Togo no fue nunca una sola nación ni un solo pueblo, sino un cruce de caminos donde se asentaron, a lo largo de siglos, decenas de grupos llegados de distintas direcciones. Su población moderna suele agruparse en unos cuarenta pueblos, y la geografía del país explica buena parte de esa diversidad: la costa y el sur húmedo, las mesetas boscosas del centro-oeste, las montañas del norte y la sabana saheliana del extremo septentrional ofrecieron nichos muy distintos a poblaciones muy distintas.
En el sur predominan los ewe y los pueblos emparentados, agricultores de habla kwa que llegaron desde el este, desde la región del actual Benín y Nigeria, y cuya identidad se tejió alrededor de la memoria de una gran migración. Junto a ellos, en la costa, vivieron los guin-mina y otros grupos vinculados al comercio atlántico. En el centro aparecen los tem (o kotokoli) en torno a Sokodé, y los ana. En el norte se concentran los kabyè —labradores de las montañas que trabajaban laderas pedregosas con terrazas—, los losso, los moba y los gourma de la sabana, y, en el noreste, los batammariba o tamberma.
Esa fragmentación no fue un accidente: muchos de estos pueblos se refugiaron en zonas de difícil acceso —colinas, macizos, tierras aisladas— precisamente para escapar de los estados esclavistas y de las razias que asolaron África Occidental entre los siglos XVI y XIX. La ausencia de un gran imperio centralizado, tan característica de Togo, fue en parte una estrategia de supervivencia frente a la violencia de la trata. Sobre ese mosaico, las fronteras coloniales trazarían más tarde líneas rectas que ningún pueblo había pedido.
Ningún relato histórico está tan vivo en la memoria del sur de Togo como el del éxodo de Notsé. Notsé (o Nuatja), una ciudad amurallada de la meseta central, fue durante los siglos XVI y XVII el gran centro desde el cual los ewe se dispersaron por el actual Togo, el sureste de Ghana y parte de Benín. Allí, según la tradición, gobernaba un rey llamado Agokoli, recordado como un tirano que imponía trabajos forzados y prohibía la emigración de sus súbditos.
La leyenda cuenta que Agokoli obligó a su pueblo a levantar una imponente muralla de barro alrededor de la ciudad —los restos de la llamada muralla de Agbogbo todavía se pueden ver en tramos— y que, para humillarlos, les exigía fabricar ladrillos mezclando el lodo con espinas y vidrios rotos. Ahogados por la crueldad del rey, los ancianos ewe habrían urdido un plan: hicieron que las mujeres arrojaran cada día el agua de lavar contra un mismo punto de la muralla hasta ablandarla, y una noche abrieron un boquete y huyeron en masa, caminando de espaldas para que sus huellas confundieran a los perseguidores.
Más allá de los detalles legendarios, los historiadores sitúan esta dispersión hacia los siglos XVI-XVII y la entienden como una serie de migraciones que fundaron los numerosos subgrupos ewe que hoy comparten lengua y cultura a ambos lados de la frontera con Ghana. Cada septiembre, la fiesta del Agbogbozã reúne a los ewe en Notsé para conmemorar aquella huida. El mito del tirano y la muralla no es solo folclore: es el acta de nacimiento de la identidad ewe, un pueblo que se define, precisamente, por haber escapado de la opresión.
A diferencia de sus vecinos —el imperio ashanti al oeste o el reino de Dahomey al este—, el territorio togolés nunca se unificó bajo un gran estado. Predominaron las jefaturas y las pequeñas confederaciones: los ewe del sur se organizaban en unidades políticas locales, mientras en la costa surgían asentamientos ligados al comercio, como Glidji y la propia Aného, fundados en parte por refugiados ga y ane que huían de conflictos en la Costa del Oro.
En el corazón de esa cultura del sur estaba —y sigue estando— el vudú (vodún). Lejos de la caricatura de películas de terror, el vudú es una religión compleja y estructurada, nacida en esta región del Golfo de Guinea, que rinde culto a un panteón de divinidades (los vodún) intermediarias entre los humanos y un dios creador lejano, y que integra el culto a los ancestros, la adivinación y la medicina tradicional. A orillas del lago Togo, la aldea de Togoville es uno de sus grandes santuarios, con sus conventos, sus sacerdotes y sus fetiches.
