Bahía Drake (Drake Bay, en honor al navegante inglés Francis Drake, que según la tradición ancló aquí en el siglo XVI) es un rincón remoto y salvaje de la Península de Osa, en el extremo sur del Pacífico de Costa Rica. Es una de las puertas de entrada al Parque Nacional Corcovado, descrito por la revista National Geographic como uno de los lugares biológicamente más intensos del planeta, y el punto de partida hacia la Reserva Biológica Isla del Caño, célebre por su buceo y snorkel.
Llegar a Bahía Drake es parte de la aventura: durante mucho tiempo solo se accedía por mar o por aire, y aún hoy el viaje por tierra implica caminos de difícil acceso, mientras que la llegada en lancha por el río Sierpe y la costa es la opción más popular. El pueblo, pequeño y rodeado de selva, mantiene un ambiente aislado y auténtico, con lodges escondidos entre la vegetación, playas vírgenes y una fauna desbordante a las puertas de uno de los grandes santuarios naturales de América.
Esta guía recorre lo esencial de Bahía Drake con mirada práctica: el acceso a Corcovado, los tours a Isla del Caño, el sendero costero y la naturaleza local, cómo llegar (por río, mar o aire), dónde dormir y comer, y consejos para una zona remota. Un destino para amantes de la naturaleza dispuestos a llegar lejos a cambio de una biodiversidad excepcional.
Bahía Drake toma su nombre del corsario y navegante inglés Sir Francis Drake, de quien la tradición dice que ancló en esta bahía hacia 1579 durante su vuelta al mundo. Durante siglos fue una zona remota de la Península de Osa, habitada por pequeñas comunidades de pescadores y agricultores, prácticamente incomunicada por tierra. La creación del Parque Nacional Corcovado en 1975 y el auge del ecoturismo transformaron a Bahía Drake en una de las bases del turismo de naturaleza del sur del país. La historia completa está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓La provincia costera más larga del país, del Pacífico Central al sur profundo: del histórico puerto cafetalero de Puntarenas a los bosques nubosos de Monteverde, de las playas de Manuel Antonio a la joya salvaje de la península de Osa y Corcovado, 'el lugar biológicamente más intenso del planeta'.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
En algún momento de 1579, un barco inglés cargado de plata robada a los españoles se deslizó por la costa del Pacífico centroamericano buscando dónde carenar el casco lejos de sus perseguidores. Al mando iba Sir Francis Drake —para la Corona inglesa un héroe, para España un pirata con precio sobre su cabeza— en plena circunnavegación del globo a bordo del Golden Hind. La tradición local sostiene que fue esta bahía escondida de la Península de Osa la que le dio refugio, y que de ahí quedó el nombre que hoy figura en todos los mapas: Bahía Drake, Drake Bay.
Aquella vuelta al mundo fue la segunda de la historia tras la de Magallanes y Elcano, y la primera en la que el capitán sobrevivió al viaje completo.
La leyenda, muy arraigada en la zona, sostiene incluso que Drake pudo haber escondido tesoros en la región, lo que ha alimentado durante siglos relatos de tesoros enterrados en la Península de Osa y en la cercana Isla del Caño, que fue lugar de enterramientos precolombinos. Aunque la presencia exacta de Drake en este punto no está documentada con certeza absoluta, el topónimo quedó fijado y la figura del navegante inglés forma parte del imaginario del lugar.
Más allá de la leyenda, la bahía y la Península de Osa estuvieron habitadas mucho antes por pueblos indígenas precolombinos, vinculados a la cultura que produjo las enigmáticas esferas de piedra del Diquís, halladas en el sur de Costa Rica y declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Esa profundidad histórica precede en milenios a la breve y legendaria escala del corsario inglés.
Durante siglos, Bahía Drake y la Península de Osa fueron una de las regiones más aisladas y salvajes de Costa Rica. Sin carreteras que la conectaran de forma fiable con el resto del país, la zona vivía de la pesca, la agricultura de subsistencia y, en el siglo XX, de actividades como la extracción de oro y madera, que ejercieron presión sobre sus bosques. El acceso se hacía esencialmente por mar o por aire.
