El sur profundo de la RD Congo, la vasta región histórica de Katanga, es una de las zonas más ricas en minerales del planeta. Su subsuelo guarda gigantescas reservas de cobre y cobalto —la RD Congo es hoy, con enorme diferencia, el mayor productor mundial de cobalto, clave para las baterías de la era electrónica—, además de estaño, oro y uranio. Fue de la mina de Shinkolobwe, en Katanga, de donde salió el uranio que Estados Unidos usó en las bombas atómicas de la Segunda Guerra Mundial.
Esa riqueza marcó toda su historia. La compañía Union Minière du Haut-Katanga dominó la economía de la región en la época colonial y atrajo a decenas de miles de trabajadores. Y esa misma riqueza fue la que, apenas independizado el país en 1960, empujó a Katanga a proclamar su secesión bajo Moïse Tshombe, con el apoyo de intereses mineros belgas: una crisis que costó la vida de Patrice Lumumba y desató años de guerra e intervención de la ONU.
Hoy Katanga —dividida administrativamente en varias provincias— sigue siendo el motor económico del país, pero también el ejemplo más claro de su paradoja: una tierra fabulosamente rica cuyos minerales alimentan la economía global mientras buena parte de su población vive en la pobreza, y donde la minería artesanal del cobalto arrastra graves problemas de condiciones laborales y trabajo infantil.
Lubumbashi es la segunda ciudad de la RD Congo y la capital del sur minero. Fue fundada en 1910 por los belgas con el nombre de Élisabethville, junto a las grandes explotaciones de cobre, y creció como ciudad industrial y minera, con un trazado ordenado y una arquitectura colonial que todavía se conserva. Mobutu la rebautizó Lubumbashi en 1966.
Comparada con la bulliciosa y caótica Kinshasa, Lubumbashi tiene fama de ser más tranquila, ordenada y de clima agradable, con avenidas arboladas y una vida cultural notable. Su cercanía a la frontera con Zambia y al Copperbelt —el gran cinturón del cobre que comparten ambos países— la vincula estrechamente con el sur de África, y su población mezcla decenas de pueblos atraídos por las minas a lo largo de un siglo.
La ciudad fue capital de la efímera y turbulenta secesión de Katanga entre 1960 y 1963, uno de los episodios más dramáticos de los primeros años de independencia. Hoy es una urbe pujante, epicentro del boom del cobre y el cobalto que atrae inversión —buena parte de ella china— y trabajadores de todo el país, y una de las mejores puertas de entrada al sur profundo congoleño.
Lejos de las minas, el sur también guarda naturaleza salvaje. El Parque Nacional Kundelungu se extiende sobre las altas mesetas y sabanas del sureste, un paisaje de praderas onduladas, bosques de miombo y ríos que se despeñan por los bordes de la meseta.
Su joya son las cataratas de Lofoi, que se cuentan entre las más altas de África de caída libre en un solo salto: el agua se precipita más de trescientos metros por un acantilado en plena estación de lluvias, un espectáculo imponente en una región poco visitada. En la estación seca el caudal disminuye mucho, así que el mejor momento para verlas depende del calendario de las lluvias.
Kundelungu es un destino remoto, con infraestructura limitada, que sufrió como tantos parques congoleños la caza furtiva y el abandono durante los años de guerra. Junto al vecino Parque Nacional Upemba, forma parte de los esfuerzos por recuperar la fauna del sur del país. Es una Katanga distinta de la de las minas: la de las grandes sabanas, las cascadas escondidas y los paisajes de expedición.