Antes que la historia humana, en Seychelles hubo geología y biología. Las islas del grupo interior no son de origen volcánico ni coralino como casi todas las islas oceánicas, sino fragmentos de granito antiquísimo, restos del supercontinente de Gondwana que quedaron aislados en medio del Índico cuando la India se separó de África y Madagascar hace decenas de millones de años. Ese aislamiento extremo convirtió al archipiélago en un laboratorio de la evolución: allí prosperaron especies que no existen en ningún otro lugar, como la palmera coco de mer, que produce la semilla más grande del reino vegetal, o las tortugas terrestres gigantes que poblaban las islas por millares.
Durante siglos, estas islas fueron conocidas pero no habitadas. Es probable que navegantes árabes y austronesios cruzaran sus aguas en las rutas del monzón, y algunos historiadores atribuyen a marinos árabes las primeras referencias; pero no dejaron asentamientos. La primera constancia europea llegó con los portugueses: en su segundo viaje a la India, en 1502, la flota de Vasco da Gama avistó un grupo de islas coralinas que bautizó Amirantes —las "islas del Almirante"— en honor a su propio rango. Hacia 1517 los cartógrafos portugueses ya representaban las islas graníticas del norte, que llamaron As Sete Irmãs, "las Siete Hermanas".
El primer desembarco documentado no fue portugués ni francés, sino inglés. En 1609, una expedición de la Compañía Inglesa de las Indias Orientales, a bordo del barco Ascension, tocó tierra en el archipiélago y describió con asombro sus cocoteros, tortugas, aves mansas y aguas repletas de peces. Pero tampoco se quedaron: las Seychelles siguieron siendo, por más de siglo y medio, unas islas de nadie en la ruta hacia la India.
En el largo interludio en que las Seychelles siguieron deshabitadas, sus calas escondidas y sus islas sin dueño atrajeron a un tipo particular de visitante: los piratas. Entre fines del siglo XVII y comienzos del XVIII, el océano Índico vivió una edad de oro de la piratería. Corsarios y bandidos del mar que habían agotado las presas del Caribe cruzaron hacia el este atraídos por los cargamentos fabulosos de los barcos que unían la India, Arabia y Europa, y encontraron en Madagascar, las Mascareñas y las islas dispersas del archipiélago seychellense refugios ideales para carenar sus naves, esconderse y repartir el botín.
La figura que ató para siempre a Seychelles con la leyenda pirata fue Olivier Levasseur, apodado La Buse, "el Ratonero", un pirata francés que operó en el Índico en la década de 1720. Su golpe más célebre fue el asalto a un riquísimo barco portugués, y la tradición sostiene que enterró un tesoro colosal en algún punto del archipiélago antes de ser capturado y ahorcado en la isla de Reunión en 1730. Se cuenta que, camino al patíbulo, arrojó a la multitud un criptograma con la clave del escondite. Ese tesoro nunca apareció, pero durante siglos alimentó expediciones y buscadores, sobre todo alrededor de Bel Ombre, en Mahé.
Más allá del mito, la presencia pirata dejó una marca real: fue una de las razones que empujaron a las potencias europeas a interesarse por controlar unas islas hasta entonces ignoradas. Cuando Francia decidió, por fin, tomar posesión formal del archipiélago, lo hizo en parte para asegurar sus rutas comerciales frente a la amenaza de la piratería en el Índico.
El destino de las Seychelles cambió cuando Francia, que ya gobernaba las cercanas Isla de Francia (Mauricio) y Reunión, decidió explorar las islas del norte. En 1742, el gobernador Bertrand-François Mahé de La Bourdonnais envió una expedición al mando del capitán Lazare Picault, que desembarcó en la isla mayor y la bautizó, con optimismo, "Isla de la Abundancia". Picault regresó en 1744 y rebautizó la isla principal Mahé, en honor a su patrón La Bourdonnais; ese nombre lleva todavía la mayor de las islas.
