Antes que la historia humana, en Seychelles hubo geología y biología. Las islas del grupo interior no son de origen volcánico ni coralino como casi todas las islas oceánicas, sino fragmentos de granito antiquísimo, restos del supercontinente de Gondwana que quedaron aislados en medio del Índico cuando la India se separó de África y Madagascar hace decenas de millones de años. Ese aislamiento extremo convirtió al archipiélago en un laboratorio de la evolución: allí prosperaron especies que no existen en ningún otro lugar, como la palmera coco de mer, que produce la semilla más grande del reino vegetal, o las tortugas terrestres gigantes que poblaban las islas por millares.
Durante siglos, estas islas fueron conocidas pero no habitadas. Es probable que navegantes árabes y austronesios cruzaran sus aguas en las rutas del monzón, y algunos historiadores atribuyen a marinos árabes las primeras referencias; pero no dejaron asentamientos. La primera constancia europea llegó con los portugueses: en su segundo viaje a la India, en 1502, la flota de Vasco da Gama avistó un grupo de islas coralinas que bautizó Amirantes —las "islas del Almirante"— en honor a su propio rango. Hacia 1517 los cartógrafos portugueses ya representaban las islas graníticas del norte, que llamaron As Sete Irmãs, "las Siete Hermanas".
El primer desembarco documentado no fue portugués ni francés, sino inglés. En 1609, una expedición de la Compañía Inglesa de las Indias Orientales, a bordo del barco Ascension, tocó tierra en el archipiélago y describió con asombro sus cocoteros, tortugas, aves mansas y aguas repletas de peces. Pero tampoco se quedaron: las Seychelles siguieron siendo, por más de siglo y medio, unas islas de nadie en la ruta hacia la India.
En el largo interludio en que las Seychelles siguieron deshabitadas, sus calas escondidas y sus islas sin dueño atrajeron a un tipo particular de visitante: los piratas. Entre fines del siglo XVII y comienzos del XVIII, el océano Índico vivió una edad de oro de la piratería. Corsarios y bandidos del mar que habían agotado las presas del Caribe cruzaron hacia el este atraídos por los cargamentos fabulosos de los barcos que unían la India, Arabia y Europa, y encontraron en Madagascar, las Mascareñas y las islas dispersas del archipiélago seychellense refugios ideales para carenar sus naves, esconderse y repartir el botín.
La figura que ató para siempre a Seychelles con la leyenda pirata fue Olivier Levasseur, apodado La Buse, "el Ratonero", un pirata francés que operó en el Índico en la década de 1720. Su golpe más célebre fue el asalto a un riquísimo barco portugués, y la tradición sostiene que enterró un tesoro colosal en algún punto del archipiélago antes de ser capturado y ahorcado en la isla de Reunión en 1730. Se cuenta que, camino al patíbulo, arrojó a la multitud un criptograma con la clave del escondite. Ese tesoro nunca apareció, pero durante siglos alimentó expediciones y buscadores, sobre todo alrededor de Bel Ombre, en Mahé.
Más allá del mito, la presencia pirata dejó una marca real: fue una de las razones que empujaron a las potencias europeas a interesarse por controlar unas islas hasta entonces ignoradas. Cuando Francia decidió, por fin, tomar posesión formal del archipiélago, lo hizo en parte para asegurar sus rutas comerciales frente a la amenaza de la piratería en el Índico.
El destino de las Seychelles cambió cuando Francia, que ya gobernaba las cercanas Isla de Francia (Mauricio) y Reunión, decidió explorar las islas del norte. En 1742, el gobernador Bertrand-François Mahé de La Bourdonnais envió una expedición al mando del capitán Lazare Picault, que desembarcó en la isla mayor y la bautizó, con optimismo, "Isla de la Abundancia". Picault regresó en 1744 y rebautizó la isla principal Mahé, en honor a su patrón La Bourdonnais; ese nombre lleva todavía la mayor de las islas.
La toma de posesión formal llegó en la década siguiente. En 1756, el comandante Corneille Nicholas Morphey desembarcó y, el 1 de noviembre, reclamó las islas para el rey de Francia y la Compañía Francesa de las Indias Orientales, dejando como testimonio una Piedra de Posesión en el lugar donde hoy se levanta Victoria, la capital. Morphey rebautizó el archipiélago Séchelles —después anglicanizado a Seychelles— en homenaje a Jean Moreau de Séchelles, ministro de Finanzas de Luis XV. Una de las islas, Sainte Anne, recibió su nombre en recuerdo de la joven esposa de Morphey, fallecida ese mismo año.
