La historia de Omán empieza con un aroma. En las montañas de Dhofar, en el extremo sur del país, crece el árbol Boswellia sacra, del que se extrae el incienso, la resina aromática que la Antigüedad valoró casi como el oro. Desde al menos dos mil años antes de Cristo, caravanas de camellos transportaban ese "oro blanco" por la legendaria ruta del incienso, que atravesaba el sur de Arabia y remontaba por Yemen y la actual Arabia Saudí hacia La Meca, Petra, Damasco y los grandes mercados del Mediterráneo, de Egipto a Roma. El incienso era imprescindible en los templos y ritos funerarios de casi todas las civilizaciones antiguas, y su comercio hizo fabulosamente ricos a los reinos que lo controlaban.
Dhofar fue uno de los corazones de ese mundo. La Unesco inscribió en el año 2000 el conjunto conocido como la "Tierra del Incienso" en la lista del Patrimonio Mundial: incluye los árboles de incienso del Wadi Dawkah, los restos del oasis caravanero fortificado de Shisr —identificado por algunos con la legendaria ciudad perdida de Ubar, "la Atlántida de las arenas"—, y los antiguos puertos comerciales de Khor Rori (la antigua Sumhuram) y Al Baleed, en la costa de Salalah. Por esos puertos el incienso salía por mar hacia la India y el golfo Pérsico, integrando a Omán en una economía marítima que ya en la Antigüedad conectaba tres continentes.
Más al norte, la región también fue conocida en la Antigüedad por su cobre: los textos sumerios mencionan la tierra de "Magan" como proveedora de este metal, y muchos historiadores la identifican con el actual Omán, cuyas minas abastecían a Mesopotamia ya en el tercer milenio antes de Cristo. Los sitios arqueológicos de Bat, Al-Khutm y Al-Ayn, también Patrimonio de la Humanidad, conservan torres y necrópolis de la Edad del Bronce que testimonian una civilización temprana y sofisticada. Cobre y perfume, cobre y mar: desde el principio, Omán fue un país volcado al comercio de larga distancia.
Omán fue una de las primeras regiones en abrazar el islam. Según la tradición, hacia el año 630 el Profeta Muhammad envió a su emisario Amr ibn al-As con una carta dirigida a Abd y Jaifar, los dos hijos de Julanda que gobernaban entonces el país; ambos aceptaron la nueva fe de manera pacífica, sin conquista militar. Ese origen consensuado, y no impuesto por la espada, dejó una impronta duradera en la identidad omaní.
Tras la muerte del Profeta y el cisma entre suníes y chiíes, Omán tomó un tercer camino, poco frecuente en el mundo islámico: el ibadismo, la rama más moderada y pragmática del movimiento jariyí. El ibadismo rechaza que el liderazgo de la comunidad deba recaer necesariamente en la familia del Profeta o en la tribu de los Quraysh, y sostiene que el imam —el líder de los creyentes— debe ser elegido por su piedad y su capacidad, y puede ser depuesto si falla. Ese principio electivo y austero convirtió a Omán en un caso único: hoy sigue siendo el único país del mundo con mayoría ibadí, una tradición que muchos consideran clave para explicar su tolerancia religiosa y su vocación de neutralidad.
De ese ideal nació el Imamato de Omán. Los ulemas ibadíes eligieron al primer imam, Al-Julanda bin Masud, en Nizwa hacia el año 751, dando forma a un Estado teocrático que se afirmó frente al Califato abasí de Bagdad. Nizwa, en el corazón montañoso del país, se convirtió en el centro espiritual y político del imamato. Durante los siglos siguientes, el imamato ibadí vivió épocas de esplendor y de fractura, con imanes electos que gobernaban el interior montañoso mientras la costa, más cosmopolita, quedaba a menudo bajo el influjo de dinastías y potencias externas. Esa tensión entre el interior tribal e ibadí y la costa comercial atravesaría toda la historia omaní.
El giro de la ruta de las especias hacia el océano Índico puso a Omán en la mira de la primera potencia colonial europea en la región. En 1507, una flota portuguesa al mando de Afonso de Albuquerque tomó Mascate y otros puertos de la costa omaní, que por su posición estratégica a la entrada del golfo se convirtieron en piezas clave del imperio portugués en el Índico. Durante casi siglo y medio, los portugueses dominaron la franja costera, levantaron fortalezas —los fuertes gemelos de Al Jalali y Al Mirani todavía custodian la bahía de Mascate— y controlaron el comercio, mientras el interior seguía en manos de los imanes ibadíes.
