En el extremo más oriental de Cuba, después de cruzar las montañas por una de las carreteras más espectaculares del país, aparece Baracoa: la villa más antigua de la isla y uno de sus rincones más mágicos. Durante siglos estuvo prácticamente incomunicada del resto de Cuba —solo se llegaba por mar— hasta que en 1965 se inauguró la carretera de La Farola, que la conectó por tierra. Ese aislamiento le permitió conservar una identidad única, una naturaleza desbordante y un ritmo de vida ajeno al de cualquier otro lugar de la isla.
Baracoa es naturaleza en estado puro: está rodeada de montañas cubiertas de selva, ríos caudalosos y limpios, playas vírgenes y una vegetación tropical exuberante, alimentada por las abundantes lluvias. La preside El Yunque, una montaña de cima plana y silueta inconfundible que ya impresionó a los primeros navegantes. Es además la 'capital' del cacao y el coco en Cuba, con una gastronomía propia y deliciosa —el cucurucho, el chocolate, los platos cocinados en leche de coco— que no se encuentra igual en ningún otro sitio.
Esta guía recorre lo esencial de Baracoa con mirada práctica y cálida: cómo llegar por La Farola, qué ver en su casco histórico cargado de historia (es la 'Ciudad Primada' de Cuba y guarda una reliquia atribuida a Colón), qué excursiones de naturaleza no perderse, dónde comer su cocina única y cómo organizar los días. Baracoa está lejos de todo, y por eso mismo es uno de los viajes más memorables que regala Cuba.
Baracoa es la villa más antigua de Cuba: fue la primera de las siete villas fundadas por el adelantado Diego Velázquez de Cuéllar, en 1511 (con el nombre de Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa), y la primera capital de la isla antes de que ese rango pasara a Santiago de Cuba. Antes de los españoles, la región estaba densamente poblada por los taínos, pueblo indígena de cuya cultura Baracoa conserva una herencia singular en su gente, su toponimia y sus tradiciones; la zona se vincula además a la figura del cacique Hatuey, símbolo de la resistencia indígena, capturado y ejecutado por los españoles en el oriente cubano. Una tradición muy arraigada sostiene que aquí Cristóbal Colón habría plantado, en su primer viaje (1492), una cruz de madera —la célebre Cruz de la Parra— que se conserva en la iglesia de la ciudad y que estudios habrían datado como compatible con esa época. Por su posición remota en el extremo oriental, Baracoa quedó durante siglos aislada del resto de la isla, comunicada casi exclusivamente por mar y defendida por fuertes coloniales contra piratas y corsarios. Ese aislamiento marcó su carácter y se mantuvo hasta 1965, cuando la inauguración de la carretera de La Farola la conectó por tierra con Guantánamo y Santiago. Su economía se basó históricamente en el cacao, el coco, el café y los productos de su exuberante naturaleza. Hoy, su entorno alberga el Parque Nacional Alejandro de Humboldt, Patrimonio Mundial de la Unesco por su extraordinaria biodiversidad. La historia completa está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓El extremo oriental de Cuba: tierra de Baracoa —la primera villa de la isla—, del río Toa y del chocolate, del son montuno del 'Guantanamera', de la controvertida base naval estadounidense y de la selva del Parque Alejandro de Humboldt.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Mucho antes de la llegada de los españoles, la región de Baracoa, en el extremo oriental de Cuba, estaba densamente poblada por los taínos, pueblo indígena de lengua arahuaca que habitaba buena parte de las Antillas. Vivían de la agricultura (el cultivo de la yuca y el maíz), la pesca, la caza y la recolección, en aldeas repartidas por la costa, los ríos y los valles de una tierra extraordinariamente fértil y húmeda. La toponimia de la zona —empezando por el propio nombre 'Baracoa', de origen indígena— y numerosos rasgos culturales conservan hasta hoy esa herencia.
