en 1981. Hoy es la capital política, económica y cultural del país, y alberga uno de los mayores conjuntos museísticos del mundo: el «triángulo del arte» del Prado, el Reina Sofía —donde se expone el Guernica de Picasso— y el Thyssen-Bornemisza.

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El Escorial, el monasterio-palacio de Felipe II

A poco más de cuarenta kilómetros de Madrid, al pie de la sierra de Guadarrama, se alza el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, la obra que mejor resume el espíritu de la monarquía hispánica en su apogeo. Felipe II lo mandó construir entre 1563 y 1584, en cumplimiento de un voto tras la victoria sobre Francia en la batalla de San Quintín (1557), que se libró el día de San Lorenzo. Los arquitectos Juan Bautista de Toledo y, sobre todo, Juan de Herrera dieron forma a un colosal edificio de granito de líneas sobrias y geométricas, que definió un estilo propio, el «herreriano».

El Escorial es muchas cosas a la vez: monasterio, basílica, palacio real, panteón, biblioteca y museo. Concentra en un solo conjunto la doble vocación de la monarquía de los Austrias, religiosa y política. Su biblioteca reunió miles de manuscritos y volúmenes; su basílica y su panteón guardan los restos de casi todos los reyes de España desde Carlos I. Desde su austero despacho, Felipe II gobernó un imperio planetario a golpe de correspondencia, en el corazón de la meseta castellana.

Más que un simple palacio, el Escorial fue concebido como símbolo del poder de la Contrarreforma católica y de la centralidad de España en la defensa de la fe. Declarado Patrimonio Mundial por la Unesco, sigue siendo uno de los monumentos más impresionantes del Renacimiento europeo y la mejor expresión en piedra del proyecto imperial y religioso de los Austrias.

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Segovia y Salamanca: acueducto, alcázar y universidad

En la meseta castellana, dos ciudades resumen buena parte de su historia. Segovia conserva la obra más impresionante de la Hispania romana en pie: su acueducto, un colosal puente de arcos de granito ensamblado sin argamasa, construido probablemente hacia finales del siglo I o comienzos del II para llevar agua a la ciudad, y que siguió cumpliendo su función durante casi dos mil años. A sus pies, la ciudad medieval culmina en el Alcázar, un castillo de siluetas de cuento que fue residencia real y en el que Isabel la Católica fue proclamada reina de Castilla en 1474.

Salamanca, por su parte, es la gran ciudad universitaria de España. Su Universidad, fundada en 1218 por Alfonso IX de León, es una de las más antiguas de Europa y fue durante siglos uno de los grandes centros del saber del continente; en sus aulas se debatió incluso sobre la legitimidad de la conquista de América y los derechos de los indígenas, con la llamada Escuela de Salamanca. La fachada plateresca de la Universidad, con su célebre rana esculpida entre los relieves, es uno de los iconos de la ciudad.

Levantadas en la característica piedra dorada de la zona, que al atardecer parece encenderse, ambas ciudades conservan cascos históricos declarados Patrimonio Mundial. Salamanca posee además dos catedrales unidas —la vieja románica y la nueva gótico-barroca— y una de las plazas mayores más armoniosas de España, obra del siglo XVIII. Segovia, Salamanca y la vecina Ávila, con sus murallas intactas, forman el triángulo monumental de la vieja Castilla.

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📍 Destinos de Centro (Madrid y Castilla)
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📚 Bibliografía

  • Wikipedia (ES) — «Reino de Castilla»: https://es.wikipedia.org/wiki/Reino_de_Castilla
  • Wikipedia (ES) — «Historia de Madrid»: https://es.wikipedia.org/wiki/Historia_de_Madrid
  • Wikipedia (ES) — «Toledo»: https://es.wikipedia.org/wiki/Toledo
  • Unesco — «Ciudad histórica de Toledo»: https://whc.unesco.org/es/list/379/
  • Wikipedia (ES) — «Monasterio de El Escorial»: https://es.wikipedia.org/wiki/Monasterio_de_El_Escorial
  • Unesco — «Monasterio y Sitio de El Escorial»: https://whc.unesco.org/es/list/318/
  • Unesco — «Acueducto y casco antiguo de Segovia»: https://whc.unesco.org/es/list/311/
  • Unesco — «Ciudad vieja de Salamanca»: https://whc.unesco.org/es/list/381/

Islas

Historia de Islas · España

Talayots, fenicios y la Ibiza púnica

Las islas Baleares —Mallorca, Menorca, Ibiza y Formentera— fueron pobladas desde muy antiguo y conservan uno de los legados prehistóricos más notables del Mediterráneo. En Mallorca y sobre todo en Menorca floreció, en la Edad del Bronce y del Hierro, la cultura talayótica, que levantó miles de monumentos de piedra: los talayots (torres troncocónicas), las taulas (grandes mesas de piedra con función ritual) y las navetas (tumbas colectivas con forma de nave invertida). Esa arquitectura megalítica de Menorca ha sido reconocida como Patrimonio Mundial.

