Las Cataratas del Iguazú son uno de los espectáculos naturales más imponentes del planeta: un sistema de más de 270 saltos de agua repartidos a lo largo de casi 3 km sobre el río Iguazú, en plena selva paranaense. Están en el extremo noreste de la provincia de Misiones, sobre la frontera entre Argentina y Brasil, y desde 1984 son Patrimonio Natural de la Humanidad de la UNESCO. En 2011 fueron elegidas además como una de las Siete Maravillas Naturales del Mundo.
El lado argentino, dentro del Parque Nacional Iguazú, concentra cerca del 80% de los saltos y ofrece la experiencia más inmersiva: se camina entre las cataratas, por encima y por debajo de ellas, gracias a una red de pasarelas y senderos (Circuito Superior, Circuito Inferior y la espectacular pasarela a la Garganta del Diablo), además del Tren Ecológico de la Selva que recorre el monte. El lado brasileño, en cambio, regala la gran vista panorámica del conjunto desde enfrente. Lo ideal, si el tiempo lo permite, es conocer los dos.
Puerto Iguazú es la base argentina para visitar las cataratas: una ciudad tranquila a unos 18 km del parque, con hoteles para todos los bolsillos, restaurantes, agencias y conexión aérea directa desde Buenos Aires y otras ciudades. Desde acá se organizan también la navegación bajo los saltos (Gran Aventura), los senderos de selva como el Macuco, la visita a la Isla San Martín y el cruce a Brasil. Es uno de esos destinos donde la naturaleza, literalmente, deja sin palabras.
Soy misionero y vine muchas veces, pero la visita de 2020, con casi nadie en las pasarelas, fue otra cosa: fue en el año en que Misiones fue el único mundo al que se podía viajar.
Leer mi experiencia completa →Las cataratas nacieron de un accidente geológico sobre las coladas basálticas del río Iguazú, cuya palabra guaraní significa 'agua grande'. El europeo Álvar Núñez Cabeza de Vaca las avistó en 1542 y en 1934 se creó el Parque Nacional Iguazú para protegerlas. Los guaraníes explican su origen con la leyenda de Naipí y Tarobá y la furia de la serpiente M'Boi: toda la historia, incluida la leyenda, está en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓La provincia de la selva paranaense y la tierra colorada: hogar de las célebres reducciones jesuítico-guaraníes hoy Patrimonio de la Humanidad, de la yerba mate que pobló su monte y de las Cataratas del Iguazú, una de las Siete Maravillas Naturales del Mundo.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Las Cataratas del Iguazú son, antes que nada, una historia de roca y agua. El río Iguazú nace en la sierra del Mar, en el sur de Brasil, y corre durante más de mil kilómetros hacia el oeste hasta desembocar en el río Paraná, en el punto donde hoy se tocan Argentina, Brasil y Paraguay. En su tramo final, el río atraviesa una enorme meseta formada por coladas de basalto: lavas que, en tiempos geológicos remotos (durante el período Jurásico-Cretácico), brotaron sin explosiones, en derrames suaves y sucesivos a través de fracturas de la corteza, y al enfriarse formaron capas superpuestas de distinta dureza.
La clave del paisaje está justamente en esas capas. Una fractura o falla generó un desnivel abrupto en el lecho del río, y el agua empezó a precipitarse por ese escalón. Como las coladas basálticas no son todas igual de resistentes, la erosión fue trabajando más rápido las rocas blandas que las duras, tallando el gran anfiteatro de saltos que vemos hoy: más de 270 cascadas repartidas a lo largo de casi tres kilómetros. La caída más imponente es la Garganta del Diablo, una herradura de unos 80 metros donde el río concentra su mayor fuerza. Las cataratas siguen, además, retrocediendo lentísimamente río arriba: la erosión nunca se detiene.
El nombre lo dice todo. 'Iguazú' viene del guaraní 'y' (agua) y 'guasu' (grande): 'agua grande'. Para los pueblos guaraníes que habitaban la selva paranaense, este lugar no era solo un accidente natural, sino un sitio cargado de sentido sagrado, como cuenta su leyenda fundacional.
Mucho antes de cualquier explicación geológica, los guaraníes ya tenían su propia versión sobre el origen de las cataratas, y es una de las leyendas más hermosas y trágicas de América. Cuenta el relato que en el río Iguazú habitaba M'Boi (también escrito Boi o Mboí, 'serpiente' en guaraní), un dios serpiente, hijo de Tupá, que reinaba sobre las aguas. Cada año, la tribu debía ofrendarle en sacrificio a una doncella hermosa, arrojándola al río para aplacar su furia y evitar sus maldiciones.