La toma de posesión formal llegó en la década siguiente. En 1756, el comandante Corneille Nicholas Morphey desembarcó y, el 1 de noviembre, reclamó las islas para el rey de Francia y la Compañía Francesa de las Indias Orientales, dejando como testimonio una Piedra de Posesión en el lugar donde hoy se levanta Victoria, la capital. Morphey rebautizó el archipiélago Séchelles —después anglicanizado a Seychelles— en homenaje a Jean Moreau de Séchelles, ministro de Finanzas de Luis XV. Una de las islas, Sainte Anne, recibió su nombre en recuerdo de la joven esposa de Morphey, fallecida ese mismo año.
Pero la posesión de 1756 fue puramente simbólica: Morphey se marchó y las islas siguieron vacías catorce años más. Recién en 1770 llegó el primer asentamiento estable. Una expedición organizada por el comerciante Brayer du Barré desembarcó en la isla de Sainte Anne a una veintena de pioneros —franceses, africanos esclavizados e indios—, que intentaron levantar una colonia de especias. Así, sin pueblos originarios que desplazar, empezó la historia poblada de Seychelles: una sociedad nacida entera del proyecto colonial francés.
La colonia francesa se pensó, desde el principio, como una empresa agrícola. El gran proyecto fue romper el monopolio holandés sobre las especias: el intendente de la Isla de Francia, Pierre Poivre, impulsó la introducción en Seychelles de clavo de olor, nuez moscada, canela y pimienta, con la esperanza de convertir el archipiélago en una despensa de especias del Índico. Se creó incluso un jardín de aclimatación, el Jardin du Roi, en Mahé. El experimento tuvo resultados dispares —una parte de las plantaciones se quemó, según la tradición, para que no cayeran en manos británicas—, pero dejó una huella duradera: la canela se asilvestró y todavía tapiza las montañas de Mahé.
Como en todas las colonias de plantación del Índico y del Atlántico, el motor de esa economía fue el trabajo esclavo. Los colonos franceses trajeron a hombres, mujeres y niños esclavizados desde Madagascar, la costa de África Oriental y las Mascareñas para desmontar la selva, cultivar algodón, maíz y especias y construir la colonia. Muy pronto la población esclavizada superó ampliamente a la de los colonos blancos, un rasgo que marcaría para siempre la composición humana del país.
De esa mezcla forzada de europeos y africanos nació la sociedad criolla seychellense: su lengua, el kreol seselwa —un criollo de base francesa—, su cocina, su música y sus creencias son fruto de aquel encuentro desigual y violento. Nombrar la esclavitud sin eufemismos es parte de contar esta historia con honestidad: la Seychelles idílica de las postales se construyó, en sus cimientos, sobre el trabajo de personas esclavizadas.
Las guerras entre Francia y Gran Bretaña que sacudieron el fin del siglo XVIII alcanzaron también a este rincón del Índico. En 1794, en plena Revolución Francesa, una escuadra británica se presentó frente a Mahé. El administrador francés, Jean-Baptiste Quéau de Quinssy (o Quincy), comprendió que la diminuta colonia no podía resistir y entregó las islas sin derramar sangre, a cambio de que se respetaran las vidas y propiedades de los colonos.
Lo que siguió fue una de las páginas más pintorescas de la historia colonial. Durante casi veinte años, cada vez que un barco británico aparecía, Quinssy arriaba la bandera francesa y firmaba la capitulación; cuando el barco se iba, la volvía a izar. Esa diplomacia camaleónica —capituló en varias ocasiones sucesivas— permitió que la pequeña colonia sobreviviera casi intacta entre dos imperios en guerra, y le valió a Quinssy pasar a la historia como un maestro de la supervivencia política.
La situación se resolvió con la caída de Napoleón. Tras la rendición de la Isla de Francia en 1810, el Tratado de París de 1814 cedió formalmente Seychelles —junto con Mauricio— a Gran Bretaña. Los británicos gobernaron el archipiélago como una dependencia de Mauricio, administrada desde lejos por comisarios civiles. La lengua, la religión católica y las costumbres francesas de los colonos, sin embargo, sobrevivieron bajo el nuevo amo, y el criollo siguió siendo la lengua del pueblo. Seychelles se volvió, así, una isla de cultura francesa bajo bandera británica.
