Mucho antes de la llegada de los europeos, Cuba estaba habitada por tres grandes complejos culturales de pueblos originarios, llegados en oleadas sucesivas desde el continente y las Antillas a lo largo de miles de años. Los guanahatabeyes, los más antiguos y arcaicos, sobrevivían como cazadores-recolectores y pescadores en el extremo occidental de la isla, en las tierras que hoy forman Pinar del Río y la península de Guanahacabibes. Los siboneyes, también de economía apropiadora, ocupaban cuevas y zonas costeras del centro y el occidente. Los taínos, los más numerosos y avanzados, agricultores de la yuca, el maíz, el boniato y el tabaco, dominaban el oriente y buena parte del territorio, organizados en cacicazgos gobernados por caciques.
De su lengua arahuaca sobreviven en el español universal decenas de palabras que usamos a diario: tabaco, huracán, canoa, hamaca, barbacoa, sabana, iguana, tiburón, cacique, batey o guajiro. Los taínos cultivaban en montículos llamados 'conucos', vivían en poblados de bohíos junto a plazas ceremoniales, jugaban a la pelota, tallaban la piedra y la madera y navegaban en canoas monóxilas. Su religión giraba en torno a los cemíes, espíritus y antepasados representados en pequeñas esculturas.
El 27 de octubre de 1492, en su primer viaje, Cristóbal Colón desembarcó en la costa nororiental de la isla —tradicionalmente ubicada en la bahía de Bariay, en la actual provincia de Holguín— a bordo de la Niña, la Pinta y la Santa María, y quedó deslumbrado por su belleza: 'esta es la tierra más hermosa que ojos humanos vieron', escribió en su diario. Creyó haber llegado a las costas de Asia. Durante casi dos décadas la isla apenas fue explorada, hasta que la corona decidió colonizarla de forma sistemática.
La conquista efectiva comenzó en 1510, cuando Diego Velázquez de Cuéllar dirigió la ocupación de la isla partiendo de La Española. La resistencia indígena tuvo su gran símbolo en el cacique Hatuey, llegado de La Española para advertir a los taínos cubanos del peligro español; capturado tras una tenaz guerra de guerrillas, fue quemado vivo en la hoguera hacia el 2 de febrero de 1512, cerca de Baracoa. La tradición lo considera el primer rebelde de la historia cubana, y su célebre respuesta al fraile que le ofrecía el cielo —que prefería no ir allí si los cristianos también iban— resume el choque brutal entre ambos mundos.
Entre 1511 y 1515, Velázquez fundó las siete primeras villas que estructuraron la Cuba colonial: Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa (1511), la primera capital y sede del primer obispado; San Salvador de Bayamo (1513); la Santísima Trinidad (1514); Sancti Spíritus (1514); San Cristóbal de La Habana (1514, luego trasladada); Santa María del Puerto del Príncipe, hoy Camagüey (1514, también reubicada); y Santiago de Cuba (1515), que sería capital durante buena parte del siglo XVI. Desde estos núcleos, los españoles repartieron a los indígenas en encomiendas para el trabajo forzado.
La población originaria se desplomó en pocas décadas por las guerras, los abusos, el trabajo en las minas y los conucos y, sobre todo, las enfermedades europeas —viruela, sarampión, gripe— frente a las que no tenían defensas. Muy pronto los colonizadores comenzaron a importar africanos esclavizados para sustituir la mano de obra que desaparecía, sembrando la semilla de la sociedad mestiza que definiría a Cuba. Desde Santiago partieron además, entre 1518 y 1519, las expediciones de Juan de Grijalva y de Hernán Cortés hacia México, lo que convirtió a la isla en trampolín de la conquista del continente.
La posición geográfica de Cuba, en la boca del golfo de México y a la entrada del canal de las Bahamas, la convirtió en pieza estratégica del imperio español. La Habana, gracias a su bahía profunda, protegida y de boca estrecha, se transformó desde el siglo XVI en el gran puerto de reunión de la Flota de Indias: allí se juntaban los galeones que llevaban a España la plata de México y el Perú antes de cruzar juntos el Atlántico, para protegerse de piratas y corsarios. En 1607, La Habana desplazó a Santiago como capital de la isla.
Aquella riqueza que pasaba por sus muelles convirtió a la ciudad en blanco de ataques. Franceses, ingleses y holandeses la asediaron, lo que obligó a la corona a fortificarla con imponentes castillos: el de la Real Fuerza, el Morro y, más tarde, la fortaleza de San Carlos de la Cabaña. La prueba máxima llegó en 1762, cuando una escuadra británica tomó La Habana y la ocupó durante casi once meses, abriendo el comercio de la isla con nuevos mercados. En 1763, por el Tratado de París, Inglaterra devolvió La Habana a España a cambio de la Florida; aquel breve interludio dejó una lección duradera sobre el valor comercial de la isla.
Cuba se benefició también, desde 1837, del primer ferrocarril de toda Hispanoamérica —tendido para transportar la caña—, mucho antes que la propia España. La Habana crecía como una de las urbes más pobladas y ricas del hemisferio, y toda la vida económica de la 'siempre fidelísima Isla' giraba en torno al comercio marítimo, el tabaco y, cada vez más, el azúcar.
A partir de fines del siglo XVIII, Cuba se lanzó a un espectacular auge azucarero. El detonante fue la Revolución Haitiana (1791-1804), que destruyó las plantaciones de Saint-Domingue —hasta entonces el mayor productor mundial de azúcar— y dejó un enorme hueco en el mercado que los hacendados cubanos se apresuraron a llenar. Los ingenios se multiplicaron por las llanuras de Matanzas, el Valle de los Ingenios de Trinidad, Cienfuegos y buena parte del occidente y el centro de la isla.
Ese auge se sostuvo sobre una expansión brutal de la trata de esclavos: se calcula que a lo largo de la colonia cerca de un millón de africanos fueron llevados a Cuba, la inmensa mayoría en el siglo XIX, cuando la trata ya era ilegal según los tratados firmados por España. En el Valle de los Ingenios de Trinidad, hacia 1837, unos 56 ingenios empleaban a más de 11.000 esclavos. La brutalidad del sistema provocó fugas de cimarrones a los palenques y sublevaciones reprimidas con saña, como la 'Conspiración de La Escalera' de 1844 en Matanzas. La esclavitud no se abolió del todo hasta 1886.
De aquella raíz africana —yoruba, congo, carabalí— nacieron la santería y otras religiones afrocubanas, el son, la rumba, el tambor batá y buena parte de la identidad de la isla. Cuba se convirtió en la colonia más rica de España, la 'perla de las Antillas' y el 'azucarero del mundo', con una élite criolla enriquecida pero políticamente subordinada a la metrópoli, tensión que alimentaría el anhelo independentista.
Mientras casi toda Hispanoamérica se independizaba hacia 1820-1825, Cuba —junto con Puerto Rico— siguió siendo colonia española, retenida con firmeza por su enorme valor económico. El anhelo de libertad estalló el 10 de octubre de 1868, cuando el hacendado bayamés Carlos Manuel de Céspedes liberó a sus esclavos en el ingenio La Demajagua y proclamó la independencia en el llamado Grito de Yara, cerca de Manzanillo, dando inicio a la Guerra de los Diez Años (1868-1878).
El 20 de octubre de 1868, los patriotas tomaron Bayamo, donde se cantó por primera vez el himno nacional cubano, La Bayamesa, con letra de Perucho Figueredo. Aquella primera gran guerra forjó a los próceres del país: el dominicano Máximo Gómez, el mulato Antonio Maceo —el 'Titán de Bronce'— y el camagüeyano Ignacio Agramonte, muerto en combate en 1873. Céspedes, depuesto por la propia asamblea revolucionaria y aislado, cayó en San Lorenzo en 1874. La guerra terminó sin independencia con el Pacto del Zanjón de 1878; Maceo lo rechazó en la célebre Protesta de Baraguá, pero la lucha se apagó.
En 1879-1880 estalló un breve nuevo intento, la Guerra Chiquita, rápidamente sofocada por España. Aquellas dos décadas de luchas, sin embargo, no fueron en vano: crearon una conciencia nacional, mostraron que blancos y negros, criollos y libertos podían combatir juntos por una misma patria, y prepararon el terreno para la gesta definitiva que organizaría, desde el exilio, un joven poeta y periodista llamado José Martí.
El alma de la causa independentista fue José Martí (1853-1895), poeta, periodista, ensayista y organizador político que desde el exilio en Nueva York unió a los cubanos dispersos y fundó en 1892 el Partido Revolucionario Cubano. Convencido de la necesidad de una 'guerra necesaria' pero corta y bien planeada, y temeroso del apetito expansionista de Estados Unidos, Martí trabajó incansablemente para reunir a los viejos generales y a la emigración obrera de Tampa y Cayo Hueso.
La guerra definitiva comenzó el 24 de febrero de 1895 con el Grito de Baire. Martí desembarcó en Playitas de Cajobabo, en el oriente, junto a Máximo Gómez, pero murió en combate muy pronto, el 19 de mayo de 1895, en Dos Ríos, convirtiéndose en el 'Apóstol' y máximo héroe nacional de Cuba. La dirección militar quedó en manos de Gómez y Maceo, que emprendieron la épica Invasión de Oriente a Occidente: en poco más de tres meses, atravesando toda la isla, cruzaron la fortificada Trocha de Júcaro a Morón y llevaron la guerra hasta Pinar del Río, la punta occidental, en diciembre de 1895 y enero de 1896.
La lucha era favorable a los mambises cuando, en la madrugada del 15 de febrero de 1898, la explosión del acorazado estadounidense Maine en el puerto de La Habana —que causó 266 muertos y cuyas causas nunca se aclararon— dio el pretexto perfecto a Estados Unidos, cuya prensa clamaba '¡Recordad el Maine!', para declarar la guerra a España. La caída de Maceo en Punta Brava en 1896 ya había privado a Cuba de su mejor general; ahora una potencia extranjera se disponía a arrebatar a los cubanos el fruto de treinta años de sacrificios.
La guerra hispano-estadounidense de 1898 fue breve y desastrosa para España. En pocos meses, la escuadra española fue destruida en la bahía de Santiago de Cuba y las tropas norteamericanas —junto a los mambises, aunque estos quedaron deliberadamente al margen del reparto— derrotaron a los peninsulares. Por el Tratado de París, firmado el 10 de diciembre de 1898, España renunció a Cuba y cedió a Estados Unidos Puerto Rico, Guam y Filipinas. Los cubanos no fueron invitados a la mesa de negociaciones.
De 1899 a 1902, la isla quedó bajo ocupación militar estadounidense. Antes de retirarse, Washington impuso condiciones: la Enmienda Platt, redactada por el senador Orville H. Platt y aprobada por el Congreso norteamericano el 2 de marzo de 1901, se incorporó como apéndice a la Constitución cubana de 1901. Aquel texto otorgaba a Estados Unidos el derecho a intervenir militarmente en Cuba cuando lo estimara conveniente, limitaba la capacidad de la isla para firmar tratados y contraer deudas, y autorizaba el establecimiento de bases navales, entre ellas la de Guantánamo, arrendada por un tratado de 1903.
