Tilcara es el corazón turístico y bohemio de la Quebrada de Humahuaca. Es un pueblo de adobe a unos 2.465 metros sobre el nivel del mar, recostado sobre el Río Grande, en plena provincia de Jujuy. Se la conoce como la 'capital arqueológica' de la provincia porque aquí está el Pucará, la fortaleza-poblado prehispánico más famoso del norte argentino. Calles de tierra, casas bajas, feria de artesanías en la plaza, peñas con música andina y un ritmo lento que invita a quedarse: Tilcara engancha y muchos viajeros la eligen como base para conocer toda la Quebrada.
El pueblo combina lo arqueológico, lo natural y lo cultural en muy pocos kilómetros. Desde la plaza se sube caminando al Pucará de Tilcara, reconstruido sobre un cerro con vistas a toda la quebrada; del otro lado del pueblo arranca la caminata a la Garganta del Diablo, un cañón con cascada entre los cerros; y un poco más allá se ven los cerros de colores, los Castillos de Huichaira y el Cerro de la Garganta. Todo se respira con la cordillera de fondo y el sol picando fuerte por la altura.
Tilcara es además un pueblo de artistas, ferias y comida regional. Se come muy bien: empanadas (de carne, de queso de cabra o de llama), tamales, humita, locro, picante de pollo, quinoa y carne de llama, todo regado con vino de altura o con un buen mate. De noche, las peñas se llenan de charango, quena, bombo y coplas. Y si caés en febrero, el Carnaval de la Quebrada -uno de los más auténticos del país- te atrapa con sus comparsas, el diablo desenterrado, la harina, la albahaca y la música. Para entender de dónde viene todo esto, conviene leer también nuestra página de historia de Tilcara.
Tilcara nació mucho antes de los españoles: su nombre homenajea a los tilcaras, una parcialidad del pueblo omaguaca que levantó el Pucará sobre el cerro hacia el siglo XI. Hacia 1480 los incas dominaron la región y convirtieron al Pucará en un centro administrativo de su ruta hacia el Cusco; con la conquista española el sitio fue quedando abandonado, hasta que a comienzos del siglo XX los arqueólogos Juan B. Ambrosetti y Salvador Debenedetti, de la UBA, lo redescubrieron, excavaron y reconstruyeron. Toda esa historia -y la polémica por la reconstrucción y la pirámide-monumento- la contamos en detalle en la página de historia.
Leer la historia completa ↓La provincia más al norte, techo andino de la Argentina: tierra de la Quebrada de Humahuaca y el camino inca, de los pucarás omaguacas, del heroico Éxodo Jujeño de 1812 y de los ingenios azucareros, con una cultura andina viva de carnaval, coplas y cerros de siete colores.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Sobre un cerro de unos 80 metros, asomado al Río Grande, hay un pueblo entero de piedra que ya era antiguo cuando los españoles pisaron América: casas apretadas, corrales, plazas ceremoniales y una necrópolis. Los lugareños lo llaman 'antigal' —el lugar de los antiguos— y la arqueología lo conoce como el Pucará de Tilcara. Mucho antes de la conquista, la Quebrada de Humahuaca estuvo habitada por el pueblo omaguaca, una sociedad de agricultores y pastores de altura organizada en distintas parcialidades. Una de ellas, la de los tilcaras, dio nombre al lugar y levantó ese poblado fortificado sobre el cerro. La palabra 'pucará' viene del quechua y significa, más o menos, fortaleza o lugar fortificado.
Se estima que los primeros muros de piedra se levantaron hacia el siglo XI d.C., y que el sitio estuvo ocupado de manera más o menos continua hasta el momento del contacto hispano-indígena, en el siglo XVI. No era una sola construcción, sino un verdadero pueblo de altura: barrios de viviendas de piedra apretadas unas contra otras, corrales para los animales, talleres, plazas, espacios ceremoniales y una necrópolis donde enterraban a sus muertos. Vivían del cultivo en terrazas (maíz, papa, quinoa), del pastoreo de llamas y del intercambio con otras regiones.
Para los pueblos originarios de hoy, el Pucará no es solo un sitio arqueológico: es un lugar sagrado donde se considera que residen poderes ancestrales. Esa carga espiritual convive con su valor científico y con su condición de emblema nacional de los pueblos que poblaron el actual territorio argentino mucho antes de la conquista.
Hacia fines del siglo XV (alrededor de 1480), el Imperio Inca (Tawantinsuyu) extendió su dominio sobre la Quebrada de Humahuaca, en su avance hacia el sur del actual territorio argentino. Los incas conquistaron a los omaguacas, pero al notar la posición estratégica del Pucará decidieron no destruirlo: lo aprovecharon e integraron a su organización.
Bajo el dominio incaico, buena parte de las estructuras del Pucará fue remodelada. Se levantaron edificios de mayor jerarquía con funciones administrativas, productivas y religiosas, siguiendo la lógica del Estado cuzqueño. La Quebrada funcionaba como un corredor natural -un camino entre montañas- que conectaba la puna y el altiplano con los valles del sur, y por el que circulaban bienes, gente y metales. En ese esquema, el Pucará operó como un punto de control de esa ruta, vinculado al traslado de productos y de minerales preciosos hacia el corazón del imperio.
