La historia de Omán empieza con un aroma. En las montañas de Dhofar, en el extremo sur del país, crece el árbol Boswellia sacra, del que se extrae el incienso, la resina aromática que la Antigüedad valoró casi como el oro. Desde al menos dos mil años antes de Cristo, caravanas de camellos transportaban ese "oro blanco" por la legendaria ruta del incienso, que atravesaba el sur de Arabia y remontaba por Yemen y la actual Arabia Saudí hacia La Meca, Petra, Damasco y los grandes mercados del Mediterráneo, de Egipto a Roma. El incienso era imprescindible en los templos y ritos funerarios de casi todas las civilizaciones antiguas, y su comercio hizo fabulosamente ricos a los reinos que lo controlaban.
Dhofar fue uno de los corazones de ese mundo. La Unesco inscribió en el año 2000 el conjunto conocido como la "Tierra del Incienso" en la lista del Patrimonio Mundial: incluye los árboles de incienso del Wadi Dawkah, los restos del oasis caravanero fortificado de Shisr —identificado por algunos con la legendaria ciudad perdida de Ubar, "la Atlántida de las arenas"—, y los antiguos puertos comerciales de Khor Rori (la antigua Sumhuram) y Al Baleed, en la costa de Salalah. Por esos puertos el incienso salía por mar hacia la India y el golfo Pérsico, integrando a Omán en una economía marítima que ya en la Antigüedad conectaba tres continentes.
Más al norte, la región también fue conocida en la Antigüedad por su cobre: los textos sumerios mencionan la tierra de "Magan" como proveedora de este metal, y muchos historiadores la identifican con el actual Omán, cuyas minas abastecían a Mesopotamia ya en el tercer milenio antes de Cristo. Los sitios arqueológicos de Bat, Al-Khutm y Al-Ayn, también Patrimonio de la Humanidad, conservan torres y necrópolis de la Edad del Bronce que testimonian una civilización temprana y sofisticada. Cobre y perfume, cobre y mar: desde el principio, Omán fue un país volcado al comercio de larga distancia.
Omán fue una de las primeras regiones en abrazar el islam. Según la tradición, hacia el año 630 el Profeta Muhammad envió a su emisario Amr ibn al-As con una carta dirigida a Abd y Jaifar, los dos hijos de Julanda que gobernaban entonces el país; ambos aceptaron la nueva fe de manera pacífica, sin conquista militar. Ese origen consensuado, y no impuesto por la espada, dejó una impronta duradera en la identidad omaní.
Tras la muerte del Profeta y el cisma entre suníes y chiíes, Omán tomó un tercer camino, poco frecuente en el mundo islámico: el ibadismo, la rama más moderada y pragmática del movimiento jariyí. El ibadismo rechaza que el liderazgo de la comunidad deba recaer necesariamente en la familia del Profeta o en la tribu de los Quraysh, y sostiene que el imam —el líder de los creyentes— debe ser elegido por su piedad y su capacidad, y puede ser depuesto si falla. Ese principio electivo y austero convirtió a Omán en un caso único: hoy sigue siendo el único país del mundo con mayoría ibadí, una tradición que muchos consideran clave para explicar su tolerancia religiosa y su vocación de neutralidad.
De ese ideal nació el Imamato de Omán. Los ulemas ibadíes eligieron al primer imam, Al-Julanda bin Masud, en Nizwa hacia el año 751, dando forma a un Estado teocrático que se afirmó frente al Califato abasí de Bagdad. Nizwa, en el corazón montañoso del país, se convirtió en el centro espiritual y político del imamato. Durante los siglos siguientes, el imamato ibadí vivió épocas de esplendor y de fractura, con imanes electos que gobernaban el interior montañoso mientras la costa, más cosmopolita, quedaba a menudo bajo el influjo de dinastías y potencias externas. Esa tensión entre el interior tribal e ibadí y la costa comercial atravesaría toda la historia omaní.
El giro de la ruta de las especias hacia el océano Índico puso a Omán en la mira de la primera potencia colonial europea en la región. En 1507, una flota portuguesa al mando de Afonso de Albuquerque tomó Mascate y otros puertos de la costa omaní, que por su posición estratégica a la entrada del golfo se convirtieron en piezas clave del imperio portugués en el Índico. Durante casi siglo y medio, los portugueses dominaron la franja costera, levantaron fortalezas —los fuertes gemelos de Al Jalali y Al Mirani todavía custodian la bahía de Mascate— y controlaron el comercio, mientras el interior seguía en manos de los imanes ibadíes.