Pero la posesión de 1756 fue puramente simbólica: Morphey se marchó y las islas siguieron vacías catorce años más. Recién en 1770 llegó el primer asentamiento estable. Una expedición organizada por el comerciante Brayer du Barré desembarcó en la isla de Sainte Anne a una veintena de pioneros —franceses, africanos esclavizados e indios—, que intentaron levantar una colonia de especias. Así, sin pueblos originarios que desplazar, empezó la historia poblada de Seychelles: una sociedad nacida entera del proyecto colonial francés.
La colonia francesa se pensó, desde el principio, como una empresa agrícola. El gran proyecto fue romper el monopolio holandés sobre las especias: el intendente de la Isla de Francia, Pierre Poivre, impulsó la introducción en Seychelles de clavo de olor, nuez moscada, canela y pimienta, con la esperanza de convertir el archipiélago en una despensa de especias del Índico. Se creó incluso un jardín de aclimatación, el Jardin du Roi, en Mahé. El experimento tuvo resultados dispares —una parte de las plantaciones se quemó, según la tradición, para que no cayeran en manos británicas—, pero dejó una huella duradera: la canela se asilvestró y todavía tapiza las montañas de Mahé.
Como en todas las colonias de plantación del Índico y del Atlántico, el motor de esa economía fue el trabajo esclavo. Los colonos franceses trajeron a hombres, mujeres y niños esclavizados desde Madagascar, la costa de África Oriental y las Mascareñas para desmontar la selva, cultivar algodón, maíz y especias y construir la colonia. Muy pronto la población esclavizada superó ampliamente a la de los colonos blancos, un rasgo que marcaría para siempre la composición humana del país.
De esa mezcla forzada de europeos y africanos nació la sociedad criolla seychellense: su lengua, el kreol seselwa —un criollo de base francesa—, su cocina, su música y sus creencias son fruto de aquel encuentro desigual y violento. Nombrar la esclavitud sin eufemismos es parte de contar esta historia con honestidad: la Seychelles idílica de las postales se construyó, en sus cimientos, sobre el trabajo de personas esclavizadas.
Las guerras entre Francia y Gran Bretaña que sacudieron el fin del siglo XVIII alcanzaron también a este rincón del Índico. En 1794, en plena Revolución Francesa, una escuadra británica se presentó frente a Mahé. El administrador francés, Jean-Baptiste Quéau de Quinssy (o Quincy), comprendió que la diminuta colonia no podía resistir y entregó las islas sin derramar sangre, a cambio de que se respetaran las vidas y propiedades de los colonos.
Lo que siguió fue una de las páginas más pintorescas de la historia colonial. Durante casi veinte años, cada vez que un barco británico aparecía, Quinssy arriaba la bandera francesa y firmaba la capitulación; cuando el barco se iba, la volvía a izar. Esa diplomacia camaleónica —capituló en varias ocasiones sucesivas— permitió que la pequeña colonia sobreviviera casi intacta entre dos imperios en guerra, y le valió a Quinssy pasar a la historia como un maestro de la supervivencia política.
La situación se resolvió con la caída de Napoleón. Tras la rendición de la Isla de Francia en 1810, el Tratado de París de 1814 cedió formalmente Seychelles —junto con Mauricio— a Gran Bretaña. Los británicos gobernaron el archipiélago como una dependencia de Mauricio, administrada desde lejos por comisarios civiles. La lengua, la religión católica y las costumbres francesas de los colonos, sin embargo, sobrevivieron bajo el nuevo amo, y el criollo siguió siendo la lengua del pueblo. Seychelles se volvió, así, una isla de cultura francesa bajo bandera británica.
El cambio más profundo que trajo el dominio británico fue el fin de la esclavitud. Tras la abolición decretada por el Imperio británico en la década de 1830, y el fin del período de "aprendizaje" en 1835, miles de personas esclavizadas en Seychelles quedaron legalmente libres. Para los plantadores criollos fue un golpe económico: privados de mano de obra forzada, muchos abandonaron los cultivos intensivos de algodón y grano y se pasaron a productos que exigían menos brazos, como el coco —para la copra—, la vainilla y la canela, que dominarían la economía isleña durante un siglo.
A la población liberada se sumó, a mediados del siglo XIX, un nuevo contingente africano de origen dramático. La Royal Navy británica patrullaba el Índico para reprimir el tráfico de esclavos que todavía alimentaba a los mercados árabes, y los barcos negreros que interceptaba eran conducidos a puertos británicos. Muchos de esos "africanos liberados" —hombres, mujeres y niños rescatados de los barcos esclavistas— fueron desembarcados en Seychelles, sobre todo en las décadas de 1860 y 1870. Llegaban libres, pero desarraigados, y se incorporaron como trabajadores a las plantaciones.
