Estambul es de las poquísimas ciudades del mundo que fue capital de dos imperios distintos y que se extiende sobre dos continentes a la vez. Su historia empieza hacia el 660 a. C., cuando colonos griegos de Mégara fundaron Bizancio sobre la punta que domina el Bósforo y el Cuerno de Oro, un fondeadero natural inmejorable. Durante casi mil años fue una ciudad griega más, hasta que en el año 330 Constantino la refundó como Constantinopla, capital del Imperio romano de Oriente, y la convirtió en la urbe más rica y poblada de Europa durante la Edad Media.
En 1453, con la conquista otomana, la ciudad cambió de dueño pero no de rango: siguió siendo capital imperial, ahora del mundo islámico, y se fue conociendo cada vez más por el nombre de Estambul, que se oficializó definitivamente en 1930, ya en la república. Es un caso único: la misma península estratégica fue la joya de Roma, de Bizancio y del sultanato otomano, y por eso acumula en pocos kilómetros cuadrados una densidad de historia que pocas ciudades igualan. Curiosamente, dejó de ser capital en 1923, cuando la joven república trasladó el gobierno a Ankara para marcar distancia con el pasado imperial.
Ningún edificio resume mejor las capas de Estambul que Santa Sofía (Hagia Sophia). Inaugurada en el 537 por Justiniano, fue durante casi mil años la mayor iglesia de la cristiandad y una proeza de la ingeniería, con su gigantesca cúpula que asombró a generaciones enteras. En 1453, Mehmet II la convirtió en mezquita y le añadió minaretes; en 1935, Atatürk la transformó en museo, símbolo del nuevo Estado laico; y en 2020 el gobierno de Erdoğan la volvió a convertir en mezquita, una decisión de fuerte carga política que reavivó viejos debates sobre identidad y laicismo.
Frente a Santa Sofía, el sultán Ahmet I mandó levantar a comienzos del siglo XVII la Mezquita Azul, con sus seis minaretes y sus miles de azulejos de İznik. A su alrededor se despliega el casco histórico otomano: el palacio de Topkapı, residencia de los sultanes durante siglos; la Cisterna Basílica, del período bizantino; y el Gran Bazar, uno de los mercados cubiertos más antiguos y grandes del mundo. El casco histórico de Estambul es Patrimonio de la Humanidad desde 1985 precisamente por esta superposición irrepetible de monumentos romanos, bizantinos y otomanos.
La razón de ser de Estambul es el agua. El estrecho del Bósforo, de apenas unos cientos de metros de ancho en su punto más angosto, une el mar Negro con el mar de Mármara —y a través de los Dardanelos con el Egeo y el Mediterráneo— y separa Europa de Asia. Quien controla el Bósforo controla el paso de todo el comercio del mar Negro, y por eso esta franja de agua ha sido, durante milenios, una de las posiciones más codiciadas del planeta.
Esa importancia estratégica sigue plenamente vigente. La Convención de Montreux de 1936 otorgó a Turquía el control de los estrechos y reguló el paso de buques de guerra, un tratado que vuelve a la actualidad cada vez que hay tensión en el mar Negro. Hoy, tres puentes colgantes y un túnel ferroviario submarino unen las dos orillas y los dos continentes, y millones de personas cruzan a diario entre la Estambul europea y la asiática. La ciudad de la región de Mármara es, literalmente, el lugar donde el mundo occidental y el oriental se dan la mano sobre el agua.
En el extremo suroeste de la región, cerca de Çanakkale y de la entrada de los Dardanelos, se levanta la colina de Hisarlık, identificada desde el siglo XIX con la Troya de la Ilíada. La epopeya de Homero cuenta el asedio de diez años de los griegos a la ciudad de Príamo para recuperar a Helena, y el ardid final del caballo de madera. Durante siglos se creyó que Troya era pura leyenda, hasta que el empresario y aventurero Heinrich Schliemann emprendió allí excavaciones a partir de 1871 y desenterró murallas, tesoros y los restos de una ciudad real.
Lo que la arqueología reveló fue aún más fascinante que el mito: no una Troya, sino al menos nueve ciudades superpuestas (Troya I a IX), habitadas desde alrededor del 3000 a. C. hasta la época romana. Una de esas capas, destruida por la guerra o el fuego hacia el siglo XIII o XII a. C., pudo inspirar el relato homérico. Los métodos de Schliemann fueron toscos y dañaron el yacimiento —y el llamado 'tesoro de Príamo' que se llevó resultó ser muy anterior a la guerra de Troya—, pero probó que bajo el mito había piedra. Hoy Troya es Patrimonio de la Humanidad, y un gran caballo de madera recibe a los visitantes como guiño a la leyenda.
El mismo estrecho que Homero convirtió en escenario mítico fue, tres mil años después, el de una de las batallas más sangrientas del siglo XX. En 1915, en plena Primera Guerra Mundial, los Aliados intentaron forzar los Dardanelos y tomar Constantinopla desembarcando en la península de Galípoli (Gelibolu), en la orilla europea del estrecho. La campaña, impulsada por Winston Churchill, se convirtió en un desastre: durante casi un año, tropas británicas, francesas, australianas y neozelandesas quedaron clavadas en las playas y las colinas frente a una tenaz defensa otomana, con centenares de miles de bajas de ambos lados antes de la retirada aliada.
Galípoli tuvo consecuencias que trascendieron el campo de batalla. Consagró como héroe nacional al coronel Mustafa Kemal, cuya defensa fue decisiva y que ocho años después fundaría la República de Turquía. Y para Australia y Nueva Zelanda, donde miles de jóvenes murieron lejos de casa, la campaña se transformó en un mito fundacional: el Día de ANZAC, cada 25 de abril, sigue siendo la conmemoración militar más importante de ambos países. Hoy, los cementerios y memoriales de la península —turcos, británicos, franceses y de la Commonwealth, uno junto a otro— hacen de esta esquina de la región de Mármara un lugar de peregrinación y reconciliación.