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Historia de Nuakchot

Un ksar de pescadores en las dunas

A diferencia de casi todas las grandes capitales del mundo, Nuakchot es una ciudad jovencísima, sin murallas antiguas ni un casco histórico: hasta mediados del siglo XX no era más que un punto minúsculo en la costa del Sáhara. Donde hoy se extiende una metrópolis de más de un millón de personas, hace apenas setenta años había un pequeño ksar (aldea fortificada) de pescadores y algunos pozos junto a las dunas, azotado por el viento del Atlántico. El topónimo, en lengua bereber zenaga, se ha interpretado de varias maneras, entre ellas 'el lugar de los vientos' o 'el lugar de las conchas', ambas muy acordes con este paraje de arena y mar.

Durante siglos, esta franja de la costa mauritana fue tierra de nómadas moros —pastores de camellos y comerciantes de las rutas transaharianas— y de comunidades de pescadores. El interior estaba salpicado de las grandes ciudades-caravana del Adrar y el Tagant, como Chinguetti y Ouadane, centros de comercio y de saber islámico. Pero la costa donde nacería Nuakchot era marginal: un lugar de paso, sin la importancia de aquellos oasis del interior ni de los puertos del sur.

Cuando Francia colonizó Mauritania a comienzos del siglo XX e integró el territorio en el África Occidental Francesa, ni siquiera le dio una capital propia dentro de sus fronteras. El territorio se administraba desde Saint-Louis, en el actual Senegal, al otro lado del río. Mauritania era una colonia enorme, despoblada y periférica, gobernada desde afuera. Esa anomalía —un país sin capital en su propio suelo— sería la que, décadas después, daría origen a Nuakchot.

La primera piedra: una capital hecha a propósito

A finales de los años cincuenta, con la descolonización en marcha, quedó claro que Mauritania necesitaba una capital dentro de su propio territorio. No podía seguir gobernándose desde Saint-Louis, en lo que sería el Senegal independiente. Se estudiaron varias opciones y finalmente se eligió este punto de la costa atlántica, más o menos a medio camino entre el norte árabe-bereber y el sur africano del país, con un clima marino algo más suave que el interior y espacio ilimitado para crecer. Era, además, un lugar sin peso demográfico previo de ninguna región, lo que lo hacía 'neutral' y simbólicamente adecuado para una nación que buscaba unir a moros y africanos negros.

El 5 de marzo de 1958, siendo Mauritania todavía una república autónoma dentro de la Comunidad Francesa, se colocó la primera piedra de la nueva capital junto al viejo ksar. La ciudad se diseñó desde cero, sobre el papel, pensada para acoger a unos 15.000 habitantes: avenidas anchas, edificios administrativos, viviendas para los funcionarios del nuevo Estado. Fue, literalmente, una capital construida a propósito, como Brasilia o Canberra, pero en pleno desierto.

Cuando Mauritania proclamó su independencia el 28 de noviembre de 1960, con Moktar Ould Daddah como primer presidente, Nuakchot se convirtió oficialmente en la capital del nuevo país. La joven ciudad de arena, todavía a medio construir, pasó a ser el centro político de una república inmensa y despoblada, tres veces más grande que Francia pero con apenas un millón de habitantes repartidos por el Sáhara y el Sahel.

De 15.000 a un millón: la explosión de la ciudad

El plan preveía una capital modesta, pero la realidad desbordó por completo las previsiones. A partir de finales de los años sesenta y, sobre todo, en los setenta y ochenta, Mauritania sufrió una serie de sequías devastadoras que asolaron el Sahel. Los pozos se secaron, el ganado murió por millones y el modo de vida nómada —que había sostenido a la mayoría de la población durante siglos— entró en un colapso del que no se recuperaría. Familias enteras de pastores arruinados abandonaron el desierto y se volcaron hacia la única gran ciudad del país en busca de comida, agua y trabajo: Nuakchot.

La capital, pensada para 15.000 personas, empezó a hincharse sin control. Alrededor del núcleo planificado brotaron inmensos barrios de autoconstrucción y campamentos de jaimas —las tiendas de los nómadas plantadas ahora en la periferia urbana—, muchos sin agua corriente, cloacas ni electricidad. Las 'kebbe', barrios precarios de chabolas, crecieron a un ritmo vertiginoso. En pocas décadas, Nuakchot pasó de unos miles de habitantes a cientos de miles, y luego al millón largo de hoy, concentrando casi un tercio de toda la población de Mauritania.