La expulsión de Portugal fue la gesta que forjó al Omán moderno. En 1624 fue elegido imam Nasir bin Murshid, fundador de la dinastía Ya'ruba (o Yaruba), que unificó a las tribus y emprendió una guerra sistemática para recuperar los puertos. Nasir murió en 1649, un año antes del triunfo final: en 1650, su primo y sucesor Sultan bin Saif reconquistó Mascate y arrojó definitivamente a los portugueses del país. Fue una de las primeras veces que una potencia asiática lograba expulsar a los europeos de una posición estratégica, y transformó a Omán de víctima en cazador.
Bajo los Ya'ruba, Omán se convirtió en una potencia naval. Persiguieron a los portugueses más allá de sus costas y les arrebataron posesiones en el golfo Pérsico y, sobre todo, en África oriental: Mombasa, Pemba y Zanzíbar cayeron bajo influencia omaní. El imamato se enriqueció con el comercio marítimo y construyó grandes obras, como el castillo de Jabrin y los sistemas de riego. Pero el poder acumulado terminó fracturando a la dinastía: una guerra civil por la sucesión, agravada por una invasión persa que ocupó parte del país, hundió a Omán en el caos hacia la década de 1730 y abrió el camino a una nueva dinastía.
El orden lo restauró Ahmad bin Said, gobernador de Sohar que expulsó a los persas y fue proclamado imam el 20 de noviembre de 1744, fundando la dinastía Al Bu Said, que reina en Omán hasta hoy. Bajo sus sucesores, y muy en especial bajo Said bin Sultan (que gobernó entre 1804 y 1856), Omán alcanzó su apogeo como imperio marítimo del océano Índico. Su flota y sus comerciantes dominaban las rutas entre Arabia, Persia, la India y la costa swahili de África oriental, en lo que fue el mayor poder autóctono del Índico occidental en el siglo XIX.
El centro de gravedad de ese imperio se desplazó hacia el sur. Hacia 1840, Said bin Sultan trasladó de hecho su capital de Mascate a la isla de Zanzíbar, frente a la actual Tanzania, que convirtió en un emporio comercial de primer orden. Allí impulsó una economía de plantación basada en el clavo de olor —Zanzíbar llegó a ser uno de los mayores productores mundiales— y fomentó la instalación de comerciantes indios que financiaban el negocio. A su muerte en 1856, el imperio se dividió entre dos de sus hijos: uno heredó Omán y Mascate, el otro el Sultanato de Zanzíbar, que a partir de entonces siguió caminos separados.
Aquella prosperidad tuvo un cimiento brutal que la historia honesta no puede ocultar: el comercio de esclavos. Omán fue uno de los grandes protagonistas de la trata esclavista del océano Índico, una de las rutas de tráfico de seres humanos más antiguas del mundo. Caravanas y barcos llevaban cautivos capturados en el interior de África oriental hasta los mercados de Zanzíbar —uno de los mayores del mundo— y de allí a las plantaciones de clavo, a Arabia, a Persia y a la India. El trabajo esclavo sostenía tanto las plantaciones como buena parte del comercio del sultanato. La presión británica para abolir la trata a lo largo del siglo XIX fue erosionando ese sistema y, con él, una de las bases económicas del poder omaní.
La decadencia del imperio marítimo llevó a Omán a la órbita de la potencia dominante en el Índico: Gran Bretaña. El primer tratado formal se firmó el 12 de octubre de 1798, cuando el sultanato buscaba respaldo frente a la amenaza de los wahabíes del interior de Arabia. A lo largo del siglo XIX se sucedieron nuevos acuerdos —como el de amistad, navegación y comercio de 1891—, y aunque Omán nunca fue formalmente una colonia, quedó convertido en un protectorado de hecho, dependiente de Londres para su defensa y su política exterior. La pérdida de Zanzíbar, el fin del comercio de esclavos y la llegada de los buques a vapor, que hicieron obsoletos a los dhows, sumieron al país en un largo declive económico.
El siglo XX profundizó la fractura entre la costa y el interior. En 1913, las tribus del interior restauraron el imamato ibadí y se rebelaron contra el sultán de Mascate; el conflicto se cerró con el Tratado de Seeb de 1920, que reconoció una autonomía de hecho al imamato interior. La tensión resurgió en los años cincuenta con la Guerra de Jebel Akhdar (1954-1959), cuando el sultán, con apoyo militar británico, aplastó al imamato y unificó por la fuerza todo el territorio bajo su mando, poniendo fin a más de mil años de imamato electivo.