La expulsión de Portugal fue la gesta que forjó al Omán moderno. En 1624 fue elegido imam Nasir bin Murshid, fundador de la dinastía Ya'ruba (o Yaruba), que unificó a las tribus y emprendió una guerra sistemática para recuperar los puertos. Nasir murió en 1649, un año antes del triunfo final: en 1650, su primo y sucesor Sultan bin Saif reconquistó Mascate y arrojó definitivamente a los portugueses del país. Fue una de las primeras veces que una potencia asiática lograba expulsar a los europeos de una posición estratégica, y transformó a Omán de víctima en cazador.
Bajo los Ya'ruba, Omán se convirtió en una potencia naval. Persiguieron a los portugueses más allá de sus costas y les arrebataron posesiones en el golfo Pérsico y, sobre todo, en África oriental: Mombasa, Pemba y Zanzíbar cayeron bajo influencia omaní. El imamato se enriqueció con el comercio marítimo y construyó grandes obras, como el castillo de Jabrin y los sistemas de riego. Pero el poder acumulado terminó fracturando a la dinastía: una guerra civil por la sucesión, agravada por una invasión persa que ocupó parte del país, hundió a Omán en el caos hacia la década de 1730 y abrió el camino a una nueva dinastía.
El orden lo restauró Ahmad bin Said, gobernador de Sohar que expulsó a los persas y fue proclamado imam el 20 de noviembre de 1744, fundando la dinastía Al Bu Said, que reina en Omán hasta hoy. Bajo sus sucesores, y muy en especial bajo Said bin Sultan (que gobernó entre 1804 y 1856), Omán alcanzó su apogeo como imperio marítimo del océano Índico. Su flota y sus comerciantes dominaban las rutas entre Arabia, Persia, la India y la costa swahili de África oriental, en lo que fue el mayor poder autóctono del Índico occidental en el siglo XIX.
El centro de gravedad de ese imperio se desplazó hacia el sur. Hacia 1840, Said bin Sultan trasladó de hecho su capital de Mascate a la isla de Zanzíbar, frente a la actual Tanzania, que convirtió en un emporio comercial de primer orden. Allí impulsó una economía de plantación basada en el clavo de olor —Zanzíbar llegó a ser uno de los mayores productores mundiales— y fomentó la instalación de comerciantes indios que financiaban el negocio. A su muerte en 1856, el imperio se dividió entre dos de sus hijos: uno heredó Omán y Mascate, el otro el Sultanato de Zanzíbar, que a partir de entonces siguió caminos separados.
Aquella prosperidad tuvo un cimiento brutal que la historia honesta no puede ocultar: el comercio de esclavos. Omán fue uno de los grandes protagonistas de la trata esclavista del océano Índico, una de las rutas de tráfico de seres humanos más antiguas del mundo. Caravanas y barcos llevaban cautivos capturados en el interior de África oriental hasta los mercados de Zanzíbar —uno de los mayores del mundo— y de allí a las plantaciones de clavo, a Arabia, a Persia y a la India. El trabajo esclavo sostenía tanto las plantaciones como buena parte del comercio del sultanato. La presión británica para abolir la trata a lo largo del siglo XIX fue erosionando ese sistema y, con él, una de las bases económicas del poder omaní.
La decadencia del imperio marítimo llevó a Omán a la órbita de la potencia dominante en el Índico: Gran Bretaña. El primer tratado formal se firmó el 12 de octubre de 1798, cuando el sultanato buscaba respaldo frente a la amenaza de los wahabíes del interior de Arabia. A lo largo del siglo XIX se sucedieron nuevos acuerdos —como el de amistad, navegación y comercio de 1891—, y aunque Omán nunca fue formalmente una colonia, quedó convertido en un protectorado de hecho, dependiente de Londres para su defensa y su política exterior. La pérdida de Zanzíbar, el fin del comercio de esclavos y la llegada de los buques a vapor, que hicieron obsoletos a los dhows, sumieron al país en un largo declive económico.
El siglo XX profundizó la fractura entre la costa y el interior. En 1913, las tribus del interior restauraron el imamato ibadí y se rebelaron contra el sultán de Mascate; el conflicto se cerró con el Tratado de Seeb de 1920, que reconoció una autonomía de hecho al imamato interior. La tensión resurgió en los años cincuenta con la Guerra de Jebel Akhdar (1954-1959), cuando el sultán, con apoyo militar británico, aplastó al imamato y unificó por la fuerza todo el territorio bajo su mando, poniendo fin a más de mil años de imamato electivo.
