Buenos Aires es una ciudad que se vive con intensidad: cosmopolita y melancólica, europea y latinoamericana al mismo tiempo, con la elegancia de sus avenidas señoriales y el desparpajo de sus barrios de inmigrantes. Capital de la Argentina y una de las grandes metrópolis de Sudamérica, la 'Reina del Plata' enamora con su mezcla de arquitectura afrancesada, librerías que abren hasta la madrugada, cafés notables centenarios y un culto casi religioso por el asado, el fútbol y el tango. Es una ciudad para caminar sin apuro, dejándose llevar de un barrio a otro.
Cada barrio es un mundo. San Telmo guarda el casco colonial con sus calles empedradas, anticuarios y la feria dominical sobre Defensa; La Boca estalla de color en Caminito, cuna del tango y hogar de La Bombonera; Recoleta despliega palacios afrancesados y su célebre cementerio, un museo a cielo abierto donde descansa Eva Perón; y Palermo, el más extenso, combina bosques, jardines, el Soho de diseño y la mejor escena gastronómica. En el corazón cívico, la Plaza de Mayo reúne la Casa Rosada, la Catedral y el Cabildo, escenario de la historia argentina.
El pulso de la ciudad también late en sus grandes íconos: el Obelisco en la Avenida 9 de Julio —de las más anchas del mundo—, el majestuoso Teatro Colón, una de las salas líricas más importantes del planeta, la Avenida Corrientes con sus teatros, pizzerías y librerías que nunca duermen, y el moderno Puerto Madero junto al río. Y por todas partes el tango, declarado Patrimonio de la Humanidad: en las milongas, en los shows de gala y en las parejas que bailan al aire libre en Plaza Dorrego. Buenos Aires es, ante todo, una experiencia que se siente.
Buenos Aires tiene la rareza de haber sido fundada dos veces. La primera fundación la realizó el adelantado Pedro de Mendoza el 2 de febrero de 1536, bajo el nombre de Puerto de Nuestra Señora Santa María del Buen Ayre, pero el asentamiento no prosperó: el hambre y la resistencia de los pueblos querandíes obligaron a abandonarlo hacia 1541. La fundación definitiva llegó el 11 de junio de 1580, cuando Juan de Garay estableció la Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires en torno a la actual Plaza de Mayo, repartió las tierras y creó el Cabildo. El nombre remite a Nuestra Señora del Buen Aire (o Bonaria), una advocación mariana de origen sardo invocada por los navegantes para protegerse de las tormentas en el mar. Durante el período colonial la ciudad fue creciendo como puerto, y en 1776 alcanzó relevancia al ser designada capital del recién creado Virreinato del Río de la Plata. Su carácter se forjó en episodios decisivos: las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807, rechazadas por las milicias criollas, y la Revolución de Mayo de 1810, que inició el camino a la independencia. Tras décadas de conflictos entre Buenos Aires y las provincias, la ciudad fue federalizada en 1880 y declarada Capital Federal de la República. Entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, la gran ola inmigratoria europea —italianos, españoles y de muchos otros orígenes— transformó a Buenos Aires en una metrópolis moderna, con grandes avenidas, teatros y el tango como banda de sonido. Desde 1996 es una ciudad autónoma con gobierno propio. La historia completa está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓La capital de la Argentina y su ciudad más emblemática: puerto que Garay refundó en 1580, cuna de la Revolución de Mayo, meca de la inmigración y del tango, federalizada en 1880 y escenario de los grandes hechos del siglo XX, hoy una de las grandes metrópolis culturales de América Latina.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Buenos Aires tiene la peculiaridad de haber sido fundada dos veces. La primera fundación ocurrió el 2 de febrero de 1536, cuando el adelantado Pedro de Mendoza, al frente de una gran expedición española —catorce naves y más de mil quinientos tripulantes partidos desde Andalucía—, desembarcó en la orilla del Río de la Plata y estableció el Puerto de Nuestra Señora Santa María del Buen Ayre. Era el primer intento europeo de afincarse de forma estable en estas tierras del extremo sur del continente.
El asentamiento, sin embargo, fue efímero y trágico. El hambre golpeó con dureza al fuerte, y la resistencia de los querandíes y otros pueblos originarios, hartos de las exigencias de los recién llegados, complicó aún más la supervivencia. El propio Mendoza, enfermo, emprendió el regreso a España y murió en alta mar en 1537. Los sobrevivientes fueron trasladándose hacia el norte, sobre el río Paraná, y hacia 1541 el primer Buenos Aires quedó definitivamente abandonado, mientras la corriente colonizadora se concentraba en Asunción del Paraguay.
De aquel primer Buenos Aires apenas quedan rastros materiales —su ubicación exacta sigue siendo objeto de investigación arqueológica—, pero el episodio dejó instalado un nombre y una voluntad de presencia española en el estuario que, décadas más tarde, otra expedición retomaría para fundar la ciudad de manera definitiva.
El nombre de la ciudad no alude, como a veces se cree, a la pureza del aire del lugar, sino a una devoción religiosa de los navegantes. 'Buenos Aires' proviene de Nuestra Señora del Buen Aire —en italiano, Bonaria—, una advocación mariana cuyo santuario está en Cagliari, en la isla de Cerdeña. Los marinos del Mediterráneo la invocaban como protectora frente a las tormentas y los peligros del mar, y los expedicionarios que llegaron al Río de la Plata pusieron su empresa bajo ese amparo.
