El Parque Nacional Mburucuyá es uno de los rincones naturales más interesantes y menos conocidos de Corrientes: un mosaico de ambientes donde se encuentran el Chaco húmedo y los esteros correntinos, con palmares, lagunas, pastizales, bosques y selvas en galería conviviendo en un mismo territorio. Su nombre proviene del guaraní 'mburucuyá', la flor de la pasionaria (mburucuyá o pasiflora), emblema de la zona.
El parque tiene una historia singular: nació de la donación de las estancias Santa Teresa y Santa María —17.660 hectáreas— que el botánico danés Troels Myndel Pedersen y su esposa Nina Sinding entregaron al Estado argentino en 1991 para que esta naturaleza correntina se conservara para siempre. Esa raíz le da un carácter especial, ligado a la ciencia y la botánica. Hoy protege una notable biodiversidad —yacarés, carpinchos, ciervos de los pantanos, monos, aguará guazú y una riquísima avifauna— y ofrece senderos para internarse en sus distintos ambientes.
Esta guía recorre lo esencial de Mburucuyá con mirada práctica y cálida: cómo llegar, qué senderos hacer, cuándo ir, qué fauna y flora esperar, y cómo combinar la visita con otros destinos correntinos. Es un parque ideal para los amantes de la naturaleza y las aves que buscan un destino tranquilo, auténtico y fuera de los circuitos masivos del Litoral.
La región del actual Parque Nacional Mburucuyá fue territorio guaraní y luego, en tiempos coloniales y modernos, zona de estancias ganaderas en el centro de Corrientes. El parque debe su existencia al botánico danés Troels Myndel Pedersen y su esposa Nina Sinding, quienes el 27 de noviembre de 1991 donaron las estancias Santa Teresa y Santa María (17.660 hectáreas) al Estado argentino para conservar su biodiversidad. El Parque Nacional Mburucuyá fue creado oficialmente por ley en junio de 2001, un año después de la muerte de Pedersen. Su nombre proviene del guaraní y alude a la flor de la pasionaria (mburucuyá). La historia completa está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓Fundada en 1588 como San Juan de Vera de las Siete Corrientes, es la provincia más guaraní y más federal de la Argentina: cuna del chamamé declarado Patrimonio de la Humanidad, escenario del estallido de la Guerra de la Triple Alianza y hogar de los Esteros del Iberá, donde el yaguareté volvió a rugir tras setenta años.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
El 27 de noviembre de 1991, en el centro de la provincia de Corrientes, un abogado danés de 75 años firmó uno de los actos de generosidad más extraordinarios de la historia de la conservación argentina: junto a su esposa, donó al Estado sus dos estancias —Santa Teresa y Santa María, 17.660 hectáreas de palmares, esteros y montes— con una sola condición: que se convirtieran en parque nacional. Se llamaba Troels Myndel Pedersen, y no era un estanciero cualquiera. Abogado de profesión, botánico de vocación y talento, había dedicado medio siglo a estudiar y catalogar las plantas de Corrientes, convirtiéndose en una autoridad científica reconocida internacionalmente.
Pedersen conocía cada rincón de sus campos: los palmares de yatay que se encienden al atardecer, las lagunas donde toman sol los yacarés, los pastizales del aguará guazú. Sabía, también, que la ganadería y el avance agrícola estaban transformando el paisaje correntino, y decidió que sus tierras quedarían al margen de ese destino. La donación fue aceptada por la Administración de Parques Nacionales mediante la Resolución 002/92, pero la burocracia se tomó su tiempo: pasaron diez años entre la firma y la ley.
Pedersen murió el 5 de febrero de 2000, a los 84 años, sin ver cumplido su sueño. El Parque Nacional Mburucuyá fue creado por ley recién el 27 de junio de 2001, convirtiéndose en el primer parque nacional de Corrientes. Hoy, quien camina por los senderos que rodean el casco de la antigua estancia Santa Teresa está recorriendo, literalmente, el regalo de un hombre que prefirió dejar su tierra a todos antes que a nadie.
El territorio que hoy protege el parque se encuentra en una encrucijada ecológica fascinante, donde el Chaco húmedo del oeste se funde con el universo de esteros y humedales que caracteriza a buena parte de Corrientes. Esa posición de frontera natural hace que en un mismo lugar convivan ambientes muy distintos —palmares, pastizales, bosques, selvas en galería, esteros y lagunas—, cada uno con su propia comunidad de plantas y animales. Es esa diversidad la que da al parque su riqueza.
La región fue, desde tiempos prehispánicos, territorio de los pueblos guaraníes, que habitaban estas tierras de agua y monte. De su lengua proviene el propio nombre del lugar: 'mburucuyá', la flor de la pasionaria (pasiflora), una trepadora de flores espectaculares que crece en la zona y a la que los guaraníes atribuían virtudes medicinales. La toponimia guaraní impregna toda Corrientes —Iberá, 'agua que brilla'; Itatí, 'punta de piedra'—, y Mburucuyá es un ejemplo de cómo la lengua originaria quedó grabada en el paisaje: la flor es hoy el emblema del parque y de la localidad vecina.