Esa unificación la protagonizó Said bin Taimur, sultán entre 1932 y 1970, cuyo reinado se recuerda como uno de los más cerrados y austeros del planeta. Temeroso de las influencias extranjeras y de perder el control, Said mantuvo a Omán en un aislamiento casi total: prohibió la radio, las gafas de sol, los pantalones occidentales, fumar en público y hasta construir casas nuevas o salir del país sin permiso. Cuando empezó a fluir el petróleo, a fines de los años sesenta, el sultán atesoró los ingresos en lugar de invertirlos. En 1970 el país tenía apenas unos pocos kilómetros de caminos asfaltados, tres escuelas y un puñado de médicos, mientras una rebelión ardía en el sur.
El polvorín estalló en el sur. En la provincia de Dhofar, marginada y empobrecida, surgió a comienzos de los años sesenta una insurgencia que hacia 1965 se transformó en una guerrilla organizada. Inspirado primero en el nacionalismo árabe y luego en un marxismo-leninismo respaldado por el Yemen del Sur comunista, el Frente de Liberación de Dhofar buscaba derrocar al régimen ultraconservador de Said bin Taimur y, en su fase más radical, revolucionar toda la península. La Guerra del Dhofar (1965-1975) se convirtió en un conflicto de la Guerra Fría en miniatura, con los rebeldes apoyados por Yemen del Sur, China y la Unión Soviética.
La incapacidad del viejo sultán para responder a la crisis precipitó su caída. El 23 de julio de 1970, con apoyo británico, su propio hijo Qaboos bin Said lo depuso en un golpe de palacio incruento y lo envió al exilio en Londres, donde Said bin Taimur murió dos años después. Qaboos, joven y formado en la academia militar británica de Sandhurst, asumió el poder decidido a modernizar el país y a ganar la guerra por otros medios.
Su estrategia combinó las armas y el desarrollo. Con ayuda británica —incluidas las fuerzas especiales del SAS—, apoyo del Irán del sha y de Jordania, Qaboos reforzó el ejército, pero al mismo tiempo ofreció amnistía a los rebeldes, llevó escuelas, clínicas y pozos de agua a Dhofar y ganó para su causa a buena parte de la población. La combinación funcionó: hacia 1975 la insurgencia estaba derrotada y el sultán declaró el fin de la guerra. La victoria en Dhofar consolidó el poder de Qaboos y le dio la estabilidad necesaria para emprender la transformación del país.
El reinado de Qaboos bin Said, que se extendió durante casi medio siglo hasta 2020, es conocido en Omán como la Nahda, el "renacimiento". Una semana después del golpe, el sultán unificó el país bajo el nombre de Sultanato de Omán —antes se llamaba Sultanato de Mascate y Omán, reflejo de la vieja división— y puso en marcha una modernización acelerada financiada por el petróleo. En pocas décadas, un país que en 1970 apenas tenía escuelas ni hospitales se dotó de una red de carreteras, universidades, centros de salud, un aeropuerto internacional y la monumental Gran Mezquita del Sultán Qaboos y la Real Ópera de Mascate. La esperanza de vida y la alfabetización se dispararon.
Qaboos gobernó como un monarca absoluto y paternalista, sin partidos políticos, pero cultivó una imagen de mesura y consenso. En política exterior forjó el rasgo por el que Omán es más admirado hoy: una neutralidad activa que convirtió al sultanato en mediador discreto entre potencias enfrentadas. Omán mantuvo el diálogo con Irán y con las monarquías del Golfo, con Estados Unidos y con actores de todo el espectro, y sirvió de canal secreto para negociaciones tan delicadas como las que condujeron al acuerdo nuclear iraní. Esa vocación de puente, que muchos vinculan con la tradición ibadí de moderación, sigue siendo la seña de identidad diplomática del país.
