Mohéli —Mwali en shikomori— es la más pequeña, menos poblada y más pristina de las tres islas de la Unión. Su relieve de colinas boscosas, sus playas casi desiertas y sus islotes de arrecife hacen de ella un refugio de naturaleza intacta, muy alejado del bullicio de Gran Comora o de la densa Anjouan.
Su sultanato fue el más tardío del archipiélago. En 1830, un príncipe malgache llamado Ramanetaka —que adoptaría el nombre musulmán de Abderemane— llegó desde Madagascar huyendo de las guerras de la corte merina y se hizo con el control de la isla, fundando el sultanato de Mwali. La isla, cruce de rutas del Índico, había recibido durante siglos a comerciantes bantúes, suajili, malgaches, shirazi y europeos, y hasta tuvo, según la tradición, célebres sultanatos regidos por mujeres.
Esa historia de mezcla y de aislamiento marcó el carácter de Mohéli: un lugar apartado y de ritmo lento, que la modernidad y el turismo apenas rozan. Su capital, Fomboni, es un pueblo tranquilo y de aire dormido que sirve de puerta de entrada a la isla más salvaje de las Comoras.
Fomboni, la modesta capital de Mohéli, tiene un lugar inesperadamente grande en la historia reciente de las Comoras. Fue aquí donde, en febrero de 2001, se firmó el Acuerdo de Fomboni, el pacto que puso fin a la crisis separatista abierta en 1997, cuando Anjouan y la propia Mohéli habían declarado su secesión del país.
Aquel acuerdo, auspiciado por la Organización para la Unidad Africana, refundó el Estado como la Unión de las Comoras. La nueva Constitución concedió a cada isla —Gran Comora, Anjouan y Mohéli— un amplio autogobierno, con presidente y gobierno propios, y estableció una presidencia rotativa de la Unión que iría pasando entre las tres islas. Fue la fórmula que permitió mantener unido a un país que había estado al borde de la desintegración.
Que el pacto llevara el nombre de Fomboni no fue casual: la pequeña Mohéli, la isla más débil, había sentido con especial fuerza el centralismo de Moroni, y su papel en la reconciliación le dio un peso simbólico. Desde entonces, Fomboni es sinónimo del difícil equilibrio sobre el que se sostiene la Unión de las Comoras.
El mayor tesoro de Mohéli está bajo el agua y en sus playas. En el año 2000 se creó, en la mitad sur de la isla, el Parque Marino de Mohéli, la primera área protegida del país y una de las pioneras en la conservación marina de todo el océano Índico occidental. Nació de un modelo de gestión comunitaria, con las aldeas locales implicadas en cuidar sus propios recursos.
El parque protege uno de los mayores sitios de anidación de tortuga verde (Chelonia mydas) del Índico: cada noche, en playas como la de Itsamia, las tortugas salen del mar a desovar en la arena, un espectáculo natural que se ha convertido en emblema de la isla. Sus aguas cálidas albergan además ballenas jorobadas —que llegan a criar entre julio y octubre—, delfines, dugongos ocasionales y arrecifes de coral vivos, entre los más ricos de la región.
Mohéli fue durante dos décadas el único parque nacional del país; recién en los últimos años las Comoras han empezado a crear nuevas áreas protegidas siguiendo su ejemplo. Frágil y biodiverso, el Parque Marino de Mohéli es la mejor prueba de que el futuro de estas islas está tan ligado al mar como lo estuvo toda su historia.
Frente a la costa sur de Mohéli se despliega el rosario de islotes de Nioumachoua, pequeñas islas de arena y arrecife que forman parte del parque marino. Albergan colonias de zorros voladores —grandes murciélagos frugívoros— y algunos de los mejores fondos para bucear y hacer snorkel de todo el archipiélago, en un entorno casi virgen de aguas transparentes.
En el interior de la isla, una caminata corta entre naturaleza intacta conduce al lago Dziani Boundouni, un lago de cráter de aguas verdosas y ricas en azufre, refugio de aves acuáticas y rodeado de vegetación. Es una de esas estampas que resumen a Mohéli: un paisaje volcánico, silencioso y salvaje, muy lejos de cualquier desarrollo turístico masivo.
Junto con el bosque húmedo de sus colinas y las playas de tortugas del sur, estos rincones hacen de Mohéli la joya natural de las Comoras. Es la cara más ecológica del archipiélago, un lugar donde la fragilidad de estas islas del Índico —amenazadas por la deforestación, la pobreza y el cambio climático— convive con una belleza que apenas empieza a valorarse.