Fue justamente en Togoville donde, en julio de 1884, el explorador alemán Gustav Nachtigal firmó un tratado de protectorado con el jefe local Mlapa III. De aquel nombre —Togo, que en lengua ewe alude al lugar "del otro lado del agua" o "a la orilla del lago"— saldría el nombre de todo el país. Que una nación entera lleve el nombre de una pequeña aldea vudú a orillas de una laguna dice mucho sobre las raíces profundas de Togo. Con la trata atlántica, además, el vudú viajó a América y echó raíces en Haití, Brasil y Cuba, convirtiéndose en una de las herencias culturales más universales de esta costa.
La breve costa togolesa formaba parte de lo que los europeos llamaron, sin eufemismos, la Costa de los Esclavos: el tramo del Golfo de Guinea, entre el delta del Volta y el del Níger, del que partieron durante los siglos XVI a XIX millones de africanos esclavizados hacia las plantaciones de América. Portugueses, holandeses, daneses, ingleses y franceses instalaron factorías a lo largo del litoral y compraron cautivos a los intermediarios locales, que los traían encadenados desde el interior.
El principal puerto de esta parte de la costa fue Aného (también llamado Petit-Popo o Little Popo), fundado hacia el siglo XVII por comerciantes y refugiados ga llegados del oeste. Aného prosperó como centro del comercio de esclavos primero y del aceite de palma después, y se convirtió en una ciudad cosmopolita donde se cruzaban africanos, mestizos afrobrasileños retornados y agentes europeos. Su decadencia posterior dejó una ciudad de arquitectura colonial desvencijada y aire melancólico frente a las lagunas.
Ese pasado no puede contarse con edulcorantes. La trata despobló y militarizó el interior, alimentó guerras entre pueblos por la captura de cautivos y empujó a muchas comunidades —como los kabyè o los batammariba— a refugiarse en tierras altas y de difícil acceso. Cuando las potencias europeas prohibieron y persiguieron el tráfico atlántico en el siglo XIX, la misma costa que había vivido de la trata pasó a ser codiciada por su comercio de aceite de palma, algodón y otros productos, y quedó lista para el siguiente capítulo: la conquista colonial formal.
El 5 de julio de 1884, el explorador y cónsul alemán Gustav Nachtigal firmó en Togoville el tratado con el jefe Mlapa III que puso la costa bajo protectorado alemán. Nacía así el Togoland alemán, que en las décadas siguientes Alemania fue ampliando hacia el interior mediante nuevos tratados y expediciones militares, a menudo violentas, hasta darle al territorio su característica forma de franja alargada. La Conferencia de Berlín de 1884-85, que repartió África entre las potencias europeas, dio cobertura a todo el proceso.
Berlín presentó a Togoland como su Musterkolonie, su "colonia modelo": la única de sus posesiones africanas que llegó a ser financieramente autosuficiente antes de 1914. Los alemanes construyeron el puerto y la capital en Lomé (elegida capital en 1897), tendieron tres líneas de ferrocarril hacia el interior, levantaron una red de telégrafos y erigieron la potente estación de radio de Kamina, cerca de Atakpamé, que conectaba Berlín con sus colonias y con los barcos del Atlántico. Fomentaron plantaciones de algodón, cacao, café y palma, e impusieron un sistema educativo y administrativo eficiente.
Detrás de la vitrina, sin embargo, el "modelo" se sostenía sobre el trabajo forzado, los impuestos y los castigos corporales. La eficiencia alemana fue también dureza extrema con la población africana, y hubo revueltas reprimidas a sangre y fuego. La "colonia modelo" era próspera para las cuentas de Berlín, no para los togoleses que la construían. Ese doble carácter —infraestructura moderna y opresión brutal— marcaría el recuerdo ambiguo de la etapa alemana, cuya huella todavía se ve en la catedral de Lomé, las viejas estaciones y algún que otro edificio de la costa.
La Primera Guerra Mundial acabó de golpe con la aventura colonial alemana en Togo. En agosto de 1914, tropas francesas y británicas invadieron Togoland desde las colonias vecinas; uno de los primeros objetivos fue la estación de radio de Kamina, cuya destrucción por los propios alemanes el 24-25 de agosto precedió a su rendición el 26 de agosto de 1914. Togoland fue una de las primeras posesiones alemanas en caer, apenas iniciada la guerra.
Vencida Alemania, las potencias se repartieron el botín. Por el acuerdo Milner-Simon de 1919 y luego bajo mandatos de la Sociedad de las Naciones otorgados en 1922, Togoland quedó dividido en dos: alrededor de dos tercios del territorio —incluida toda la costa, Lomé y la red ferroviaria— pasaron a Francia como Togo francés, mientras la franja occidental, fronteriza con la Costa del Oro, quedó bajo administración británica como Togoland británico. La línea de reparto siguió las zonas de ocupación militar, no la geografía de los pueblos, y partió en dos a comunidades enteras, sobre todo a los ewe.