La región oriental de Cuba está ligada además a la figura del cacique Hatuey, uno de los grandes símbolos de la resistencia indígena frente a la conquista. Según las crónicas, Hatuey, procedente de La Española (la actual isla de Santo Domingo y Haití), habría llegado a Cuba advirtiendo a los taínos locales sobre la crueldad de los españoles, y organizó la resistencia contra ellos. Capturado por las fuerzas de Diego Velázquez, fue condenado a morir en la hoguera; la tradición recoge episodios de su muerte que lo convirtieron en un mártir de la causa indígena.
Ese sustrato taíno es una de las claves de la identidad de Baracoa, que se reivindica como una de las zonas de Cuba donde más se conservó la herencia de los pueblos originarios, tanto en la fisonomía de sus habitantes como en sus tradiciones, su artesanía y su relación con la naturaleza. La región fue, así, escenario tanto del primer contacto colonial como de la primera resistencia.
Baracoa ostenta un título que ninguna otra ciudad cubana puede disputarle: ser la villa más antigua de Cuba. Fue la primera de las siete villas fundadas por el adelantado Diego Velázquez de Cuéllar en el proceso de conquista y colonización de la isla, establecida en 1511 con el nombre de Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa. Por ello se la conoce como la 'Ciudad Primada' de Cuba.
Además de la primera villa, Baracoa fue también la primera capital de la isla, sede del poder colonial en los primerísimos tiempos de la presencia española, antes de que la capitalidad pasara a Santiago de Cuba y, más tarde, a La Habana. En esos años iniciales, la villa fue cabeza de la naciente colonia y punto de partida de la expansión española por el resto de Cuba. Se erigió en ella el primer obispado de la isla, lo que reforzó su rango fundacional.
Sin embargo, su preeminencia fue breve. La propia geografía que más tarde la aislaría —su posición en un extremo remoto, separada del resto de la isla por montañas— jugó en contra de su papel central, y el eje del poder se desplazó hacia el oeste. Baracoa perdió pronto la capitalidad, pero conservó para siempre el honor de haber sido la primera villa y la primera capital de Cuba, un orgullo que sus habitantes reivindican hasta hoy.
La historia de Baracoa se entrelaza con la del propio descubrimiento de América. Una tradición muy arraigada sostiene que Cristóbal Colón, en su primer viaje de 1492, recaló en esta zona del oriente cubano y quedó impresionado por el paisaje, en particular por una montaña de cima plana que describió en sus crónicas. Muchos identifican esa montaña con El Yunque de Baracoa, cuya silueta tan característica habría servido de referencia a los navegantes.
Ligada a ese supuesto desembarco está la reliquia más famosa de la ciudad: la Cruz de la Parra, una cruz de madera que, según la tradición, habría sido plantada por Colón en estas tierras durante aquel primer viaje. De ser cierta, sería la única de las cruces dejadas por Colón en América que se conserva. La cruz se guarda en la iglesia parroquial de Baracoa y es objeto de gran devoción.
La reliquia ha sido sometida a estudios científicos. Los análisis de la madera habrían determinado que se trata de una especie local y que su antigüedad sería compatible con la época de Colón, lo que da verosimilitud a la tradición; sin embargo, la atribución directa al navegante pertenece más al ámbito de la fe y la leyenda que al de la certeza histórica documentada. Con el tiempo, la cruz fue recortada y protegida con un revestimiento metálico, porque los fieles arrancaban astillas como reliquias. Verdadera o no en su origen colombino, la Cruz de la Parra es un poderoso símbolo de la antigüedad y singularidad de Baracoa.
Tras perder la capitalidad, Baracoa quedó relegada por su posición geográfica a uno de los rincones más apartados de Cuba. Rodeada de montañas que la separaban del resto de la isla y abierta solo hacia el mar, la villa vivió durante siglos en un aislamiento casi total: el contacto con el resto de Cuba se hacía fundamentalmente por vía marítima, y por tierra el acceso era extraordinariamente difícil. Ese aislamiento moldeó profundamente su carácter, sus costumbres y su identidad, conservando rasgos —incluida la herencia taína— que en otras regiones se diluyeron.
