Las Terrazas es uno de los lugares más originales y entrañables de Cuba: no es una ciudad colonial ni un balneario, sino una comunidad ecológica nacida de un ambicioso proyecto de reforestación en plena Sierra del Rosario. Sus casas se escalonan sobre las laderas verdes en torno a un lago tranquilo, rodeadas de un bosque que, hace pocas décadas, eran lomas erosionadas y desnudas. Es, a la vez, un pueblo vivo, un destino de ecoturismo y un símbolo del cuidado del medio ambiente.
El entorno es la primera Reserva de la Biosfera de Cuba reconocida por la Unesco, la Sierra del Rosario, un mosaico de bosques, ríos, cascadas y antiguas ruinas de cafetales franceses del siglo XIX. Aquí se viene a caminar por senderos entre la selva, a bañarse en las pozas cristalinas del río San Juan, a observar aves —incluido el diminuto zunzuncito, el ave más pequeña del mundo—, a visitar talleres de artistas y a respirar el aire fresco de la montaña, lejos del bullicio de las playas y las grandes ciudades.
Esta guía recorre lo esencial de Las Terrazas con mirada práctica y cálida: qué senderos hacer, dónde bañarse, cómo llegar desde La Habana o Pinar del Río, qué ver en la comunidad y sus alrededores, dónde dormir y comer, y cómo combinarla con la vecina Soroa. Es un destino ideal para quien busca naturaleza, tranquilidad y una cara distinta y sorprendente de Cuba: la del turismo sostenible y la vida de montaña.
Las Terrazas nació en 1968 como parte de un gran proyecto estatal de reforestación y desarrollo en la Sierra del Rosario, en una zona que había quedado deforestada y erosionada tras siglos de tala y, sobre todo, de explotación de cafetales en el siglo XIX. Para frenar la erosión, los trabajadores construyeron a mano enormes terrazas en las laderas y plantaron millones de árboles, dando origen a la recuperación de un bosque hoy exuberante; de esas terrazas agrícolas viene el nombre del lugar. Alrededor del proyecto se levantó una pequeña comunidad para alojar a las familias de los trabajadores forestales, con sus casas escalonadas en torno a un lago artificial. La zona conserva las ruinas de antiguos cafetales fundados por colonos franceses que huyeron de la revolución de Haití a comienzos del siglo XIX, como el célebre Cafetal Buenavista, testimonio del pasado cafetalero y esclavista de la sierra. En 1985, la Sierra del Rosario fue declarada por la Unesco la primera Reserva de la Biosfera de Cuba. A partir de los años ochenta y noventa, Las Terrazas se orientó al ecoturismo: se inauguró el hotel Moka, integrado en el bosque, y se desarrollaron senderos, los baños del río San Juan y actividades de naturaleza, convirtiendo a la comunidad en un modelo cubano de desarrollo sostenible y en un destino turístico reconocido. La historia completa está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓Provincia joven del occidente, creada en 2011, que une el campo tabacalero y cafetalero con la Sierra del Rosario: aquí están Las Terrazas y Soroa, cuna del ecoturismo cubano, y las ruinas de los cafetales franceses del siglo XIX como el célebre Angerona.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Mucho antes de que existiera la comunidad de Las Terrazas, las lomas de la Sierra del Rosario fueron escenario de un intenso desarrollo cafetalero a comienzos del siglo XIX. La protagonista de aquel auge fue una oleada de colonos franceses que llegaron a Cuba huyendo de la revolución de Haití —entonces la colonia francesa de Saint-Domingue—, donde poseían plantaciones que perdieron tras la abolición de la esclavitud y la independencia haitiana.
Estos colonos encontraron en las frescas y húmedas laderas de la Sierra del Rosario un terreno ideal para cultivar café, y establecieron en la zona numerosos cafetales trabajados por personas esclavizadas traídas de África. Se construyeron casas-vivienda para los hacendados, secaderos de café, molinos y barracones para los esclavizados. Durante algunas décadas, el café fue un cultivo próspero y la sierra vivió una época de relativa riqueza agrícola.
Con el tiempo, sin embargo, el cultivo del café en la zona decayó, desplazado en buena medida por el azúcar y afectado por crisis y huracanes. Las plantaciones fueron abandonadas y la naturaleza fue cubriendo las ruinas. Pero el verdadero problema que quedó fue ambiental: la tala intensiva para abrir los cafetales y, más tarde, otras explotaciones forestales, dejaron las laderas erosionadas y desnudas. Esa degradación del paisaje sería, paradójicamente, el punto de partida del proyecto que daría origen a Las Terrazas más de un siglo después. Hoy, ruinas como las del Cafetal Buenavista son el testimonio mejor conservado de aquel pasado cafetalero y esclavista.
El nacimiento de Las Terrazas tal como la conocemos hoy se remonta a 1968, cuando el Estado cubano puso en marcha un ambicioso proyecto de reforestación y recuperación de la Sierra del Rosario. El objetivo era revertir la grave erosión y deforestación que habían dejado siglos de tala y de explotación cafetalera, devolviendo el bosque a unas laderas que se habían quedado peladas y vulnerables a la pérdida de suelo.