Sus habitantes eran célebres en la Antigüedad por una habilidad militar muy particular: la honda. Los honderos baleares, capaces de lanzar piedras con enorme precisión y potencia, fueron temidos y muy solicitados como tropas mercenarias, y combatieron al servicio de Cartago y de Roma. De esa fama de honderos —en griego, ballein, «lanzar»— derivaría, según una de las etimologías, el propio nombre de las islas.

Ibiza tuvo un destino singular. Fundada por los fenicios y convertida en importante colonia púnica —Ebusus— hacia el siglo VII a.C., fue un gran centro del comercio cartaginés en el Mediterráneo occidental, con una intensa actividad y una necrópolis excepcional, la de Puig des Molins, hoy también Patrimonio Mundial. El culto a divinidades como Tanit dejó una huella profunda en la isla. Tras las guerras púnicas, todas las Baleares pasaron a la órbita de Roma, que las conquistó en el 123 a.C. y las integró en su mundo.

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De Roma y Bizancio a la Mayurqa musulmana

Bajo dominio romano, las Baleares vivieron siglos de romanización, con la fundación de ciudades como Palma y Pollentia en Mallorca. La caída del Imperio romano de Occidente trajo a los vándalos, que ocuparon las islas en el siglo V, y después su reconquista por el Imperio bizantino en el VI, que las mantuvo durante un tiempo dentro de su órbita mediterránea.

A partir del siglo VIII y IX, las Baleares quedaron cada vez más expuestas a la nueva potencia del Mediterráneo: el islam. Tras siglos de incursiones, fueron finalmente incorporadas a al-Ándalus a comienzos del siglo X, integrándose en el emirato y luego califato de Córdoba. Mallorca —Mayurqa— e Ibiza —Yabisa— vivieron entonces un largo periodo andalusí que dejó una honda huella en la agricultura, con los sistemas de regadío y los bancales, en la toponimia y en la cultura material de las islas.

Tras la desintegración del califato, las islas formaron parte de distintas taifas y llegaron a ser una base de piratas y también un pequeño estado independiente. Aquella Mayurqa musulmana, próspera y bien comunicada por el mar, sería el objetivo de la gran empresa militar que cambiaría para siempre el destino del archipiélago: la conquista catalana del siglo XIII.

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La conquista de Jaime I y el reino de Mallorca

El momento fundacional de las Baleares cristianas y modernas fue la conquista de Mallorca por Jaime I de Aragón. En septiembre de 1229, el joven rey desembarcó al frente de un ejército catalano-aragonés y, tras una dura campaña, tomó Madina Mayurqa —la actual Palma— el 31 de diciembre de 1229. La conquista incorporó la isla a la Corona de Aragón y supuso la sustitución de la población y la cultura andalusíes por colonos cristianos, en su mayoría catalanes, cuya lengua —el catalán en su variedad balear, el mallorquín— se implantó y perdura hasta hoy.

Jaime I, apodado por ello «el Conquistador», sometió después Ibiza y Formentera (1235); Menorca, que quedó primero como reino musulmán vasallo, sería incorporada por Alfonso III en 1287. Del reparto del territorio y de la organización de la nueva sociedad quedó constancia en el Llibre del Repartiment. A su muerte, Jaime I dividió sus dominios, y las Baleares, junto con territorios del sur de Francia y el Rosellón, formaron un efímero reino independiente: el Reino de Mallorca (1276-1349).

Aquel reino, con capital en Palma, vivió una etapa de esplendor comercial y cultural —a él pertenece la célebre escuela cartográfica mallorquina, autora del Atlas catalán—, hasta que fue reincorporado por la fuerza a la Corona de Aragón por Pedro IV en 1349. La huella de aquella época gótica es visible en la imponente catedral de Palma, la Seu, alzada junto al mar sobre la antigua mezquita, uno de los grandes templos góticos del Mediterráneo.

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Siglos de corsarios y murallas

Situadas en pleno corazón del Mediterráneo occidental, en la ruta entre la península, Italia y el norte de África, las Baleares vivieron durante siglos bajo la amenaza constante de la piratería. Entre los siglos XIV y XVIII, los corsarios berberiscos del norte de África y los turcos otomanos asolaron una y otra vez las costas de las islas, saqueando pueblos, incendiando iglesias y capturando a sus habitantes para venderlos como esclavos.