Ese crecimiento explosivo y no planificado dejó una ciudad de enormes contrastes y desafíos: la arena que invade constantemente las calles y hay que retirar, las inundaciones cuando llueve sobre un suelo que no drena, la presión sobre unos servicios que nunca alcanzan. Nuakchot es el retrato de una transformación social brutal: el paso, en apenas dos generaciones, de un país de nómadas del desierto a una sociedad mayoritariamente urbana, con todos los traumas y las oportunidades que eso implica.

Encrucijada de dos mundos y una economía del mar

Nuakchot es, más que cualquier otro lugar, el punto donde se encuentran las dos grandes almas de Mauritania. Por un lado, el mundo árabe-bereber de los 'bidán' (los moros 'blancos'), pastores y comerciantes del desierto, de lengua hassanía y cultura ligada al Magreb y a las rutas transaharianas. Por otro, el África negra del valle del río Senegal: los pueblos peul (fulani), soninké y wolof del sur, agricultores y pescadores. A ellos se suman los 'haratín', descendientes de esclavos de origen africano arabizados. Esa mezcla —no siempre fácil, atravesada por tensiones sociales y étnicas— es el tejido humano de la capital, y se ve y se oye en sus mercados, sus lenguas y su cocina.

La economía de la ciudad ha girado en buena medida en torno al mar. El caladero mauritano, alimentado por el afloramiento de aguas frías del Atlántico, es uno de los más ricos del mundo, y la pesca —artesanal e industrial— es un pilar del país. El Port de Pêche de Nuakchot, con sus cientos de piraguas, es la cara visible de esa riqueza, mientras el Port de l'Amitié ('Puerto de la Amistad', construido con ayuda china en los años ochenta) maneja el comercio de mayor escala. A eso se suman el sector minero (el hierro del norte, el oro y el cobre) y, más recientemente, las expectativas por el gas natural descubierto frente a la costa.

La capital ha ido dotándose poco a poco de infraestructuras: universidades, hospitales, el gran estadio, el nuevo aeropuerto internacional de Oumtounsy (2016) y una creciente clase media urbana. Pero sigue conviviendo con la pobreza de sus barrios periféricos y con desafíos ambientales enormes, empezando por el avance de las dunas y la amenaza del mar sobre una ciudad construida casi a ras del agua.

La capital sahariana del siglo XXI

Hoy Nuakchot es una metrópolis joven y en plena efervescencia, todavía definiéndose a sí misma. Es el corazón político de un país que ha vivido una historia agitada desde la independencia —con varios golpes de Estado, la difícil cuestión de la esclavitud (oficialmente abolida en 1981 y penalizada en 2007, pero cuyas secuelas persisten), las tensiones étnicas y el desafío de la seguridad en un Sahel amenazado por el yihadismo—. Mauritania ha logrado, sin embargo, mantenerse relativamente estable y a salvo de los atentados que golpean a sus vecinos, en parte gracias a un fuerte esfuerzo de seguridad.

La ciudad crece y se moderniza: nuevos barrios residenciales como Tevragh Zeina concentran embajadas, hoteles, restaurantes libaneses e internacionales y comercios; se pavimentan avenidas y se levantan edificios. Al mismo tiempo, conserva su carácter profundamente sahariano y musulmán, con el ritmo marcado por los cinco llamados a la oración, el ritual omnipresente del té a la menta y la hospitalidad tradicional del desierto. Es una capital donde el 4x4 convive con el camello y el rascacielos en construcción con la jaima de los recién llegados.

Para el viajero, Nuakchot es sobre todo una puerta y una introducción: el lugar donde se palpa el pulso de la Mauritania contemporánea antes de partir hacia las maravillas del interior. Ciudad de arena nacida de la nada, moldeada por la sequía y por la voluntad de un Estado joven, encrucijada de dos áfricas, Nuakchot resume en su corta pero intensa historia el nacimiento mismo de un país. No tiene siglos de monumentos que mostrar, pero cuenta, en cada calle polvorienta y en cada piragua de colores, la historia viva de una nación que sigue haciéndose.

📚 Bibliografía

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