El cambio más profundo que trajo el dominio británico fue el fin de la esclavitud. Tras la abolición decretada por el Imperio británico en la década de 1830, y el fin del período de "aprendizaje" en 1835, miles de personas esclavizadas en Seychelles quedaron legalmente libres. Para los plantadores criollos fue un golpe económico: privados de mano de obra forzada, muchos abandonaron los cultivos intensivos de algodón y grano y se pasaron a productos que exigían menos brazos, como el coco —para la copra—, la vainilla y la canela, que dominarían la economía isleña durante un siglo.
A la población liberada se sumó, a mediados del siglo XIX, un nuevo contingente africano de origen dramático. La Royal Navy británica patrullaba el Índico para reprimir el tráfico de esclavos que todavía alimentaba a los mercados árabes, y los barcos negreros que interceptaba eran conducidos a puertos británicos. Muchos de esos "africanos liberados" —hombres, mujeres y niños rescatados de los barcos esclavistas— fueron desembarcados en Seychelles, sobre todo en las décadas de 1860 y 1870. Llegaban libres, pero desarraigados, y se incorporaron como trabajadores a las plantaciones.
Esta nueva oleada reforzó el componente africano de la sociedad y enriqueció la cultura criolla con lenguas, ritmos y creencias del continente. La Seychelles moderna, profundamente mestiza, es hija de ese doble proceso: la esclavitud primero y la llegada de los africanos liberados después. A ellos se sumarían, con el tiempo, comerciantes indios y chinos, que aportaron su parte al mosaico humano del archipiélago.
Durante buena parte del siglo XIX y comienzos del XX, Seychelles siguió siendo una dependencia menor y olvidada de Mauricio, hasta que el 10 de noviembre de 1903 fue elevada a la categoría de colonia de la Corona por derecho propio, con su propio gobernador en Victoria. Fue una colonia pobre y periférica, cuya economía dependía por completo de los vaivenes del precio de la copra, la canela y la vainilla, y a la que el Imperio recurría, a veces, como lugar de destierro para prisioneros políticos incómodos de otras partes del mundo.
El gran punto de inflexión llegó recién en 1971, con la inauguración del aeropuerto internacional de Mahé. Hasta entonces las islas solo eran accesibles por barco, tras varios días de navegación, lo que las mantenía casi congeladas en el tiempo. El avión abrió Seychelles al mundo y encendió el motor que transformaría el país: el turismo. En pocos años, las playas de granito rosado y las aguas turquesa empezaron a atraer visitantes, y con ellos llegaron divisas, empleo y una nueva conciencia del valor de la naturaleza isleña.
En paralelo maduró la vida política. Surgieron dos grandes partidos y dos líderes rivales: James Mancham, del Partido Democrático, partidario de estrechar lazos con Gran Bretaña, y France-Albert René, socialista, que reclamaba la independencia. Tras años de negociación con Londres y un breve gobierno de coalición, Seychelles alcanzó el autogobierno interno en 1975 y la independencia plena, dentro de la Commonwealth, el 29 de junio de 1976. Mancham fue el primer presidente y René, el primer ministro de la joven república.
La convivencia entre Mancham y René duró apenas un año. El 5 de junio de 1977, mientras Mancham asistía a una reunión de la Commonwealth en Londres, un grupo de partidarios armados de René tomó el poder en un golpe de Estado y proclamó a René presidente. Aunque él negó haberlo ordenado, asumió la jefatura del Estado y no la soltaría durante más de dos décadas. Seychelles se convirtió en una república socialista de partido único en torno al Frente Progresista del Pueblo de Seychelles, alineada con el bloque no alineado de tendencia soviética, que impulsó políticas de educación y salud públicas pero también reprimió a la oposición y empujó al exilio a miles de seychellenses.
El régimen sobrevivió a varios intentos de derrocarlo. El más célebre ocurrió el 25 de noviembre de 1981, cuando un grupo de mercenarios sudafricanos comandados por el coronel Mike Hoare —"Mad Mike"— entró al país disfrazado de turistas, ocultando las armas entre el equipaje. El plan, que buscaba restaurar a Mancham, se descubrió en el aeropuerto de Mahé y desató un tiroteo; los mercenarios secuestraron un avión de línea y huyeron a Sudáfrica. El episodio, entre trágico y grotesco, quedó como uno de los intentos de golpe más insólitos del siglo XX.
