La península ibérica es uno de los territorios con presencia humana más antigua de Europa: en la sierra de Atapuerca, en Burgos, se han hallado restos de homínidos de más de ochocientos mil años, entre ellos los del Homo antecessor. Decenas de miles de años después, hacia el 15.000 a.C., cazadores paleolíticos pintaron en la cueva de Altamira, en Cantabria, los famosos bisontes polícromos, una obra maestra del arte rupestre que cuando fue dada a conocer en 1880 muchos se negaron a creer que fuera prehistórica. Altamira, hoy Patrimonio Mundial, se convirtió en el emblema del arte de la Edad de Hielo europeo.
En el primer milenio antes de Cristo la península estaba habitada por un mosaico de pueblos. En la mitad este y sur vivían los íberos, sociedades urbanas y jerarquizadas que acuñaron moneda, escribieron en una lengua todavía no descifrada del todo y dejaron esculturas admirables como la Dama de Elche. En la meseta y el noroeste predominaban pueblos de raíz céltica; del contacto entre ambos mundos suele hablarse de cultura «celtíbera». No formaban una unidad política: eran tribus y ciudades que comerciaban y guerreaban entre sí.
Sobre esas costas se asomó pronto el Mediterráneo oriental. Los fenicios, navegantes venidos del actual Líbano, fundaron hacia el 1100 a.C. —según la tradición— Gadir, la actual Cádiz, tenida por la ciudad más antigua de Europa occidental, y una red de factorías comerciales por el sur. Después llegaron los griegos, que establecieron colonias como Emporion (Ampurias), en la costa catalana. De ese comercio de metales —plata, cobre, estaño— nació el brillo de Tartessos, una civilización semilegendaria del bajo Guadalquivir, riquísima en metales, que los textos antiguos describen como un reino fabuloso y que fue la primera «alta cultura» documentada de Occidente en la península.
En el siglo III a.C. la península quedó atrapada en el pulso entre las dos grandes potencias del Mediterráneo. Cartago, heredera del comercio fenicio, extendió su dominio por el sur y el levante y fundó Cartago Nova (Cartagena) como base de su poder; desde allí Aníbal Barca lanzó, tras el sitio de Sagunto, la Segunda Guerra Púnica contra Roma (218-201 a.C.). La derrota cartaginesa entregó Hispania a los romanos, que sin embargo tardarían dos siglos en dominarla por completo: la resistencia de los pueblos indígenas fue feroz, con episodios míticos como la larga guerra del caudillo lusitano Viriato o el asedio y destrucción de Numancia en 133 a.C.
La conquista se cerró en tiempos del emperador Augusto, con las guerras cántabras (29-19 a.C.). A partir de entonces Hispania se convirtió en una de las provincias más romanizadas y prósperas del Imperio. Se cubrió de calzadas, acueductos, teatros, puentes y ciudades; se impuso el latín, del que derivan el castellano, el catalán, el gallego y el resto de lenguas romances peninsulares; y llegó el derecho romano y, con los siglos, el cristianismo. Todavía hoy el acueducto de Segovia, el teatro de Mérida, la muralla de Lugo o las ruinas de Itálica y Tarraco atestiguan aquella huella.
Hispania no fue solo una provincia rica: dio a Roma algunos de sus nombres más ilustres. Nacieron en suelo hispano los emperadores Trajano —bajo el cual el Imperio alcanzó su máxima extensión— y Adriano, ambos oriundos de Itálica, cerca de Sevilla, así como Teodosio. Y de Córdoba salió Séneca, el filósofo estoico y maestro de Nerón, junto a su sobrino, el poeta Lucano. El latín, el derecho, la red urbana y la primera cristianización son la herencia más duradera de aquellos seis siglos romanos.