Qaboos murió el 10 de enero de 2020 sin dejar hijos, y la sucesión —que él había preparado en secreto— recayó en su primo Haitham bin Tariq Al Said, hasta entonces ministro de Patrimonio y Cultura. Haitham asumió el trono con la tarea de sostener el legado de la Nahda en un contexto más difícil: una economía todavía dependiente del petróleo, un desempleo juvenil persistente y la necesidad de diversificar el país. Su plan "Visión 2040" apunta a reducir esa dependencia mediante el turismo, la logística, la energía y las reservas minerales. El Omán de hoy, con sus fuertes restaurados, sus reservas naturales y su prestigio de país seguro y hospitalario, sigue apostando por su histórica vocación de encrucijada entre Arabia, África y Asia.
Las 7 historias, una detrás de la otra. Usá los botones de arriba para saltar a la que buscás.
La Batinah es la franja de tierra baja y fértil que se extiende entre el pie de las montañas del Hajar y la costa del golfo de Omán, al norte de Mascate. Regada por los wadis que bajan de la sierra y por una densa red de aflaj, ha sido durante siglos una de las regiones agrícolas más ricas del país, con extensos palmerales de dátiles, cultivos de frutas y una activa pesca costera. Su clima y su suelo la convirtieron en una de las zonas más pobladas de Omán.
Su posición costera la hizo también una región de contacto y comercio, abierta al golfo y a las rutas marítimas. Ciudades y aldeas de la Batinah aportaron marineros y mercaderes al gran comercio omaní del Índico, y la región mantuvo siempre ese doble carácter agrícola y marino que la distingue del interior montañoso.
El puerto de Sohar fue en la Edad Media una de las ciudades más importantes de todo el mundo islámico, un emporio del comercio marítimo entre Arabia, Persia, la India y China. Su prosperidad fue tal que la tradición popular la asocia con Simbad el Marino, el legendario navegante de Las mil y una noches, a quien muchos consideran hijo de esta tierra de marinos. Los geógrafos árabes medievales elogiaron su riqueza y su tráfico de mercancías.
Sohar fue además cuna de figuras decisivas de la historia omaní: desde aquí, Ahmad bin Said, gobernador de la ciudad, expulsó a los invasores persas en el siglo XVIII y fundó en 1744 la dinastía Al Bu Said, que reina hasta hoy. La ciudad conserva su fuerte junto al mar y ha recuperado protagonismo económico moderno gracias a su puerto industrial y su zona franca, uno de los polos de la diversificación del país.
El pie de las montañas del Hajar, en la Batinah, está jalonado de fortalezas monumentales que controlaban los pasos entre la costa y el interior. El fuerte de Nakhal, encaramado sobre una roca junto a un oasis de palmeras y a las fuentes termales de Ain A'Thawwarah, es uno de los castillos más fotografiados de Omán. No lejos, el enorme fuerte de Rustaq, en un valle célebre por sus manantiales calientes, fue en distintos momentos capital del país y sede de imanes de la dinastía Ya'ruba.
Estas fortalezas no eran solo militares: funcionaban como centros de gobierno, justicia y recaudación, y en torno a ellas se organizaba la vida de las comarcas. Su presencia recuerda que la Batinah, pese a su vocación agrícola y comercial, fue también escenario de las luchas por el poder entre la costa y el interior que atraviesan toda la historia omaní.
Al Wusta, cuyo nombre significa "la del medio", es la región central de Omán: una inmensa extensión de desierto y grava que separa el norte montañoso y poblado del sur de Dhofar. Es, con diferencia, la zona menos habitada del país, un paisaje de llanuras pedregosas y arenas que se funden hacia el interior con el Rub al-Jali, el "Cuarto Vacío", el mayor desierto de arena continua del planeta. Durante milenios, este territorio solo fue transitado por las tribus beduinas que conocían sus escasos pozos y pastos.
Su costa, sobre el mar Arábigo, es una franja larga y solitaria de gran riqueza pesquera, donde el afloramiento de aguas frías atrae abundante vida marina. Puertos como Duqm, antaño una aldea de pescadores, se han convertido en años recientes en el eje de grandes proyectos portuarios e industriales que apuntan a diversificar la economía omaní más allá del petróleo.
En el corazón de Al Wusta, la meseta de Jiddat al-Harasis fue escenario de una de las grandes historias de conservación del mundo. Allí, el oryx de Arabia —un antílope blanco del desierto que se extinguió en estado salvaje por la caza en los años setenta— fue reintroducido con éxito a partir de ejemplares criados en cautiverio. El Santuario del Oryx de Arabia llegó a ser Patrimonio de la Humanidad, aunque más tarde perdió esa condición por la reducción de su área protegida, en un caso muy debatido sobre el equilibrio entre conservación y explotación de recursos.
