Argel es una de las capitales más fotogénicas y menos visitadas del Mediterráneo: una ciudad blanca que trepa en anfiteatro sobre una bahía azul, con la medina otomana de la Casba cayendo hacia el puerto, los bulevares y balcones de hierro de la Argel colonial francesa, y un skyline moderno coronado por el altísimo minarete de la nueva Gran Mezquita. Durante décadas estuvo casi fuera de los mapas turísticos; hoy vuelve a abrirse al viajero curioso.
La ciudad concentra tres mil años de historia mediterránea: fue la romana Icosium, el corazón de una regencia otomana temida por sus corsarios, la 'perla' de la Argelia francesa y, sobre todo, el escenario de una de las luchas anticoloniales más intensas del siglo XX, la Guerra de Independencia y la célebre Batalla de Argel. Todo eso se palpa caminando por sus barrios, del laberinto de la Casba a los amplios paseos frente al mar.
Esta guía recorre Argel con mirada práctica: qué ver en la medina y en la ciudad colonial, cómo visitar la basílica de Notre-Dame d'Afrique y el Memorial de los Mártires, dónde comer, cómo moverse y cómo usar la capital como base para excursiones a Tipasa. Argel recompensa al viajero paciente con una autenticidad que ya casi no se encuentra en el Mediterráneo.
Nacida como la modesta Icosium romana, Argel tomó su forma actual cuando el bereber Buluggin ibn Ziri la refundó en el año 944. En el siglo XVI se convirtió en la capital de una poderosa regencia otomana, base de los corsarios 'berberiscos' que sembraron el terror en el Mediterráneo durante tres siglos. En 1830 Francia la ocupó y la transformó en la vitrina de su imperio colonial en África, hasta que la larga y sangrienta Guerra de Independencia (1954-1962) —con la mítica Batalla de Argel librada en los callejones de la Casba— culminó en la independencia de Argelia en 1962. La historia completa se cuenta en nuestra página de historia.
Leer la historia completa ↓La capital «blanca», levantada en anfiteatro sobre el Mediterráneo desde una ciudad zirí del siglo X, corazón de la Regencia corsaria y de la resistencia argelina, con su Casba Patrimonio de la Humanidad y la Tipasa romana que enamoró a Camus.
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Origen, formación y qué dicen las fuentes.
Mucho antes de que existiera Argel, en este tramo de costa hubo un modesto establecimiento fenicio y luego un pequeño puerto romano llamado Icosium, dependiente de la provincia de Mauritania Cesariense. Nunca fue una gran ciudad: un puñado de casas, un foro, algunas termas y una necrópolis en la ladera. Con la caída del Imperio romano y las invasiones vándala y bizantina, aquel enclave quedó reducido a poco más que unas ruinas junto al mar.
La Argel que conocemos nació en el año 944, cuando el príncipe bereber Buluggin ibn Ziri, de la dinastía zirí, refundó la ciudad sobre las ruinas de Icosium. La bautizó Djazā'ir Banī Mazghanna, 'las islas de los Banu Mazghanna', por los islotes rocosos que había frente a la bahía (hoy unidos al puerto). De ese nombre —al-Jazā'ir, 'las islas'— derivan tanto Argel (la ciudad) como Argelia (el país entero, que tomó su nombre de la capital).
Durante la Edad Media, Argel fue una plaza secundaria a la sombra de ciudades más poderosas como Tlemcen, Béjaïa o Kairuán. Pasó por manos almorávides, almohades, ziyánidas y hafsíes, y vivió del comercio marítimo y de la pesca. Nada hacía prever que aquella pequeña ciudad portuaria se convertiría, en el siglo XVI, en una de las potencias más temidas del Mediterráneo.
El gran vuelco llegó a comienzos del siglo XVI. Amenazada por España —que había ocupado varios puertos del norte de África tras la conquista de Granada—, la población de Argel pidió ayuda a dos hermanos corsarios de origen griego-otomano: Aruj y Jeireddín Barbarroja. Hacia 1516-1529, Jeireddín expulsó a los españoles del peñón que dominaba el puerto y puso la ciudad bajo la protección del sultán otomano. Argel se convirtió así en la capital de una regencia (el 'Regencia de Argel'), teóricamente parte del Imperio otomano pero en la práctica casi independiente.
Durante los tres siglos siguientes, Argel fue el gran nido de los corsarios 'berberiscos'. Sus flotas asaltaban barcos y costas de toda Europa, desde España e Italia hasta las Islas Británicas e incluso Islandia, capturando botín y sobre todo esclavos cristianos que se rescataban o se vendían en el mercado de la ciudad. Se calcula que decenas de miles de europeos pasaron por los 'baños' (prisiones) de Argel. Uno de los cautivos más famosos fue el escritor español Miguel de Cervantes, que estuvo preso aquí cinco años (1575-1580) e intentó fugarse varias veces antes de ser rescatado; la experiencia dejó huella en su obra.