Aquella inseguridad marcó profundamente la vida y el paisaje isleño. Las poblaciones costeras se protegieron con murallas, y se construyó todo un sistema de torres de vigilancia y defensa a lo largo del litoral, desde las que se avisaba con fuego y humo de la llegada de los barcos enemigos. Muchos pueblos se retiraron tierra adentro, lejos de la costa peligrosa. En Ibiza, la ciudad se fortificó con un impresionante recinto amurallado renacentista, Dalt Vila, hoy Patrimonio Mundial, uno de los mejores ejemplos de arquitectura militar del Renacimiento en el Mediterráneo.

Un caso aparte fue Menorca, cuyo excelente puerto natural de Mahón, uno de los mejores del Mediterráneo, la convirtió en pieza codiciada por las potencias. Durante el siglo XVIII la isla pasó de mano en mano y estuvo dominada largo tiempo por Gran Bretaña, que dejó en ella una huella singular —desde el trazado de algunas poblaciones hasta el gusto por la ginebra—, antes de su reincorporación definitiva a España en 1802.

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El turismo y las Baleares contemporáneas

Durante buena parte de la Edad Moderna y del siglo XIX, las Baleares fueron una tierra relativamente pobre y aislada, volcada en la agricultura, la pesca y la emigración. Ya en el siglo XIX empezaron a atraer a viajeros ilustres seducidos por su belleza y su clima: el compositor Frédéric Chopin y la escritora George Sand pasaron el invierno de 1838-1839 en la cartuja de Valldemossa, en Mallorca, estancia de la que nació el célebre libro Un invierno en Mallorca.

Pero la gran transformación llegó con el turismo de masas a partir de los años cincuenta y sesenta del siglo XX. El clima, las playas y las calas de aguas turquesas convirtieron a las islas en uno de los primeros y mayores destinos turísticos de Europa. Mallorca, con Palma como capital, se llenó de hoteles y de visitantes; el aeropuerto de Palma es hoy uno de los más transitados de España. Ese despegue turístico sacó a las islas de la pobreza y las convirtió en una de las regiones más prósperas del país, aunque también con fuertes tensiones sobre el territorio, el agua y el paisaje.

Ibiza siguió un camino propio y muy particular. En los años sesenta y setenta se convirtió en refugio de hippies y de la contracultura internacional, atraídos por su ambiente libre y bohemio, y de ahí evolucionó hacia la capital mundial de la música electrónica y la vida nocturna, con sus legendarias discotecas. Junto a esa cara festiva, la isla conserva sus calas escondidas, sus pueblos blancos y el impresionante casco amurallado de Dalt Vila. Menorca, más tranquila y reservada, apostó por un modelo más sostenible y fue declarada Reserva de la Biosfera. Las Baleares son hoy comunidad autónoma con lengua propia y una identidad mediterránea forjada en tres mil años de historia.

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📚 Bibliografía

  • Wikipedia (ES) — «Historia de las Islas Baleares»: https://es.wikipedia.org/wiki/Historia_de_las_Islas_Baleares
  • Unesco — «Menorca Talayótica»: https://whc.unesco.org/es/list/1528/
  • Wikipedia (ES) — «Mayurqa»: https://es.wikipedia.org/wiki/Mayurqa
  • Wikipedia (ES) — «Conquista de Mallorca»: https://es.wikipedia.org/wiki/Conquista_de_Mallorca
  • Wikipedia (ES) — «Reino de Mallorca»: https://es.wikipedia.org/wiki/Reino_de_Mallorca
  • Unesco — «Ibiza, biodiversidad y cultura» (Dalt Vila): https://whc.unesco.org/es/list/417/
  • Wikipedia (ES) — «Turismo en las Islas Baleares»: https://es.wikipedia.org/wiki/Turismo_en_las_Islas_Baleares

Norte y Atlántico

Historia de Norte y Atlántico · España

Los vascos y el euskera

En el extremo norte de la península, entre el mar Cantábrico y los Pirineos occidentales, vive uno de los pueblos más antiguos y singulares de Europa: los vascos. Su rasgo más asombroso es la lengua, el euskera o euskara, la única lengua no indoeuropea que sobrevive en Europa occidental. No está emparentada con el latín ni con ninguna de las lenguas que llegaron con las grandes migraciones indoeuropeas; es un idioma preindoeuropeo, hablado en estas montañas desde antes de la llegada de romanos, celtas o godos, y su origen sigue siendo un enigma para los lingüistas.