La crisis del Imperio romano de Occidente arrastró consigo a Hispania. A comienzos del siglo V entraron en la península distintos pueblos germánicos —suevos, vándalos, alanos—, y poco después los visigodos, un pueblo ya profundamente romanizado que actuaba en un principio como aliado (foederatus) de Roma. Empujados desde la Galia tras su derrota ante los francos en Vouillé (507), los visigodos acabaron fijando en Hispania el centro de su reino, con capital en Toledo.
El reino visigodo de Toledo fue el primer intento de unificar políticamente toda la península bajo un solo poder. Reyes como Leovigildo sometieron a los suevos del noroeste y a buena parte de los territorios rebeldes. Un paso decisivo fue la conversión del rey Recaredo al catolicismo en el III Concilio de Toledo (589), que abandonó el arrianismo de los godos y unió a la minoría gobernante germánica con la mayoría hispanorromana en una misma fe. Los concilios de Toledo se convirtieron en asambleas de enorme peso político y religioso, y de aquel mundo salió una figura intelectual mayúscula: san Isidoro de Sevilla, cuyas Etimologías fueron una enciclopedia del saber leída en toda la Europa medieval.
Fue, sin embargo, un reino frágil. La monarquía era electiva y estuvo desgarrada por conspiraciones y guerras civiles entre facciones nobiliarias. Esa debilidad interna resultó fatal: hacia el 710, una disputa sucesoria entre los partidarios del rey Rodrigo y los del depuesto Witiza abrió la puerta a la intervención de un ejército musulmán llegado del norte de África. La derrota y muerte de Rodrigo en la batalla de Guadalete, en 711, hundió en pocos años a la monarquía visigoda y cambió por completo el rumbo de la historia peninsular.
En el año 711 un ejército mandado por Táriq ibn Ziyad cruzó el estrecho y derrotó al rey Rodrigo. En apenas siete años los musulmanes —árabes y bereberes— dominaron casi toda la península, que pasó a llamarse al-Ándalus. Al principio fue una provincia lejana del califato omeya de Damasco, gobernada por emires. El giro llegó en 756, cuando Abderramán I, superviviente de la matanza de su familia por los abasíes, se refugió en Córdoba y fundó un emirato omeya independiente. En 929 su descendiente Abderramán III dio el paso definitivo y se proclamó califa, rompiendo todo vínculo con Oriente: nacía el califato de Córdoba.
Bajo el califato, entre los siglos X y XI, Córdoba fue la mayor y más culta ciudad de Europa occidental, con centenares de miles de habitantes, calles empedradas, alumbrado, baños, la gran Mezquita y la ciudad palatina de Medina Azahara. Sus bibliotecas atesoraban decenas de miles de volúmenes cuando en los reinos cristianos apenas se leía; en ellas se cultivaron la medicina, la astronomía, las matemáticas, la filosofía y la poesía, con figuras posteriores como el filósofo Averroes o el pensador judío Maimónides, ambos cordobeses. Es la célebre imagen de la convivencia de las tres culturas —musulmana, judía y cristiana (mozárabe)—, que fue real e intensamente fértil, pero que conviene no idealizar: la sociedad era jerárquica, judíos y cristianos vivían como dimmíes sujetos a un impuesto y a limitaciones, y hubo también episodios de intolerancia y persecución. Fue coexistencia productiva, no igualdad moderna.
El califato se hundió en una guerra civil (la fitna) a comienzos del siglo XI y en 1031 se fragmentó en una veintena de pequeños reinos, los reinos de taifas, cultos pero débiles y a menudo enfrentados. Esa debilidad favoreció el avance cristiano: la caída de Toledo en manos de Alfonso VI (1085) alarmó a los musulmanes andalusíes, que pidieron auxilio a dos imperios bereberes del norte de África. Primero los almorávides y luego los almohades cruzaron el estrecho, reunificaron por la fuerza al-Ándalus e impusieron una religiosidad mucho más rigorista. Pero su empuje se quebró en la gran derrota de las Navas de Tolosa (1212), tras la cual el poder musulmán se replegó hasta quedar reducido, desde el siglo XIII, al solo reino nazarí de Granada.