Gobernada por deys (los jefes de la milicia otomana), Argel se enriqueció con el corso y el comercio, y se llenó de mezquitas, palacios y casas encaladas: la ciudad alta y laberíntica que hoy llamamos la Casba tomó su forma en esta época. Las grandes potencias europeas y hasta los jóvenes Estados Unidos llegaron a pagar tributo a los deys para proteger su comercio, en las llamadas 'guerras berberiscas'. Fue la edad de oro y a la vez el ocaso de la Argel corsaria.
El pretexto del fin llegó en forma de un episodio casi anecdótico: en 1827, en una disputa por una deuda, el dey de Argel golpeó con un abanico (o espantamoscas) al cónsul francés. Francia usó el 'agravio' para bloquear la ciudad y, en 1830, desembarcar un ejército. El 5 de julio de 1830 Argel capituló y el dey partió al exilio: terminaban tres siglos de regencia otomana y empezaba la larga y traumática colonización francesa.
A diferencia de otras colonias, Argelia fue anexada como parte integrante de Francia y poblada por cientos de miles de colonos europeos —los 'pieds-noirs'—, muchos de ellos también españoles, italianos y malteses. Argel se transformó en la vitrina del imperio: se derribaron partes de la ciudad baja para abrir amplios bulevares con arcadas frente al puerto, se levantaron edificios monumentales como la Grande Poste, teatros, hoteles y villas, y la ciudad se llenó de balcones de hierro y fachadas blancas. Nació la 'Alger la Blanche' colonial, elegante y europea.
Pero ese esplendor tenía un reverso brutal: la mayoría musulmana quedó despojada de sus tierras, marginada políticamente y sometida a un régimen de discriminación. La riqueza y los derechos eran para la minoría europea; la población autóctona vivía como ciudadanos de segunda en su propio país. Esa injusticia acumulada durante más de un siglo prepararía el estallido de la guerra más importante de la historia moderna de Argelia.
El 1 de noviembre de 1954, el Frente de Liberación Nacional (FLN) lanzó la insurrección que daría inicio a la Guerra de Independencia de Argelia, uno de los conflictos anticoloniales más duros del siglo XX. Argel, y muy especialmente su Casba, fue uno de los escenarios centrales. Entre 1956 y 1957 se libró la célebre Batalla de Argel: el FLN organizó atentados y una huelga general desde los callejones de la medina, y el ejército francés respondió con una represión feroz, empleando de forma sistemática la tortura y la detención masiva para desarticular la red urbana de la resistencia.
Aquellos meses quedaron grabados en la memoria mundial gracias a la película 'La battaglia di Algeri' (La batalla de Argel, 1966) del italiano Gillo Pontecorvo, rodada en las mismas calles y hoy un clásico del cine político. Figuras como Ali la Pointe o Yacef Saâdi se volvieron símbolos de la lucha. Militarmente, Francia 'ganó' la batalla urbana, pero el costo moral y político fue enorme: la brutalidad de la represión volvió insostenible la causa colonial ante la opinión internacional y la propia sociedad francesa.
La guerra, atroz en todo el país, se prolongó hasta 1962 y dejó cientos de miles de muertos. Los acuerdos de Évian y un referéndum abrieron el camino a la independencia: el 5 de julio de 1962 —fecha simbólica, aniversario de la caída de 1830— Argelia se convirtió en un país soberano, con Argel como capital. Cientos de miles de pieds-noirs abandonaron entonces el país rumbo a Francia. Una nueva nación empezaba su historia.
La Argel independiente fue, durante décadas, el escenario del proyecto de la nueva Argelia: un Estado de partido único (el FLN), de economía socialista sostenida por el petróleo y el gas del Sahara, y de retórica tercermundista. La ciudad se llenó de símbolos de esa época, como el imponente Memorial de los Mártires (Maqam Echahid), inaugurado en 1982 sobre las alturas para honrar a los caídos por la independencia. Argel creció con rapidez y su población se multiplicó con la llegada de gente del interior.
Los años noventa trajeron la 'década negra': una guerra civil entre el Estado y grupos islamistas armados, tras la anulación de unas elecciones que iba a ganar el FIS, que dejó unos 150.000 a 200.000 muertos y golpeó duramente a la capital con atentados y violencia. Argel, como todo el país, quedó marcada por aquel trauma. La normalización llegó a comienzos de los 2000, y la ciudad volvió poco a poco a la vida cotidiana y a abrirse al exterior.
En el siglo XXI, Argel se ha modernizado: estrenó una línea de metro en 2011, tranvías, teleféricos y grandes obras, y en 2019 inauguró la colosal Gran Mezquita de Argel, con el minarete más alto del mundo. En 2019, además, el movimiento popular pacífico del 'Hirak' llenó sus calles y avenidas de manifestaciones que precipitaron la salida del presidente Buteflika tras veinte años en el poder. Hoy la capital combina el peso de su historia —romana, otomana, colonial, revolucionaria— con el pulso de una gran ciudad mediterránea que vuelve, despacio, a mirar hacia el turismo y el mundo.