Freetown es, literalmente, la "ciudad libre": su nombre proclama su origen único. Fue fundada el 11 de marzo de 1792 por más de mil cien colonos negros llegados de Nueva Escocia, antiguos esclavos que habían ganado su libertad sirviendo al bando británico en la Revolución Norteamericana, guiados por el oficial abolicionista John Clarkson. Antes, en 1787, un primer grupo de "Black Poor" de Londres había intentado asentarse en Granville Town, la efímera "Provincia de la Libertad".
A los nova scotians se sumaron, en 1800, los cimarrones de Jamaica y, desde 1808, miles de africanos liberados de los barcos negreros por la escuadra británica que hizo de Freetown su base. De esa mezcla asombrosa nació el pueblo krio y su lengua. La ciudad se convirtió en el gran centro cristiano, educativo y administrativo del África Occidental británica.
Hoy Freetown es una capital caótica y llena de vida, encaramada entre el mar y las montañas del león que le dan nombre al país. Su corazón guarda la memoria de esa historia: el Cotton Tree, el enorme algodonero bajo el cual, según la tradición, los primeros colonos dieron gracias, fue durante dos siglos el símbolo de la ciudad, hasta que una tormenta lo derribó en 2023.
La península de Freetown es una rareza geográfica: una franja de montañas cubiertas de selva que caen directamente al Atlántico, formando algunas de las playas más bellas del África Occidental. Fueron precisamente estas alturas boscosas las que los portugueses del siglo XV bautizaron "Serra Leoa", las montañas del león, dando nombre a todo el país.
A lo largo de la costa de la península se suceden arenales de postal: la bahía de River No. 2, donde un río de agua dulce desemboca en el mar entre palmeras; Tokeh, larga franja dorada con la selva y las montañas de fondo; Bureh, media luna que se convirtió en la cuna del surf sierraleonés; y Lakka, uno de los primeros balnearios en reabrir tras la guerra. Durante el conflicto y la epidemia de ébola, estas playas quedaron casi vacías; su reapertura es un símbolo de la recuperación del país.
Las montañas que las respaldan siguen cubiertas de selva tropical, protegida en parte por la Área Natural de la Península de Freetown. Es en esa foresta, a media hora del bullicio de la capital, donde sobrevive buena parte de la biodiversidad de la región.
En la selva de las montañas de la península, a apenas media hora de Freetown, funciona el Santuario de Chimpancés de Tacugama, fundado en 1995 por los hermanos Bala y Sharmila Amarasekaran. Nació como refugio para chimpancés huérfanos rescatados del tráfico ilegal y de la caza, y ha resistido incluso los años de la guerra civil.
El chimpancé occidental, en peligro de extinción, tiene en Sierra Leona una de sus poblaciones importantes, amenazada por la deforestación y la caza. Tacugama no solo rehabilita animales: desarrolla programas de educación ambiental y de conservación, y en 2019 el chimpancé fue declarado animal nacional de Sierra Leona, un reconocimiento impulsado en buena parte por la labor del santuario.
Para el visitante, Tacugama ofrece visitas guiadas y ecolodges donde dormir entre los árboles, escuchando de noche los gritos de los chimpancés. Es uno de los grandes emblemas del ecoturismo sierraleonés y una muestra de cómo la conservación puede sobrevivir incluso en los contextos más difíciles.