El 20 de mayo de 1902 nació formalmente la República de Cuba, con Tomás Estrada Palma como primer presidente. Pero era una independencia mutilada: la soberanía quedaba condicionada por la tutela del vecino del norte, la economía dependía casi por completo del mercado azucarero estadounidense y las inversiones norteamericanas dominaban ingenios, ferrocarriles y servicios. La 'República mediatizada' arrancaba con la sombra del Maine y de Platt sobre ella.
Las primeras décadas republicanas combinaron auge azucarero, fuerte influencia norteamericana, corrupción y frecuentes crisis políticas. Estados Unidos intervino militarmente varias veces al amparo de la Enmienda Platt. La 'danza de los millones' de la Primera Guerra Mundial disparó el precio del azúcar y luego lo hundió. En 1925 llegó a la presidencia Gerardo Machado, que pronto derivó en una dictadura brutal derrocada en 1933 por una revuelta popular y militar en la que emergió un sargento, Fulgencio Batista, que dominaría la política cubana durante un cuarto de siglo, primero entre bambalinas y luego como presidente electo.
La Constitución de 1940, avanzada para su tiempo, no bastó para estabilizar el país. El 10 de marzo de 1952, Batista dio un golpe de Estado que canceló las elecciones e instauró una nueva dictadura, apoyada por Washington y por los intereses de la mafia estadounidense en los casinos y cabarets de La Habana. Contra ella se alzó un joven abogado, Fidel Castro, que el 26 de julio de 1953 asaltó el cuartel Moncada de Santiago de Cuba. El ataque fracasó y Castro fue encarcelado, pero dio nombre al Movimiento 26 de Julio y, en su defensa, pronunció el alegato 'La historia me absolverá'.
Amnistiado y exiliado en México, Castro organizó la expedición del yate Granma, que partió de Tuxpan y desembarcó el 2 de diciembre de 1956 cerca de Niquero, en el oriente. Diezmados por el ejército, apenas una veintena de sobrevivientes —entre ellos Fidel, su hermano Raúl y el argentino Ernesto 'Che' Guevara— se refugiaron en la Sierra Maestra, desde donde libraron una guerra de guerrillas que fue ganando apoyo popular. El golpe decisivo llegó a fines de diciembre de 1958, con la batalla de Santa Clara ganada por el Che. El 1 de enero de 1959, Batista huyó del país de madrugada y la Revolución triunfó.
El nuevo gobierno emprendió reformas radicales que transformaron la sociedad cubana en pocos años. La Ley de Reforma Agraria del 17 de mayo de 1959 expropió los grandes latifundios; una masiva Campaña de Alfabetización llevó maestros voluntarios a los campos en 1961; y a lo largo de 1960 se nacionalizaron primero las grandes empresas estadounidenses —petroleras, azucareras, telefónicas y eléctricas— y luego la banca y centenares de compañías. Estas medidas enfrentaron rápidamente a La Habana con Washington, que rompió relaciones e impuso, a partir de 1960-1962, el embargo económico que aún perdura y que en Cuba se conoce como 'el bloqueo'.
En abril de 1961 fracasó estrepitosamente la invasión de Bahía de Cochinos (Playa Girón), en la que un contingente de exiliados entrenados por la CIA fue derrotado en menos de tres días; a raíz de aquella victoria, Fidel Castro proclamó el carácter socialista de la Revolución. En octubre de 1962, la instalación secreta de misiles nucleares soviéticos en la isla desató la Crisis de los Misiles, trece días que pusieron al mundo al borde de una guerra nuclear entre Estados Unidos y la URSS y que se resolvieron con la retirada de los cohetes a cambio del compromiso norteamericano de no invadir Cuba.
Aliada de la Unión Soviética durante casi tres décadas e integrada en su bloque económico, Cuba desarrolló una notable red de salud y educación pública gratuita, con altísimos índices de alfabetización y esperanza de vida, pero también consolidó un régimen de partido único, economía centralizada y control político, con emigración masiva —como el éxodo del Mariel en 1980— y presencia militar en conflictos de África, sobre todo en Angola. El subsidio soviético sostenía una economía dependiente del azúcar que pronto quedaría a la intemperie.
La caída del bloque soviético entre 1989 y 1991 privó a Cuba de golpe de sus mercados, sus créditos y sus subsidios, y sumió a la isla en el llamado 'Período Especial en tiempo de paz', declarado en 1990: años de escasez extrema de alimentos, combustible y medicinas, apagones interminables, transporte paralizado y una crisis que en 1994 provocó el estallido del 'Maleconazo' y la crisis de los balseros. Para sobrevivir, el gobierno abrió tímidamente la economía al turismo, autorizó el dólar y permitió pequeñas formas de trabajo por cuenta propia. La llegada al poder de Hugo Chávez en Venezuela, con su petróleo, alivió la crisis a comienzos del siglo XXI.
En 2006, una grave enfermedad obligó a Fidel Castro a delegar el poder en su hermano Raúl, que asumió formalmente la presidencia en 2008 e impulsó reformas económicas graduales. El hito más resonante llegó en diciembre de 2014, cuando Raúl Castro y Barack Obama anunciaron el restablecimiento de relaciones diplomáticas: reabrieron embajadas en 2015 y Obama visitó La Habana en 2016, en un histórico 'deshielo' que, sin embargo, la administración de Donald Trump revertiría en buena parte a partir de 2017.
Fidel Castro murió el 25 de noviembre de 2016. En 2018, Raúl cedió la presidencia a Miguel Díaz-Canel, primer gobernante nacido después de la Revolución, cerrando la era Castro al frente del Estado. Una nueva Constitución se aprobó en 2019. En julio de 2021, las mayores protestas antigubernamentales en décadas —el llamado '11-J'— estallaron por la escasez, los apagones y la crisis de la pandemia. Hoy Cuba afronta una dura crisis económica, una inflación elevada y una emigración récord, sobre todo hacia Estados Unidos, pero conserva un peso cultural, musical y simbólico inmenso, y una identidad, una calidez humana y una capacidad de resistencia que la hacen inconfundible en el mundo.
Las 16 historias, una detrás de la otra. Usá los botones de arriba para saltar a la que buscás.
Artemisa es una de las provincias más recientes de Cuba: nació en 2011, cuando la antigua provincia de La Habana se dividió y sus territorios occidentales se agruparon en torno a la ciudad de Artemisa, la nueva capital. Sin embargo, su territorio tiene una larga historia colonial ligada a la agricultura: cañaverales, cafetales y vegas de tabaco moldearon su paisaje desde el siglo XVIII.
La región combina llanuras fértiles cercanas a la capital con las estribaciones de la sierra del Rosario en el norte. Esa doble condición —campo productivo al sur, montaña boscosa al norte— define a una provincia que funciona a la vez como despensa agrícola del occidente y como refugio verde a poco más de una hora de La Habana.
A comienzos del siglo XIX, la sierra del Rosario y sus alrededores vivieron una intensa colonización cafetalera impulsada por inmigrantes franceses llegados de Haití tras la revolución que expulsó a los colonos de la isla vecina. Levantaron decenas de cafetales sostenidos por mano de obra esclava, cuyas ruinas —secaderos, casas de hacienda, barracones— aún se conservan entre la vegetación.
El más famoso es el cafetal Angerona, construido entre 1813 y 1820 por el alemán Cornelio Souchay cerca de Artemisa: en su apogeo llegó a tener 750.000 cafetos y unos 450 esclavos, y fue el mayor cafetal del occidente cubano y el segundo del país. Sus imponentes ruinas, con la torre de vigilancia y las columnas de la casa señorial, son hoy Monumento Nacional y testimonio del breve pero intenso auge del café en Cuba.
El gran tesoro natural de Artemisa es la Sierra del Rosario, declarada por la Unesco Reserva de la Biosfera en 1985, la primera de Cuba. Sus bosques húmedos de montaña, sus ríos, cascadas y pozas, y su rica biodiversidad la convirtieron en un modelo pionero de conservación y desarrollo sostenible en la isla.
En su seno nació Las Terrazas, un proyecto iniciado en 1968 con un doble objetivo: reforestar cerca de 5.000 hectáreas de laderas antes erosionadas por la tala y el café, y mejorar la vida de la población dispersa reuniéndola en una comunidad modelo, que surgió como tal en 1971. Hoy Las Terrazas es uno de los principales destinos de ecoturismo de Cuba, con senderos, tirolinas, cafetales históricos restaurados como el Buenavista, un lago y alojamientos integrados en el bosque.
Muy cerca de Las Terrazas, el enclave de Soroa —conocido como el 'Arcoíris de Cuba' por el arco que forma el sol en su cascada— completa la oferta de naturaleza de la provincia. Toma su nombre de Jean-Pierre Soroa, un francés que en el siglo XIX poseía un cafetal en estas lomas.
Su joya es el Orquideario de Soroa, creado en 1943 por el abogado de origen canario Tomás Felipe Camacho en homenaje a su esposa e hija. Con el tiempo llegó a reunir más de 20.000 plantas de unas 700 especies de orquídeas, 250 de ellas endémicas de Cuba, y es hoy el mayor jardín de orquídeas del país y uno de los más importantes del mundo. Rodeado de selva, Soroa es un lugar clásico para el senderismo, la observación de aves y el baño en pozas de río.
Junto con los cafetales franceses en ruinas y las comunidades de montaña, Soroa y Las Terrazas hacen de Artemisa una verdadera puerta de entrada al ecoturismo cubano, en marcado contraste con el ajetreo de la capital, que queda a poco más de una hora por carretera.
Ese contraste entre la montaña conservada y las llanuras agrícolas del sur, sumado a la cercanía de La Habana, define el perfil de una provincia todavía poco conocida por el gran turismo pero muy valorada por quienes buscan naturaleza, historia colonial y tranquilidad. Artemisa demuestra que, más allá de las playas, Cuba guarda también un patrimonio verde de primer orden.
Santa María del Puerto del Príncipe, hoy Camagüey, fue una de las siete primeras villas fundadas por Diego Velázquez, establecida el 2 de febrero de 1514 en la costa norte, cerca del actual puerto de Nuevitas. Su emplazamiento junto al mar, sin embargo, la dejaba a merced de los ataques indígenas y, sobre todo, del acoso constante de piratas y corsarios que asolaban el Caribe.
Por eso la villa se trasladó tierra adentro en busca de seguridad, hasta establecerse definitivamente hacia 1528 junto a un poblado taíno llamado Camagüey, en pleno centro de la sabana y a orillas del río Caonao. Aquel nombre indígena acabaría imponiéndose sobre el oficial de Puerto Príncipe, aunque el cambio de denominación no se formalizó hasta 1903.
Ni siquiera tierra adentro se libró la ciudad de los corsarios: en 1668, el temible pirata galés Henry Morgan la asaltó y la incendió, y otros ataques se sucedieron a lo largo del siglo XVII, dejando una honda huella en la mentalidad y en la propia forma urbana de la villa.
El trauma de los ataques piratas moldeó el rasgo urbano más famoso de Camagüey: su trazado laberíntico. A diferencia de la retícula regular de la mayoría de las ciudades hispanoamericanas, Camagüey se reconstruyó como un enredo intencionado de callejones que se tuercen, se bifurcan y desembocan en plazas de tamaños dispares, un dédalo pensado para desorientar a los asaltantes y facilitar la defensa. Ese urbanismo irregular es único en Cuba y una de las razones de su valor patrimonial.