Mientras al-Ándalus brillaba en el sur, en las montañas del norte, donde el dominio musulmán apenas había penetrado, fueron surgiendo pequeños núcleos cristianos. La tradición sitúa el arranque en la batalla de Covadonga (hacia 722), donde el caudillo Pelayo resistió a una expedición musulmana; de aquel foco astur nació el reino de Asturias, después trasladado a León. A lo largo de la Edad Media se formaron y transformaron varios reinos: León, Castilla, Navarra, Aragón, el condado y luego principado de Cataluña y el reino de Portugal, cada uno con sus instituciones, sus fueros y su propia dinámica.
Durante siglos, estos reinos fueron expandiéndose hacia el sur a costa del territorio musulmán, en un proceso largo, discontinuo y mucho menos épico de lo que luego se contó. No fue una cruzada permanente ni una guerra continua de religión: hubo largos periodos de paz, pactos, pagos de tributos (parias), alianzas entre reyes cristianos y musulmanes contra otros reyes cristianos o musulmanes, y una frontera porosa donde convivían gentes de las tres religiones. Figuras como Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, sirvieron por igual a señores cristianos y musulmanes.
Conviene aclarar un punto importante: el propio término «Reconquista» es una creación tardía. No se usó en la Edad Media, sino que se popularizó en el siglo XIX, en plena construcción del Estado-nación y bajo la influencia del romanticismo y del nacionalcatolicismo, para presentar ocho siglos de historia como una gesta unitaria de recuperación de una España cristiana esencial y eterna. Los historiadores actuales lo consideran un concepto ideológico y anacrónico, que proyecta hacia atrás una idea de nación que entonces no existía. Por eso se habla hoy con cautela de «la mal llamada Reconquista»: describe un resultado —la desaparición del poder político musulmán en la península en 1492— pero deforma la realidad, mucho más compleja, de los siglos que lo precedieron.
El matrimonio en 1469 de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón unió las dos coronas más poderosas de la península en una unión dinástica —no todavía en un Estado unificado, pues cada reino conservó sus leyes e instituciones— y abrió una época decisiva. Los llamados Reyes Católicos reforzaron el poder real, sometieron a la nobleza díscola y prepararon el asalto final al último reducto musulmán. El 2 de enero de 1492, tras una larga guerra, el rey Boabdil entregó Granada: se extinguía el reino nazarí y con él casi ocho siglos de presencia política del islam en la península.
Ese mismo año, cargado de acontecimientos, tuvo otras dos consecuencias enormes. El 31 de marzo de 1492 los reyes firmaron en la Alhambra el Edicto de Granada, que ordenaba a los judíos convertirse al cristianismo o abandonar sus reinos en pocos meses. Fue el fin de la más antigua y numerosa comunidad judía de Europa: las estimaciones de los historiadores sobre el número de expulsados varían mucho, en un rango que suele situarse entre unas 40.000 y 100.000 personas, cifra que autores como Ladero Quesada han tendido a rebajar respecto a cálculos antiguos. Aquellos sefardíes se dispersaron por el Mediterráneo, el norte de África y el Imperio otomano, conservando durante siglos su lengua, el judeoespañol o ladino. El decreto no fue derogado formalmente hasta 1968.
Y en octubre de 1492, tras años de insistencia, el marino genovés Cristóbal Colón, financiado por la Corona de Castilla, llegó a una isla del Caribe creyendo haber alcanzado Asia. Aquel viaje inauguró la expansión europea por América y convirtió a Castilla en el núcleo de un imperio de dimensiones nunca vistas. En pocas décadas, el descubrimiento y la conquista transformarían la economía mundial, la dieta de continentes enteros y la vida —a menudo trágicamente— de millones de personas a ambos lados del océano.