Su condición costera y remota la hizo además vulnerable a las amenazas del mar. Durante la época colonial, piratas, corsarios y potencias rivales de España merodeaban las costas del Caribe, y Baracoa, como otros puertos, debía protegerse. Para ello se construyeron varios fuertes que aún se conservan y que hoy forman parte de su patrimonio: el Fuerte Matachín (actual museo municipal), el fuerte de la Punta y el del Castillo (el Seboruco, convertido en hotel). Estos baluartes vigilaban la bahía y la entrada a la ciudad.
La economía de Baracoa, durante todos esos siglos, se sostuvo en los frutos de su tierra fértil y húmeda: el cacao, el coco, el café y los cultivos tropicales, que dieron origen a una gastronomía y una cultura material singulares. Pero el gran reto siempre fue el mismo: vencer el aislamiento. Hasta bien entrado el siglo XX, llegar a Baracoa por tierra seguía siendo casi imposible, y la ciudad continuaba viviendo, en buena medida, de espaldas al resto de la isla.
El gran punto de inflexión en la historia moderna de Baracoa llegó en 1965, ya en época revolucionaria, con la inauguración de la carretera de La Farola. Esta obra vial, considerada una de las más impresionantes y difíciles de Cuba, cruzó por fin las montañas del extremo oriental —la Sierra del Purial— para conectar Baracoa por tierra con Guantánamo y, a través de ella, con el resto de la isla, poniendo fin a siglos de aislamiento.
La Farola serpentea a lo largo de decenas de kilómetros entre paisajes de selva, con curvas vertiginosas, ascensos, descensos y miradores sobre valles y montañas. Su construcción, en un terreno tan abrupto, fue una proeza de ingeniería, y la carretera se convirtió en símbolo de la integración de Baracoa al país. A partir de entonces, la ciudad pudo recibir visitantes, comerciar y comunicarse por tierra con mucha mayor facilidad, lo que transformó su vida cotidiana y abrió la puerta al turismo.
Ese cambio, sin embargo, no borró el carácter especial de Baracoa: la ciudad conservó su atmósfera única, su naturaleza desbordante y su identidad forjada en siglos de aislamiento. Hoy, recorrer La Farola es parte de la experiencia de visitar Baracoa, y la carretera sigue siendo la vía clásica de acceso, un viaje espectacular que prepara al viajero para descubrir la villa más antigua y remota de Cuba.
El entorno natural de Baracoa es uno de los más ricos y mejor conservados del Caribe, y ese valor tiene reconocimiento internacional. En la región se extiende el Parque Nacional Alejandro de Humboldt, inscrito por la Unesco en la Lista del Patrimonio Mundial en 2001 por su extraordinaria biodiversidad y su altísimo grado de endemismo. El parque, que toma su nombre del naturalista alemán Alexander von Humboldt (que recorrió Cuba a comienzos del siglo XIX), protege un mosaico de ecosistemas —bosques húmedos, pinares, ríos y montañas— y es considerado uno de los lugares de mayor importancia para la conservación de la flora y fauna de las Antillas.
A ese tesoro natural se suman los ríos de la zona, como el Toa (el más caudaloso de Cuba), el Yumurí con su cañón, las playas vírgenes como Maguana y la montaña emblemática de El Yunque. Baracoa es, en esencia, un paraíso de naturaleza tropical, alimentado por las abundantes lluvias que hacen de esta una de las regiones más verdes y húmedas del país. Esa misma exuberancia sostiene su economía agrícola y su famosa gastronomía del coco y el cacao.
Hoy, Baracoa combina su orgullo histórico —ser la 'Ciudad Primada', la primera villa y primera capital de Cuba, guardiana de la Cruz de la Parra— con su vocación de destino de naturaleza y ecoturismo. Es un lugar que ha sufrido el impacto de huracanes y de su lejanía, pero que conserva intacto su encanto: una ciudad pequeña, cálida y singular, en el confín de Cuba, que recompensa con creces el largo viaje de quien decide llegar hasta ella.