En medio de la llanura pampeana, allí donde uno menos lo espera, el sudoeste bonaerense esconde un cordón de cerros antiquísimos: el sistema de Ventania, más conocido como las Sierras de la Ventana. No son los Andes —el punto más alto, el Cerro Tres Picos, ronda los 1239 metros—, pero en medio de la pampa chata estas montañas de roca gris y laderas doradas son una aparición. Acá el plan es caminar, trepar, meterse en quebradas con cascadas y dejarse sorprender por la 'ventana': un abra o agujero natural perforado en la roca del Cerro Ventana, que le da nombre a toda la comarca y se ve recortado contra el cielo.
La comarca es en realidad un rompecabezas de pueblos: Sierra de la Ventana propiamente dicha, sobre el río Sauce Grande, con su aire de villa de montaña y su puente colgante; Villa Ventana, más chica, boscosa y tranquila; y la cercana Tornquist, cabecera del partido. El corazón natural es el Parque Provincial Ernesto Tornquist, un área protegida de pastizales serranos, fauna autóctona y senderos para todos los niveles, desde paseos familiares de una hora hasta travesías de un día entero.
Sierra de la Ventana es el destino bonaerense por excelencia para el trekking, el turismo aventura y el contacto con la naturaleza: ascensos a cumbres, cabalgatas, mountain bike, rappel, parapente, balnearios sobre el río y campings entre los cerros. Pero también guarda capas de historia: los pueblos originarios que veneraban estas sierras, los fortines de la frontera del siglo XIX, el legado del magnate Ernesto Tornquist y las ruinas del legendario Club Hotel, testigo de una época dorada. Naturaleza, aventura e historia a un día de viaje de Buenos Aires.
Mucho antes de los pueblos actuales, las Sierras de la Ventana eran territorio de comunidades originarias —chechehet o 'pampas serranos', emparentados con los querandíes, y más tarde grupos vinculados a los pampas y mapuches—, que recorrían y veneraban estos cerros; la 'ventana' del Cerro Ventana aparece en relatos como morada de fuerzas o divinidades. Durante el siglo XIX la región fue zona de frontera: hacia 1833, en el marco de la Campaña al Desierto de Juan Manuel de Rosas, se instalaron postas y fortines sobre el río Sauce Grande para asegurar la comunicación con Bahía Blanca, como el que luego se llamaría Fortín Pavón. La gran transformación llegó de la mano de Ernesto Tornquist, magnate de origen germano-sueco, que a fines del siglo XIX impulsó la colonización agrícola del sudoeste bonaerense y fundó la ciudad que lleva su nombre (1883). Su familia tuvo un rol clave en la zona: en 1937, Martín Tornquist cedió a la Provincia parte de sus tierras para crear el Parque Provincial Ernesto Tornquist y preservar el paisaje serrano. El pueblo de Sierra de la Ventana nació en torno a una estación del Ferrocarril Sud, a comienzos del siglo XX, ligada a la construcción del lujoso Club Hotel de la Ventana, inaugurado en 1911 cerca de Villa Ventana y considerado en su momento un emblema del turismo de élite; un incendio lo consumió en 1983 y hoy sus ruinas son un atractivo histórico. La historia completa está en nuestra página de historia.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Estas sierras son mucho más viejas que los Andes: el cordón de Ventania se plegó hace unos 280 millones de años, antes incluso de que aparecieran los dinosaurios, y desde entonces la erosión lo fue puliendo hasta dejar las crestas de roca gris que hoy emergen, inesperadas, en medio de la llanura pampeana del sudoeste bonaerense. Mucho antes de la llegada de los europeos, este territorio estaba habitado y recorrido por comunidades originarias. Entre ellas se menciona a los chechehet o 'pampas serranos', grupos emparentados con los querandíes, y más tarde a poblaciones vinculadas a los pampas y a la expansión mapuche-tehuelche que recorría la pampa y la Patagonia.
Para estos pueblos, las sierras no eran solo un accidente geográfico: eran un punto de referencia, de caza y de reunión, y también de creencias. La 'ventana' del Cerro Ventana —ese agujero natural en la roca— aparece en relatos y leyendas como un lugar cargado de significado, asociado a fuerzas o divinidades. Las cuevas y aleros de la zona, como la Cueva del Toro y el Alero Corpus Christi, conservan pinturas rupestres que son testimonio directo de esa presencia humana milenaria.
El agua de las sierras —arroyos, vertientes y el río Sauce Grande— y la abundancia de fauna hacían de Ventania un territorio valioso. Esa relación profunda entre los pueblos originarios y las montañas es la primera capa de una historia que después sumaría fortines, ferrocarriles y hoteles de lujo, pero que empezó miles de años atrás con quienes vieron por primera vez la ventana recortada contra el cielo.
Durante buena parte del siglo XIX, el sudoeste bonaerense fue zona de frontera entre el Estado en formación y los territorios indígenas. Las Sierras de la Ventana, con su agua y sus pasos naturales, eran un punto estratégico en ese tablero. En ese contexto se instalaron postas, fuertes y fortines destinados a vigilar los caminos, asegurar las comunicaciones y sostener el avance de la ocupación sobre la pampa.