Esta nueva oleada reforzó el componente africano de la sociedad y enriqueció la cultura criolla con lenguas, ritmos y creencias del continente. La Seychelles moderna, profundamente mestiza, es hija de ese doble proceso: la esclavitud primero y la llegada de los africanos liberados después. A ellos se sumarían, con el tiempo, comerciantes indios y chinos, que aportaron su parte al mosaico humano del archipiélago.
Durante buena parte del siglo XIX y comienzos del XX, Seychelles siguió siendo una dependencia menor y olvidada de Mauricio, hasta que el 10 de noviembre de 1903 fue elevada a la categoría de colonia de la Corona por derecho propio, con su propio gobernador en Victoria. Fue una colonia pobre y periférica, cuya economía dependía por completo de los vaivenes del precio de la copra, la canela y la vainilla, y a la que el Imperio recurría, a veces, como lugar de destierro para prisioneros políticos incómodos de otras partes del mundo.
El gran punto de inflexión llegó recién en 1971, con la inauguración del aeropuerto internacional de Mahé. Hasta entonces las islas solo eran accesibles por barco, tras varios días de navegación, lo que las mantenía casi congeladas en el tiempo. El avión abrió Seychelles al mundo y encendió el motor que transformaría el país: el turismo. En pocos años, las playas de granito rosado y las aguas turquesa empezaron a atraer visitantes, y con ellos llegaron divisas, empleo y una nueva conciencia del valor de la naturaleza isleña.
En paralelo maduró la vida política. Surgieron dos grandes partidos y dos líderes rivales: James Mancham, del Partido Democrático, partidario de estrechar lazos con Gran Bretaña, y France-Albert René, socialista, que reclamaba la independencia. Tras años de negociación con Londres y un breve gobierno de coalición, Seychelles alcanzó el autogobierno interno en 1975 y la independencia plena, dentro de la Commonwealth, el 29 de junio de 1976. Mancham fue el primer presidente y René, el primer ministro de la joven república.
La convivencia entre Mancham y René duró apenas un año. El 5 de junio de 1977, mientras Mancham asistía a una reunión de la Commonwealth en Londres, un grupo de partidarios armados de René tomó el poder en un golpe de Estado y proclamó a René presidente. Aunque él negó haberlo ordenado, asumió la jefatura del Estado y no la soltaría durante más de dos décadas. Seychelles se convirtió en una república socialista de partido único en torno al Frente Progresista del Pueblo de Seychelles, alineada con el bloque no alineado de tendencia soviética, que impulsó políticas de educación y salud públicas pero también reprimió a la oposición y empujó al exilio a miles de seychellenses.
El régimen sobrevivió a varios intentos de derrocarlo. El más célebre ocurrió el 25 de noviembre de 1981, cuando un grupo de mercenarios sudafricanos comandados por el coronel Mike Hoare —"Mad Mike"— entró al país disfrazado de turistas, ocultando las armas entre el equipaje. El plan, que buscaba restaurar a Mancham, se descubrió en el aeropuerto de Mahé y desató un tiroteo; los mercenarios secuestraron un avión de línea y huyeron a Sudáfrica. El episodio, entre trágico y grotesco, quedó como uno de los intentos de golpe más insólitos del siglo XX.
La presión internacional y el fin de la Guerra Fría empujaron el cambio. En 1991 se legalizó el multipartidismo, y en 1993 los seychellenses aprobaron en referéndum una nueva Constitución —la de la Tercera República— y celebraron las primeras elecciones multipartidistas desde la independencia. René ganó en las urnas y siguió gobernando, ahora por la vía democrática, hasta que en 2004 cedió el mando a su vicepresidente, James Michel. El broche de esa larga transición llegó en 2020: Wavel Ramkalawan, líder opositor y sacerdote anglicano, ganó la presidencia y protagonizó la primera alternancia pacífica de poder desde 1977. Hoy Seychelles es una democracia estable y el país con mayor renta por habitante de África, que vive del turismo de alta gama y de la pesca del atún, y que se ha vuelto un referente mundial de la conservación: fue pionero en los canjes de deuda por naturaleza, protegió enormes áreas marinas y custodia dos joyas declaradas Patrimonio de la Humanidad, el atolón de Aldabra y el Valle de Mai.