La presión internacional y el fin de la Guerra Fría empujaron el cambio. En 1991 se legalizó el multipartidismo, y en 1993 los seychellenses aprobaron en referéndum una nueva Constitución —la de la Tercera República— y celebraron las primeras elecciones multipartidistas desde la independencia. René ganó en las urnas y siguió gobernando, ahora por la vía democrática, hasta que en 2004 cedió el mando a su vicepresidente, James Michel. El broche de esa larga transición llegó en 2020: Wavel Ramkalawan, líder opositor y sacerdote anglicano, ganó la presidencia y protagonizó la primera alternancia pacífica de poder desde 1977. Hoy Seychelles es una democracia estable y el país con mayor renta por habitante de África, que vive del turismo de alta gama y de la pesca del atún, y que se ha vuelto un referente mundial de la conservación: fue pionero en los canjes de deuda por naturaleza, protegió enormes áreas marinas y custodia dos joyas declaradas Patrimonio de la Humanidad, el atolón de Aldabra y el Valle de Mai.
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Recortada contra el horizonte de Mahé, la isla Silhouette debe su nombre —según la versión más difundida— a su perfil montañoso que se dibuja como una silueta al atardecer. Es la tercera isla más grande del país, pero una de las menos alteradas: casi toda su superficie es hoy parque nacional, con selva primaria de montaña que trepa por picos de más de setecientos metros y que conserva especies que ya desaparecieron de las islas más pobladas.
Su aislamiento la libró en buena medida de la deforestación que arrasó los bosques de Mahé y Praslin en tiempos de las plantaciones. Por eso Silhouette es considerada uno de los reductos de biodiversidad más ricos de Seychelles, un vistazo a cómo eran las islas antes de la llegada humana: hogar de ranas, murciélagos y plantas endémicas, y de esfuerzos de restauración ecológica que buscan devolverle su fauna original.
Como tantos rincones del archipiélago, Silhouette también tuvo su historia humana: pequeñas comunidades de plantadores y la tumba de un rico terrateniente que la habitó en el siglo XIX. Pero su destino terminó siendo el de santuario, un ejemplo del giro que dio Seychelles al convertir sus islas más frágiles en reservas antes que en centros turísticos masivos.
En el extremo norte del archipiélago, allí donde las islas graníticas ceden el lugar a los bancos de coral, se encuentra Bird Island, un islote coralino plano y pequeño que hace honor a su nombre. Cada año, en la temporada de anidación, la isla se cubre con cientos de miles de charranes sombríos —sooty terns— que llegan a reproducirse en una de las mayores concentraciones de aves marinas del océano Índico. El cielo se llena de un clamor ensordecedor y el suelo desaparece bajo los nidos.
Bird Island también fue, durante la época colonial, una explotación de guano y de copra, pero con el tiempo se reconvirtió en refugio de fauna. Además de las aves, alberga a Esmeralda, una tortuga gigante de Aldabra que durante años figuró entre las tortugas terrestres más pesadas del mundo, y sus playas son lugar de desove de tortugas marinas.
Estos islotes coralinos del norte, junto con los del sur, muestran la otra Seychelles: no la del granito de Mahé, sino la de los atolones y arrecifes, ecosistemas frágiles y bajos, hoy en la primera línea de la amenaza del cambio climático y del ascenso del nivel del mar que preocupa a toda la nación.
A más de mil kilómetros de Mahé, casi tocando las costas de Madagascar, se extiende Aldabra, el mayor atolón coralino elevado del mundo y la joya más remota de Seychelles. Su lejanía e inaccesibilidad —solo se llega tras días de navegación— fue, paradójicamente, su salvación: mientras las tortugas gigantes se extinguían en casi todo el Índico, en Aldabra sobrevivió una población colosal, hoy estimada en unas cien mil tortugas gigantes de Aldabra, más que en las propias islas Galápagos.