Cuando Pedro de Mendoza fundó el primer asentamiento en 1536, lo llamó Puerto de Nuestra Señora Santa María del Buen Ayre. Cuarenta y cuatro años después, Juan de Garay reutilizó esa misma denominación en la fundación definitiva: Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires. Con el correr del tiempo, el largo nombre se fue acortando en el uso cotidiano hasta quedar reducido a 'Buenos Aires', y a sus habitantes se los conoció como 'porteños', por vivir en el puerto.
La historia de la Virgen de Bonaria y su llegada milagrosa a las costas de Cerdeña —según la leyenda, una imagen que sobrevivió a un naufragio en 1370 y llegó flotando a la isla— forma parte del relato fundacional de la ciudad y explica por qué una metrópoli a orillas del Plata lleva el nombre de una devoción nacida en una isla del Mediterráneo.
La Buenos Aires que perdura nació el 11 de junio de 1580, cuando Juan de Garay, partiendo desde Asunción del Paraguay con un puñado de españoles y numerosos criollos y mestizos nacidos en estas tierras, refundó la ciudad sobre las barrancas del Río de la Plata. La bautizó Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires, reciclando el nombre de la fundación frustrada de Mendoza.
Garay trazó la ciudad según las normas españolas: una cuadrícula de calles en torno a una plaza mayor —la actual Plaza de Mayo—, repartió los solares y las tierras de chacra y estancia entre los pobladores, y estableció el Cabildo, la institución de gobierno local. Aquel acto fundacional fijó el corazón de la ciudad en el lugar donde hoy se levantan la Casa Rosada, la Catedral y el propio Cabildo, y definió un damero que todavía se reconoce en el casco histórico.
Durante buena parte de la época colonial, Buenos Aires fue una aldea modesta y periférica respecto de los grandes centros del virreinato del Perú, mal abastecida y volcada al contrabando por su lejanía de las rutas oficiales. Pero su posición estratégica sobre el estuario, como puerta natural del Atlántico Sur, contenía ya el germen de la importancia que adquiriría dos siglos más tarde.
El destino de Buenos Aires cambió en 1776, cuando el rey Carlos III creó el Virreinato del Río de la Plata y la eligió como su capital. El nuevo virreinato —que abarcaba los actuales territorios de Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia y parte de Brasil— buscaba reforzar la presencia española frente al avance británico y portugués en el Atlántico Sur. De golpe, la antigua aldea contrabandista se convertía en la cabecera política y administrativa de un inmenso territorio, y su puerto y su comercio cobraban una importancia decisiva.
Apenas tres décadas después llegó una prueba de fuego. En 1806 y 1807, dos expediciones británicas intentaron apoderarse de la ciudad: las llamadas Invasiones Inglesas. En la primera, las tropas del coronel William Carr Beresford ocuparon Buenos Aires en junio de 1806, mientras el virrey Sobremonte huía; pero las milicias criollas, organizadas por Santiago de Liniers, lograron la 'Reconquista' de la ciudad ese mismo año. En 1807, una segunda y más numerosa ofensiva británica fue rechazada en las calles porteñas en la llamada 'Defensa'. Aquellas victorias, conseguidas casi sin ayuda de España, despertaron en los criollos una nueva conciencia de su propia fuerza.
Ese espíritu desembocó en la Revolución de Mayo de 1810: el 25 de mayo, en el Cabildo de Buenos Aires, se destituyó al virrey y se formó la Primera Junta de gobierno patrio, el primer paso firme hacia la independencia, que se declararía formalmente en 1816. Desde entonces, la Plaza de Mayo quedó consagrada como el escenario por excelencia de la vida política argentina, donde se han celebrado y disputado los grandes momentos de la historia nacional.
A lo largo del siglo XIX, el peso económico y poblacional de Buenos Aires —dueña del único puerto de aguas profundas del país— fue una fuente constante de tensión con las provincias y motivo de guerras civiles. La 'cuestión capital' recién se resolvió en 1880: tras la derrota de la resistencia porteña encabezada por el gobernador Carlos Tejedor, se sancionó la federalización de la ciudad, que el 6 de diciembre de ese año fue declarada oficialmente Capital Federal de la República Argentina, separada de la provincia y puesta bajo jurisdicción nacional.
Fue entonces cuando Buenos Aires vivió su gran transformación. Entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, una enorme ola inmigratoria —sobre todo italiana y española, pero también de muchos otros orígenes— multiplicó la población y le dio a la ciudad su carácter cosmopolita, su acento, sus comidas y, en los arrabales, ese género musical mestizo que sería el tango. En los conventillos de San Telmo, La Boca y otros barrios populares se mezclaron las culturas que forjaron la identidad porteña.
La élite, enriquecida por el modelo agroexportador, soñó con una capital a la altura de las grandes ciudades europeas. Nacieron entonces las grandes avenidas —la Avenida de Mayo, la 9 de Julio, Corrientes—, los palacios afrancesados de Recoleta, los cafés notables como el Tortoni y joyas como el Teatro Colón, inaugurado en 1908. Era la Belle Époque porteña, la época en que Buenos Aires se ganó el apodo de 'la París de Sudamérica'. Ese legado arquitectónico y cultural, sumado a la energía de su gente, sigue definiendo a la ciudad que, desde 1996, es una ciudad autónoma con gobierno propio.