En 1478, los Reyes Católicos obtuvieron del papa la autorización para crear una Inquisición propia, controlada por la Corona y no directamente por Roma. Su objetivo declarado era vigilar la ortodoxia religiosa, y en particular perseguir a los conversos —judíos y, más tarde, musulmanes convertidos al cristianismo— sospechosos de seguir practicando en secreto su antigua fe. El Santo Oficio se organizó en tribunales por todo el territorio, con un procedimiento secreto, el uso de la tortura para obtener confesiones y las penas ejecutadas en ceremonias públicas, los autos de fe.
La Inquisición española funcionó durante más de tres siglos y medio, hasta su abolición definitiva en 1834. Persiguió sucesivamente a criptojudíos, moriscos, protestantes, iluminados, personas acusadas de blasfemia, bigamia o brujería, y ejerció además una férrea censura de libros e ideas que, según muchos historiadores, contribuyó al aislamiento intelectual de España frente a la Europa moderna. Fue también un poderoso instrumento de control social y de imposición de una uniformidad religiosa.
En torno a ella se construyó, desde el siglo XVI, buena parte de la llamada «leyenda negra», la imagen de una España fanática y sanguinaria difundida por sus rivales políticos y religiosos. La historiografía reciente ha matizado las cifras: los estudios sobre los registros conservados calculan que el número de personas condenadas a muerte por la Inquisición española a lo largo de toda su existencia se cuenta en torno a varios miles —muy lejos de las decenas o centenares de miles de la leyenda—, aunque su capacidad de infundir miedo, controlar conciencias y censurar el pensamiento fue mucho mayor de lo que esas cifras sugieren. Ni monstruo único de Europa, como quiso la leyenda negra, ni institución benévola, como pretendió cierta reacción apologética: fue un tribunal de excepción al servicio de la ortodoxia y del poder.
Con el nieto de los Reyes Católicos, Carlos I de España y V de Alemania, la monarquía hispánica se convirtió en la primera potencia mundial: reunía Castilla, Aragón, los Países Bajos, buena parte de Italia, el Imperio alemán y, sobre todo, un dominio americano en expansión vertiginosa. Su hijo Felipe II reinó sobre un imperio «donde no se ponía el sol» y fijó la capital en Madrid en 1561. Fue una época de grandeza y de guerras incesantes —contra Francia, contra el Imperio otomano (con la victoria naval de Lepanto en 1571), contra los rebeldes protestantes de Flandes y contra la Inglaterra de Isabel I, frente a la que fracasó la Armada Invencible en 1588—, financiadas en buena parte con la plata americana.
La conquista de América es uno de los capítulos más grandes y más terribles de esta historia, y merece contarse sin las dos deformaciones habituales. Ni la «leyenda negra», que la reduce a un genocidio deliberado y niega toda complejidad, ni la «leyenda rosa» o rosada, que la presenta como una empresa civilizadora casi benévola, hacen justicia a los hechos. Lo que ocurrió fue una conquista militar acelerada —Cortés sobre el imperio azteca (1519-1521), Pizarro sobre el inca (1532-1533)— acompañada de una catástrofe demográfica de proporciones colosales: la población indígena se desplomó, sobre todo por las epidemias de viruela, sarampión y otras enfermedades para las que no tenían defensas, pero también por la violencia, el trabajo forzado en minas y encomiendas y el desarraigo. Hubo, al mismo tiempo, un intenso debate moral dentro de la propia España: fray Bartolomé de las Casas denunció los abusos, las Leyes Nuevas de 1542 intentaron —con escaso éxito— proteger a los indígenas, y la controversia de Valladolid (1550-1551) discutió abiertamente la legitimidad de la conquista. Se impuso también un enorme mestizaje y la difusión del castellano y del catolicismo. Todo eso convivió: la evangelización y la explotación, el derecho de gentes y la esclavitud, la fundación de universidades y el saqueo de la plata de Potosí.