Ese trazado tuvo consecuencias duraderas. Tras la Segunda Guerra Mundial, los mandatos se convirtieron en fideicomisos de la ONU, y creció un movimiento de reunificación ewe que reclamaba juntar de nuevo las dos mitades. Pero en un plebiscito de 1956, la parte británica votó integrarse a la vecina Costa del Oro, que en 1957 se independizó como Ghana. Así, el Togoland británico desapareció dentro de Ghana, mientras el Togo francés seguiría su propio camino hacia la independencia. La frontera que hoy separa a Togo de Ghana es, en buena medida, aquella cicatriz colonial de 1919 que dividió al pueblo ewe.
El Togo francés marchó hacia la independencia de la mano de Sylvanus Olympio, un nacionalista educado en Europa y figura del partido CUT. Tras ganar las elecciones supervisadas por la ONU en 1958, Olympio condujo al país a la independencia plena el 27 de abril de 1960 y fue elegido presidente en 1961. Panafricanista y celoso de la soberanía, buscó reducir la dependencia de Francia, incluso barajando una moneda propia fuera del franco CFA.
Su gobierno duró poco. En la madrugada del 13 de enero de 1963, un grupo de suboficiales —muchos de ellos veteranos togoleses del ejército francés que Olympio se había negado a incorporar a las reducidas fuerzas armadas nacionales— dio un golpe de Estado. Olympio fue asesinado a tiros frente a la embajada de Estados Unidos en Lomé; entre los golpistas estaba un joven sargento del norte llamado Étienne Gnassingbé Eyadéma. Fue el primer golpe militar con magnicidio en el África recién descolonizada, un sombrío precedente para todo el continente.
Tras un interludio civil, Eyadéma tomó directamente el poder en otro golpe en 1967 y gobernó Togo con mano de hierro durante 38 años, hasta su muerte en 2005. Instauró un régimen de partido único en torno al RPT, un culto a la personalidad y un aparato de seguridad que reprimió con dureza a la oposición; las denuncias de detenciones, torturas y desapariciones fueron constantes. Bajo la presión internacional aceptó a comienzos de los años noventa una apertura multipartidista más formal que real, atravesada por crisis, huelgas generales y exilios masivos. Conviene nombrar esa etapa con sobriedad y sin adornos: fue una de las dictaduras más largas de África, sostenida en el control militar del país por una élite del norte.
Cuando Eyadéma murió, en febrero de 2005, el ejército instaló en el poder a su hijo, Faure Gnassingbé, en una maniobra que la comunidad internacional denunció como un golpe. Ante la presión, Faure renunció y se sometió a una elección que ganó en abril de 2005, en medio de una represión que, según Naciones Unidas, dejó centenares de muertos y miles de refugiados en los países vecinos. Así, la familia Gnassingbé encadenó en el poder al padre y al hijo, en lo que es una de las dinastías políticas más duraderas del continente.
Faure Gnassingbé ha gobernado desde entonces, reelecto en 2010, 2015 y 2020 en comicios cuestionados por la oposición. En 2017 y 2018, grandes manifestaciones exigieron límites a los mandatos presidenciales y reformas democráticas, y fueron reprimidas. En 2024, una polémica reforma constitucional transformó a Togo en un régimen de tipo parlamentario y creó el cargo de presidente del Consejo de Ministros, dotado del poder ejecutivo real; en mayo de 2025 Faure Gnassingbé asumió ese nuevo cargo, un mecanismo que la oposición denunció como una forma de perpetuarse en el poder más allá de los límites presidenciales.
Más allá de la política, el Togo del siglo XXI es un país pequeño y pobre pero estratégico: el puerto de aguas profundas de Lomé es uno de los más dinámicos de África Occidental, y el fosfato y la agricultura (café, cacao, algodón) sostienen la economía. En el extremo norte, la región de Savanes vive bajo estado de emergencia desde 2022 por la expansión de grupos yihadistas provenientes del Sahel. Frente a esos desafíos, Togo conserva un patrimonio cultural extraordinario —el vudú, Koutammakou, la diversidad de sus pueblos— que empieza, poco a poco, a atraer a viajeros curiosos dispuestos a descubrir uno de los rincones menos transitados de África.