La región es también el territorio de los Harasis, una tribu beduina que conserva su lengua y su profundo conocimiento del desierto. Junto al oryx sobreviven aquí gacelas, lobos árabes y otras especies adaptadas a uno de los entornos más extremos del planeta, en una zona donde la vida humana y animal siempre dependió de la niebla costera y de los raros pozos.
En el interior montañoso, rodeada de un vasto oasis de palmeras, Nizwa fue durante siglos el centro político y espiritual de Omán. Aquí, hacia el año 751, los ulemas ibadíes eligieron al primer imam, y la ciudad se convirtió en capital del imamato y en foco de erudición religiosa, con escuelas donde se enseñaba el derecho y la teología ibadíes. Se la conoce como "la perla del islam" por ese papel de faro espiritual del interior, en contraste con la Mascate comercial de la costa.
Su monumento emblemático es el Fuerte de Nizwa, del siglo XVII, coronado por una enorme torre circular defensiva —una de las mayores de Arabia— erigida bajo la dinastía Ya'ruba para resistir la artillería. A sus pies, el zoco tradicional sigue vendiendo dátiles, plata, cerámica y las célebres khanjar, las dagas curvas omaníes. Cada viernes por la mañana, el bullicioso mercado de cabras de Nizwa reúne a los ganaderos del interior en una escena que apenas ha cambiado en generaciones.
A pocos kilómetros, la ciudad de Bahla guarda uno de los conjuntos de arquitectura de tierra más impresionantes del mundo. Su enorme fuerte de adobe, levantado sobre cimientos que se remontan siglos atrás, se alza junto a kilómetros de muralla de barro que rodeaban el oasis. El Fuerte de Bahla fue el primer bien de Omán inscrito en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco, en 1987, y su restauración fue un desafío por la fragilidad del material.
Bahla fue un importante centro tribal y una capital regional bajo distintas dinastías, y es célebre por su alfarería tradicional, heredada de una larga tradición artesanal. La ciudad está además envuelta en un aura de misterio: en el folclore omaní, Bahla es la tierra de los genios (jinn) y de la magia, y numerosas leyendas locales atribuyen poderes sobrenaturales a sus muros y a su gran árbol. Historia y mito se entrelazan en este oasis del interior.
Si los fuertes de Nizwa y Bahla hablan de guerra, el castillo de Jabrin (o Jabreen) habla de esplendor. Construido en 1670 por el imam Bil'arab bin Sultan, de la dinastía Ya'ruba, en el apogeo de la potencia omaní, es más un palacio que una fortaleza: sus salas conservan techos de madera pintada con motivos florales y caligráficos, ventanas talladas, pasadizos y estancias decoradas que muestran el refinamiento de la vida cortesana del siglo XVII.
Jabrin fue no solo residencia sino también centro de saber, con espacios dedicados a la enseñanza de la astronomía, la medicina y el derecho islámico. El propio imam que lo mandó construir está enterrado en su interior. El castillo resume el momento en que Omán, tras expulsar a los portugueses y extender su poder por el Índico, pudo permitirse el lujo del arte y la cultura, y es hoy uno de los edificios históricos mejor conservados del país.
Dhofar, en el extremo sur de Omán, fue durante milenios el epicentro mundial del incienso. En sus montañas crece el árbol Boswellia sacra, cuya resina —el "oro blanco" de la Antigüedad— alimentó una de las rutas comerciales más famosas de la historia. Desde los puertos dhofaríes de Khor Rori (la antigua Sumhuram) y Al Baleed, el incienso viajaba por mar hacia la India y el golfo, y por tierra en caravanas hacia el Mediterráneo. La Unesco reconoció en el año 2000 este legado inscribiendo la "Tierra del Incienso" en el Patrimonio Mundial.
Esa riqueza dio origen a leyendas: en el interior desértico de Dhofar, el oasis fortificado de Shisr ha sido identificado por algunos investigadores con Ubar, la mítica ciudad perdida "de las mil columnas" que la tradición árabe situaba en las arenas del sur. El comercio del incienso, junto con el turismo, sigue siendo hoy un factor económico de la región, y los zocos de Salalah perfuman el aire con la resina que hizo célebre a esta tierra hace tres mil años.