En paralelo a la expansión imperial floreció el Siglo de Oro de las artes y las letras españolas. Cervantes publicó el Quijote (1605-1615), primera novela moderna; Lope de Vega, Calderón de la Barca y Tirso de Molina llenaron los teatros; Quevedo y Góngora renovaron la poesía; y en la pintura brillaron El Greco, Velázquez —con Las Meninas— y Murillo. Esa cumbre cultural coincidió, paradójicamente, con el inicio de la decadencia política. Bajo los últimos Austrias, sobre todo Felipe IV y Carlos II, las guerras arruinaron la hacienda, se sucedieron rebeliones y la de Portugal culminó en su independencia (1640-1668). A ese cuadro se sumó la expulsión de los moriscos decretada por Felipe III en 1609: unos 300.000 descendientes de musulmanes convertidos, muchos plenamente integrados, fueron forzados a abandonar España —el reino de Valencia y Aragón fueron los más afectados—, con un durísimo coste humano y económico para regiones enteras.
La muerte sin descendencia de Carlos II en 1700 desató la Guerra de Sucesión Española (1701-1714), un conflicto europeo por el trono de Madrid entre el candidato francés, Felipe de Anjou —nieto de Luis XIV—, y el archiduque Carlos de Austria. Venció Felipe, primer rey de la dinastía de los Borbones, que aún reina. Su triunfo tuvo una consecuencia interna profunda: los Decretos de Nueva Planta abolieron los fueros e instituciones propias de los reinos de la Corona de Aragón —Aragón, Valencia, Cataluña, Mallorca— que habían apoyado al archiduque, e impusieron un modelo centralista de inspiración francesa. El siglo XVIII borbónico, sobre todo con Carlos III, fue un tiempo de reformas ilustradas, obras públicas y cierta recuperación económica.
Todo se quebró a comienzos del siglo XIX. En 1808, Napoleón, aprovechando las intrigas de la familia real (el motín de Aranjuez, las abdicaciones de Bayona), colocó a su hermano José Bonaparte en el trono español. La reacción popular fue inmediata: el levantamiento del 2 de mayo de 1808 en Madrid, inmortalizado por Goya, encendió la Guerra de la Independencia (1808-1814), una guerra brutal —de la que la propia palabra «guerrilla» procede— librada con apoyo británico y saldada con la retirada francesa. En plena contienda, las Cortes reunidas en Cádiz proclamaron en 1812 la primera Constitución española, «la Pepa», de signo liberal, que marcó el nacimiento del constitucionalismo hispano.
El siglo XIX español fue convulso: la vuelta del absolutismo con Fernando VII, las guerras carlistas entre liberales y tradicionalistas, pronunciamientos militares, una efímera Primera República (1873-1874) y una permanente inestabilidad. Y fue, sobre todo, el siglo de la pérdida del imperio. Aprovechando el vacío de poder de la guerra napoleónica, las colonias americanas se independizaron una tras otra entre 1810 y 1825, con figuras como Bolívar y San Martín al frente. El golpe final llegó en 1898, cuando la derrota frente a Estados Unidos costó a España sus últimas posesiones de ultramar —Cuba, Puerto Rico y Filipinas—. Aquel «Desastre del 98» provocó una honda crisis de conciencia nacional que dio nombre a toda una generación de escritores e intelectuales.
Tras la dictadura de Primo de Rivera y el desgaste de la monarquía, las elecciones municipales de abril de 1931 llevaron a la proclamación de la Segunda República. Fue un régimen democrático reformista que aprobó el sufragio femenino, la reforma agraria, la escuela pública, la separación de la Iglesia y el Estado y los primeros estatutos de autonomía. Pero también un tiempo de fortísima polarización política y social, entre una derecha que temía la revolución y una izquierda a menudo dividida, con episodios violentos como la revuelta de Asturias de 1934.