El otro gran emblema de la ciudad es el tinajón, una enorme vasija de barro de boca ancha que los camagüeyanos usaban para recoger y conservar fresca el agua de lluvia, un recurso vital en una región de sequías frecuentes. La abundancia de excelentes tierras arcillosas en los alrededores permitió fabricarlos en gran número, y con el tiempo los tinajones se multiplicaron en patios y plazas hasta convertirse en el símbolo de la ciudad.
Una vieja tradición asegura que quien bebe el agua fresca del tinajón de una camagüeyana se enamora y se queda para siempre en la ciudad, leyenda romántica que resume el orgullo local por este objeto convertido en identidad.
El 7 de julio de 2008, la Unesco declaró el centro histórico de Camagüey Patrimonio Cultural de la Humanidad, reconociendo su singular trazado laberíntico y su excepcional conjunto de iglesias, plazas y casas coloniales. La zona protegida abarca unas 54 hectáreas y decenas de manzanas con edificios de gran valor arquitectónico, testimonio de más de cuatro siglos de historia urbana.
Entre sus templos destacan la catedral de Nuestra Señora de la Candelaria, las iglesias de la Soledad, del Carmen, de la Merced y del Santo Cristo, verdaderas joyas del barroco cubano, junto a plazas tan características como la del Carmen o San Juan de Dios, esta última uno de los rincones coloniales mejor conservados de toda Cuba. Los tinajones, repartidos por patios y espacios públicos, completan una escenografía urbana inconfundible.
Aquel reconocimiento internacional consagró a Camagüey como una de las grandes ciudades históricas del país, a la altura de La Habana Vieja, Trinidad o Cienfuegos.
Camagüey es cuna de algunas de las mayores figuras de la historia y la cultura cubanas. Aquí nació en 1841 Ignacio Agramonte, 'El Mayor', abogado y héroe de la Guerra de los Diez Años que redactó la primera Constitución de la República en Armas en Guáimaro (1869) y murió en combate el 11 de mayo de 1873, dejando una leyenda de valor y caballerosidad; su estatua ecuestre preside la plaza central de la ciudad.
La provincia dio también a Gertrudis Gómez de Avellaneda, 'Tula', nacida en 1814 y una de las grandes poetas y dramaturgas del romanticismo en lengua española; a Nicolás Guillén (1902-1989), poeta nacional de Cuba y máxima voz de la poesía mulata y afrocubana; y a Carlos J. Finlay (1833-1915), el médico que descubrió que el mosquito Aedes aegypti transmitía la fiebre amarilla, un hallazgo que salvó millones de vidas en el mundo.
Ese rosario de figuras —a los que se suman científicos, artistas y hasta el legendario pelotero Tony Pérez— convierte a Camagüey en una de las provincias con mayor peso en la memoria cultural, científica y patriótica de Cuba.
Camagüey es la provincia más extensa de Cuba y su gran región ganadera. Sus enormes sabanas llanas, aptas para el pastoreo, han sostenido durante siglos la cría de ganado vacuno, base de una arraigada cultura campera con sus vaqueros a caballo, sus rodeos, sus corrales y sus tradiciones, algo que distingue a Camagüey del resto de la isla y le da un aire casi 'gauchesco', propio de las grandes llanuras de América.
La ganadería fue durante la colonia la principal riqueza de la comarca, cuando los hatos y corrales suministraban carne, cuero y sebo, y sigue siendo hoy una seña de identidad provincial, complementada con la caña de azúcar y otros cultivos. El puerto de Nuevitas, en la costa norte, hereda el emplazamiento de la primera fundación y conserva importancia como salida marítima de la región.
En la costa norte, la apartada Playa Santa Lucía ofrece más de veinte kilómetros de arena, protegidos por uno de los mayores arrecifes de coral del hemisferio occidental, que corre paralelo a la costa a poca distancia de la orilla. Ese arrecife convierte a Santa Lucía en un destino de primer orden para el buceo, con jardines de coral, pecios y la posibilidad de ver tiburones toro en su hábitat natural.
Cerca de allí, la Playa de los Cocos y la boca de la bahía de Nuevitas completan una franja litoral tranquila, alejada de los grandes circuitos turísticos, ideal para quienes buscan mar y naturaleza sin aglomeraciones. Entre sus sabanas ganaderas, su ciudad laberíntica declarada Patrimonio de la Humanidad y sus playas y arrecifes del norte, Camagüey reúne algunos de los contrastes más ricos y auténticos de toda Cuba.
El nombre de Ciego de Ávila se remonta a 1538, cuando el conquistador Jácome de Ávila reservó un 'ciego' —un claro llano rodeado de bosque— como lugar de descanso para los viajeros que cruzaban el centro de la isla. Durante siglos, aquel punto de paso en mitad de Cuba fue poco más que una parada en el largo camino entre el occidente y el oriente, en una región de sabanas, bosques y ganado.
La ciudad como tal es de desarrollo tardío: se fundó hacia 1840 con apenas 263 habitantes y no obtuvo gobierno municipal propio, independiente de Morón, hasta 1877. Su historia estuvo siempre marcada por su condición de frontera natural en el estrechamiento central de la isla, un cuello geográfico que la convertiría en escenario clave de las guerras de independencia.
Durante buena parte del siglo XX, este territorio perteneció a la extensa provincia de Camagüey, de la que solo se separó en 1976, cuando el gobierno revolucionario creó la actual provincia de Ciego de Ávila con la ciudad como capital.
El episodio histórico más importante de la región fue la construcción de la Trocha de Júcaro a Morón, una impresionante línea militar fortificada que el ejército español levantó entre 1869 y 1872, durante la Guerra de los Diez Años. Se extendía unos 68 kilómetros de costa a costa, desde el puerto de Júcaro, en el sur, hasta Morón, en el norte, aprovechando el punto más estrecho del centro de Cuba.
La Trocha estaba jalonada por más de una treintena de fuertes, torres, alambradas, zanjas y un ferrocarril de servicio, y su objetivo era impedir que las tropas independentistas orientales —los mambises— llevaran la guerra hacia las ricas regiones azucareras del occidente. Fue una de las mayores obras de fortificación de la América colonial y un símbolo del esfuerzo español por contener la insurrección.
Sin embargo, la Trocha no cumplió del todo su propósito: durante la guerra de 1895, el general Máximo Gómez y las columnas invasoras la burlaron y cruzaron hacia el occidente, demostrando que ninguna barrera podía frenar el avance del Ejército Libertador. Restos de aquellos fuertes aún se conservan en Morón y sus alrededores.
La economía avileña se basó históricamente en la caña de azúcar y, sobre todo, en el cultivo de la piña, que dio a la provincia una fuerte identidad agrícola y el sobrenombre de 'la tierra de la piña'. Los suelos y las aguas de la región producían además naranjas y algunas de las mejores cañas de regadío de la zona, y abastecían de fruta a buena parte de la isla. La piña se sigue honrando cada año en festivales que forman parte de la imagen de Ciego de Ávila.
En las primeras décadas del siglo XX, tras la instauración de la República, la llanura avileña se cubrió de grandes centrales azucareros modernos y de comunidades fundadas por inmigrantes y por colonos estadounidenses, atraídos por las tierras baratas y fértiles del centro de Cuba. Aquellas 'colonias americanas' —con sus casas de madera, sus iglesias protestantes y sus costumbres importadas— dejaron una huella singular en la cultura local.
Ese mundo de centrales, colonias y ferrocarriles cañeros convivió con una vida urbana modesta pero pujante en la capital provincial, cuyo Teatro Principal, impulsado por la acaudalada Ángela Hernández, dio a la ciudad un aire de refinamiento en medio de las sabanas.
La segunda ciudad de la provincia, Morón, es conocida en toda Cuba como 'la ciudad del gallo'. El símbolo tiene su origen en una vieja leyenda traída de Morón de la Frontera, en Sevilla, sobre un cobrador arrogante y prepotente al que el pueblo humilló y expulsó, dando pie al dicho popular: 'te quedaste como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando'.
En 1982, la escultora Rita Longa realizó la célebre estatua de bronce de un gallo que hoy da la bienvenida a la entrada de la ciudad, coronada por una torre con reloj que hace sonar un canto de gallo a determinadas horas. Morón, además, conserva su carácter de nudo ferroviario y agrícola y es la puerta natural de acceso a los cayos del norte, con los que está unida por un largo pedraplén.
La laguna de la Leche —la mayor extensión de agua natural de Cuba, de aguas lechosas por los yacimientos de carbonato de cal del fondo— y la laguna de la Redonda, ricas en pesca, completan los atractivos de esta zona, muy ligada a la caza y la pesca deportiva.
El gran atractivo turístico de la provincia son los Jardines del Rey, el sector del archipiélago Sabana-Camagüey que se extiende frente a su costa norte y que debe su nombre al rey Fernando el Católico, en cuyo honor los bautizó Diego Velázquez en el siglo XVI. Cayo Coco y Cayo Guillermo, unidos a tierra firme por un largo pedraplén sobre el mar, son hoy dos de los destinos de playa más famosos de Cuba, con arenas blanquísimas, aguas turquesas, arrecifes de coral y grandes colonias de flamencos rosados.
Estos cayos fascinaron al escritor Ernest Hemingway, que navegó por sus aguas y los inmortalizó en sus novelas 'Islas en el golfo' y 'Tener y no tener'; el propio Cayo Guillermo aparece en 'El viejo y el mar'. Hoy la zona, dotada de su propio aeropuerto internacional —Jardines del Rey, en Cayo Coco—, es uno de los grandes polos de sol y playa del país.
Entre la Trocha histórica, la tierra de la piña, la ciudad del gallo y los cayos de fama mundial, Ciego de Ávila reúne en el centro de la isla una combinación única de historia militar, cultura agrícola y paraíso costero que la distingue entre las provincias cubanas.
Mucho antes de que existiera la ciudad, la magnífica bahía de Jagua ya era un punto estratégico de la costa sur de Cuba y el asiento de un cacicazgo indígena ciboney cuyo nombre —Jagua— pervive hasta hoy. Sus aguas profundas y de boca estrecha, casi un mar interior, ofrecían un refugio perfecto, y por eso mismo fueron utilizadas durante siglos por piratas, corsarios y contrabandistas que hostigaban el tráfico marítimo del Caribe.
Para cerrarles el paso, la corona española levantó allí, entre 1742 y 1745, el castillo de Nuestra Señora de los Ángeles de Jagua, una sólida fortaleza que aún se alza a la entrada de la bahía y que es la construcción más antigua de la región. Con su puente levadizo, su foso y sus leyendas —como la de la Dama Azul que, según la tradición, recorre sus muros—, el castillo es hoy uno de los enclaves más evocadores del sur cubano.
Aquella bahía de bolsa, amplia y bien protegida, sería medio siglo después el escenario de una de las fundaciones más singulares de toda Cuba: la de una ciudad de raíz francesa en pleno Caribe hispano, ligada desde el primer día al comercio marítimo y a la agricultura de su fértil entorno.