Los esteros, palmares y bañados de la región formaban parte de un vasto sistema de humedales que durante siglos fue, a la vez, fuente de vida y barrera natural. La fauna era abundante: yacarés, carpinchos, ciervos de los pantanos, aves acuáticas en cantidad. Tras la conquista y la colonización, estas tierras se integraron a la economía rural correntina a través de la ganadería en grandes estancias, que marcó el uso del territorio durante generaciones, hasta que una familia danesa cambió el destino de una de ellas.
La historia de los Pedersen en Corrientes comenzó a principios del siglo XX, cuando la familia danesa adquirió campos en el centro de la provincia, en una época en que la Argentina agroexportadora atraía capitales e inmigrantes europeos al negocio de la tierra. Troels Myndel Pedersen, nacido en 1916, se formó como abogado, pero su verdadera pasión fueron las plantas: instalado en la estancia Santa Teresa, transformó el establecimiento ganadero en una base de exploración botánica que recorrió durante décadas.
Pedersen coleccionó, clasificó y describió la flora correntina con rigor de especialista. Se convirtió en una autoridad mundial en amarantáceas —la familia de plantas que estudió toda su vida— y sus colecciones nutrieron herbarios científicos de la Argentina y de Europa. Botánicos de distintos países viajaban hasta su estancia para consultarlo, y varias especies llevan hoy su nombre en homenaje. Esa mirada científica explica su decisión final: pocos entendían mejor que él el valor biológico del mosaico de ambientes que pastoreaban sus vacas.
Junto a su esposa, Nina Johanne Sinding, decidió que ese patrimonio no podía perderse. La donación de 1991 fue el gesto de un naturalista que eligió la conservación por encima de la herencia: las 17.660 hectáreas de Santa Teresa y Santa María pasaron al Estado argentino para siempre. En el parque, la memoria del matrimonio sigue viva: la zona de uso público conserva el casco de la estancia, y la historia de 'los daneses de Mburucuyá' se cuenta a cada visitante como ejemplo de que la iniciativa privada puede regalar patrimonio público.
Desde su creación, Mburucuyá cumple la función de proteger un sector representativo de los ambientes de transición entre el Chaco húmedo y los esteros correntinos, en una provincia que es, en sí misma, uno de los grandes reservorios de humedales y biodiversidad de la Argentina. El parque resguarda fauna emblemática del Litoral: yacarés (overo y negro), carpinchos, ciervos de los pantanos, aguará guazú, monos carayá, además de una avifauna riquísima —se han registrado más de 300 especies de aves— que lo convierte en un destino de primer nivel para los observadores.
La diversidad de ambientes es la clave de esa riqueza. Los palmares de yatay y caranday, los pastizales, los bosques, las selvas en galería que siguen los cursos de agua y los esteros y lagunas —como la laguna Mburucuyá y los esteros de Santa Lucía— ofrecen, cada uno, hábitats distintos. Esa heterogeneidad permite que convivan especies de ambientes secos y húmedos, de monte y de agua, en un territorio relativamente acotado. Para la ciencia, es un laboratorio natural de gran valor, y no es casual que haya sido justamente un botánico quien lo puso a resguardo.
Mburucuyá forma parte, junto a otras áreas protegidas, de los esfuerzos por conservar los humedales de Corrientes, una provincia donde la naturaleza —de los Esteros del Iberá a los palmares y selvas— es un patrimonio extraordinario. Menos masivo que el Iberá, el parque ofrece una experiencia tranquila y auténtica, ideal para quienes buscan conocer la biodiversidad correntina lejos de las multitudes.
A más de dos décadas de su creación, el Parque Nacional Mburucuyá se ha consolidado como un destino de naturaleza tranquilo y de bajo impacto, integrado al sistema de áreas protegidas que custodia los humedales y los ambientes del Litoral argentino. Conserva intacta la transición entre el Chaco húmedo y los esteros correntinos, y mantiene su vocación científica original a través de programas de investigación, monitoreo de fauna y conservación de la flora que tanto interesó a Pedersen.
A diferencia de los Esteros del Iberá, que reciben un flujo creciente de turismo, Mburucuyá ofrece una experiencia más recogida y silenciosa: senderos de interpretación, observación de aves, fotografía de naturaleza y acampe gratuito en un entorno casi solitario. Desde 2026 la Administración de Parques Nacionales aprobó una tarifa de acceso general (aún sujeta a la instalación de infraestructura de control), mientras que el camping se mantiene sin costo; el organismo trabaja con las comunidades vecinas de Mburucuyá y Palmar Grande para promover un turismo respetuoso.
El desafío del presente es compatibilizar la conservación con el desarrollo local. El parque funciona como un motor de educación ambiental para las escuelas de la zona y como un atractivo que, junto al Iberá y a la ciudad de Corrientes, ayuda a posicionar a la provincia como un destino de ecoturismo. Proteger los palmares, los esteros y su fauna —en un contexto de cambio climático y de presión sobre los humedales— sigue siendo, como quisieron Troels y Nina, la razón de ser de este rincón correntino.