Ese aislamiento convirtió al atolón en un arca de Noé de la evolución. Allí vive el rascón de Aldabra, la última ave no voladora del océano Índico, además de aves, peces y plantas que no existen en ningún otro lugar. A comienzos de la década de 1960 se planteó instalar en la zona una base militar, un proyecto que despertó una campaña internacional de científicos para proteger el atolón; finalmente Aldabra se salvó y en 1982 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Hoy Aldabra, gestionado por la Seychelles Islands Foundation, es uno de los ecosistemas insulares menos alterados del planeta y un símbolo mundial de la conservación. Que un país pequeño y pobre en recursos haya elegido proteger un tesoro natural tan remoto en lugar de explotarlo dice mucho de la Seychelles moderna, que hizo de su naturaleza única —sus tortugas, su coco de mer, sus arrecifes— el centro de su identidad y de su economía.
La Digue es la tercera isla habitada de Seychelles y, para muchos, la que mejor conserva el alma criolla del país. Su nombre viene de uno de los barcos de la expedición francesa de Marc-Joseph Marion Dufresne, que exploró el archipiélago en 1768, dos años antes del primer asentamiento. Poblada por colonos y por personas esclavizadas y luego libres que trabajaron sus cocoteros, la isla desarrolló una vida rural tranquila, apenas rozada por la modernidad.
Ese aislamiento es hoy su mayor encanto. En La Digue casi no hay automóviles: el transporte se hace en bicicleta o en el tradicional carro de bueyes, entre casas criollas de madera, plantaciones de vainilla y cocoteros. La antigua hacienda de L'Union Estate conserva un molino de coco, una destilería de aceite y viejas casas coloniales que funcionan como museo vivo de la economía de la copra, la que sostuvo a las islas durante más de un siglo tras la abolición de la esclavitud.
Visitar La Digue es asomarse a cómo era Seychelles antes del turismo y del asfalto: un ritmo lento, marcado por el mar y las mareas, en el que la herencia africana, francesa e india de su gente se palpa en la lengua kreol, la cocina y la música. Es, en cierto modo, un museo al aire libre de la Seychelles criolla.
El emblema de La Digue —y quizá de toda Seychelles— es Anse Source d'Argent, considerada una de las playas más fotografiadas del planeta. Sus aguas someras y transparentes, protegidas por un arrecife, y sobre todo sus colosales rocas de granito redondeado, esculpidas por millones de años de erosión, componen una postal que aparece en incontables anuncios, películas y catálogos de viajes.
Esas rocas no son un capricho: son la firma geológica de Seychelles. A diferencia de casi todas las islas oceánicas del mundo, hechas de coral o de lava volcánica, las islas interiores del archipiélago son de granito antiquísimo, restos del continente de Gondwana. Las formas suaves y curvas del granito, pulidas por el agua y el viento, son la prueba visible de ese origen único, que explica por qué la naturaleza de estas islas es tan distinta de la de cualquier otro archipiélago tropical.
Más allá de la playa estrella, La Digue guarda rincones más salvajes, como Grand Anse, una amplia bahía del lado sur, abierta al oleaje del océano y de belleza indómita. Entre una y otra, la isla ofrece el contraste perfecto entre la Seychelles serena de postal y la Seychelles bravía del mar abierto, ambas moldeadas por el mismo granito milenario.
La Digue no es solo playas de postal: es también el último refugio de una de las aves más amenazadas del mundo, el papamoscas del paraíso de Seychelles, conocido localmente como veuve, "la viuda", por el plumaje negro azabache y la larga cola del macho. Al borde de la extinción en el siglo XX, esta ave endémica encontró en La Digue su bastión, y para protegerla se creó en 1991 la Reserva Especial de la Veuve, un pequeño bosque pantanoso de takamakas y badamiers en el corazón de la isla.
La historia de la veuve resume el drama ecológico de Seychelles. La deforestación de la época de las plantaciones, sumada a la llegada de ratas, gatos y otros animales introducidos por los colonos, empujó a muchas especies endémicas al abismo. Aves, reptiles y plantas que habían evolucionado durante millones de años sin depredadores no estaban preparadas para el impacto humano, y varias se perdieron para siempre.