Cienfuegos tiene un origen único en Cuba: fue fundada el 22 de abril de 1819 por un grupo de colonos franceses procedentes de Burdeos y de Luisiana, dirigidos por el militar Louis De Clouet, nacido en Burdeos en 1766. La nueva colonia se llamó al principio Fernandina de Jagua, en honor al rey Fernando VII de España y al viejo cacicazgo ciboney de Jagua, y aquel año llegaron 231 pobladores repartidos en varios viajes.
Ese origen francés le dio a la ciudad un trazado y un estilo distintos de los del resto de la isla. Sus fundadores planificaron las primeras veinticinco manzanas como una retícula perfecta, a la manera de un tablero de ajedrez, aplicando los conceptos racionales y ordenados del urbanismo ilustrado. En 1829 el asentamiento fue elevado a villa y rebautizado Cienfuegos en honor a José Cienfuegos Jovellanos, capitán general de Cuba entre 1816 y 1819, y en 1880 recibió el título de ciudad.
Esa planta geométrica, sus amplias avenidas y su ambiente afrancesado hicieron de Cienfuegos una rareza en la Cuba colonial y sentaron las bases del elegante conjunto urbano que la Unesco reconocería casi dos siglos más tarde como testimonio excepcional de la Ilustración en el Nuevo Mundo.
El siglo XIX y comienzos del XX trajeron a Cienfuegos una enorme prosperidad gracias al azúcar y al comercio marítimo. Su bahía profunda y bien comunicada la convirtió en uno de los puertos exportadores más activos de Cuba, y a su alrededor florecieron grandes centrales e ingenios que hicieron de la comarca uno de los corazones de la industria azucarera del centro-sur de la isla, sostenida como en todas partes por el trabajo de miles de africanos esclavizados.
Aquella riqueza se plasmó en un refinado conjunto urbano neoclásico en torno al Parque José Martí, con joyas como el Teatro Tomás Terry, la catedral de la Purísima Concepción, el Palacio de Gobierno, el Arco de Triunfo dedicado a la independencia y, sobre todo, el fastuoso Palacio de Valle, un capricho ecléctico de inspiración morisca junto a la Punta Gorda. Cienfuegos se ganó así el sobrenombre de 'la Perla del Sur'.
La prosperidad continuó tras el nacimiento de la República en 1902, cuando el puerto, la arquitectura y una intensa vida cultural consolidaron el prestigio de la ciudad. Ese patrimonio, admirablemente conservado, es el que llevaría a la Unesco a distinguir a Cienfuegos como uno de los grandes hitos urbanísticos de Latinoamérica.
En 2005, la Unesco inscribió el centro histórico urbano de Cienfuegos en la Lista del Patrimonio Mundial, citándolo como el mejor ejemplo conservado de la influencia de la Ilustración española del siglo XIX en la planificación urbana de América Latina. El conjunto, con su cuadrícula perfecta, sus soportales y sus edificios neoclásicos, es la culminación monumental de aquel proyecto francés de 1819.
La ciudad también dejó su huella en la lucha revolucionaria del siglo XX. El 5 de septiembre de 1957 estalló en Cienfuegos un levantamiento protagonizado por marineros de la base naval Cayo Loco, aliados del Movimiento 26 de Julio, que llegaron a controlar buena parte de la ciudad antes de ser aplastados por el ejército y la aviación de Batista en una sangrienta represión. Aquella sublevación fue uno de los episodios más audaces de la insurrección contra la dictadura.
Entre su fundación ilustrada, su esplendor azucarero y su papel en la Revolución, Cienfuegos condensa buena parte de la historia cubana en un escenario urbano de rara belleza, tendido frente al espejo de su bahía.
La provincia de Cienfuegos es cuna de una de las mayores figuras de la música cubana de todos los tiempos: Bartolomé Maximiliano Moré, 'Benny Moré', nacido en 1919 en el poblado de Santa Isabel de las Lajas. Cantante y director de orquesta genial, apodado 'el Bárbaro del Ritmo' y 'el Sonero Mayor de Cuba', dominó como nadie el son, el mambo, el bolero y el guaguancó, y su voz sigue siendo una referencia insustituible de la música latina del siglo XX.
La raíz africana de la comarca, heredada de los esclavos de los ingenios, se expresa también en tradiciones como las tumbas francesas y los cabildos de Lajas, y alimenta una cultura musical y festiva de gran fuerza. Cienfuegos honra a su hijo más ilustre con estatuas, festivales y un orgullo que forma parte de la identidad provincial.
En los alrededores de la ciudad, el Jardín Botánico de Cienfuegos —uno de los más antiguos y ricos de Cuba, fundado a comienzos del siglo XX por el industrial azucarero estadounidense Edwin Atkins como estación experimental de la caña— reúne miles de especies tropicales, entre ellas una de las mayores colecciones de palmas del mundo. Es un remanso de biodiversidad a pocos kilómetros del bullicio urbano.
Hacia el interior, las montañas del Escambray, que la provincia comparte con Sancti Spíritus y Villa Clara, ofrecen ríos, cascadas y senderos en enclaves como El Nicho, con sus pozas y saltos de agua. En la costa, la bahía y los cayos vecinos completan una oferta que combina mar, montaña y ciudad histórica.
Hoy Cienfuegos suma a su patrimonio la actividad industrial y portuaria del sur cubano, pero conserva intacto su encanto de Perla del Sur: una ciudad luminosa, ordenada y elegante, orgullosa de su origen francés, de su bahía y de su música, que la sitúa entre los destinos más singulares de toda la isla.
La provincia de Granma toma su nombre del yate en que Fidel Castro y sus compañeros regresaron a Cuba en 1956, pero su historia como cuna de la patria es mucho más antigua. San Salvador de Bayamo, fundada en 1513, fue la segunda villa de Cuba y un temprano foco de riqueza ganadera, de contrabando —que burlaba el monopolio de la corona— y de rebeldía.
Ciudad culta y patriótica, Bayamo fue el gran escenario del despertar independentista. Su ambiente ilustrado y su tradición de resistencia la convirtieron en el corazón de la primera Cuba libre, la 'República en Armas' proclamada durante la Guerra de los Diez Años.
El 10 de octubre de 1868, en el cercano ingenio La Demajagua, el hacendado bayamés Carlos Manuel de Céspedes liberó a sus esclavos y proclamó la independencia en el Grito de Yara, iniciando la Guerra de los Diez Años. Pocos días después, el 20 de octubre, los patriotas tomaron Bayamo y allí se cantó por primera vez el himno nacional cubano, La Bayamesa, cuya letra escribió Perucho Figueredo —esa fecha se celebra hoy como Día de la Cultura Cubana—.
Cuando en enero de 1869 los patriotas no pudieron defender la ciudad ante el avance de las tropas españolas, sus propios habitantes prefirieron incendiarla antes que entregarla al enemigo: el 12 de enero de 1869, tras 82 días de libertad, Bayamo ardió por decisión de su pueblo, en uno de los gestos más heroicos de la historia cubana.
La provincia volvió a ser protagonista de la historia en la madrugada del 2 de diciembre de 1956, cuando el yate Granma —procedente de Tuxpan, México, con 82 expedicionarios a bordo encabezados por Fidel Castro— tocó tierra en un manglar de la zona de Los Cayuelos, cerca de Playa Las Coloradas, en el municipio de Niquero. El desembarco fue accidentado y el grupo, delatado y perseguido por el ejército, quedó casi aniquilado en Alegría de Pío pocos días después.
El lugar está protegido hoy por el Parque Nacional Desembarco del Granma, declarado Patrimonio Natural de la Humanidad por la Unesco en 1999, no solo por su valor histórico sino por sus espectaculares terrazas marinas de piedra caliza, escalonadas sobre el mar, únicas en el mundo. Cada 2 de diciembre se conmemora allí el Día de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.
Desde el desembarco, los revolucionarios sobrevivientes se internaron en la Sierra Maestra, la cordillera más alta de Cuba, coronada por el Pico Turquino, de 1.974 metros, que se extiende por el sur de Granma y Santiago de Cuba. Entre sus montañas boscosas instalaron la Comandancia de La Plata, cuartel general de Fidel Castro, y libraron durante dos años la guerra de guerrillas que terminó con el triunfo del 1 de enero de 1959.
Aquellas cumbres, donde combatieron Fidel, Raúl, el Che, Camilo Cienfuegos y Celia Sánchez, se convirtieron en el gran símbolo de la Revolución. Hoy la Sierra Maestra combina ese enorme valor histórico con paisajes de montaña, senderos hacia el Turquino y una naturaleza exuberante, y sigue siendo uno de los lugares más cargados de memoria de toda Cuba.
El territorio de Guantánamo, en el extremo oriental de la isla, alberga la villa más antigua del país: Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa, fundada en 1511 por Diego Velázquez como primera capital de Cuba y sede del primer obispado de la isla. Aislada durante siglos por las montañas de la Sierra del Purial, a la que solo se llegaba por mar hasta que en el siglo XX se abrió el viaducto de La Farola, Baracoa conservó una identidad singular y una naturaleza exuberante.
Según la tradición, en su iglesia parroquial se guarda la Cruz de la Parra, una de las cruces que Colón habría plantado a su llegada, considerada una de las reliquias cristianas más antiguas de América. Rodeada de selva, bañada por los ríos Miel, Duaba y Toa y coronada por la mesa plana del Yunque, Baracoa tiene un inconfundible ambiente de fin del mundo tropical.
Baracoa es la capital cubana del cacao y del chocolate: en las riberas de sus ríos, a la sombra de las palmas reales, se cultivan los cacaotales que abastecen a la principal industria chocolatera del país. El fruto forma parte esencial de la vida y la economía de la región.
Su cocina, única en Cuba, gira en torno al coco y al cacao: platos como el 'bacán' (tamal de plátano con coco y cangrejo), el pescado en leche de coco y el dulce de coco, o el 'cucurucho' —una golosina de coco, frutas y miel envuelta en hoja de palma—, hacen de Baracoa un destino gastronómico distinto a cualquier otro de la isla, fruto de su largo aislamiento.
La ciudad de Guantánamo, capital provincial, es conocida en el mundo entero por la canción 'Guantanamera', el son montuno cuyos versos más famosos se basan en los 'Versos sencillos' de José Martí y que se ha convertido en un himno cubano universal, cantado en decenas de idiomas.
Su nombre está asociado también a la Base Naval de Guantánamo, un enclave que Estados Unidos ocupa desde 1903 en virtud de la Enmienda Platt y de un tratado de arrendamiento que Cuba considera impuesto e ilegítimo. La base, célebre por su prisión militar abierta en 2002, sigue siendo motivo de reclamo permanente por parte del gobierno cubano, que exige la devolución de ese territorio.
Más allá de esa fama internacional, la provincia guarda una fuerte cultura campesina y afrocaribeña, con marcadas influencias franco-haitianas heredadas de la inmigración de los siglos XVIII y XIX. Bailes como la tumba francesa y el changüí —un ritmo campesino considerado antecesor del son, nacido en los montes guantanameros— forman parte de su rico patrimonio musical.
El changüí, con su tres, su bongó y su marímbula, es una de las raíces más profundas de la música cubana y se celebra cada año en festivales que reúnen a los soneros del oriente. Esa herencia hace de Guantánamo una de las provincias con la identidad musical más antigua y singular de toda la isla.