Esa unificación la protagonizó Said bin Taimur, sultán entre 1932 y 1970, cuyo reinado se recuerda como uno de los más cerrados y austeros del planeta. Temeroso de las influencias extranjeras y de perder el control, Said mantuvo a Omán en un aislamiento casi total: prohibió la radio, las gafas de sol, los pantalones occidentales, fumar en público y hasta construir casas nuevas o salir del país sin permiso. Cuando empezó a fluir el petróleo, a fines de los años sesenta, el sultán atesoró los ingresos en lugar de invertirlos. En 1970 el país tenía apenas unos pocos kilómetros de caminos asfaltados, tres escuelas y un puñado de médicos, mientras una rebelión ardía en el sur.
El polvorín estalló en el sur. En la provincia de Dhofar, marginada y empobrecida, surgió a comienzos de los años sesenta una insurgencia que hacia 1965 se transformó en una guerrilla organizada. Inspirado primero en el nacionalismo árabe y luego en un marxismo-leninismo respaldado por el Yemen del Sur comunista, el Frente de Liberación de Dhofar buscaba derrocar al régimen ultraconservador de Said bin Taimur y, en su fase más radical, revolucionar toda la península. La Guerra del Dhofar (1965-1975) se convirtió en un conflicto de la Guerra Fría en miniatura, con los rebeldes apoyados por Yemen del Sur, China y la Unión Soviética.
La incapacidad del viejo sultán para responder a la crisis precipitó su caída. El 23 de julio de 1970, con apoyo británico, su propio hijo Qaboos bin Said lo depuso en un golpe de palacio incruento y lo envió al exilio en Londres, donde Said bin Taimur murió dos años después. Qaboos, joven y formado en la academia militar británica de Sandhurst, asumió el poder decidido a modernizar el país y a ganar la guerra por otros medios.
Su estrategia combinó las armas y el desarrollo. Con ayuda británica —incluidas las fuerzas especiales del SAS—, apoyo del Irán del sha y de Jordania, Qaboos reforzó el ejército, pero al mismo tiempo ofreció amnistía a los rebeldes, llevó escuelas, clínicas y pozos de agua a Dhofar y ganó para su causa a buena parte de la población. La combinación funcionó: hacia 1975 la insurgencia estaba derrotada y el sultán declaró el fin de la guerra. La victoria en Dhofar consolidó el poder de Qaboos y le dio la estabilidad necesaria para emprender la transformación del país.
El reinado de Qaboos bin Said, que se extendió durante casi medio siglo hasta 2020, es conocido en Omán como la Nahda, el "renacimiento". Una semana después del golpe, el sultán unificó el país bajo el nombre de Sultanato de Omán —antes se llamaba Sultanato de Mascate y Omán, reflejo de la vieja división— y puso en marcha una modernización acelerada financiada por el petróleo. En pocas décadas, un país que en 1970 apenas tenía escuelas ni hospitales se dotó de una red de carreteras, universidades, centros de salud, un aeropuerto internacional y la monumental Gran Mezquita del Sultán Qaboos y la Real Ópera de Mascate. La esperanza de vida y la alfabetización se dispararon.
Qaboos gobernó como un monarca absoluto y paternalista, sin partidos políticos, pero cultivó una imagen de mesura y consenso. En política exterior forjó el rasgo por el que Omán es más admirado hoy: una neutralidad activa que convirtió al sultanato en mediador discreto entre potencias enfrentadas. Omán mantuvo el diálogo con Irán y con las monarquías del Golfo, con Estados Unidos y con actores de todo el espectro, y sirvió de canal secreto para negociaciones tan delicadas como las que condujeron al acuerdo nuclear iraní. Esa vocación de puente, que muchos vinculan con la tradición ibadí de moderación, sigue siendo la seña de identidad diplomática del país.
Qaboos murió el 10 de enero de 2020 sin dejar hijos, y la sucesión —que él había preparado en secreto— recayó en su primo Haitham bin Tariq Al Said, hasta entonces ministro de Patrimonio y Cultura. Haitham asumió el trono con la tarea de sostener el legado de la Nahda en un contexto más difícil: una economía todavía dependiente del petróleo, un desempleo juvenil persistente y la necesidad de diversificar el país. Su plan "Visión 2040" apunta a reducir esa dependencia mediante el turismo, la logística, la energía y las reservas minerales. El Omán de hoy, con sus fuertes restaurados, sus reservas naturales y su prestigio de país seguro y hospitalario, sigue apostando por su histórica vocación de encrucijada entre Arabia, África y Asia.