Salalah, capital de Dhofar y segunda ciudad de Omán, vive un fenómeno único en toda la península arábiga: el khareef, el monzón del suroeste. Entre junio y septiembre, mientras el resto de Arabia se abrasa, las montañas que rodean Salalah interceptan la humedad del Índico y se cubren de una niebla persistente, de cascadas y de un manto verde que transforma el desierto en un paisaje casi tropical. Ese microclima llenó la región de cocoteros, plataneros y campos de forraje, y hoy atrae cada verano a multitudes de visitantes del Golfo que huyen del calor.
La ciudad y su costa conservan además una fuerte identidad histórica y cultural, con lazos que la conectan tanto con Arabia como con África oriental. Cerca de Salalah se encuentra la tumba tradicionalmente atribuida al profeta Job (Nabi Ayyub), lugar de peregrinación, y los restos arqueológicos de Al Baleed, testigos del pasado comercial de la región. Salalah es la puerta de un Omán distinto, más húmedo, más verde y más volcado al océano.
Dhofar ocupa un lugar central en la historia contemporánea de Omán. Fue aquí donde estalló, a mediados de los años sesenta, la insurgencia que dio nombre a la Guerra del Dhofar (1965-1975), un levantamiento primero nacionalista y luego marxista, apoyado por el Yemen del Sur comunista, que buscaba derrocar al régimen del sultán Said bin Taimur. La marginación histórica de la provincia, empobrecida y desatendida, había sido el caldo de cultivo de la rebelión.
La guerra se entrelazó con el cambio de época en todo el país. Tras el golpe de 1970, el nuevo sultán Qaboos —nacido precisamente en Salalah— combinó la ofensiva militar con un plan de desarrollo para Dhofar: escuelas, clínicas, pozos y amnistías que fueron ganando a la población. Hacia 1975 la insurgencia estaba derrotada. Aquella victoria en el sur consolidó el poder de Qaboos y marcó el arranque de la Nahda, el renacimiento que modernizó Omán. Dhofar pasó así de foco de rebelión a símbolo de la reconstrucción nacional.
Las montañas del Hajar recorren el norte de Omán en un gran arco paralelo a la costa, separando la estrecha llanura litoral de la Batinah del interior desértico. Es la cordillera más alta de la Arabia oriental, con cumbres que superan los 3000 metros, y su geología —capas de roca marina levantadas y plegadas— la ha convertido en un lugar célebre para el estudio de la corteza terrestre. Durante milenios, estas montañas fueron a la vez barrera y refugio: aislaron al interior ibadí de las influencias costeras y dieron cobijo a las tribus que sostuvieron el imamato.
En sus laderas, el ingenio humano suplió la escasez de agua con el sistema de falaj, canales que conducen por gravedad el agua de los manantiales de altura hasta las huertas y aldeas, repartiéndola con reglas comunitarias milenarias. Varios de estos aflaj de Omán son Patrimonio de la Humanidad. El Hajar es también un mundo de fortalezas y torres de vigilancia que controlaban los pasos, testigos de las luchas por el dominio de las montañas.
El Jebel Akhdar, la "Montaña Verde", es una meseta a unos 2000 metros de altura cuyo clima fresco permite lo que sería impensable en el resto del país: huertos en terrazas de granadas, nogales, albaricoques y, sobre todo, rosas. Cada primavera, los pueblos de la montaña recogen los pétalos para destilar el famoso agua de rosas omaní, un producto de larga tradición. Las aldeas se aferran al borde de los precipicios y sus terrazas descienden en escalones sobre el abismo.
El Jebel Akhdar dio nombre a uno de los conflictos decisivos del siglo XX omaní: la Guerra de Jebel Akhdar (1954-1959), en la que el sultán de Mascate, con apoyo militar británico, derrotó a las fuerzas del imamato ibadí que resistían en estas alturas. Aquella victoria puso fin a la vieja autonomía del interior y unificó Omán bajo la autoridad del sultán. Hoy la montaña, antaño casi inaccesible, se ha convertido en un destino de naturaleza y descanso.
El Jebel Shams, la "Montaña del Sol", es la cumbre más alta de Omán, con más de 3000 metros. Su mayor atractivo no es la cima sino el abismo que se abre a sus pies: el Wadi Nakhr, una garganta vertiginosa de paredes de más de mil metros que se ha ganado el apodo de "Gran Cañón de Arabia". Por el borde del precipicio discurre el llamado Balcony Walk, un antiguo sendero que unía aldeas colgadas de la roca y que hoy es una de las caminatas más espectaculares del país.