El rescate del papamoscas, como antes el del carricero en la isla Cousin, muestra el otro lado de la moneda: la vocación conservacionista que Seychelles convirtió en política de Estado a partir de la independencia. En una isla que vive del turismo, proteger a la pequeña veuve negra es también proteger la identidad natural que hace único al país y que atrae a los viajeros de todo el mundo.
Mahé es la mayor de las islas de Seychelles y el escenario donde empezó, de hecho, toda su historia. Lleva el nombre de Bertrand-François Mahé de La Bourdonnais, el gobernador francés de la Isla de Francia que en 1742 envió la expedición de Lazare Picault a explorar el archipiélago. Fue en Mahé donde, en 1756, el comandante Corneille Nicholas Morphey dejó la Piedra de Posesión que reclamó las islas para Francia, en el sitio donde más tarde nacería la capital.
De origen enteramente granítico, Mahé concentra hoy a la gran mayoría de la población del país y su vida económica y política. En sus laderas se aclimataron las especias del Jardin du Roi que Pierre Poivre soñó convertir en un imperio del clavo y la canela; la canela, asilvestrada, todavía cubre sus montañas. Alrededor de la isla se despliegan decenas de playas de arena fina enmarcadas por las célebres rocas de granito redondeado, entre ellas Beau Vallon, la más popular y animada del país, y Anse Intendance, una playa salvaje del sur donde el oleaje llega sin arrecife que lo frene.
Mahé fue también el escenario de los grandes hitos políticos: aquí desembarcaron los británicos ante los que capituló una y otra vez Jean-Baptiste Quéau de Quinssy, aquí se inauguró en 1971 el aeropuerto que abrió el país al turismo, y aquí se jugó el golpe de 1977 y el frustrado desembarco de mercenarios de 1981. Toda la historia de Seychelles pasó, de un modo u otro, por esta isla.
En el mismo punto donde Morphey plantó la Piedra de Posesión en 1756 fue creciendo un pequeño puerto que los franceses llamaron L'Établissement. Cuando el archipiélago pasó a manos británicas y se convirtió en colonia, la ciudad fue rebautizada Victoria, en honor a la reina Victoria, y se consolidó como sede del gobierno colonial. Con apenas unas decenas de miles de habitantes, sigue siendo una de las capitales nacionales más pequeñas del mundo y suele citarse como la más pequeña de África.
Victoria conserva el aire de un pueblo colonial criollo. Su símbolo más conocido es el Little Ben, una réplica en miniatura del reloj Big Ben de Londres, erigida en 1903 para celebrar el ascenso de Seychelles a colonia de la Corona: un recordatorio en hierro de la herencia británica en medio del trópico. A pocos pasos, el bullicioso Mercado Sir Selwyn Selwyn-Clarke desborda de pescado, frutas, especias y vida criolla, y el Jardín Botánico Nacional reúne la flora endémica del archipiélago, incluidas palmeras coco de mer y tortugas gigantes.
Como único puerto y centro administrativo, Victoria fue el escenario de los momentos decisivos de la vida nacional: allí se izó la bandera de la independencia en 1976, allí se consumó el golpe de 1977 y allí se proclamó la nueva Constitución democrática de 1993. Pequeña pero cargada de historia, la ciudad resume el mestizaje del país: herencia francesa en la lengua y la religión, británica en las instituciones, y africana e india en su gente.
Sobre Mahé se alza el Morne Seychellois, que con 905 metros es el punto más alto de todo el archipiélago. Sus laderas están protegidas dentro del Parque Nacional Morne Seychellois, el mayor del país, un mosaico de selva de montaña, bosques de niebla, antiguas plantaciones de canela asilvestrada y manglares que desciende hasta el mar. Es un vestigio del paisaje que encontraron los primeros colonos, cuando la isla entera era selva virgen habitada solo por tortugas y aves.
Estas montañas guardan la memoria de la economía colonial. Por sus senderos todavía se topa uno con hornos de piedra donde se destilaba el aceite de canela, testimonio de la época en que la copra, la vainilla y la canela sostenían la vida de las islas. La vegetación endémica —palmeras raras, plantas carnívoras, orquídeas— convive con las especies que trajeron los colonos, en una mezcla que cuenta, en clave botánica, la historia del poblamiento.