Esa continuidad se explica en parte por la geografía. La romanización fue más superficial en estas tierras montañosas, y tampoco al-Ándalus llegó a dominarlas de forma estable. En la Edad Media surgió el reino de Navarra (o de Pamplona), que en tiempos de Sancho III el Mayor, a comienzos del siglo XI, llegó a ser el más poderoso de la España cristiana. Los territorios vascos —Álava, Vizcaya, Guipúzcoa y la propia Navarra— conservaron durante siglos sus fueros, es decir, sus leyes e instituciones propias y una amplia autonomía dentro de la monarquía.

La pérdida de esos fueros en el siglo XIX, tras las guerras carlistas, y el fuerte proceso de industrialización y de inmigración que transformó el País Vasco alimentaron, a finales de ese siglo, el nacimiento del nacionalismo vasco, de la mano de Sabino Arana. El euskera, perseguido y arrinconado durante el franquismo, fue recuperado con la democracia: hoy es lengua cooficial en el País Vasco y parte de Navarra, se enseña en las escuelas y constituye el símbolo más poderoso de una identidad milenaria.

es.wikipedia.org · Euskeraes.wikipedia.org · Historia del País Vasco

El Camino de Santiago y la Galicia compostelana

Hacia el año 820, según la tradición, se descubrió en un bosque de Galicia una tumba atribuida al apóstol Santiago el Mayor. El lugar, Campus Stellae —«campo de la estrella», de donde vendría Compostela—, se convirtió en sede de un culto que pronto atrajo a peregrinos de toda la cristiandad. Nacía así el Camino de Santiago, una de las tres grandes peregrinaciones del cristianismo medieval, junto con Roma y Jerusalén.

Durante la Edad Media, decenas de miles de peregrinos recorrieron cada año las rutas que atravesaban el norte de la península hasta Santiago de Compostela. El Camino Francés, el más transitado, se llenó de iglesias, hospitales, puentes y ciudades, y fue una extraordinaria vía de circulación de gentes, mercancías, ideas y arte —el románico se difundió a lo largo de sus etapas—. Santiago se convirtió en un gran centro espiritual y político, y sobre la tumba del apóstol se levantó la catedral, obra maestra del románico rematada siglos después por una espectacular fachada barroca, el Obradoiro, con el famoso Pórtico de la Gloria del maestro Mateo.

Galicia, tierra de lengua propia —el gallego, hermano del portugués—, fue reino en la Alta Edad Media y conserva una fuerte personalidad cultural, con su paisaje verde, sus rías y una intensa tradición atlántica. Tras siglos de decadencia, el Camino de Santiago renació con fuerza en las últimas décadas del siglo XX y es hoy un fenómeno mundial que atrae cada año a cientos de miles de caminantes, religiosos y laicos, de todos los rincones del planeta. En 1987 fue declarado Primer Itinerario Cultural Europeo, y tanto la ruta como la ciudad de Santiago son Patrimonio Mundial.

whc.unesco.orges.wikipedia.org · Camino de Santiago

Los fueros, el hierro y la industrialización

El norte cantábrico, junto con Cataluña, fue una de las grandes cunas de la industrialización española. La clave estuvo en el hierro: las minas de Vizcaya proporcionaban un mineral de excelente calidad, muy demandado por la siderurgia europea, sobre todo por Gran Bretaña. En torno a la ría de Bilbao, desde mediados del siglo XIX, se desarrolló una potente industria siderúrgica, naval y minera que convirtió al País Vasco en uno de los territorios más ricos e industrializados de España.

Esa transformación económica tuvo enormes consecuencias sociales. Surgió una poderosa burguesía industrial y financiera —los grandes bancos vascos nacieron en esta época—, y también una numerosa clase obrera, en buena parte procedente de la inmigración de otras regiones de España, lo que cambió profundamente la sociedad tradicional vasca. Asturias, por su parte, se convirtió en la gran cuenca minera del carbón, con sus valles negros y una combativa clase minera protagonista de episodios como la revolución de octubre de 1934.

En el trasfondo late la cuestión de los fueros. Los territorios vascos y Navarra habían conservado durante siglos sus regímenes forales, con instituciones propias, exenciones fiscales y del servicio militar. Su abolición o recorte a lo largo del siglo XIX, tras las derrotas carlistas, fue vivida como un agravio y está en el origen tanto del nacionalismo vasco como del sistema de «conciertos económicos» que aún hoy da a estos territorios una singular autonomía fiscal dentro de España.