Estas alturas fueron durante siglos territorio de pastores y de pequeñas comunidades que cultivaban minúsculas terrazas y tejían alfombras de lana, un oficio que todavía se practica. La dureza del terreno hizo del macizo del Jebel Shams un reducto de vida tradicional, apenas tocado por el mundo moderno hasta hace pocas décadas.
En las faldas del Hajar sobreviven algunos de los pueblos más bellos y antiguos de Omán. Misfat al-Abriyeen es una aldea de montaña de casas de piedra y barro apiñadas sobre la roca, cuyas terrazas de dátiles, plátanos y limones se riegan mediante un falaj que serpentea entre las huertas; su laberinto de callejones y su palmeral colgado la han convertido en símbolo del turismo rural omaní. Al Hamra, a los pies de la montaña, es uno de los poblados más antiguos del país, con casas de adobe de varios pisos que llevan siglos en pie.
En Al Hamra, la casa-museo Bait al Safah mantiene vivos los oficios tradicionales —la molienda del grano, la elaboración del pan y del aceite, la destilación— mostrando cómo se vivía en estas montañas antes del petróleo. Ambos pueblos ilustran la arquitectura de tierra y la organización comunitaria del agua que hicieron posible la vida humana en un entorno tan seco, y son hoy ventanas al Omán preindustrial.
Mascate (Muscat) creció como puerto natural encajado entre las escarpadas montañas del Hajar y las aguas del golfo de Omán, un fondeadero de aguas profundas donde los grandes barcos podían refugiarse. Su valor estratégico, a la entrada del golfo Pérsico, la convirtió en presa codiciada: los portugueses la ocuparon en 1507 y levantaron los fuertes gemelos de Al Jalali y Al Mirani, que todavía flanquean la vieja bahía junto al palacio Al Alam. En 1650 los omaníes de la dinastía Ya'ruba los expulsaron y Mascate quedó como puerto principal del sultanato.
Durante siglos, la ciudad fue la cara cosmopolita y comercial de Omán, en contraste con el interior tribal e ibadí. Su viejo barrio de Mutrah, con su zoco laberíntico y su corniche frente al mar, conserva el aire de aquel puerto de comerciantes indios, persas y baluchis. Tras el ascenso de Qaboos en 1970, Mascate se transformó en una capital moderna de baja altura, que conserva por decreto su arquitectura tradicional y se corona con la Gran Mezquita del Sultán Qaboos, uno de los grandes templos del mundo islámico.
En el extremo oriental de la costa, la ciudad de Sur fue durante siglos el gran centro marinero de Omán y uno de los principales astilleros de dhows de madera de todo el Índico. De sus gradas salían los barcos que comerciaban con la India, el golfo Pérsico y, sobre todo, con África oriental: Sur estuvo íntimamente ligada a las rutas de Zanzíbar y al comercio que sostuvo el imperio omaní en el siglo XIX. Sus marineros conocían los monzones como nadie y sus familias se repartían entre las dos orillas del imperio.
Hoy Sur conserva ese legado en su astillero tradicional, donde todavía se construyen dhows a mano con técnicas centenarias, y en el faro blanco del pueblo pesquero de Ayjah, a la entrada de su laguna. La ciudad es también puerta de entrada a la costa de las tortugas y guarda la memoria de una época en que el destino de Omán se jugaba en el mar.
En el cabo más oriental de la península arábiga, donde el continente se asoma por primera vez a la salida del sol, la playa de Ras al-Jinz es uno de los santuarios de anidación de tortugas verdes más importantes del mundo. Cada año, miles de hembras salen del mar de noche para desovar en su arena, en un ciclo que se repite desde tiempos inmemoriales. La zona está protegida como reserva natural y cuenta con un centro científico y de visitantes que regula el acceso para no perturbar a los animales.
El área tiene además una profundísima raíz histórica: en el cercano yacimiento de Ras al-Hadd y en la propia Ras al-Jinz los arqueólogos han hallado restos de la Edad del Bronce, incluidos fragmentos de betún con la impronta de tablas de barcos, prueba de que hace más de cuatro mil años esta costa ya estaba conectada por mar con la civilización del valle del Indo. El extremo oriental de Omán fue, desde el principio, una ventana al océano.