La ocupación inca fue relativamente breve -apenas unas pocas décadas- pero dejó marcas profundas en la arquitectura y en la organización del sitio, que se sumaron a la larga ocupación previa de los tilcaras. Cuando llegaron los españoles, encontraron una región todavía articulada por esa estructura andina.
La llegada de los españoles a la Quebrada de Humahuaca, en el siglo XVI, cambió por completo el destino del Pucará. La conquista trajo enfermedades, sometimiento y un nuevo ordenamiento del territorio: encomiendas, reducciones de indígenas y la fundación de pueblos al modo europeo. Las poblaciones originarias de la región resistieron, pero terminaron siendo desarticuladas y trasladadas, y la vida concentrada en los antiguos poblados de altura dejó de tener sentido dentro del nuevo sistema colonial.
El Pucará fue quedando despoblado y, con el tiempo, abandonado. Sus casas de piedra se fueron derrumbando y el cerro volvió a cubrirse de cardones y maleza. Durante los siglos coloniales, la actividad se desplazó hacia el llano, a lo largo del Camino Real al Alto Perú que cruzaba la Quebrada -la misma ruta sobre la que más tarde funcionaría la Posta de Hornillos, cerca de Tilcara-. El antiguo poblado prehispánico quedó como un montón de ruinas en lo alto, casi olvidado, hasta entrado el siglo XX.
De aquella época andina, sin embargo, sobrevivió algo fundamental: el nombre. 'Tilcara' siguió designando el lugar, manteniendo viva la memoria de la parcialidad omaguaca que lo había habitado, aun cuando el pueblo colonial y luego el moderno se desarrollaran al pie del cerro y no sobre él.
A comienzos del siglo XX, el Pucará volvió a la luz de la mano de la arqueología argentina. En 1908, el etnógrafo y naturalista Juan Bautista Ambrosetti, fundador del Museo Etnográfico de la Universidad de Buenos Aires (UBA), llegó al sitio acompañado por su discípulo Salvador Debenedetti. Durante los veranos siguientes excavaron de manera sistemática y extrajeron miles de piezas (se habla de unas tres mil), que pasaron a integrar las colecciones del museo y sentaron las bases del estudio científico de la Quebrada.
La idea de reconstruir las ruinas para mostrarlas al público surgió poco después. Ambrosetti murió en 1917 y el proyecto recién pudo retomarse hacia 1929, bajo la dirección de Debenedetti, quien también falleció al año siguiente. El trabajo continuó con otros arqueólogos del Museo Etnográfico de la UBA, entre ellos Eduardo Casanova, que en 1935 hizo levantar en la cima del cerro una pirámide trunca de piedra como monumento en homenaje a Ambrosetti y a Debenedetti.
Esa reconstrucción es, hasta hoy, objeto de debate. Por un lado permitió poner en valor el sitio, hacerlo visitable y convertirlo en uno de los grandes símbolos del patrimonio argentino (fue declarado Monumento Histórico Nacional). Por otro, levantó críticas: buena parte de los muros que se ven fueron rearmados con criterios discutibles, y la pirámide-monumento no guarda relación con la arquitectura prehispánica de la región, de modo que el visitante no siempre distingue qué es original y qué es agregado moderno. Sumadas a obras como el camino vehicular y plataformas, estas intervenciones alimentan una tensión permanente entre la puesta en valor turística y la fidelidad histórica del sitio.
El Tilcara actual es un pueblo donde el pasado andino sigue muy presente. Es la 'capital arqueológica' de Jujuy, sí, pero también un centro cultural y artístico que atrae a viajeros, artesanos y músicos. La feria de la plaza, las peñas con charango, quena y bombo, la cocina regional (empanadas, tamales, humita, carne de llama) y la ronda permanente de visitantes le dan un aire bohemio que convive con las tradiciones de las comunidades originarias de la Quebrada.
Esas tradiciones tienen su momento más intenso en el Carnaval, que en la Quebrada de Humahuaca es uno de los más auténticos del país. Es una fiesta mestiza, que mezcla la celebración traída por los españoles con los antiguos cultos a la Pachamama (la Madre Tierra). El carnaval comienza con el 'desentierro del diablo' -una figura que se entierra al final del carnaval anterior y se vuelve a sacar- y se despliega en comparsas, coplas, albahaca, harina, mixtura y mucha música, con la quebrada entera tomada por el festejo.
En 2003, la Quebrada de Humahuaca fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO como paisaje cultural, reconociendo justamente esa continuidad de más de diez mil años entre los pueblos prehispánicos, la ruta inca, el Camino Real colonial y la vida actual. Tilcara, con su Pucará en lo alto y su pueblo despierto al pie del cerro, es uno de los lugares donde mejor se siente esa larga historia todavía latiendo.