La costa egea de Turquía fue, hace más de 2500 años, uno de los lugares más brillantes del mundo antiguo. Colonizada por griegos desde el siglo VIII a. C., la región de Jonia reunió ciudades ricas y cultas —Mileto, Éfeso, Priene, Colofón— que dieron origen a la filosofía y la ciencia occidentales. En Mileto, Tales predijo un eclipse y buscó explicar el universo a partir del agua; Anaximandro dibujó uno de los primeros mapas del mundo; y de esta costa salieron también Pitágoras, oriundo de la vecina isla de Samos, y Heródoto, el padre de la historia, nacido en Halicarnaso.
Aquella efervescencia intelectual convivió con la disputa entre grandes potencias. Las ciudades jónicas cayeron bajo el Imperio persa en el siglo VI a. C., y su rebelión hacia el 499 a. C. encendió las Guerras Médicas entre griegos y persas. Después llegaron Alejandro y los reinos helenísticos, y por fin Roma, bajo la cual la región alcanzó su mayor esplendor material. El Egeo turco es, en cierto sentido, un museo al aire libre del pensamiento y el arte griegos, en tierra que hoy es plenamente turca.
Éfeso fue una de las ciudades más importantes del Mediterráneo antiguo: llegó a tener, según las estimaciones, entre 200.000 y 250.000 habitantes, y era uno de los grandes centros comerciales y religiosos de Asia Menor. Allí se levantaba el Templo de Artemisa, una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo, del que hoy apenas queda una columna. Bajo Roma, Éfeso fue capital de la provincia de Asia, y sus ruinas —la fachada monumental de la Biblioteca de Celso, el gran teatro con capacidad para 25.000 espectadores, las casas con mosaicos— están entre las mejor conservadas de todo el mundo grecorromano.
Éfeso tuvo también un papel central en los inicios del cristianismo. San Pablo vivió y predicó allí, y su famosa carta a los Efesios está dirigida a esa comunidad; los Hechos de los Apóstoles narran el tumulto de los plateros que veían amenazado el culto a Artemisa. La tradición sostiene que el apóstol Juan pasó sus últimos años en la ciudad y que la Virgen María la acompañó, por lo que en los alrededores se venera la Casa de la Virgen. En el año 431, Éfeso fue sede de un concilio ecuménico decisivo para la doctrina cristiana. Hoy es uno de los sitios arqueológicos más visitados de Turquía y Patrimonio de la Humanidad.
Tierra adentro, en la región del Egeo, la naturaleza creó uno de los paisajes más singulares de Turquía: las cascadas petrificadas de Pamukkale, cuyo nombre significa 'castillo de algodón'. Durante milenios, unas aguas termales cargadas de carbonato de calcio se derramaron por la ladera y depositaron terrazas de travertino de un blanco deslumbrante, con piscinas naturales de agua tibia y turquesa. El fenómeno geológico es tan llamativo que atrajo visitantes desde la Antigüedad.
Justo encima de las terrazas, los reyes de Pérgamo fundaron en el siglo II a. C. la ciudad de Hierápolis, que floreció bajo Roma como centro termal al que acudían enfermos de todo el imperio a buscar cura en sus aguas. Sus ruinas incluyen un gran teatro, templos, y una enorme necrópolis con miles de tumbas, muchas de gente que viajó hasta allí con la esperanza de sanar y terminó enterrada. Bajo el cristianismo, Hierápolis fue además un centro religioso, ligado a la tradición del martirio del apóstol Felipe. El conjunto de Hierápolis-Pamukkale es Patrimonio de la Humanidad, un raro caso en el que un prodigio natural y una ciudad antigua se funden en un solo lugar.
La glamorosa Bodrum de hoy, con sus casas blancas y su marina, se levanta sobre la antigua Halicarnaso, una ciudad griega de la región de Caria que dio al mundo dos legados enormes. El primero es Heródoto, nacido allí hacia el 484 a. C., cuyas 'Historias' fundaron el género histórico en Occidente. El segundo da nombre a una palabra que usamos todos los días: el Mausoleo. Hacia el 350 a. C., la reina Artemisia mandó construir para su esposo y hermano, el sátrapa Mausolo, una tumba monumental tan espléndida que pasó a ser una de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo; de su nombre deriva la palabra 'mausoleo' en todas las lenguas europeas.
El Mausoleo se conservó parcialmente hasta la Edad Media, cuando una serie de terremotos lo arruinó. En el siglo XV, los Caballeros Hospitalarios de San Juan —los mismos que después irían a Malta— reutilizaron sus piedras para levantar el castillo de San Pedro, la imponente fortaleza cruzada que todavía domina el puerto de Bodrum y que hoy alberga un museo de arqueología subacuática de fama mundial. Así, en un solo lugar se superponen la Grecia clásica, las Cruzadas y el turismo del siglo XXI.
İzmir, la antigua Esmirna, es la gran ciudad del Egeo y una de las más cosmopolitas de la historia otomana: durante siglos convivieron allí turcos, griegos, armenios, judíos y europeos, y se la conocía como 'Esmirna la infiel' por su carácter mercantil y multicultural. Ese mundo se derrumbó en septiembre de 1922, al final de la Guerra de Independencia turca. Cuando las tropas de Mustafa Kemal reconquistaron la ciudad tras la retirada del ejército griego, un gran incendio devastó los barrios cristianos —griego y armenio— en medio de matanzas y de una desesperada evacuación por mar de decenas de miles de personas. La 'Catástrofe de Esmirna', como la recuerdan los griegos, marcó el fin trágico de la presencia griega milenaria en Anatolia.
El desenlace de aquella guerra se selló en el Tratado de Lausana de 1923, que incluyó un intercambio obligatorio de poblaciones entre Grecia y Turquía basado en la religión: alrededor de 1,2 millones de cristianos ortodoxos fueron expulsados de Anatolia hacia Grecia, y unos 400.000 musulmanes tuvieron que dejar Grecia rumbo a Turquía. Fue uno de los primeros grandes desplazamientos forzados 'legalizados' del siglo XX, y transformó de raíz la composición humana de toda la costa egea: pueblos enteros que habían sido griegos durante generaciones quedaron vacíos o fueron repoblados por refugiados musulmanes. La İzmir moderna, reconstruida y volcada al mar, carga bajo su vitalidad la memoria de ese desgarro.