Entre Mascate y Sur, las estribaciones orientales de las montañas del Hajar están surcadas por wadis, los cañones que canalizan el agua de las escasas pero torrenciales lluvias y que han sido durante milenios fuente de vida en un país árido. El Wadi Shab es uno de los más célebres: una garganta de paredes verticales por la que se camina entre palmeras y adelfas hasta una serie de piscinas de agua turquesa y una cascada escondida dentro de una cueva. El Wadi Bani Khalid, más accesible, ofrece grandes pozas cristalinas rodeadas de palmerales al pie de la montaña.
Estos oasis no son solo un espectáculo natural: durante siglos sus aguas alimentaron aldeas y huertas mediante el falaj, el ingenioso sistema de canales de riego que reparte el agua de manantiales y wadis con una precisión heredada de generación en generación. Los wadis del Hajar oriental muestran cómo la civilización omaní supo domesticar un territorio hostil, y hoy son algunos de los paisajes más visitados del país en el camino hacia el desierto.
Tierra adentro, la costa este da paso a las Sharqiya Sands, popularmente conocidas como el desierto de Wahiba: un mar de dunas anaranjadas que se elevan hasta cerca de 150 metros y se extienden por miles de kilómetros cuadrados. Es el territorio histórico de los beduinos, las tribus nómadas que durante siglos cruzaron estas arenas con sus camellos y sus rebaños de cabras, guiándose por las estrellas y por un conocimiento minucioso del terreno, los pozos y los pastos estacionales.
El desierto de Wahiba fue objeto en 1986 de una célebre expedición científica de la Royal Geographical Society, que catalogó su extraordinaria biodiversidad y su cultura beduina. Hoy, la vida nómada tradicional ha cedido en gran parte ante la sedentarización, pero el desierto sigue siendo el escenario donde el visitante se acerca a ese modo de vida: campamentos, paseos en camello, safaris en 4x4 sobre las dunas y noches bajo uno de los cielos más estrellados de Arabia.
Musandam es una península montañosa en el extremo norte de Arabia, separada del resto de Omán por territorio de los Emiratos Árabes Unidos: un exclave, es decir, una porción del país físicamente desgajada de su cuerpo principal. Su importancia es enorme y muy antigua, porque domina la orilla sur del estrecho de Ormuz, el paso marítimo por el que circula una parte decisiva del petróleo del mundo. Quien controla Musandam vigila la entrada del golfo Pérsico, y por eso la península ha tenido siempre un valor estratégico desproporcionado a su tamaño.
Su geografía es espectacular: las montañas del Hajar se hunden directamente en el mar, formando entrantes de agua profunda entre paredes de roca desnuda que se han ganado el nombre de "fiordos de Arabia", aunque su origen geológico no sea glaciar sino tectónico. Es una de las zonas más agrestes y despobladas del país.
El aislamiento de Musandam preservó una cultura singular. Sus habitantes tradicionales, agrupados en tribus como los Shihuh y los Kumzari, desarrollaron un modo de vida adaptado a un entorno durísimo, moviéndose entre las aldeas de pesca de la costa y los poblados de montaña según las estaciones. En la localidad de Kumzar se habla el kumzari, una lengua iraní mezclada con árabe que no existe en ningún otro lugar del mundo, testimonio de los intensos contactos a través del estrecho con la orilla persa.
La pesca fue durante siglos la base de la subsistencia, y todavía hoy los pueblos de la costa viven en gran medida del mar. Musandam formó parte históricamente de la órbita del sultanato de Omán, y su población conserva una fuerte identidad propia dentro del país. La combinación de montañas abruptas, aldeas escondidas y aguas ricas en vida marina hace de esta región un mundo aparte.
La capital de Musandam es Khasab, un puerto que fue en su día bastión portugués —todavía se conserva un fuerte del siglo XVII— por su posición de control sobre el estrecho. Durante mucho tiempo la ciudad vivió también de un intenso comercio, a veces de contrabando, con la cercana costa iraní, apenas separada por unas decenas de kilómetros de mar. Hoy Khasab es la puerta de entrada al turismo de la región.
La forma clásica de conocer los fiordos es a bordo de un dhow, el barco tradicional de madera, en travesías que recorren las ensenadas entre acantilados, se detienen en aldeas remotas y suelen encontrarse con delfines. Los cruceros por el estrecho de Ormuz, con sus aguas turquesas encajonadas entre montañas ocres, han convertido a este rincón olvidado de Omán en uno de sus paisajes más asombrosos y en un destino de naturaleza cada vez más buscado.