Guantánamo es una de las provincias de mayor biodiversidad de Cuba. En su territorio, compartido con Holguín, se extiende el Parque Nacional Alejandro de Humboldt, declarado Patrimonio Natural de la Humanidad por la Unesco en 2001, uno de los ecosistemas insulares más ricos y mejor conservados del Caribe, con un altísimo grado de endemismo en su flora y fauna, incluida el ave más pequeña del mundo, el zunzuncito.
El río Toa, el más caudaloso del país, y la exuberante pluviselva que rodea a Baracoa completan un paisaje único, donde la naturaleza tropical de Cuba alcanza su máxima expresión. Entre la primera villa, el chocolate, el changüí y la selva, Guantánamo ofrece una de las experiencias más auténticas y salvajes de la isla.
La costa norte de Holguín tiene un lugar de honor en la historia de América: fue allí, en la bahía de Bariay, donde según la tradición Cristóbal Colón desembarcó el 27 de octubre de 1492, a bordo de la Niña, la Pinta y la Santa María, y pronunció su célebre elogio de la isla como la tierra más hermosa que ojos humanos vieron. Hoy un parque monumento en Bariay recuerda aquel primer encuentro entre el Viejo y el Nuevo Mundo.
Frente al lugar del desembarco se alza la Silla de Gibara, la montaña de cima plana que, se dice, Colón describió en su diario. La bahía de Bariay y su entorno conservan así un valor simbólico enorme como puerta de entrada de Europa al continente americano.
La región estaba densamente poblada por taínos, cuyo legado arqueológico es uno de los más ricos de todo el Caribe. El sitio de Chorro de Maíta, en el municipio de Banes, alberga el mayor cementerio aborigen descubierto en Cuba, con más de un centenar de enterramientos de una aldea que existió desde hace más de mil años, y fue declarado Monumento Nacional en 1991.
Los hallazgos —cerámica, adornos de oro y de conchas, restos humanos— permiten reconstruir la vida de los pobladores originarios antes de la llegada de los españoles. Junto a una aldea taína reconstruida, Chorro de Maíta convierte a Holguín en uno de los grandes centros para conocer el pasado indígena de Cuba.
La ciudad de Holguín tiene su origen en un hato de tierras que, según la tradición, adquirió el capitán Francisco García Holguín; el territorio tomó el nombre de San Isidoro de Holguín en 1720 y fue declarado municipio en 1752. Se la conoce como 'la ciudad de los parques' por sus numerosas plazas ajardinadas, como el Parque Calixto García.
Desde la Loma de la Cruz, un mirador al que se asciende por una larga escalinata de más de 450 peldaños coronada por una cruz, se domina toda la urbe y su entorno de sabanas y lomas. Holguín es una ciudad tranquila, universitaria y culta, corazón administrativo de una de las provincias más pobladas del oriente.
La costa norte de Holguín concentra algunas de las mejores playas del oriente cubano. Guardalavaca, Playa Esmeralda y Playa Pesquero forman uno de los principales polos turísticos de la isla, con arenas blancas, aguas cristalinas y arrecifes de coral cercanos, servidos por una cadena de hoteles todo incluido en un entorno de bahías y colinas verdes.
Esta franja costera, protegida por cayos y ensenadas y con una rica biodiversidad marina, convirtió a Holguín en un destino de sol y playa de fama internacional, complementado por la naturaleza montañosa del interior y por parques naturales como el de Bariay o los cayos vírgenes de Saetía.
En la costa se asienta Gibara, una hermosa villa marinera del siglo XIX apodada 'la Villa Blanca', que conserva su arquitectura colonial, su malecón y los restos de sus fortificaciones, y que acoge cada año un reconocido festival internacional de cine, heredero del antiguo Festival de Cine Pobre fundado por Humberto Solás.
Holguín es también tierra de fuertes tradiciones campesinas —cuna de la fiesta de las Romerías de Mayo— y de la mayor riqueza mineral de Cuba: en el municipio de Moa, en el extremo oriental de la provincia, se explotan enormes yacimientos de níquel y cobalto, base de una de las industrias mineras más importantes del país. Naturaleza, historia, arqueología, cultura e industria conviven en una de las provincias más completas del oriente cubano.
Situada al sur de la isla principal, en el golfo de Batabanó, la Isla de la Juventud es la segunda más grande de Cuba y tiene un estatuto administrativo singular: es un municipio especial dependiente directamente del gobierno nacional, no una provincia. Fue avistada por Cristóbal Colón en junio de 1494, durante su segundo viaje, y él la bautizó La Evangelista.
Conocida durante siglos como Isla de Pinos por sus pinares, quedó al margen de la colonización y, gracias a sus ensenadas, ríos y cuevas, se convirtió en refugio de piratas y corsarios que acechaban a las flotas españolas. Aquellas historias de bucaneros, tesoros escondidos y mapas secretos hicieron que también se la conociera como Isla de Cotorras e Isla del Tesoro.
La fama pirata de la isla dejó huella en la literatura universal. Se cita a menudo que sus paisajes y sus leyendas de bucaneros habrían inspirado a Robert Louis Stevenson su célebre novela 'La isla del tesoro' (1883), y también se la relaciona con el imaginario de 'Peter Pan' de J. M. Barrie, ambientado en una isla de piratas.
Más allá de la certeza histórica de esas influencias, lo cierto es que la Isla de Pinos encarnó durante siglos el arquetipo de la isla caribeña de piratas y tesoros escondidos, un lugar remoto y misterioso a la sombra de la gran isla de Cuba, que alimentó la imaginación de viajeros y escritores.
En el siglo XX, la Isla de Pinos albergó el Presidio Modelo, una enorme cárcel construida entre 1926 y 1931 con cuatro edificios circulares de tipo panóptico inspirados en un penal de Illinois, capaz de albergar a miles de reclusos vigilados desde una torre central. Fue uno de los presidios más duros de Cuba.
Allí estuvo preso Fidel Castro entre 1953 y 1955, tras el asalto al cuartel Moncada, junto a su hermano Raúl y otros moncadistas. Durante su reclusión reconstruyó y contrabandeó hacia el exterior su alegato de defensa, 'La historia me absolverá', que se convertiría en el programa de la Revolución. Hoy el Presidio Modelo, cerrado en 1967, es un museo que recuerda aquel capítulo decisivo.
Tras el triunfo de la Revolución, la isla se convirtió en un gran proyecto educativo. A partir de los años sesenta y setenta recibió a miles de jóvenes estudiantes cubanos y de decenas de países del entonces llamado Tercer Mundo —de África, Asia y América Latina—, que combinaban el estudio con el trabajo agrícola en sus numerosas escuelas secundarias en el campo, rodeadas de plantaciones de cítricos.
En homenaje a aquella multitud de jóvenes, Fidel Castro presidió el 3 de agosto de 1978 la ceremonia en que la Isla de Pinos pasó a llamarse oficialmente Isla de la Juventud, nombre que conserva hasta hoy. Aquel experimento educativo internacional marcó una época singular en la historia del lugar.
El municipio especial incluye numerosos cayos del archipiélago de los Canarreos, entre los que destaca Cayo Largo del Sur, un paraíso de arena blanquísima y aguas turquesas dedicado casi por entero al turismo, con playas como Sirena y Paraíso consideradas entre las mejores del país, y colonias de tortugas marinas e iguanas.
La propia Isla de la Juventud, en cambio, mantiene un carácter tranquilo y poco visitado, con excelentes fondos para el buceo —como los de la reserva de Punta Francés, en el sur— y con pinturas rupestres precolombinas en las cuevas de Punta del Este, un conjunto de más de doscientos dibujos dejados por los primeros pobladores guanahatabeyes, considerado uno de los más importantes del Caribe y bautizado como la 'Capilla Sixtina' del arte rupestre antillano.
San Cristóbal de La Habana fue una de las siete primeras villas de Cuba; tras varios traslados, se estableció en su emplazamiento definitivo, junto a la magnífica bahía de bolsa, en 1519, bajo una ceiba en el actual Templete. Su puerto profundo, protegido y de boca estrecha la convirtió muy pronto en la escala clave del imperio español: allí se reunían las flotas cargadas de plata de México y el Perú antes de cruzar juntas el Atlántico rumbo a Sevilla.
Esa riqueza atrajo a piratas y corsarios, lo que obligó a la corona a fortificar la ciudad con imponentes castillos como el de la Real Fuerza, el Morro y, más tarde, la Cabaña. En 1607, La Habana se convirtió en capital de la isla, desplazando a Santiago de Cuba, y creció hasta ser una de las urbes más importantes y pobladas del Nuevo Mundo.
En 1762, en el marco de la Guerra de los Siete Años, una poderosa escuadra británica sitió y tomó La Habana, que permaneció casi once meses bajo dominio inglés. Aquella ocupación abrió por primera vez el comercio de la ciudad a nuevos mercados y aceleró la entrada de esclavos y mercancías. En 1763, Inglaterra devolvió La Habana a España a cambio de la Florida.
Durante los siglos XVIII y XIX, el auge del azúcar y del tabaco hizo de La Habana una ciudad opulenta, con palacios, iglesias, teatros y paseos como el Prado. En 1837 se inauguró el primer ferrocarril de toda Hispanoamérica, tendido para transportar la caña, mucho antes que el de la propia España. La ciudad se llenó de una burguesía criolla enriquecida y de una vida cultural intensa que la situó entre las capitales más brillantes del continente.
En la madrugada del 15 de febrero de 1898, la explosión del acorazado estadounidense Maine en la bahía de La Habana, con 266 muertos, precipitó la guerra que puso fin al dominio español sobre Cuba. Cuatro años después, el 20 de mayo de 1902, la ciudad vio nacer la República en el Palacio de los Capitanes Generales.
Las primeras décadas republicanas fueron para La Habana una época dorada de arquitectura ecléctica, art déco y luego moderna, con el Capitolio inaugurado en 1929 —inspirado en el de Washington—, grandes hoteles, cabarets como Tropicana, casinos ligados a la mafia estadounidense y una música que sonaba en cada esquina. La capital fue también escenario central de la política cubana, del glamour prerrevolucionario y, tras el 1 de enero de 1959, del nuevo poder revolucionario que la transformó por completo.
El casco histórico de la ciudad, La Habana Vieja, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1982, junto con su sistema de fortificaciones coloniales. Sus plazas —la Plaza Vieja, la Plaza de la Catedral, la Plaza de Armas, la Plaza de San Francisco—, sus calles empedradas y sus edificios de siglos han sido restaurados por la Oficina del Historiador en uno de los mayores y más admirados proyectos de rehabilitación urbana de América Latina.
Más allá del casco antiguo se extienden barrios de enorme personalidad: Centro Habana, con su bullicio; el Vedado, con sus mansiones y su vida nocturna; y el residencial Miramar. El Malecón, la avenida marítima de casi ocho kilómetros, es el gran salón al aire libre de los habaneros, azotado por las olas en los días de norte.
La Habana es una de las grandes capitales musicales del planeta. En sus calles, cafés y academias se desarrollaron o popularizaron el son, el danzón —baile nacional de Cuba—, el bolero, el mambo, el chachachá y, más tarde, la salsa, el filin, la timba y buena parte de la música latina moderna. Fue también cuna del cine cubano, de la literatura de Alejo Carpentier y Guillermo Cabrera Infante, y de una vida cultural que sigue latiendo con fuerza.