El punto de inflexión llegó en 1975 con la creación del Parque Nacional Corcovado, una decisión clave para proteger uno de los últimos grandes bosques tropicales húmedos del Pacífico centroamericano. La protección de Corcovado, junto con la posterior Reserva Biológica Isla del Caño, frenó la deforestación y la minería en buena parte de la península y sentó las bases para un nuevo modelo económico basado en la conservación.
A partir de los años ochenta y noventa, el auge mundial del ecoturismo encontró en Bahía Drake un destino ideal: naturaleza prístina, biodiversidad excepcional y un aislamiento que se transformó de obstáculo en atractivo. Surgieron lodges escondidos en la selva, operadores de tours a Corcovado e Isla del Caño y una economía local volcada al turismo de naturaleza. Hoy, pese al desarrollo, Bahía Drake conserva su carácter remoto y su papel como una de las grandes puertas a la naturaleza salvaje del sur de Costa Rica.
Mucho antes de la llegada de cualquier navegante europeo, la Península de Osa y el sur de Costa Rica estuvieron habitados por pueblos indígenas de gran sofisticación. La región forma parte del área cultural del Diquís, célebre en todo el mundo por sus enigmáticas esferas de piedra: cientos de bolas de granito talladas con notable precisión, de tamaños que van desde unos centímetros hasta más de dos metros, cuyo significado exacto sigue siendo objeto de estudio.
Los asentamientos cacicales con esferas de piedra del Diquís fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2014, reconociendo el valor excepcional de esta tradición que floreció especialmente entre los años 300 y 1500 d.C. Estas sociedades estaban organizadas en cacicazgos y desarrollaron una rica orfebrería en oro, cerámica y, por supuesto, la talla de piedra.
La cercana Isla del Caño, hoy reserva biológica frente a Bahía Drake, tuvo además un papel especial: se han hallado en ella esferas de piedra y vestigios de enterramientos precolombinos, lo que sugiere que pudo ser un sitio ceremonial o funerario de importancia para estos pueblos. Esta profundidad histórica, de milenios, recuerda que la región era un territorio habitado y culturalmente activo mucho antes de la breve y legendaria escala del corsario inglés que le dio nombre.
El gran protagonista natural de Bahía Drake es el Parque Nacional Corcovado, creado en 1975 y considerado uno de los lugares biológicamente más intensos del planeta, según una célebre descripción de la revista National Geographic. En sus más de 400 km² se concentra una porción extraordinaria de la biodiversidad del país: alberga el bosque tropical húmedo primario más extenso de la costa pacífica centroamericana y especies emblemáticas y amenazadas en otras partes del país.
Corcovado es uno de los últimos refugios del tapir de Baird, del jaguar y el puma, de las cuatro especies de monos de Costa Rica (aullador, carablanca, ardilla y araña), de la lapa roja, del pecarí de labios blancos y de una asombrosa variedad de aves, anfibios, reptiles e insectos. Se han registrado en el parque alrededor de 367 especies de aves, 140 de mamíferos y 117 de anfibios y reptiles, cifras que resultan asombrosas para un área tan pequeña. Esta riqueza convirtió a la Península de Osa en un destino de referencia mundial para biólogos, fotógrafos de naturaleza y ecoturistas.
La protección de Corcovado no estuvo exenta de tensiones. Desde los años setenta, la zona vivió una fiebre del oro: cientos de mineros artesanales, los llamados 'oreros', bajaban a los ríos del parque a lavar arena en busca de pepitas, alterando cauces y presionando la fauna. A mediados de la década de 1980 el gobierno costarricense decidió expulsarlos del parque, en un episodio tenso y no exento de enfrentamientos, para frenar la degradación del bosque. La creación y consolidación del área protegida implicó así décadas de vigilancia, indemnizaciones y reubicación de pobladores.
Hoy, el corazón del parque es la estación biológica Sirena, un antiguo puesto de investigación en plena selva al que se llega en lancha o a pie tras horas de caminata, y que se ha vuelto sinónimo de los avistamientos más espectaculares del país. El acceso a todo Corcovado está estrictamente regulado —con guías obligatorios, cupos diarios y reserva previa— para equilibrar la visita turística con la preservación de un patrimonio natural irremplazable, del que Bahía Drake es una de las principales puertas.