Las raíces del pueblo armenio se hunden en el altiplano montañoso que rodea el lago Van, el lago Seván y el lago Urmía, en torno a la imponente mole del monte Ararat. Entre los siglos IX y VI a.C. floreció allí el reino de Urartu, una poderosa civilización de la Edad del Hierro rival de Asiria, con capital en Tushpa, a orillas del Van. Los urartianos fueron grandes constructores de fortalezas ciclópeas, canales de riego y templos, y dominaron la metalurgia del bronce y del hierro; son considerados los predecesores directos de los armenios en esta tierra.
De aquella época proviene uno de los datos más célebres de la historia armenia: en el año 782 a.C. el rey urartiano Argishti I fundó la fortaleza de Erebuni sobre una colina que domina el valle del río Araxes. Esa ciudadela es el origen de la actual Ereván, la capital, lo que la convierte en una de las ciudades habitadas más antiguas del mundo, más vieja que Roma. Todavía hoy los ereveníes celebran la antigüedad de su ciudad a partir de aquella inscripción cuneiforme.
Tras el ocaso de Urartu, hacia el siglo VI a.C., emergieron los armenios propiamente dichos, un pueblo indoeuropeo cuya lengua forma una rama independiente dentro de esa familia. Bajo el Imperio persa aqueménida el territorio fue una satrapía, y de allí en más el nombre de Armenia empezó a aparecer en las fuentes antiguas, incluidas las inscripciones de Darío I y los relatos de los historiadores griegos.
Tras el paso de Alejandro Magno y la fragmentación de su imperio, Armenia fue ganando autonomía bajo dinastías locales. La independencia plena llegó con la dinastía artáxida, fundada por Artaxias I hacia el 189 a.C., que unificó el territorio y afianzó una identidad armenia propia. Pero fue su descendiente Tigranes II, conocido como Tigranes el Grande, quien llevó al reino a su máxima extensión histórica.
Tigranes reinó entre el 95 y el 55 a.C. y, aprovechando el vacío de poder dejado por la decadencia de los seléucidas y las guerras de Roma con el Ponto, construyó en pocos años el imperio más extenso que Armenia haya tenido jamás. En su apogeo se extendía desde el mar Caspio hasta el Mediterráneo, abarcando tierras de las actuales Armenia, Turquía, Siria, Líbano e Irak, y Tigranes adoptó el antiguo título persa de 'rey de reyes'. Para su corte fundó una nueva capital, Tigranakert.
Aquel imperio fue tan meteórico como frágil: el choque con la Roma expansiva de Lúculo y luego de Pompeyo terminó reduciendo a Armenia a la condición de reino cliente y estado tapón entre Roma y el Imperio parto. Durante siglos, esa posición entre dos gigantes definiría el destino armenio. La dinastía arsácida armenia, rama de los partos, gobernó a partir del siglo I d.C. y sería la protagonista del acontecimiento que cambiaría para siempre la identidad del país.
El hecho más trascendente y definitorio de la historia armenia ocurrió en el año 301: bajo el rey Tiridates III (Trdat III), de la dinastía arsácida, Armenia se convirtió en el primer Estado del mundo en adoptar el cristianismo como religión oficial, más de una década antes de que el emperador romano Constantino promulgara el Edicto de Milán. El artífice de esa conversión fue Gregorio el Iluminador, San Gregorio, primer cabeza de la Iglesia Apostólica Armenia.
La tradición cuenta una historia poderosa. Gregorio, hijo de un noble parto, predicaba el cristianismo en la corte, y el rey pagano Tiridates, furioso, ordenó torturarlo y arrojarlo a un pozo profundo en la fortaleza de Jor Virap, donde permaneció encerrado alrededor de trece años, sobreviviendo gracias a una piadosa mujer que le acercaba pan. Cuando el rey cayó en la locura, la hermana del monarca lo hizo liberar; Gregorio lo curó y lo convirtió, y con él a todo el reino. Desde entonces Jor Virap, con el Ararat de fondo, es uno de los lugares más sagrados de Armenia.
La nueva fe echó raíces profundísimas. En Vagharshapat, la entonces capital, se erigió la catedral de Echmiadzín, considerada una de las más antiguas del mundo y sede espiritual del catolicós, el máximo jerarca de la Iglesia armenia. En el año 451, cuando el Imperio sasánida persa intentó imponer el zoroastrismo, los armenios se alzaron en la batalla de Avarayr, liderados por Vardan Mamikonian; aunque fueron derrotados militarmente, su resistencia obligó a Persia a respetar la fe cristiana y quedó grabada como un mito fundacional de la identidad nacional.
Convertida al cristianismo, Armenia se enfrentaba a un problema: las Escrituras y la liturgia estaban en griego y en siríaco, lenguas ajenas al pueblo. Para resolverlo, el monje, teólogo y lingüista Mesrop Mashtots emprendió una tarea monumental. Hacia el año 405 creó el alfabeto armenio, un sistema de 36 letras (más tarde ampliado a 38) diseñado con precisión para capturar todos los sonidos de la lengua armenia. Ese mismo alfabeto, con mínimos cambios, se sigue usando hoy, mil seiscientos años después.
La invención del alfabeto desató una verdadera edad de oro. La primera frase escrita en armenio fue, según la tradición, una cita de los Proverbios; enseguida se tradujo la Biblia entera —una versión tan bella que fue llamada 'la reina de las traducciones'— y florecieron la historiografía, la teología, la poesía y las ciencias. Historiadores como Movsés Jorenatsí y Egishé, y hombres de letras formados en las escuelas monásticas, fijaron por escrito la memoria del pueblo.
