Al sur de Tamarindo, donde el camino se vuelve de tierra y el desarrollo turístico afloja, Guanacaste guarda dos de las playas de surf más queridas de Costa Rica: Playa Avellanas y Playa Negra. Son destinos de pura vida en estado casi puro, con pueblos pequeños, fincas ganaderas, bosque seco tropical que se reverdece en las lluvias y una comunidad surfera internacional que eligió este rincón justamente por su tranquilidad.
Playa Avellanas es una larga franja de arena clara con varios picos de surf para todos los niveles —desde principiantes hasta el famoso 'Little Hawaii', cerca de la desembocadura del río, que en sus mejores días levanta paredes de más de tres metros—. Su corazón social es Lola's, el legendario restaurante de playa con su cerdita mascota, sombra de palmeras y atardeceres de postal. Unos kilómetros más al sur, Playa Negra es otra historia: fondo de roca volcánica, una derecha tubular de fama mundial (inmortalizada en la película de surf 'The Endless Summer II') y un ambiente aún más recogido.
Esta guía reúne lo práctico para disfrutar la zona: cómo llegar, dónde surfear según tu nivel, qué precios reales esperar en alojamiento, comida y clases, y cómo moverse entre ambas playas y Tamarindo. Es un destino para quien busca olas, naturaleza y desconexión, más que vida nocturna; un lugar donde el plan perfecto es surfear al amanecer, comer ceviche frente al mar y ver caer el sol sobre el Pacífico.
El nombre 'Avellanas' viene de los árboles de la zona, y 'Playa Negra' de la tonalidad oscura de su arena y sus rocas volcánicas. Hasta bien entrado el siglo XX, esta franja de la península de Nicoya era territorio ganadero de la sabana guanacasteca, de haciendas y vaqueros (los sabaneros), con caseríos de pescadores y campesinos viviendo de espaldas a un mar que casi nadie surfeaba. Todo cambió a partir de los años setenta y ochenta, cuando surfistas internacionales empezaron a 'descubrir' las olas del Pacífico Norte costarricense. Playa Negra ganó fama mundial al aparecer en el clásico documental de surf 'The Endless Summer II' (1994) de Bruce Brown, que mostró su perfecta derecha sobre roca. Desde entonces, y de la mano del crecimiento turístico de la vecina Tamarindo, Avellanas y Playa Negra se consolidaron como meca de surf, pero conservaron —en buena medida por su acceso por caminos de tierra y la fuerza de su comunidad— un perfil mucho más tranquilo y natural. La historia completa está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓La provincia del Pacífico Norte que en 1824 votó ser costarricense: tierra del sabanero y del bosque seco tropical, cuna del folclore nacional, hogar de volcanes humeantes y batallas fundacionales, y de las grandes playas del sol, el surf y la longevidad de la península de Nicoya.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Basta con que el asfalto se termine y el camino se vuelva de tierra para saber que se está entrando en otra Costa Rica. Al sur de Tamarindo, donde el desarrollo turístico afloja, aparecen dos playas que los surfistas cuidan casi como un secreto: Avellanas y Playa Negra. Una tiene arena clara y una comunidad reunida alrededor de un restaurante con una cerdita como mascota; la otra, arena oscura, rocas volcánicas y una de las olas más famosas del planeta. Y las dos comparten un mismo telón de fondo, tan valioso como poco conocido: el bosque seco de Guanacaste.
Playa Avellanas y Playa Negra se encuentran en la costa occidental de la península de Nicoya, en el cantón de Santa Cruz, provincia de Guanacaste, sobre el Pacífico Norte de Costa Rica. Es una región de bosque seco tropical, uno de los ecosistemas más amenazados y singulares de Centroamérica: a diferencia de la exuberante selva lluviosa del resto del país, aquí la vegetación marca con fuerza el ritmo de las estaciones. En la larga estación seca (de diciembre a abril) muchos árboles pierden las hojas y el paisaje se torna dorado; con las primeras lluvias de mayo, todo reverdece de golpe.
La costa combina dos fisonomías distintas que dan personalidad a cada playa. Playa Avellanas es una larga franja de arena clara, con una desembocadura de río y un sector de manglar que alberga aves y fauna costera. Playa Negra, en cambio, debe su nombre a la tonalidad oscura de su arena y, sobre todo, a las plataformas de roca volcánica que afloran en la orilla y que, en marea baja, forman pozas y un fondo característico. Esa roca es justamente la que crea su famosa ola.
El entorno guanacasteco es de sabana y bosque seco, históricamente dedicado a la ganadería. Por eso la cultura local mezcla el mundo del 'sabanero' (el vaquero de Guanacaste) con la de las comunidades costeras de pescadores, una herencia que todavía se siente en las cabalgatas por la playa y en la gastronomía de la zona.
