El extremo noroeste de São Tomé es, paradójicamente, la zona más seca de una isla ecuatorial famosa por su humedad. Protegido de las lluvias, este rincón tiene un paisaje inesperado de sabana, palmeras y sobre todo baobabs, esos árboles africanos de tronco descomunal que aquí crecen a metros del mar.
Entre ese decorado se abre la Lagoa Azul, una bahía de aguas transparentes y calmas de un turquesa intenso, una de las postales más bellas del país y uno de sus mejores puntos para nadar, hacer snorkel y bucear. La claridad del agua y la ausencia de grandes olas la convirtieron en un imán para el naciente ecoturismo santotomense.
Este litoral norte, junto al cercano y ruinoso faro y a los pueblos de pescadores, muestra una São Tomé distinta de la selva del sur: más luminosa, más árida, más abierta al mar. Es también una de las zonas de más fácil acceso desde la capital, lo que la volvió una de las primeras en abrirse al turismo de playa.
En el norte de la isla se alza la roça más grande del país: la antigua Rio do Ouro ("río de oro"), una plantación colonial de más de tres mil hectáreas que fue el buque insignia de la economía del cacao. Con su hospital, su capilla, sus almacenes, sus talleres y su red de vías férreas, era casi una ciudad autosuficiente dedicada por entero a un solo cultivo.
Tras la independencia, en un gesto de gratitud hacia Angola por su apoyo político y militar, la roça fue rebautizada en 1979 con el nombre de Agostinho Neto, el primer presidente angoleño. La plantación siguió produciendo cacao, banana, café y copra, y su imagen llegó a estampar los antiguos billetes de 5.000 dobras.
Hoy Roça Agostinho Neto es un impresionante conjunto semiabandonado, con edificios monumentales que la selva reconquista poco a poco y con familias que aún habitan sus viejos barracones. Caminar por su enorme hospital vacío o por sus galerías cubiertas de vegetación es una de las experiencias más fuertes del país: la grandeza y la miseria del sistema de las roças concentradas en un solo lugar.
El norte de São Tomé fue uno de los grandes escenarios del ciclo del cacao que, entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, convirtió al archipiélago en uno de los mayores productores del mundo. La planta del cacao, llegada de América y difundida desde estas islas hacia el resto del golfo de Guinea, encontró aquí un suelo volcánico y un clima ideales, y sobre él se levantó la fortuna de las roças.
Esa prosperidad tuvo un costo humano brutal. Las plantaciones del norte, como las del resto del país, funcionaban con serviçais, los "trabajadores contratados" traídos de Angola que en la práctica eran esclavos, atados a contratos que se renovaban sin fin y con tasas de mortalidad altísimas. El escándalo internacional del "cacao de esclavos" y el boicot de las chocolateras británicas en 1909 golpearon de lleno a esta economía.
Con la independencia y la caída de los precios, muchas de estas grandes roças fueron nacionalizadas y luego abandonadas, y el cacao dejó de ser el motor de otros tiempos. Hoy el país reorienta su producción hacia un cacao fino y orgánico de alta calidad, mientras las viejas plantaciones del norte, entre la ruina y la selva, se abren al ecoturismo como testigos de aquel ciclo que lo definió todo.