Los autos clásicos estadounidenses de los años cincuenta, convertidos en almendrones y taxis, ruedan aún por sus avenidas como cápsulas del tiempo. Entre la música que brota de cada esquina, el olor a tabaco y ron, el mar del Malecón y la arquitectura de cinco siglos, La Habana se ha convertido en un símbolo mundial y en el gran centro político, cultural y turístico de Cuba.
La ciudad de Las Tunas, fundada como Victoria de Las Tunas en torno a la parroquia de San Jerónimo hacia fines del siglo XVIII, tomó su nombre de la tuna, un cactus abundante en la comarca. Elevada a villa en 1848 y a ciudad en 1853, se ganó el sobrenombre de 'Balcón del Oriente cubano' por su posición estratégica en la entrada de la región oriental de la isla, como umbral y puerta de paso entre el centro y el oriente de Cuba.
Esa condición de frontera geográfica marcó su destino histórico. Situada en el punto donde la isla comienza a estrecharse hacia el oriente montañoso, Las Tunas fue durante siglos un cruce obligado de caminos ganaderos y, más tarde, de ferrocarriles y carreteras, un mirador natural desde el que se asoma la región cuna de las gestas independentistas cubanas.
De llanuras extensas y economía tradicionalmente pastoril, la comarca conservó un carácter rural y campesino que sigue definiendo su identidad y su ritmo pausado.
Durante las guerras de independencia, Las Tunas fue escenario de algunos de los episodios más dramáticos y heroicos de la lucha mambisa, protagonizados por su hijo más ilustre, el general Vicente García González (1833-1886), uno de los grandes jefes militares de la Guerra de los Diez Años. El 26 de septiembre de 1876, para impedir que la ciudad cayera de nuevo en manos españolas, García ordenó incendiarla, pronunciando la frase que hoy figura en el escudo de la ciudad: 'Tunas, con dolor de mi alma te incendio, pero te prefiero ver reducida a cenizas antes que esclava'.
Aquella táctica de tierra quemada destruyó buena parte de la arquitectura colonial, pero se convirtió en símbolo del sacrificio y la determinación del pueblo tunero. Años después, ya en la guerra de 1895, las tropas mambisas —esta vez al mando del general Calixto García— volvieron a tomar la ciudad en un célebre asalto en agosto de 1897, en el que se emplearon los primeros cañones fabricados por los propios insurrectos.
Esa historia de fuego y rebeldía dejó a Las Tunas un patrimonio histórico menos monumental que el de otras villas coloniales, pero una memoria patriótica intensísima, encarnada en la figura de Vicente García, cuya casa natal es hoy museo.
Las Tunas es conocida hoy como la 'Capital de la Escultura' de Cuba, por la extraordinaria cantidad de obras que adornan sus calles, plazas, parques y espacios públicos y por los eventos escultóricos nacionales e internacionales que acoge con regularidad. Desde grandes piezas monumentales hasta esculturas de pequeño formato, la ciudad se ha convertido en una suerte de museo al aire libre único en el país.
Esta identidad artística, relativamente reciente, le dio a la ciudad —cuyo casco antiguo había sido arrasado por el fuego en 1876— un nuevo rostro y una singularidad que la distingue en el mapa cultural cubano. Ferias, bienales y encuentros de escultores han poblado la urbe de figuras de piedra, madera y metal, muchas de ellas inspiradas en la naturaleza, la historia y las tradiciones locales.
Así, de las cenizas de la ciudad incendiada por Vicente García surgió, con el tiempo, una capital del arte escultórico que reivindica con orgullo su nueva vocación creativa.
Las Tunas es también la capital cubana de la cultura campesina y del canto improvisado. La provincia rinde culto al poeta popular Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, 'El Cucalambé', nacido en la comarca en el siglo XIX, considerado el máximo cultivador de la décima —la estrofa de diez versos— y del romancero guajiro. El Cucalambé dibujó en sus versos la vida y el paisaje rural de la finca El Cornito, en las afueras de la ciudad, donde transcurrió parte de su vida.
En su honor se celebra cada año, a fines de junio y comienzos de julio, la Jornada Cucalambeana, la mayor fiesta de la décima y del punto guajiro de Cuba, que reúne en El Cornito a poetas repentistas, campesinos y artistas de todo el país. El punto guajiro, el canto improvisado de raíz campesina, fue declarado por la Unesco Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2017, y Las Tunas es uno de sus grandes santuarios.
Esa tradición del verso improvisado, de la guitarra, el tres y el laúd, hace de la provincia un corazón vivo de la identidad campesina cubana, la del guajiro y su décima.
Con una economía basada históricamente en la ganadería, la caña de azúcar y la agricultura, Las Tunas conserva el carácter de una provincia rural y auténtica, de llanuras extensas y ritmo pausado, fiel a su papel de umbral entre el centro y el oriente de la isla. Sus sabanas sostienen una importante actividad pecuaria, y sus campos, cañaverales y centrales azucareros que marcaron el desarrollo del siglo XX.
En la costa norte, el municipio de Puerto Padre —conocido como la 'Villa Azul' por su bahía— fue uno de los grandes puertos azucareros del oriente cubano, con centrales como el Chaparra y el Delicias, entre los mayores de Cuba a comienzos del siglo XX, levantados por capital estadounidense. Puerto Padre conserva su fortaleza colonial, el Fuerte de la Loma, y una fuerte identidad marinera y azucarera.
En su litoral norte, Las Tunas guarda playas poco explotadas y de gran belleza, como Playa Covarrubias, de arena blanca, aguas cristalinas y arrecifes de coral cercanos, uno de los tramos costeros más limpios y tranquilos del oriente cubano y sede de algunos hoteles todo incluido lejos de las grandes aglomeraciones. La ausencia de masificación es precisamente uno de sus mayores encantos.
Esta combinación de historia patriótica, cultura campesina, arte escultórico y naturaleza costera define a una provincia todavía poco conocida por el gran turismo internacional pero profundamente cubana en su esencia. Las Tunas, la puerta del oriente, invita a descubrir una Cuba rural y auténtica, la del guajiro, la décima, el ganado y las playas solitarias, muy distinta de la de los grandes destinos masivos.
La ciudad de Matanzas fue fundada el 12 de octubre de 1693 como San Carlos y San Severino de Matanzas, sobre una bahía profunda y entre los ríos San Juan, Yumurí y Canímar, lo que le valió el apodo de 'la ciudad de los puentes', pues diecisiete de ellos cruzan sus corrientes. Su nombre —'matanzas'— alude a una vieja tradición sobre la muerte de un grupo de soldados españoles a manos de los indígenas en el siglo XVI.
En el siglo XIX, Matanzas vivió una intensa vida cultural que la consagró como 'la Atenas de Cuba', título proclamado en 1860 por el director de su Liceo Artístico y Literario. Poetas, periódicos, teatros como el Sauto y una vibrante actividad intelectual hicieron de ella un centro literario y musical de primer orden en toda la isla.
Matanzas es una de las grandes cunas de la cultura afrocubana. Aquí nacieron o se desarrollaron la rumba —proclamada por la Unesco Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2016— y el danzón, el baile nacional de Cuba, y perviven con enorme fuerza las tradiciones religiosas de origen africano llegadas con los esclavos de los ingenios, como la santería y el culto arará.
Barrios como Marina y Pueblo Nuevo son santuarios vivos de la rumba, con sus tambores, cantos y bailes transmitidos de generación en generación. Esa herencia africana, fruto directo de la esclavitud de las plantaciones, convirtió a la provincia en uno de los corazones espirituales y musicales de la identidad cubana.
Durante el siglo XIX, las llanuras de Matanzas se convirtieron en el epicentro del boom azucarero cubano. Cientos de ingenios cubrieron la provincia y con ellos llegó la mayor concentración de africanos esclavizados de la isla, cuyo trabajo sostuvo una fortuna azucarera colosal. Esa historia dejó una huella profunda en la demografía, la cultura y el paisaje matancero.
De aquellas tensiones nació también una intensa resistencia: la provincia fue escenario de conspiraciones y rebeliones de esclavos, como la reprimida 'Conspiración de La Escalera' de 1843-1844, que desató una feroz represión contra negros libres y esclavos. El legado de aquel mundo de plantaciones sigue vivo hoy en la música, la religión y la memoria de la región.
El mayor imán turístico de la provincia —y de todo el país— es Varadero, en la península de Hicacos: más de veinte kilómetros de arena blanca y fina y aguas turquesas que forman el principal polo de sol y playa de Cuba, con decenas de hoteles todo incluido. A comienzos del siglo XX, Varadero fue lugar de veraneo de la élite, incluida la familia Dupont, cuya mansión Xanadú aún se conserva.
Hoy Varadero recibe cada año a una gran parte de los visitantes internacionales de la isla, convertido en sinónimo mundial de playa caribeña. Su desarrollo transformó la economía provincial y proyectó a Matanzas a la primera línea del turismo internacional.
Al sur se extiende la Ciénaga de Zapata, el mayor humedal del Caribe insular y Reserva de la Biosfera, refugio de cocodrilos, manatíes, flamencos y decenas de aves endémicas, y paraíso para el ecoturismo y la observación de aves. Fue además escenario histórico de la invasión de Bahía de Cochinos (Playa Girón) en abril de 1961, hoy recordada en un museo a pie de playa.
La provincia guarda también maravillas subterráneas como las cuevas de Bellamar —de las más antiguas abiertas al turismo en Cuba— y de Saturno, con sus piscinas naturales, y valles pintorescos como el del Yumurí. Entre playas, humedales, cuevas y una honda cultura afrocubana, Matanzas reúne algunos de los mayores atractivos naturales y culturales de la isla.
Mucho antes de la llegada de los españoles, las fértiles llanuras que hoy forman Mayabeque estaban habitadas por comunidades taínas y siboneyes que aprovechaban las aguas del río Mayabeque —al que llamaban Onicajinal o Güinicajinal— para el cultivo de la yuca, el maíz y el tabaco. La región de Güines formaba parte del extenso cacicazgo gobernado por el cacique Habaguanex, uno de los señores indígenas del occidente de la isla cuyo nombre ha quedado ligado para siempre a la memoria prehispánica del territorio.
El propio topónimo Mayabeque es de raíz arahuaca y designaba originalmente el río que riega el valle, un curso de agua modesto pero decisivo, porque su caudal permitiría siglos después convertir estas tierras en una de las comarcas agrícolas más productivas de Cuba. Como en el resto de la isla, la población originaria se desplomó en pocas décadas por las enfermedades europeas, el trabajo forzado en las encomiendas y la violencia de la conquista, y muy pronto los colonos comenzaron a importar africanos esclavizados para trabajar la tierra.
Durante los dos primeros siglos coloniales la región permaneció como un mosaico de hatos y corrales dedicados a la ganadería extensiva, apenas poblado, a la sombra de la cercana Habana. Solo con el auge azucarero del siglo XVIII estas llanuras comenzarían a transformarse en el paisaje de ingenios, cañaverales y caseríos que definiría su historia.