Ese tesoro de manuscritos, iluminados durante siglos por monjes copistas y miniaturistas, se conserva hoy en el Matenadaran de Ereván, uno de los repositorios de manuscritos antiguos más importantes del planeta. Para los armenios, el alfabeto de Mashtots no fue solo una herramienta religiosa: fue el arca que preservó la lengua y la identidad de una nación que, en los siglos siguientes, perdería una y otra vez su independencia política pero nunca su cultura.
Con la caída del reino arsácida a comienzos del siglo V, Armenia quedó repartida entre el Imperio bizantino y la Persia sasánida, y a partir del siglo VII pasó bajo dominio de los califatos árabes, que la administraron como una provincia semiautónoma bajo príncipes locales. De esa larga tutela extranjera renació, sin embargo, un Estado armenio propio: hacia el año 885 la dinastía bagrátida restauró el reino, y en el 961 estableció su capital en Ani, la deslumbrante 'ciudad de las mil y una iglesias', que llegó a rivalizar en esplendor con Constantinopla y Bagdad.
Aquel florecimiento fue interrumpido por sucesivas oleadas de invasores. Los bizantinos anexaron el reino a mediados del siglo XI, y poco después los turcos selyúcidas irrumpieron tras la decisiva batalla de Manzikert (1071). Vendrían luego los mongoles en el siglo XIII, los turcomanos, la devastadora campaña de Tamerlán y, finalmente, la larga partición de Armenia entre el Imperio otomano al oeste y la Persia safávida al este, que se repartieron el país en el siglo XVI. Millones de armenios quedaron como súbditos de esos imperios durante siglos.
Mientras la Armenia histórica caía bajo dominio extranjero, surgió lejos de allí un último gran reino independiente: el reino armenio de Cilicia, en la costa mediterránea de la actual Turquía, fundado por refugiados y consolidado como reino en 1198 bajo León I de la dinastía rubénida. Cilicia fue un aliado clave de los cruzados, un puente comercial entre Europa y Oriente y un foco de cultura armenia, hasta su caída ante los mamelucos egipcios en 1375. Con Cilicia se extinguió la última monarquía armenia, y el pueblo entró en más de cinco siglos sin Estado propio.
A comienzos del siglo XX, varios millones de armenios vivían como súbditos cristianos del Imperio otomano, sobre todo en las provincias orientales de Anatolia, su tierra ancestral. Durante la Primera Guerra Mundial, el gobierno de los Jóvenes Turcos —encabezado por dirigentes como Talat Pashá— acusó a la población armenia de connivencia con la Rusia enemiga y puso en marcha un plan sistemático de exterminio. El 24 de abril de 1915, en Constantinopla, fueron arrestados y luego asesinados centenares de intelectuales, escritores y líderes de la comunidad armenia; esa fecha se recuerda como el inicio del genocidio y es hoy el día nacional de conmemoración.
A los arrestos siguieron las deportaciones masivas: columnas enteras de ancianos, mujeres y niños fueron obligadas a marchar a pie hacia los desiertos de Siria, en particular hacia Der Zor, en marchas de la muerte marcadas por el hambre, la sed, las enfermedades y las masacres. Los historiadores estiman que alrededor de 1,5 millón de armenios murieron entre 1915 y 1923. Fue uno de los primeros genocidios sistemáticos de la era moderna, y el término mismo 'genocidio' fue acuñado en parte para describir lo ocurrido con los armenios.
Los sobrevivientes se dispersaron por el mundo —Medio Oriente, Francia, Estados Unidos, América Latina, la propia Argentina—, dando origen a una extensa diáspora que mantuvo viva la lengua, la fe y la memoria lejos de la patria. El reconocimiento del genocidio ha sido reconocido por numerosos países y organismos, pero el Estado turco, sucesor del otomano, lo niega hasta hoy, sosteniendo que hubo muertes en el contexto de la guerra pero no un plan de exterminio. Esa negación oficial mantiene el tema como una herida abierta y un reclamo central de la nación armenia y su diáspora.
Del derrumbe del Imperio ruso en 1917 nació una breve esperanza: el 28 de mayo de 1918, tras frenar el avance otomano en la batalla de Sardarabad, los armenios proclamaron la Primera República de Armenia, el primer Estado armenio independiente desde la Edad Media. Duró poco: acorralada entre Turquía y la Rusia bolchevique, la joven república fue sovietizada a fines de 1920. Armenia se integró primero a la Federación Transcaucásica y desde 1936 como república soviética plena dentro de la URSS.
Las siete décadas soviéticas trajeron industrialización, alfabetización masiva y el crecimiento de Ereván como capital moderna, pero también la represión estalinista y la ausencia de libertades. El terremoto de 1988, que devastó Guiumrí y Spitak y mató a decenas de miles de personas, golpeó al país en vísperas de grandes cambios. Con el colapso de la Unión Soviética, Armenia recuperó su independencia el 21 de septiembre de 1991, refrendada por un referéndum popular.
La independencia estuvo desde el inicio marcada por el conflicto de Nagorno Karabaj, una región de mayoría armenia situada dentro de las fronteras de Azerbaiyán. La primera guerra (1988-1994) dejó decenas de miles de muertos y un frágil control armenio sobre el enclave. Décadas de negociaciones estancadas desembocaron en la guerra de 2020, en la que Azerbaiyán recuperó buena parte del territorio, y en la ofensiva de septiembre de 2023, tras la cual casi toda la población armenia de Karabaj huyó hacia Armenia. En el plano interno, la Revolución de Terciopelo de 2018 llevó al poder a Nikol Pashinián en una transición pacífica. Hoy Armenia es una república democrática que, apoyada en su enorme diáspora y en su patrimonio milenario, busca reinventarse como un país de innovación, turismo y cultura sin dejar de mirar de frente a su historia.