Mucho antes del turismo, la península de Nicoya fue territorio de pueblos originarios. La región fue uno de los grandes asentamientos de la cultura chorotega, de raíz mesoamericana, emparentada con pueblos de lo que hoy es México y de fuerte tradición alfarera y agrícola. Nicoya conserva todavía esa herencia indígena en su nombre, su artesanía y sus tradiciones.
Guanacaste tuvo, además, una historia política particular: durante la época colonial perteneció a la jurisdicción de Nicaragua, y solo en 1824, ya en la era independiente, el Partido de Nicoya decidió por voto popular su anexión a Costa Rica. Por eso cada 25 de julio se celebra la Anexión del Partido de Nicoya, una de las fechas patrias costarricenses, y por eso la identidad guanacasteca tiene rasgos propios y muy marcados dentro del país.
Durante los siglos siguientes, la economía de la zona giró en torno a las grandes haciendas ganaderas de la sabana, con sus sabaneros a caballo arreando el ganado. Las playas, como Avellanas y Playa Negra, eran rincones apartados habitados por pequeñas comunidades de pescadores y campesinos, sin caminos asfaltados ni servicios, y completamente ajenas al surf y al turismo internacional que llegarían mucho después.
El gran giro en la historia reciente de Avellanas y Playa Negra fue la llegada del surf. A partir de las décadas de 1970 y 1980, surfistas internacionales —muchos estadounidenses— empezaron a explorar sistemáticamente la costa del Pacífico Norte de Costa Rica en busca de olas vírgenes. El Pacífico guanacasteco, con sus playas orientadas al swell del norte y del sur y su clima cálido, resultó ser un paraíso para el surf durante buena parte del año.
Playa Negra alcanzó fama mundial gracias al cine. En 1994, el cineasta Bruce Brown estrenó 'The Endless Summer II', secuela del mítico documental de surf de los años sesenta, en el que mostraba a sus protagonistas recorriendo el planeta en busca de la ola perfecta. Una de las paradas fue justamente Playa Negra, cuya derecha tubular sobre fondo de roca quedó retratada para audiencias de todo el mundo. Esa aparición convirtió a la playa en un punto de peregrinación para surfistas y la puso en el mapa global del surf.
Avellanas, por su parte, se consolidó como un spot más versátil y accesible, con varios picos para distintos niveles. Su pico más potente, cerca de la desembocadura del río, recibió de los locales el apodo de 'Little Hawaii' por el tamaño y la fuerza que puede alcanzar en los mejores días. Alrededor del surf fue naciendo una comunidad internacional estable, con surf camps, escuelas y pequeños negocios.
Este tramo de litoral pasó a integrar la llamada 'Costa de Oro' (Gold Coast) guanacasteca, el nombre con que el turismo bautizó a la franja de playas del sur de Tamarindo. A diferencia de otros destinos que crecieron a fuerza de grandes hoteles, Avellanas y Playa Negra mantuvieron un perfil bajo, en buena parte gracias a sus accesos por caminos de tierra, que actuaron como un freno natural al desarrollo y ayudaron a preservar el carácter tranquilo que hoy es su mayor atractivo.
El crecimiento turístico de la vecina Tamarindo, a partir de los años noventa y dos mil, transformó toda la 'Costa de Oro' guanacasteca. Tamarindo se volvió un centro turístico bullicioso, con hoteles, vida nocturna y vuelos cada vez más fáciles vía el aeropuerto internacional de Liberia. Avellanas y Playa Negra quedaron lo suficientemente cerca para beneficiarse de esa infraestructura, pero lo bastante lejos —y con accesos por caminos de tierra— como para conservar un perfil mucho más tranquilo y natural.
En Avellanas, un símbolo de esa identidad es Lola's, el restaurante de playa fundado a comienzos de los años dos mil, célebre por su comida fresca, sus pizzas a la leña, su ambiente descalzo bajo las palmeras y por su mascota: una cerdita (las sucesivas 'Lolas') que se pasea por la arena y se convirtió en ícono de la playa. Lola's es hoy un punto de encuentro casi obligado y parte de la marca de la zona.
El gran desafío del presente es el equilibrio. La zona vive una creciente presión inmobiliaria y turística, con desarrollos como el complejo de Hacienda Pinilla junto a Avellanas, mientras la comunidad local e internacional defiende el carácter relajado, el bosque seco, los manglares y la calidad de las olas que hicieron famoso a este rincón. Para el viajero, Avellanas y Playa Negra siguen siendo, hoy, una de las caras más auténticas y serenas del Guanacaste surfero.