Un año la elegida fue Naipí, una joven de larga cabellera, tan bella que hasta el propio dios serpiente la deseaba para sí. Pero Naipí estaba enamorada de Tarobá, un valiente y joven cacique de otra tribu. La noche anterior al sacrificio, los dos enamorados huyeron juntos remando en una canoa por el río, río abajo, buscando escapar del destino. M'Boi, que todo lo veía, montó en cólera. Con su cuerpo enorme se hundió en la tierra y partió el curso del río en dos, abriendo de golpe un abismo: así, según la leyenda, nacieron las cataratas, justo delante de la canoa que escapaba.
El castigo fue eterno. La serpiente transformó a Tarobá en un árbol que crece al borde de los saltos, y a Naipí en una de las rocas batidas para siempre por el agua, mientras su larga cabellera se convertía en las propias cascadas. Luego M'Boi se sumergió en el fondo de la Garganta del Diablo, desde donde vigila a los amantes para que nunca vuelvan a unirse. Dicen los guaraníes que solo de vez en cuando, cuando sale el sol entre la espuma, el arcoíris desafía a la serpiente y tiende un puente que vuelve a unir, por un instante, a Naipí y a Tarobá.
El primer europeo que dejó testimonio escrito de las cataratas fue el conquistador y explorador español Álvar Núñez Cabeza de Vaca, en 1542. Venía marchando por tierra desde la costa atlántica, al frente de una expedición que buscaba llegar a Asunción, cuando se topó con el espectáculo del río Iguazú desplomándose en la selva. Impresionado, bautizó al conjunto como los 'Saltos de Santa María', aunque ese nombre nunca prendió: con el tiempo se impuso el original guaraní, Iguazú.
Durante los siglos siguientes, la zona quedó en los márgenes de la colonización. Era selva densa, alejada de los grandes centros, en una región de fronteras imprecisas entre los imperios español y portugués. Los pueblos guaraníes siguieron habitando el monte, y más al sur, sobre el río Paraná, los jesuitas levantaron sus célebres misiones (como San Ignacio Miní). Pero las cataratas en sí permanecieron casi inaccesibles y poco visitadas durante mucho tiempo, protegidas por su propia lejanía y por la espesura de la selva paranaense.
Recién en el siglo XX el Estado argentino tomó cartas en la protección de las cataratas. El 9 de octubre de 1934, durante la presidencia del general Agustín P. Justo, se sancionó la Ley 12.103, que creó la Dirección de Parques Nacionales y, junto con ella, dos de los primeros parques nacionales del país: el Parque Nacional Iguazú y el Parque Nacional Nahuel Huapi. El impulso decisivo había venido unos años antes del propio perito Francisco Moreno, quien ya a comienzos de siglo bregaba por preservar estos paisajes de la explotación privada, y del ingeniero Carlos Thays, que diseñó los primeros senderos. El objetivo era conservar el entorno de los saltos y la extraordinaria biodiversidad de la selva misionera que los rodea, uno de los ambientes más ricos del continente, con una superficie protegida de más de 67.000 hectáreas del lado argentino.
Desde entonces, el parque fue desarrollando la infraestructura que hoy permite recorrer las cataratas sin dañarlas: las primeras pasarelas de madera de comienzos del siglo XX fueron reemplazadas después de la gran crecida de 1992 —que arrasó buena parte de las estructuras existentes— por las actuales pasarelas metálicas, mucho más resistentes a las crecidas del río. También se construyó el Tren Ecológico de la Selva, que reemplazó a un antiguo tren diésel más contaminante, y se sumaron centros de visitantes, senderos interpretativos como el Macuco y un sistema de gestión de visitantes pensado para minimizar el impacto humano sobre un ecosistema tan frágil. Del lado brasileño se creó, también en la década de 1930 (1939), el Parque Nacional do Iguaçu, de modo que la maravilla quedó protegida por ambos países desde entonces, en una de las pocas áreas naturales binacionales del continente.
El reconocimiento internacional llegó en 1984, cuando la UNESCO declaró al Parque Nacional Iguazú Patrimonio Natural de la Humanidad, por su belleza escénica y su enorme diversidad biológica (el parque brasileño recibió la misma distinción en 1986). Y en 2011, tras una votación mundial organizada por la fundación New7Wonders que reunió millones de votos de todo el planeta, las Cataratas del Iguazú fueron consagradas como una de las Siete Maravillas Naturales del Mundo, junto a la selva amazónica, la bahía de Ha Long y otros paisajes emblemáticos. Hoy el parque conserva, además del paisaje, una fauna selvática que incluye al yaguareté (en serio peligro de extinción, con programas de reintroducción activos en la zona), el tapir, monos caí, coatíes, más de 400 especies de aves y unas 800 de mariposas, en lo que es uno de los últimos grandes remanentes de la Selva Paranaense, un ecosistema que en otros tiempos cubría buena parte del sur de Brasil, Paraguay oriental y el noreste argentino y que hoy sobrevive en apenas fragmentos dispersos.