En el extremo nororiental del país, donde la inmensa selva ecuatorial da paso a las sabanas onduladas cerca de la frontera con Sudán del Sur, se encuentra el Parque Nacional Garamba. Creado en 1938, es uno de los parques africanos más antiguos y fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1980. Sus praderas y galerías de bosque albergan elefantes, jirafas del Congo, búfalos y hipopótamos, en un paisaje muy distinto del corazón selvático del país.
Esta es la RD Congo de la sabana, la del gran arco de pastizales que corona el norte del país entre las cuencas del Congo y del Nilo. El clima es más seco y marcado por una larga estación de lluvias y otra seca, y la fauna es la de las llanuras africanas —manadas, grandes herbívoros, aves de pastizal— más que la de la selva húmeda. Garamba protege uno de los mejores ejemplos de este ecosistema en todo el país.
El parque fue concebido en época colonial incluso como un centro de domesticación de elefantes africanos, un experimento pionero cuyo recuerdo pervive en la zona. Con sus casi cinco mil kilómetros cuadrados de superficie y sus reservas de caza circundantes, Garamba es un territorio inmenso y salvaje, de acceso difícil, que resume el carácter fronterizo y remoto de todo el noreste congoleño.
Garamba tiene un lugar especial y doloroso en la historia de la conservación: fue el último bastión salvaje del rinoceronte blanco del norte, una subespecie hoy prácticamente extinta en estado silvestre. Todavía en la década de 1960 sobrevivían aquí más de un millar de ejemplares, pero las oleadas de caza furtiva de las décadas siguientes los redujeron a apenas un puñado.
Décadas de furtivismo —a menudo ligado a los conflictos armados de la región y al tráfico internacional de marfil y de cuerno de rinoceronte— arrasaron con esta población y diezmaron el resto de la fauna del parque. Los intentos de rescatar a los últimos rinocerontes de Garamba fracasaron, y con ellos se perdió, en la práctica, la subespecie en libertad: los poquísimos rinocerontes blancos del norte que quedan en el mundo viven bajo vigilancia extrema en un santuario de Kenia.
La historia de Garamba se volvió así un símbolo global de todo lo que se puede perder cuando la guerra, la pobreza y el furtivismo se combinan sobre una fauna irreemplazable. Es una advertencia grabada en el corazón de África, y una de las razones por las que el destino de sus elefantes y jirafas se sigue tan de cerca.
Contra ese telón de fondo trágico, Garamba ha protagonizado en los últimos años uno de los esfuerzos de recuperación más notables de África central. Bajo una gestión reforzada, con guardaparques mejor equipados y tecnología de vigilancia, el parque logró frenar la sangría del furtivismo y hacer crecer de nuevo sus poblaciones de elefantes y jirafas, en un contexto extremadamente difícil.
Aun así, sigue siendo una zona remota y sensible. Está próximo a fronteras inestables y en el pasado sufrió las incursiones de grupos armados, entre ellos el temido Ejército de Resistencia del Señor (LRA), que sembró el terror en toda la región transfronteriza entre la RD Congo, Sudán del Sur, la República Centroafricana y Uganda. La seguridad, por lo tanto, no está garantizada y puede cambiar con rapidez.
Para el viajero, esto significa que el noreste es un destino de verdadera expedición, no de turismo convencional: hay que llegar con operadores especializados, logística cuidada y, sobre todo, información actualizada. Antes de considerar cualquier visita a Garamba conviene consultar los avisos oficiales de seguridad y confirmar el estado real del parque y de las rutas de acceso.