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ETA y el fin de la violencia

Uno de los capítulos más duros de la historia reciente del norte de España, y del conjunto del país, fue el del terrorismo de ETA (Euskadi Ta Askatasuna, «País Vasco y Libertad»). La organización nació en 1959, en pleno franquismo, de una escisión juvenil del nacionalismo vasco, con el objetivo de lograr por la vía armada la independencia de una Euskal Herria socialista. Su primer atentado mortal se produjo en 1968, y en 1973 alcanzó gran repercusión con el asesinato del presidente del gobierno franquista, el almirante Carrero Blanco.

Lejos de desaparecer con la llegada de la democracia, ETA intensificó su actividad en los años setenta y ochenta. A lo largo de medio siglo asesinó a más de 850 personas —políticos, guardias civiles, policías, militares, jueces, periodistas, empresarios y muchos ciudadanos anónimos—, además de cometer secuestros y ejercer la extorsión. La respuesta del Estado incluyó tanto la acción policial y judicial como episodios muy graves de terrorismo de Estado, como los GAL en los años ochenta, que constituyeron a su vez crímenes juzgados por la justicia.

La sociedad vasca y española vivió décadas de miedo, dolor y fractura, con un amplio movimiento cívico de rechazo a la violencia. Tras varios altos el fuego fallidos, ETA anunció el cese definitivo de su actividad armada en octubre de 2011 y se disolvió formalmente en 2018, sin haber logrado ninguno de sus objetivos políticos. Quedó, eso sí, una herida abierta: la memoria de las víctimas, el debate sobre la reconciliación y la convivencia, y la exigencia de que aquel largo horror se recuerde con verdad y sin justificaciones.

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Bilbao, San Sebastián y la transformación del norte

El País Vasco de las últimas décadas ha protagonizado una de las transformaciones urbanas más celebradas de Europa. Bilbao, la vieja ciudad industrial de la ría, en declive tras la crisis de la siderurgia, apostó a finales del siglo XX por reinventarse. El símbolo de ese renacer fue el Museo Guggenheim, inaugurado en 1997, un espectacular edificio de titanio del arquitecto Frank Gehry que puso a la ciudad en el mapa mundial y dio nombre a un fenómeno urbanístico, el «efecto Guggenheim»: la regeneración de una ciudad a través de la cultura y la arquitectura.

A pocos kilómetros, San Sebastián (Donostia) representa otra cara del norte. Elegante ciudad costera en torno a la bahía de la Concha —una de las más bellas del mundo—, se puso de moda a finales del siglo XIX como lugar de veraneo de la corte y la aristocracia, en plena Belle Époque, lo que le dio su aire señorial. Hoy es una capital cultural, con un prestigioso festival internacional de cine, y sobre todo un referente gastronómico mundial.

Porque si algo distingue hoy al norte atlántico es su cocina. El País Vasco concentra una extraordinaria densidad de restaurantes de alta cocina y de estrellas Michelin, y fue la cuna de la «nueva cocina vasca» que revolucionó la gastronomía española. Los pintxos —esos bocados servidos en las barras de los bares—, las sociedades gastronómicas, la cultura del producto y del mar han convertido a ciudades como San Sebastián y Bilbao en destinos de peregrinación para los amantes de la buena mesa de todo el planeta.

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📚 Bibliografía

  • Wikipedia (ES) — «Historia del País Vasco»: https://es.wikipedia.org/wiki/Historia_del_Pa%C3%ADs_Vasco
  • Wikipedia (ES) — «Euskera»: https://es.wikipedia.org/wiki/Euskera
  • Unesco — «Caminos de Santiago de Compostela»: https://whc.unesco.org/es/list/669/
  • Wikipedia (ES) — «Camino de Santiago»: https://es.wikipedia.org/wiki/Camino_de_Santiago
  • Wikipedia (ES) — «ETA»: https://es.wikipedia.org/wiki/ETA
  • Wikipedia (ES) — «Anuncio del cese definitivo de la actividad armada de ETA»: https://es.wikipedia.org/wiki/Anuncio_del_cese_definitivo_de_la_actividad_armada_de_ETA
  • Wikipedia (ES) — «Museo Guggenheim Bilbao»: https://es.wikipedia.org/wiki/Museo_Guggenheim_Bilbao
  • Wikipedia (ES) — «San Sebastián»: https://es.wikipedia.org/wiki/San_Sebasti%C3%A1n

📚 Bibliografía

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Créditos de las imágenes
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Casas colgadas, Cuenca, España, 2017-01-03, DD 127-129 HDR