Hoy el parque es uno de los grandes atractivos naturales de Mahé y un símbolo del giro conservacionista de Seychelles. Frente a la capital, además, el Parque Nacional Marino de Sainte Anne —creado en 1973, uno de los primeros del océano Índico— protege un grupo de islas donde en 1770 desembarcaron los primeros colonos: el mismo lugar donde empezó la historia poblada del país es hoy un santuario de corales, tortugas y peces de colores.
Praslin es la segunda isla en tamaño e importancia de Seychelles. Lazare Picault la avistó en 1744 y, deslumbrado por sus palmerales, la llamó Isle des Palmes, la "Isla de las Palmas". Su nombre actual se lo puso Francia en homenaje a César Gabriel de Choiseul, duque de Praslin, ministro de Luis XV. Durante la época pirata, sus costas escondidas figuran entre los presuntos escondites del tesoro de La Buse, y su fama de refugio la acompañó mucho antes de que llegaran los colonos.
Más tranquila y menos poblada que Mahé, Praslin se convirtió con el tiempo en la base natural para explorar el noreste del archipiélago. Sus playas figuran entre las más celebradas del planeta: Anse Lazio, un arco de arena blanca enmarcado por enormes rocas de granito rosado, aparece de forma recurrente en las listas de las mejores playas del mundo. Pero el verdadero tesoro de Praslin no está en sus costas, sino en su corazón selvático.
En el centro de Praslin sobrevive el Valle de Mai, un bosque de palmeras prehistóricas que la UNESCO declaró Patrimonio de la Humanidad en 1983. Es uno de los sitios naturales más pequeños de la lista mundial, pero encierra un prodigio: el último bosque intacto de coco de mer, la palmera endémica cuya semilla, con forma inconfundible, es la más grande y pesada del reino vegetal, capaz de superar los quince kilos.
Durante siglos, antes de que se conociera su origen, esos cocos gigantes aparecían flotando en las playas del Índico y llegaban hasta las costas de Asia, donde se los tenía por un fruto mágico surgido del fondo del mar —de ahí el nombre "coco de mar"—, y se pagaban fortunas por ellos en las cortes. Cuando los europeos descubrieron que crecían en Praslin, la isla ganó un aura legendaria. Hay quienes, como el general británico Charles Gordon, llegaron a proponer que este valle era el Jardín del Edén bíblico y el coco de mer, el fruto prohibido.
El Valle de Mai es también el último refugio del loro negro de Seychelles, el ave nacional, y de una fauna de reptiles y caracoles endémicos. Su protección, gestionada por la Seychelles Islands Foundation, encarna la vocación conservacionista que el país abrazó a partir de la independencia: preservar un patrimonio natural irrepetible que la evolución tardó millones de años en modelar en el aislamiento del Índico.
Alrededor de Praslin, un puñado de islas pequeñas se convirtió en el laboratorio de la conservación seychellense. La isla Cousin fue comprada en 1968 por una organización internacional para salvar de la extinción al carricero de Seychelles, un pajarito que había quedado reducido a unas pocas decenas de ejemplares. La operación fue un éxito rotundo y hoy Cousin es una reserva natural modélica, santuario de aves marinas y uno de los lugares de anidación de tortugas carey más importantes del Índico occidental: un caso pionero de cómo una isla entera puede recuperarse cuando se elimina la presión humana y las especies introducidas.
La vecina isla Curieuse tiene una historia más sombría y luego luminosa. En el siglo XIX funcionó allí una leprosería, cuyos pacientes vivían aislados del resto del archipiélago; todavía se conservan las ruinas de la antigua casa del médico. Más tarde, la isla se transformó en reserva y en centro de un programa de cría de la tortuga gigante de Aldabra: cientos de estas tortugas centenarias caminan hoy en libertad entre sus manglares y sus playas de arena rojiza.
Estas islas menores demuestran que, en Seychelles, la historia humana y la natural están entrelazadas. Lo que fueron plantaciones, escondites de piratas o lugares de destierro se reconvirtió en santuarios, en el marco de un país que hizo de la conservación una política de Estado y una marca de identidad ante el mundo.