En el extremo norte de Mauritania, en la región del Tiris Zemmour, las montañas guardan uno de los mayores tesoros del país: enormes yacimientos de mineral de hierro de alta calidad, concentrados en torno a los macizos de la Kédia d'Idjil, junto a la ciudad de Zouérat. En un país de suelos pobres y clima extremo, ese hierro se convirtió en la columna vertebral de la economía nacional.
La explotación comenzó en los años sesenta con la compañía francesa MIFERMA. En 1974, el gobierno de Ould Daddah la nacionalizó y creó la SNIM (Société Nationale Industrielle et Minière), una empresa estatal que desde entonces ha sido el principal motor económico y el mayor empleador industrial del país. Gracias a ella, Mauritania se cuenta entre los mayores productores de hierro de África.
Zouérat nació y creció al calor de esas minas: una ciudad industrial plantada en pleno desierto, dura y funcional, donde la vida gira en torno a la extracción del mineral. Es la cabecera del norte minero, el punto donde arranca uno de los viajes más extraordinarios del planeta.
Para llevar el hierro desde Zouérat hasta el puerto de Nuadibú, la SNIM tendió a partir de 1963 una vía férrea de unos 700 kilómetros a través del desierto, que incluso hubo que hacer pasar por un túnel para esquivar territorio en disputa del Sáhara Occidental. Por esa línea circula el legendario "tren del hierro", uno de los trenes más largos y pesados que existen: convoyes que pueden superar los 2,5 kilómetros de longitud, con más de doscientos vagones cargados de mineral y varias locomotoras.
El tren cruza uno de los paisajes más severos del planeta, entre dunas, mesetas pedregosas y un calor abrasador, en un viaje de unas veinte horas. Es una arteria vital: por ella sale el hierro que representa una parte enorme de las exportaciones de Mauritania, y de la que depende buena parte de las divisas del país.
Pero el tren del hierro es también un mito viajero. Sobre los vagones abiertos, encaramados sobre el mineral, viajan gratis lugareños, comerciantes y, cada vez más, viajeros aventureros de todo el mundo que buscan una de las experiencias de tren más extremas que existen: horas a la intemperie, cubiertos por el polvo negro del hierro, cruzando el Sáhara bajo las estrellas. Pocas imágenes resumen mejor la mezcla de dureza y grandeza de Mauritania.
El norte minero no es solo economía: es geopolítica. La vía del tren corre paralela a la frontera con el Sáhara Occidental, y su trazado tuvo que sortear las tensiones de ese conflicto; durante los años de guerra con el Polisario, la línea y las minas fueron blanco de ataques que amenazaron la principal fuente de ingresos del país.
Toda esta región del Tiris Zemmour es una tierra de fronteras: confina con el Sáhara Occidental, Argelia y Malí, en una zona sensible del Sahel donde Mauritania mantiene una fuerte presencia de seguridad. Que el corazón económico del país lata justo en esta esquina remota y disputada dice mucho de los equilibrios sobre los que se sostiene el Estado mauritano.
Hoy, además del hierro, el norte y el resto del país apuestan por nuevos recursos: el oro de la mina de Tasiast y proyectos de cobre, y grandes planes de hidrógeno verde que aprovecharían el sol y el viento del desierto. El norte minero, que nació con el hierro, quiere seguir siendo el motor de la Mauritania del futuro.