Bafoussam es la puerta a una de las regiones culturalmente más fascinantes de Camerún: las tierras altas del oeste, el país de los bamileké. Sobre colinas verdes a 1.500 metros de altura, esta ciudad activa y comerciante es el gran mercado del oeste —café, plátanos, maíz, artesanía— y el punto desde donde se recorren las 'chefferies', los palacios de los reyes tradicionales que todavía gobiernan la vida ritual y comunitaria de sus pueblos.
La ciudad en sí es más un centro logístico y comercial que un destino monumental: su encanto está en el bullicio del mercado central, en el ir y venir de los mototaxis, en los talleres de artesanos y en la energía de un pueblo, el bamileké, famoso en todo Camerún por su empuje comercial y su fortísima identidad. El verdadero espectáculo empieza al salir de Bafoussam hacia las chefferies de los alrededores, con sus casas de bambú, patios rituales y museos de máscaras.
Esta guía toma Bafoussam como base para descubrir los grassfields bamileké: qué ver en la ciudad, cómo visitar las chefferies vecinas (empezando por la imponente de Bandjoun), dónde probar la cocina del oeste —el célebre 'poulet DG' o el 'koki' de porotos—, cómo moverse por la región y cómo combinarla con Foumban y con el resto del país. Es la Camerún de los reyes, los tambores y las máscaras, tan viva hoy como hace siglos.
Bafoussam nació como el asentamiento de la chefferie bamileké de Bafoussam (los 'Ba-Fussep') y creció durante el siglo XX hasta convertirse en la capital comercial del oeste camerunés. Su historia es la de los reinos bamileké de los grassfields: pequeños Estados jerárquicos gobernados por un 'fon' (rey) sagrado, que llegaron a estas colinas en oleadas migratorias desde el norte hacia el siglo XVII, resistieron a alemanes y franceses y conservan hasta hoy sus instituciones. La historia completa —migraciones, chefferies, colonialismo y la pujanza bamileké moderna— se cuenta en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓El país de los reinos: el sultanato bamún de Foumban con su escritura propia y las casi cien chefferies bamileke de las grassfields, tierra de máscaras, palacios y tejados cónicos.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Las tierras altas del oeste de Camerún —lo que los ingleses llamaron 'grassfields', las praderas de altura, y los franceses 'les Grassfields' o simplemente el país bamileké— son una de las regiones histórica y culturalmente más densas de África central. Se trata de una meseta ondulada a entre 1.400 y 1.800 metros de altitud, de suelos volcánicos fértiles y clima templado, que desde hace siglos sostiene una de las poblaciones más densas del continente.
Los bamileké, el pueblo mayoritario de esta región y del que Bafoussam es hoy la capital comercial, no son originarios exactamente de estas colinas. La tradición oral y los estudios históricos coinciden en que sus ancestros llegaron a los grassfields en oleadas migratorias procedentes del norte —de la región de Tikar, en la actual zona central-norte de Camerún, e incluso más al norte del valle del Nun— entre los siglos XVII y XVIII, empujados en parte por la presión de los reinos islámicos del Sahel y la trata de esclavos. Al establecerse en las tierras altas, se fragmentaron en decenas de pequeños reinos independientes.
Ese es el rasgo que define al mundo bamileké: en vez de un gran Estado unificado, un mosaico de más de un centenar de 'chefferies' o reinos, cada uno gobernado por un 'fon' (rey) considerado sagrado, con su propio dialecto, su corte, sus sociedades secretas y su territorio. Bafoussam, Bandjoun, Baham, Bamendjou, Bangangté, Dschang y tantos otros nombres corresponden a estas chefferies. Vecinas y a menudo rivales, compartían sin embargo una misma matriz cultural: la de los grassfields.
La chefferie bamileké es una obra maestra de organización política y religiosa. En el centro está el 'fon' (o 'fo'), rey a la vez político y sagrado, intermediario entre los vivos y los antepasados, garante de la fertilidad de la tierra y de las mujeres. Vive en un recinto real amurallado, la 'chefferie' propiamente dicha, organizado en torno a una gran 'case' ceremonial de tejado cónico de paja y pilares de madera tallada, rodeado por las viviendas de sus numerosas esposas y por los patios donde se celebran los ritos.
El poder del fon no es absoluto: lo equilibran consejos de notables y, sobre todo, poderosas sociedades secretas —como el célebre 'kuosi' o sociedad de las máscaras de elefante—, que agrupan a los dignatarios, custodian el saber ritual, controlan al propio rey y ejecutan las decisiones de la comunidad. Las máscaras, los tronos con cuentas de vidrio, las pipas de bronce, los cuernos y los tambores no son adornos: son insignias de poder y objetos sagrados cargados de significado.