La solución técnica adoptada dio nombre al lugar: para frenar la erosión en las pronunciadas pendientes, los trabajadores construyeron a mano enormes terrazas escalonadas en las laderas, una técnica agrícola y de conservación de suelos que permitía retener la tierra y plantar árboles. Sobre esas terrazas se sembraron millones de árboles —especies maderables, frutales y autóctonas—, en una de las grandes operaciones de reforestación de la Cuba del siglo XX. De aquellas 'terrazas' construidas en el terreno proviene directamente el nombre de la comunidad.
Para llevar adelante semejante esfuerzo se necesitaba una fuerza de trabajo estable, así que alrededor del proyecto se decidió crear una comunidad que alojara a las familias de los trabajadores forestales. Así nació, a comienzos de los años setenta, el poblado de Las Terrazas, con sus características casas escalonadas en torno a un lago artificial creado en el valle. Lo que había empezado como una operación ambiental se convirtió también en un experimento social: un pueblo nuevo, pensado desde cero para vivir en armonía con el bosque que se estaba recuperando.
El éxito del proyecto de reforestación transformó radicalmente el paisaje de la Sierra del Rosario. En pocas décadas, las laderas erosionadas y desnudas se cubrieron de un bosque exuberante, recuperando el ciclo del agua, los suelos y la biodiversidad. La sierra volvió a llenarse de vida: regresaron y prosperaron numerosas especies de plantas y animales, muchas de ellas endémicas de Cuba, y la zona se convirtió en un ejemplo de restauración ecológica.
Ese logro recibió un reconocimiento internacional de primer nivel en 1985, cuando la Unesco, a través de su Programa sobre el Hombre y la Biosfera (MAB), declaró la Sierra del Rosario como Reserva de la Biosfera, la primera de Cuba en obtener esa categoría. La distinción reconocía tanto el valor natural del lugar como el modelo de desarrollo que combinaba la conservación del medio ambiente con la presencia y el bienestar de una comunidad humana: exactamente lo que representaba Las Terrazas.
La condición de reserva de la biosfera consolidó la vocación conservacionista del lugar y sentó las bases para su futuro como destino de ecoturismo. La sierra pasó a ser un espacio protegido y estudiado, con senderos, áreas de investigación y normas de manejo orientadas a compatibilizar la visita turística con la preservación del ecosistema recuperado. Las Terrazas quedó así inscrita en un marco de protección ambiental reconocido mundialmente.
A partir de los años ochenta y, sobre todo, noventa, Las Terrazas dio un nuevo paso en su evolución: del proyecto forestal y comunitario pasó a convertirse también en un destino de ecoturismo. La belleza del bosque recuperado, los ríos y las pozas, las ruinas de los cafetales y el carácter singular de la comunidad ofrecían un atractivo turístico distinto al del sol y playa que dominaba la oferta cubana, orientado a la naturaleza y la sostenibilidad.
El símbolo de ese giro fue la construcción del Hotel Moka, inaugurado en los años noventa, un ecohotel pionero diseñado para integrarse en el bosque de la manera más respetuosa posible, hasta el punto de que árboles vivos atraviesan sus estructuras. Junto con el hotel se desarrolló toda una infraestructura de visitas: senderos señalizados y guiados, áreas acondicionadas en los baños del río San Juan, restauración de las ruinas de cafetales como el Buenavista, talleres de artistas abiertos al público y actividades como la observación de aves o la tirolina sobre el lago.
Esta orientación convirtió a Las Terrazas en un modelo cubano de turismo de naturaleza y desarrollo sostenible, frecuentemente citado como ejemplo de cómo combinar conservación, comunidad y turismo. Los habitantes del pueblo, descendientes en muchos casos de aquellos trabajadores forestales, se involucraron en la actividad turística como guías, artistas, anfitriones de casas particulares y trabajadores de los servicios.
Más allá de su origen forestal y de su valor natural, Las Terrazas se distingue por algo poco habitual en un pequeño pueblo de montaña: una vida cultural y artística sorprendentemente rica. Con el paso de los años, la comunidad atrajo y formó a pintores, ceramistas, músicos y artesanos, que instalaron sus talleres y galerías en el propio poblado y abrieron sus puertas a los visitantes.
Esta vocación artística forma parte de la identidad del lugar. Recorrer Las Terrazas significa también visitar los estudios de los artistas, verlos trabajar, conversar con ellos y, si se quiere, adquirir obras originales: pinturas, cerámicas, objetos hechos con materiales reciclados o inspirados en la naturaleza de la sierra. Algunos de estos creadores alcanzaron reconocimiento, y sus talleres-vivienda se convirtieron en puntos de visita destacados de la comunidad. La música también tiene su espacio, con figuras y proyectos culturales ligados al pueblo.
Esa combinación —naturaleza recuperada, conciencia ambiental, comunidad organizada y vida artística— hace de Las Terrazas un caso único en Cuba y un destino que va más allá del simple paseo por el bosque. Para el viajero, es la oportunidad de conocer una experiencia de desarrollo sostenible nacida de la voluntad de reverdecer una montaña, y de descubrir cómo, sobre las ruinas de los viejos cafetales y las laderas antes erosionadas, creció no solo un bosque, sino también una comunidad creativa y orgullosa de su historia.