La colonización estable de la comarca cristalizó en una serie de villas surgidas entre los siglos XVII y XVIII. Batabanó, en la costa sur, fue mercedado como hato en 1559 y fundado formalmente como poblado en 1688; Bejucal se estableció como villa hacia 1714 y llegó a ser condado; Güines pasó de parroquia en 1690 a villa en 1769; y San José de las Lajas nació en 1778 en torno a un almacén levantado en el cruce del viejo camino real de La Habana a Güines, con parroquia inaugurada poco después.
San José de las Lajas, la actual capital provincial, creció precisamente por su condición de nudo de caminos entre la capital y el interior agrícola. Su posición estratégica la convirtió con el tiempo en un centro de comunicaciones, comercio e industria, mientras que Bejucal conserva el honor histórico de haber sido escenario de tempranas innovaciones y una vida urbana notable en el entorno de La Habana.
Aquella red de villas dio a la comarca una densidad de población y una vida institucional muy superiores a las de otras regiones rurales de Cuba, algo lógico dada su cercanía al mayor mercado consumidor de la isla. Cada una de estas poblaciones desarrolló su propia identidad, sus fiestas y sus tradiciones, que perviven hoy en la cultura de la joven provincia.
El gran protagonista económico de la región fue Güines, cuyo fértil valle vivió a fines del siglo XVIII y comienzos del XIX un espectacular auge azucarero. El número de ingenios se multiplicó de apenas seis en 1784 a veintiséis en 1804, en pleno estallido de la demanda mundial que siguió a la destrucción de las plantaciones de Haití. Aquella riqueza se levantó, como en toda Cuba, sobre el trabajo de miles de africanos esclavizados traídos a los cañaverales.
Güines fue además pionera en un adelanto técnico decisivo: en 1798 el Real Consulado de La Habana le concedió la facultad de distribuir las aguas del río Mayabeque, y así nació la Comunidad de Regantes de Güines, uno de los primeros grandes sistemas de regadío organizados de Cuba. El agua canalizada multiplicó la productividad de la tierra y convirtió al valle en un modelo agrícola admirado en toda la isla, capaz de sostener no solo caña, sino hortalizas, frutas y viandas.
Ese dinamismo tuvo también un temprano correlato industrial: instalaciones como el ingenio Alejandría —el primer trapiche movido por fuerza hidráulica de la zona, hoy Monumento Nacional en ruinas—, una fábrica de chocolate y dulce de guayaba montada por José Manuel Iturbe en 1840 y varias fábricas de almidón de yuca en la década de 1860 dan idea de la vitalidad económica de una comarca que abastecía a la cercana capital.
El auge azucarero necesitaba sacar la caña con rapidez hacia el puerto de La Habana, y esa necesidad convirtió a la comarca en cuna de un hito histórico: el primer ferrocarril de Cuba y de toda Hispanoamérica. La línea, inaugurada en 1837 entre La Habana y Bejucal y prolongada hasta Güines en 1839, se tendió mucho antes que el de la propia España y situó a Cuba entre los primeros países del mundo en contar con transporte ferroviario.
Aquel tren, pensado para transportar el azúcar del valle güinero, transformó la economía y la geografía de la región y anticipó la red ferroviaria que acabaría recorriendo toda la isla. Que semejante primicia tecnológica ocurriera precisamente en estas llanuras del este habanero da la medida de su importancia económica en la Cuba colonial.
El territorio también aportó su cuota a las luchas patrióticas: por él pasaron las columnas de Máximo Gómez y Antonio Maceo durante la invasión de 1895-1896, y de Güines era Raúl Gómez García (1928-1953), poeta revolucionario y una de las víctimas caídas tras el asalto al cuartel Moncada. Historia agrícola y compromiso político se entrelazan así en la memoria de Mayabeque.
En la costa sur, sobre el golfo de Batabanó, se encuentra el Surgidero de Batabanó, un puerto que durante décadas fue el gran centro cubano de la pesca de la esponja, actividad que dio fama y prosperidad a la localidad y atrajo a pescadores y comerciantes de toda la isla. Aquel comercio esponjero marcó la identidad marinera de una región volcada tradicionalmente hacia la agricultura.
Batabanó sigue siendo hoy la principal puerta de conexión marítima con la Isla de la Juventud: desde su embarcadero parten los ferris y catamaranes que cruzan el golfo hasta Nueva Gerona, lo que convierte a Mayabeque en punto de tránsito obligado para quienes viajan a ese municipio especial del sur cubano. La provincia posee además playas de arena oscura en su litoral meridional, como Playa Mayabeque, mientras su breve costa norte mira al estrecho de Florida.
Mayabeque nació administrativamente el 1 de agosto de 2010 —con efecto pleno en 2011—, cuando la antigua y extensa provincia de La Habana se dividió en dos: Artemisa al oeste y Mayabeque al este, con capital en San José de las Lajas. Es la provincia más pequeña de Cuba por superficie, pero una de las más productivas desde el punto de vista agrícola, gracias a la fertilidad de sus llanuras y a su cercanía al gran mercado de la capital.
Por esa combinación de suelos ricos y proximidad a la ciudad, Mayabeque funciona como una de las principales despensas del país: hortalizas, frutas, caña, tabaco y ganado abastecen buena parte de la demanda habanera. Esa vocación agrícola convive con instalaciones industriales y centros de investigación de peso en San José de las Lajas, lo que da a la provincia un perfil a la vez rural y moderno.
Aunque poco turística en comparación con sus vecinas, Mayabeque reúne un patrimonio histórico notable —el primer ferrocarril, los ingenios pioneros, el regadío de Güines, el puerto esponjero de Batabanó— que la convierte en una pieza clave para entender el desarrollo agrario y tecnológico del occidente cubano. Su cercanía a La Habana y su carácter de territorio de tránsito y abastecimiento definen a esta joven provincia de raíces coloniales muy profundas.
El occidente de Cuba fue el último refugio de los guanahatabeyes, el más antiguo y arcaico de los pueblos originarios de la isla, cazadores-recolectores y pescadores que habitaban las tierras que hoy forman Pinar del Río y la remota península de Guanahacabibes. Sin agricultura ni cerámica, vivían en cuevas y campamentos costeros y prácticamente habían desaparecido cuando llegaron los españoles.
Durante la colonia, la región —conocida como Nueva Filipina y organizada administrativamente en 1774 por orden del capitán general Felipe de Fondesviela, marqués de la Torre— permaneció apartada, boscosa y poco poblada, dedicada al tabaco, la ganadería y el corte de maderas preciosas. Su lejanía de La Habana la mantuvo como una frontera agreste durante buena parte del período colonial.
El tabaco define la identidad de Pinar del Río. La región de la Vuelta Abajo, colonizada a comienzos del siglo XIX sobre todo por inmigrantes canarios, fue designada oficialmente por el gobierno colonial como la zona que producía la mejor hoja de la isla, y con el tiempo se ganó fama mundial: de sus vegas sale el tabaco con que se elaboran los legendarios habanos, considerados los mejores puros del planeta.
En las vegas, los vegueros cultivan y curan la hoja siguiendo métodos casi artesanales que se transmiten de generación en generación: la siembra en los meses secos, la recolección hoja por hoja, el ensarte y el curado en las casas de tabaco de techo de guano que salpican el paisaje. Esa cultura tabacalera convirtió a la provincia en símbolo de uno de los productos más famosos de Cuba y en parada obligada para entender el origen del habano.
El corazón turístico de la provincia es el Valle de Viñales, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1999 como paisaje cultural, por la armonía entre su naturaleza y las técnicas tradicionales de cultivo del tabaco. Sus mogotes —colinas de piedra caliza de laderas verticales que emergen del valle como enormes lomos verdes, restos de un antiguo sistema de cuevas colapsado— crean uno de los paisajes más fotografiados de Cuba, salpicado de vegas, palmares y bohíos.
El pueblo de Viñales, surgido hacia 1878, conserva su ambiente rural de casas de portales y calles tranquilas. El subsuelo cárstico esconde grandes cavernas, como la Cueva del Indio y la Gran Caverna de Santo Tomás, la mayor de Cuba. Durante la colonia, estos montes también sirvieron de refugio a esclavos cimarrones fugados de las vegas.
Dos cordilleras recorren la provincia: la sierra de los Órganos, con sus mogotes, y la sierra del Rosario, más al este, cubierta de bosque húmedo. Estas montañas, junto a los valles y las cuevas, dan a Pinar del Río un enorme valor natural y la convierten en una de las regiones más verdes de la isla.
El occidente tuvo también su papel en las guerras de independencia. La épica Invasión de Oriente a Occidente de 1895-1896, encabezada por Antonio Maceo y Máximo Gómez, culminó precisamente en tierras pinareñas: tras atravesar toda Cuba, Maceo llevó la guerra hasta Mantua, en el extremo occidental, demostrando que ninguna parte de la isla estaba a salvo del ejército libertador. Aquella hazaña convirtió a Pinar del Río en escenario del cierre simbólico de la gesta mambisa.
Hacia el extremo oeste, la península de Guanahacabibes es una Reserva de la Biosfera de bosques semideciduos y costas casi vírgenes que termina en el cabo de San Antonio, el punto más occidental de Cuba. Sus fondos marinos, en la zona de María la Gorda, están entre los mejores del país para el buceo, con arrecifes de coral y abundante vida marina en aguas transparentes.
En la costa norte, los cayos Jutías y Levisa ofrecen playas solitarias de arena blanca unidas a tierra firme por pedraplenes y embarcaderos, ideales para quienes buscan mar y tranquilidad lejos de los grandes complejos hoteleros. Entre montañas, cuevas, vegas de tabaco y cayos, Pinar del Río combina como pocas provincias la naturaleza y la cultura campesina cubana en su estado más puro.
La provincia de Sancti Spíritus guarda dos de las siete villas originales fundadas por Diego Velázquez, ambas en 1514: Sancti Spíritus y la Santísima Trinidad. Figuran entre los asentamientos más antiguos de Cuba y del continente americano, y conservan un patrimonio colonial excepcional.
La ciudad de Sancti Spíritus, atravesada por el río Yayabo y su histórico puente de piedra de estilo románico —único de su tipo en Cuba—, mantiene un casco antiguo de calles empedradas, plazas e iglesias, como la parroquial mayor del Espíritu Santo, que testimonian cinco siglos de historia en el centro de la isla.
Trinidad, la tercera villa de Cuba, es una de las ciudades coloniales mejor conservadas de toda América. Fundada a comienzos de 1514, se enriqueció enormemente con el azúcar y el comercio en los siglos XVIII y XIX. Cuando la economía azucarera decayó, la ciudad quedó 'congelada en el tiempo', lo que preservó intactos sus palacios, sus plazas empedradas, sus iglesias y sus casas de tejas.
Desde la expedición de Trinidad partió en 1518 Hernán Cortés a reclutar hombres para la conquista de México. Pasear hoy por sus calles adoquinadas, subir a la Plaza Mayor o asomarse a los patios de sus mansiones es viajar directamente a la Cuba colonial de hace dos siglos.
En 1988, la Unesco declaró Patrimonio de la Humanidad a Trinidad y al vecino Valle de los Ingenios, un conjunto de más de 275 km² con las ruinas de decenas de haciendas azucareras coloniales —torres, casas de hacienda, ingenios y barracones— que testimonian el esplendor y también el drama de la industria azucarera basada en la esclavitud.