El 18 de julio de 1936, un golpe militar encabezado por parte del ejército contra el gobierno del Frente Popular fracasó parcialmente y, en lugar de un triunfo rápido, desencadenó la Guerra Civil (1936-1939). Fue un conflicto atroz y también un ensayo de la Segunda Guerra Mundial: la Alemania nazi y la Italia fascista apoyaron con hombres y armas al bando sublevado —la Legión Cóndor bombardeó Guernica en 1937, escena que Picasso convirtió en icono universal—, mientras la Unión Soviética y las Brigadas Internacionales de voluntarios de todo el mundo apoyaron a la República, abandonada por las democracias occidentales. Hubo represión y matanzas en la retaguardia de ambos bandos. La guerra terminó el 1 de abril de 1939 con la victoria del general Francisco Franco.
Siguieron casi cuatro décadas de dictadura. El franquismo fue un régimen autoritario, nacionalcatólico y de partido único que reprimió con dureza a los vencidos. La cuestión de las víctimas debe tratarse con precisión y sin equidistancia: la investigación histórica calcula que la represión franquista —ejecuciones durante y sobre todo después de la guerra— causó del orden de 150.000 muertos, y España es hoy uno de los países del mundo con más desaparecidos en fosas comunes sin identificar, contabilizándose miles de fosas y decenas de miles de personas todavía sin recuperar. Cientos de miles de españoles marcharon al exilio; muchos republicanos acabaron en campos de concentración nazis. Hubo una represión política y cultural que persiguió las lenguas y las identidades catalana, vasca y gallega. Con el tiempo, y sobre todo desde los años sesenta, la dictadura evolucionó hacia un desarrollismo económico y una apertura al turismo, pero mantuvo hasta el final su carácter represivo: aún en 1975, el año de la muerte de Franco, se ejecutaron condenas a muerte por motivos políticos.
Franco murió el 20 de noviembre de 1975. Dos días después, Juan Carlos I fue proclamado rey, en un principio como continuador designado del régimen. Sin embargo, bajo su reinado y con figuras como el presidente Adolfo Suárez, se puso en marcha la Transición: el paso de la dictadura a la democracia por la vía de la reforma pactada más que de la ruptura. Se legalizaron los partidos, incluido el comunista; en 1977 se celebraron las primeras elecciones libres; y en 1978 los españoles aprobaron en referéndum una Constitución que consagró una monarquía parlamentaria, el pluralismo y un modelo descentralizado, el «Estado de las autonomías». La Transición fue admirada como modelo, aunque hoy se debate críticamente el precio que tuvo, sobre todo la Ley de Amnistía de 1977, que dejó impunes los crímenes del franquismo.
La joven democracia superó momentos graves, como el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, cuando un grupo de guardias civiles asaltó el Congreso; su fracaso consolidó el sistema. España se integró en la OTAN (1982) y en la Comunidad Económica Europea (1986), y vivió una modernización acelerada, simbolizada por el año 1992, con los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla. La alternancia entre el PSOE y el Partido Popular articuló la vida política, hasta que la crisis económica de 2008 y los casos de corrupción abrieron paso a un panorama más fragmentado.
La democracia española ha convivido con tensiones territoriales de fondo. Durante décadas, la organización terrorista ETA, surgida en el tardofranquismo con el objetivo de una Euskal Herria independiente, mató a más de 850 personas en una campaña de atentados, secuestros y extorsión que solo cesó definitivamente con el anuncio del fin de la violencia en 2011 y su disolución en 2018. En Cataluña, el auge del independentismo culminó en el referéndum ilegal y la declaración de independencia de octubre de 2017, respondidos por el Estado con la aplicación de la Constitución y procesos judiciales, en una crisis que sigue marcando la política española. En 2014 Juan Carlos I abdicó en su hijo Felipe VI. Hoy España es una democracia consolidada e integrada en la Unión Europea, todavía debatiendo cómo encajar la pluralidad de sus territorios y cómo saldar las cuentas con su memoria histórica.