La muerte de un fon y la sucesión, los funerales monumentales que aún hoy reúnen a miles de personas durante días de danzas y máscaras, la iniciación de los jóvenes, el culto a los cráneos de los antepasados: todo ello estructura la vida bamileké. Este sistema, lejos de ser una reliquia, sigue vivo. Los fon siguen reinando, las chefferies siguen en pie y los grandes rituales continúan celebrándose, lo que hace de la región de Bafoussam uno de los lugares donde mejor se puede ver el África de los reinos tradicionales en pleno siglo XXI.
Cuando los europeos llegaron a Camerún a finales del siglo XIX, los grassfields eran ya una región poblada y organizada. Alemania, que estableció el protectorado de Kamerun en 1884, fue penetrando las tierras altas del oeste, chocando con la resistencia de algunas chefferies y aprovechando las rivalidades entre otras. Bafoussam y las cortes vecinas quedaron bajo administración alemana, que impuso cultivos, trabajo forzado y el trazado de las primeras rutas.
Tras la Primera Guerra Mundial y la derrota alemana, Camerún fue repartido entre Francia y el Reino Unido bajo mandato de la Sociedad de Naciones. Los grassfields quedaron divididos: la parte oriental —incluida Bafoussam y el país bamileké— pasó a la Camerún francesa, mientras que las tierras altas del noroeste (Bamenda, Bafut) quedaron bajo administración británica. Esa frontera colonial, trazada sobre un mundo cultural común, está en el origen de muchas tensiones posteriores.
Bajo el mandato francés, Bafoussam creció como centro administrativo y comercial de la región del oeste. Los bamileké, hábiles comerciantes y agricultores, se volcaron en el cultivo del café —que se convirtió en el gran producto de exportación de las tierras altas— y empezaron a emigrar hacia Duala y Yaundé, donde levantaron redes comerciales que los harían famosos en todo el país. Pero el período colonial tardío traería a la región uno de los episodios más sangrientos de su historia.
En la década de 1950, mientras el continente africano se encaminaba hacia la independencia, el país bamileké se convirtió en uno de los focos del nacionalismo camerunés más radical. La Unión de las Poblaciones de Camerún (UPC), el principal partido independentista, tenía fuerte implantación entre los bamileké y los bassa, y reclamaba una independencia inmediata y la reunificación de las dos Cameruns. Prohibida por Francia en 1955, la UPC pasó a la lucha armada.
Lo que siguió fue una guerra brutal y en gran parte silenciada. En las tierras altas del oeste, entre finales de los años cincuenta y mediados de los sesenta —ya después de la independencia de 1960—, el ejército francés y luego el del nuevo Estado camerunés libraron una durísima campaña contra la guerrilla de la UPC y contra las poblaciones bamileké sospechosas de apoyarla. Hubo pueblos arrasados, desplazamientos masivos, ejecuciones y una represión que, según diversas estimaciones, causó decenas de miles —algunas fuentes hablan de más— de muertos. Las cascadas de la Metché, cerca de Bafoussam, quedaron en la memoria colectiva como uno de los lugares donde se arrojaba a los opositores.
Este conflicto, ocultado durante décadas tanto por Francia como por el régimen camerunés, dejó una herida profunda en el país bamileké. Es una historia que hoy se empieza a reconocer y estudiar, y que forma parte del trasfondo de la identidad del oeste: una región orgullosa, trabajadora y con una memoria de resistencia y de tragedia que conviene tener presente al recorrer sus colinas.
Superada aquella etapa, Bafoussam creció en las últimas décadas hasta convertirse en la tercera o cuarta aglomeración de Camerún y en el gran centro comercial y agrícola del oeste. Su mercado, su dinamismo y su gente encarnan la fama de los bamileké como el pueblo comerciante por excelencia del país: redes de negocios, tontines (asociaciones de ahorro rotativo), inversión y una ética del trabajo que ha llevado a empresarios bamileké a lo más alto de la economía camerunesa.
La ciudad es también el punto de partida para descubrir un patrimonio cultural excepcional. En las últimas décadas, iniciativas como la 'Route des Chefferies' han convertido varias cortes reales —Bandjoun, Baham, Bamendjou y otras— en museos vivos, con el doble objetivo de preservar las máscaras, tronos y objetos sagrados y de abrir este mundo a los visitantes. Es una forma de mantener en pie, y de dar a conocer, un sistema de reinos tradicionales que pocos lugares del mundo conservan tan vivo.
Bafoussam mira hoy con cierta inquietud a sus vecinos: las regiones anglófonas del Noroeste y el Suroeste, con las que comparte raíces grassfields, viven desde 2016 un grave conflicto separatista. La región del Oeste, francófona, se mantiene en cambio como una de las más estables y prósperas del país. Recorrerla —su capital comerciante, sus chefferies, sus cascadas y su cocina— es descubrir una de las Cameruns más auténticas y menos conocidas: la de los reyes de las praderas.