El noroeste de Uzbekistán lo ocupa la República de Karakalpakia (Karakalpakstán), una república autónoma que abarca cerca de un tercio del territorio nacional pero está escasamente poblada, en su mayoría por desierto. Su nombre proviene de los karakalpakos ("gorros negros"), un pueblo túrquico con lengua propia, emparentada con el kazajo, y una identidad cultural diferenciada dentro de Uzbekistán.
Esta tierra, atravesada por el bajo Amu Daria y limítrofe con Kazajistán y Turkmenistán, corresponde en parte a la antigua Corasmia y conserva las ruinas de numerosas fortalezas de adobe del desierto, las llamadas qalas, algunas de más de dos mil años. Su capital, Nukus, es una tranquila ciudad de trazado soviético que se ha vuelto célebre por un motivo inesperado: alberga uno de los museos de arte más sorprendentes del mundo.
En medio del desierto, Nukus guarda el Museo Estatal de Arte de Karakalpakia, conocido como Museo Savitsky en honor a su fundador, el artista y arqueólogo ruso Ígor Savitsky. Entre las décadas de 1950 y 1980, Savitsky reunió y salvó de la destrucción miles de obras de la vanguardia rusa y soviética prohibidas por el realismo socialista de Stalin, escondiéndolas en esta remota ciudad lejos de la censura de Moscú.
El resultado es una de las mayores colecciones de arte de vanguardia ruso del mundo, a menudo llamada "el Louvre de las estepas", junto a una notable colección de arte popular y arqueológico de Corasmia. Que semejante tesoro artístico se conserve en un rincón tan apartado es una de las grandes paradojas y atractivos de Uzbekistán.
Ningún lugar ilustra mejor el desastre del mar de Aral que Moynaq. Hasta mediados del siglo XX, esta localidad era un próspero puerto pesquero a orillas del cuarto lago más grande del planeta, con una flota y conserveras que daban trabajo a miles de personas. El desvío soviético de los ríos Amu Daria y Sir Daria para regar el algodón hizo retroceder el agua decenas de kilómetros, y hoy Moynaq se encuentra varado en pleno desierto.
Su imagen más famosa es el "cementerio de barcos": una hilera de pesqueros oxidados que yacen sobre la arena de lo que fue el fondo del mar, uno de los testimonios más crudos de una catástrofe ambiental provocada por el ser humano. Visitar Moynaq, con su memorial y su museo, es asomarse con sobriedad a una advertencia sobre el precio ecológico del monocultivo y la gestión del agua, un problema que la región todavía intenta mitigar.