Hacia 1837, en el valle coexistían unos 56 ingenios con cerca de 11.600 esclavos, muchos de ellos de las familias Iznaga, Borrell y Brunet. Su símbolo más famoso es la torre de Manaca Iznaga, de 45 metros de altura, levantada por Alejo María Iznaga hacia 1816: desde ella se vigilaba a los esclavos que trabajaban en los cañaverales, y su campana marcaba las jornadas.
Al oeste de Trinidad se alza la sierra del Escambray, la segunda cordillera de Cuba, donde el parque natural de Topes de Collantes ofrece bosques, ríos, cascadas como el Salto del Caburní y algunos de los mejores senderos del país, en un entorno de montaña fresca y húmeda.
Estas montañas fueron también escenario de la lucha guerrillera: primero de la Revolución, y luego de la llamada 'lucha contra bandidos' de los años sesenta, cuando grupos alzados contra el nuevo gobierno se refugiaron en la sierra. Hoy el Escambray es un destino de naturaleza que complementa a la perfección la visita a la ciudad colonial.
En la costa sur, a pocos kilómetros de Trinidad, la Playa Ancón, sobre la península de igual nombre, es una de las mejores playas de la costa caribeña de Cuba: arena blanca, aguas cálidas y transparentes y arrecifes de coral cercanos ideales para el buceo y el esnórquel.
Así, en apenas unos kilómetros, la provincia de Sancti Spíritus reúne ciudad colonial, valle azucarero patrimonial, montaña y mar, lo que la convierte en una de las regiones más completas y visitadas del centro de la isla, y en una escala imprescindible para entender el pasado y la belleza de Cuba.
Santiago de Cuba, fundada el 25 de julio de 1515 por Diego Velázquez, fue la séptima villa de la isla y su primera capital, condición que mantuvo desde 1522 hasta que en 1607 el gobierno se trasladó definitivamente a La Habana. Durante casi un siglo fue la ciudad más importante de Cuba y la base de la expansión española por el continente.
Desde Santiago partieron expediciones decisivas de la conquista: la de Hernán Cortés hacia México en 1518 —Cortés fue de hecho el primer alcalde de la villa—, la de Juan de Grijalva y la de Hernando de Soto hacia la Florida en 1538. Su bahía amplia y protegida la convirtió en un puerto estratégico, defendido desde el siglo XVII por el imponente castillo de San Pedro de la Roca, el Morro de Santiago, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1997.
Su posición en el extremo oriental, de cara al mar Caribe y cercana a las Antillas francesas e inglesas, le dio a Santiago una impronta intensamente caribeña y un mestizaje profundo. A fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, la llegada de miles de colonos y esclavos franco-haitianos que huían de la Revolución Haitiana reforzó ese carácter y trajo el café, nuevos bailes y la cultura de la tumba francesa, que aún pervive.
Ese crisol de influencias españolas, africanas y franco-caribeñas hizo de Santiago una de las ciudades más ricas culturalmente de toda Cuba, con una identidad propia, orgullosa y alegre, muy distinta de la de la capital y del occidente de la isla.
Santiago ocupa un lugar central en la historia revolucionaria de Cuba. El 26 de julio de 1953, Fidel Castro y un grupo de jóvenes asaltaron el cuartel Moncada de la ciudad; el ataque fracasó, pero dio nombre al Movimiento 26 de Julio y marcó el inicio de la lucha armada contra Batista. La ciudad fue también foco de una intensa resistencia urbana clandestina, encabezada por el joven maestro Frank País, asesinado por la policía en 1957.
Por su papel en las guerras de independencia y en la Revolución, Santiago recibió el título de 'Ciudad Héroe de la República de Cuba'. No es casual que fuera allí, en la noche del 1 de enero de 1959, donde Fidel Castro proclamó el triunfo de la Revolución desde el balcón del ayuntamiento. En su histórico cementerio de Santa Ifigenia reposan José Martí, Carlos Manuel de Céspedes, Frank País y el propio Fidel Castro.
Santiago es una de las grandes capitales musicales de Cuba: cuna del son —del que derivan la salsa y buena parte de la música caribeña—, del bolero, de la trova tradicional y del canto coral. La Casa de la Trova santiaguera es un templo de la música cubana, y la ciudad ha dado figuras legendarias a la cultura de la isla.
Es también sede del carnaval más famoso, antiguo y bullicioso del país, que llena las calles de congas, comparsas y tambores en pleno calor de julio, coincidiendo con las fiestas patronales. Y es la ciudad del ron: allí, en 1862, Facundo Bacardí Massó fundó la fábrica que dio origen a una de las marcas de ron más famosas del mundo, hoy elaborado en Cuba como Ron Caney.
A pocos kilómetros de la ciudad, en el antiguo poblado minero de El Cobre, se alza la Basílica Santuario de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba. La devoción a la 'Cachita' une a católicos y a devotos de las religiones afrocubanas, que la identifican con la orisha Ochún, y cada 8 de septiembre atrae a miles de peregrinos de toda la isla.
La leyenda cuenta que, a comienzos del siglo XVII, tres pescadores hallaron flotando en la bahía de Nipe una pequeña imagen de la Virgen con la inscripción 'Yo soy la Virgen de la Caridad'. Entre el son, el ron, la historia revolucionaria y la fe, Santiago de Cuba condensa como pocas ciudades el alma caribeña, mestiza y rebelde de la isla.
El territorio de Villa Clara guarda una de las villas más antiguas de Cuba: San Juan de los Remedios, fundada en las primeras décadas del siglo XVI y considerada tradicionalmente la octava villa de la isla, tras las siete originales de Diego Velázquez. Situada cerca de la costa norte, fue durante generaciones un próspero puerto de contrabando, tan expuesto a los ataques de piratas y corsarios que su historia quedó marcada por el miedo al mar.
Aquel acoso constante provocó, a fines del siglo XVII, un episodio insólito: un grupo de familias remedianas, cansadas de las incursiones, decidió abandonar la villa y fundar tierra adentro un nuevo asentamiento más seguro. De aquel éxodo nació Santa Clara. Remedios, sin embargo, sobrevivió y conservó su magnífico centro histórico, con sus dos iglesias frente a la misma plaza —caso único en Cuba— y su ambiente colonial intacto.
Hoy Remedios es célebre sobre todo por sus Parrandas, una de las fiestas populares más espectaculares del país, y por ser la localidad más antigua de la provincia, un tesoro colonial que compite en belleza con Trinidad o Camagüey.
Santa Clara fue fundada el 15 de julio de 1689 por un grupo de familias procedentes de Remedios que, huyendo de los ataques piratas de la costa, se establecieron en el interior y celebraron su primera misa bajo un frondoso tamarindo, en el lugar donde hoy se levanta el parque Vidal, corazón de la ciudad. La villa recibió el nombre de Santa Clara de Asís y creció con rapidez gracias a su posición central en la isla.
Con el tiempo, Santa Clara se convirtió en la ciudad más importante del centro de Cuba y en un cruce de caminos y ferrocarriles que unía el occidente con el oriente. En 1867 quedó conectada por vía férrea, y su ubicación estratégica —en el mismísimo centro geográfico de la isla— determinaría su destino en los momentos decisivos de la historia cubana. En 1878 pasó a ser capital de la antigua provincia de Las Villas, y desde 1976 lo es de la actual Villa Clara.
Santa Clara es conocida como 'la ciudad de Marta Abreu y del Che'. Marta Abreu de Estévez (1845-1909), rica benefactora y patriota, financió con su fortuna la causa independentista desde el exilio y dotó a la ciudad de escuelas, lavaderos públicos, asilos, una planta eléctrica y el hermoso Teatro La Caridad, inaugurado en 1885 y considerado uno de los grandes teatros coloniales de Cuba.
En su honor, el himno local, 'La Villaclareña', estrenado el 28 de febrero de 1895, celebra el alumbrado eléctrico con que Marta Abreu iluminó la ciudad, un lujo insólito para la época. Su figura, generosa y comprometida, convirtió a Santa Clara en un ejemplo de mecenazgo cívico y la vinculó para siempre a los ideales de progreso e independencia.
Esa tradición ilustrada y de compromiso social forma parte del carácter de una ciudad que también fue cuna de una universidad de prestigio, la Universidad Central 'Marta Abreu' de Las Villas, fundada en 1952.
Santa Clara ocupa un lugar central en la historia de la Revolución cubana. A fines de diciembre de 1958, una columna guerrillera comandada por Ernesto 'Che' Guevara llegó al centro de la isla y libró allí la batalla de Santa Clara, la última gran acción de la guerra. Con un puñado de combatientes, el Che logró descarrilar un tren blindado cargado de armas y municiones en el que viajaban más de 350 soldados del ejército de Batista, un golpe militar y psicológico demoledor.
La toma de la ciudad, consumada el 31 de diciembre de 1958, cortó en dos la isla y precipitó la huida del dictador Fulgencio Batista de madrugada, el 1 de enero de 1959. La victoria de Santa Clara es, por eso, uno de los momentos fundacionales de la Cuba revolucionaria, y el vagón descarrilado del tren blindado se conserva hoy como monumento en pleno centro urbano.
En 1997, los restos de Ernesto Guevara, hallados en Bolivia treinta años después de su muerte, fueron trasladados a Santa Clara y depositados en un imponente mausoleo coronado por su estatua, que se ha convertido en lugar de peregrinación y en el símbolo por excelencia de la ciudad.
La provincia es célebre en toda Cuba por las Parrandas Remedianas, una de las fiestas populares más antiguas y espectaculares del país, nacida en Remedios a comienzos del siglo XIX. Cada diciembre, los dos barrios históricos de la villa —El Carmen, representado por un gavilán, y San Salvador, por un gallo— compiten en una fastuosa rivalidad festiva a base de carrozas monumentales, trabajos de plaza iluminados, música ensordecedora y una batalla de fuegos artificiales que ilumina el cielo hasta el amanecer.
El 28 de noviembre de 2018, la Unesco reconoció las parrandas del centro de Cuba como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, consagrando una tradición que se extiende por otros pueblos de la región y que moviliza durante meses a comunidades enteras. Ruido, pólvora, ingenio popular y orgullo de barrio se funden en una de las expresiones festivas más genuinas del alma cubana.
Al sur, las montañas del Escambray, que Villa Clara comparte con Cienfuegos y Sancti Spíritus, fueron en los años sesenta escenario de la 'Lucha Contra Bandidos', una prolongada campaña del nuevo gobierno revolucionario contra grupos alzados en la sierra. Hoy esas alturas ofrecen naturaleza, embalses como el de Hanabanilla y senderos de montaña que contrastan con las llanuras cañeras del interior.
En la costa norte, el archipiélago Sabana-Camagüey guarda algunos de los destinos de playa más exclusivos de Cuba. Cayo Santa María, unido a tierra firme por un largo pedraplén de casi cincuenta kilómetros tendido sobre el mar, concentra grandes hoteles todo incluido frente a arenas blancas y aguas turquesas, junto a los vecinos Cayo Ensenachos y Cayo Las Brujas.
Estos cayos, poco poblados y de gran belleza natural, han convertido a Villa Clara en un importante polo de sol y playa que complementa su enorme riqueza histórica y cultural. Entre el mausoleo del Che, las Parrandas de Remedios, el Escambray y los cayos, la provincia condensa como pocas la diversidad de la isla.