Uno de los hitos de esa época se ubica en 1833, en el marco de la Campaña al Desierto encabezada por Juan Manuel de Rosas: se estableció un puesto de vigilancia sobre el río Sauce Grande —en la zona de la actual Saldungaray— para una guarnición que debía garantizar la defensa y la comunicación con la vecina Bahía Blanca. Ese puesto fronterizo terminaría conociéndose como Fortín Pavón, nombre que se consolidó hacia 1863. Fue uno de varios fuertes y fortines que jalonaron la región.
La vida en estos fortines era dura: pequeñas guarniciones aisladas, expuestas al clima riguroso de la sierra y a los enfrentamientos propios de la frontera, en una época de malones y campañas militares. Aquella etapa, a menudo dramática, dejó su huella en la toponimia y en los sitios históricos de la comarca, y precedió a la gran transformación que llegaría a fines de siglo con el ferrocarril y la colonización agrícola impulsada por figuras como Ernesto Tornquist.
A fines del siglo XIX, una figura cambió el destino de la región: Ernesto Tornquist, poderoso empresario y financista de origen germano-sueco, una de las grandes fortunas de la Argentina de su época. Tornquist impulsó la colonización agrícola del sudoeste bonaerense y, en 1883, dio origen a la ciudad que lleva su nombre, cabecera del partido en el que hoy se encuentra Sierra de la Ventana. Su nombre quedó ligado para siempre a la comarca.
La llegada del Ferrocarril Sud fue decisiva. Las vías acercaron la región a Buenos Aires y a Bahía Blanca, hicieron posible el transporte de la producción agrícola y, con el tiempo, abrieron la puerta al turismo. El propio pueblo de Sierra de la Ventana nació a comienzos del siglo XX en torno a una estación ferroviaria instalada en medio de la sierra, vinculada a la construcción de un gran hotel de lujo. Originalmente el lugar se llamó 'Villa Tívoli Argentino', por su parecido con el pueblo italiano de Tívoli, y hacia 1912 adoptó el nombre de Sierra de la Ventana.
El legado de la familia Tornquist también fue ambiental. En 1937, Martín Tornquist cedió a la Provincia de Buenos Aires parte de sus tierras serranas para crear el Parque Provincial Ernesto Tornquist, con el fin de preservar la belleza y el ecosistema único del cordón. Aquella donación dio origen al área natural protegida que hoy es el corazón del turismo de la comarca, con sus senderos, su fauna autóctona y el emblemático Cerro Ventana. Las antiguas rejas de hierro forjado que custodian el abra de acceso pertenecieron, justamente, a una propiedad de la familia.
El símbolo más espectacular de aquella época dorada fue el Club Hotel de la Ventana, un lujoso complejo levantado por intereses ligados al Ferrocarril Sud cerca de Villa Ventana. Diseñado por el arquitecto italiano Antonio Gherardi e inaugurado el 11 de noviembre de 1911, fue concebido como un resort de élite, con casino, salones y todas las comodidades de la época, en plena Belle Époque argentina.
La inauguración fue un acontecimiento: asistieron cientos de invitados distinguidos, entre ellos figuras de la política nacional. El hotel buscaba atraer a la alta sociedad porteña que ya veraneaba en otros destinos, ofreciéndole el aire serrano, el paisaje y el lujo a pocas horas de tren. Durante décadas, su silueta entre los cerros fue sinónimo de glamour y de una forma de turismo pensada para las clases acomodadas.
La historia del Club Hotel tuvo, sin embargo, un final dramático. Tras distintos usos a lo largo del siglo XX —incluyendo etapas de decadencia, cierres y reaperturas parciales, a medida que el turismo de élite de comienzos de siglo fue cambiando de destinos y de estilo—, el edificio fue consumido por un incendio en 1983. Hoy sobreviven sus imponentes ruinas de piedra a las afueras de Villa Ventana, convertidas en un sitio histórico cargado de nostalgia y leyendas locales sobre fantasmas y fiestas de otra época, que los visitantes recorren imaginando el esplendor perdido entre los muros ennegrecidos y los arcos que ya no sostienen techo alguno.
En paralelo a la decadencia del Club Hotel, Sierra de la Ventana y Villa Ventana fueron consolidando un turismo más modesto pero sostenido, ligado a las segundas residencias, los campamentos escolares y las familias que descubrían el trekking y el aire de sierra como alternativa a la playa. Ese cambio de escala —del lujo de élite al turismo familiar y de aventura— es, en el fondo, la misma transformación que atravesó buena parte del turismo argentino a lo largo del siglo XX, y que en esta comarca dejó dos capas superpuestas y visibles: las ruinas de una época dorada y los senderos, cabañas y refugios de la Ventania que se visita hoy. Junto con el Cerro Ventana, los fortines y el Parque Tornquist, esas ruinas completan el relato de una comarca donde la naturaleza milenaria, la frontera y el turismo de lujo se entrelazan a un día de viaje de Buenos Aires.