El río Níger es el eje sobre el que se escribió toda la historia de Malí. Tercer río más largo de África, describe un gran arco que penetra en pleno Sahel y roza el desierto antes de girar de nuevo hacia el sur. A lo largo de su curso nacieron y prosperaron los grandes imperios —Ghana, Malí, Songhai— y las ciudades legendarias de Djenné, Tombuctú y Gao. Sin el Níger, el Sahel maliense sería puro desierto.
El río es una arteria de vida: da agua para regar los arrozales y los cultivos, sostiene la pesca del pueblo bozo —los "maestros del río"—, y durante siglos fue la gran ruta de transporte, surcada por pinazas y piraguas que llevaban sal, grano, pescado y mercancías de una ciudad a otra. En sus crecidas anuales inunda vastas llanuras y crea el delta interior, un prodigio ecológico en medio de la aridez.
Ségou, sede regional a orillas del Níger, es una de las ciudades donde mejor se palpa esa relación entre el pueblo y el río. Su vida late al ritmo del agua, de los mercados ribereños y de la pesca, y en sus orillas se celebra uno de los grandes festivales culturales del país.
Tras el hundimiento del Imperio Songhai, el centro de Malí vio surgir uno de los Estados más poderosos de la región: el reino bambara (bamana) de Ségou. Fundado hacia comienzos del siglo XVIII, su gran organizador fue Biton Coulibaly (Mamari Coulibaly), que reinó aproximadamente entre 1712 y 1755 y creó un ejército y una flota de guerra en el Níger que hicieron de Ségou una potencia temida.
El reino bambara de Ségou fue notable por mantener durante mucho tiempo las creencias tradicionales frente al avance del islam, y por una vida cortesana y guerrera que quedó inmortalizada en los relatos épicos de los griots, como los que cantan las hazañas del rey Da Monzon. Su prosperidad se apoyaba en la agricultura del valle, el comercio fluvial y las campañas militares.
El fin de la independencia bambara llegó en el siglo XIX, cuando Ségou fue conquistada por el imperio yihadista toucouleur de Al-Hajj Umar Tall, hacia 1861, y más tarde absorbida por la colonización francesa. Hoy Ségou conserva un encanto particular: arquitectura colonial y de barro junto al río, la vecina aldea alfarera de Kalabougou —famosa por sus cocciones tradicionales de cerámica— y la sede del célebre Festival sur le Niger, que celebra la música y las artes malienses.
Más al este, en el centro-sur del país, San es una de las ciudades-mercado tradicionales del Sahel maliense. Situada en una encrucijada de rutas comerciales, es célebre por su animado mercado, uno de los más vivos de la región, donde confluyen productos agrícolas, ganado, telas y artesanías de un amplio territorio.
Como tantas ciudades de la región, San exhibe la magnífica arquitectura de barro sudanosaheliana: casas de adobe y una notable mezquita construida con la misma técnica de tierra cruda que hizo famosas a Djenné y Tombuctú, con sus muros erizados de vigas de palmera que sirven de andamiaje permanente para el revoque anual.
San se encuentra, sin embargo, en una zona de mayor exposición a la inseguridad que afecta al centro de Malí. La violencia que se extendió desde el norte hacia las regiones centrales del país en la última década ha vuelto muy delicada la situación, por lo que cualquier consideración de viaje a esta zona exige verificar con extremo cuidado los avisos de seguridad vigentes.
Al noroeste de Bamako, en el arco que dibuja el río Baoulé, se extiende el Parque Nacional de la Boucle du Baoulé, una de las grandes reservas naturales de Malí. Creado en época colonial y ampliado como reserva de la biosfera, protege ecosistemas de sabana sudanosaheliana y bosques de galería a lo largo de los ríos.
Históricamente, la Boucle du Baoulé fue un refugio de la fauna del Sahel —antílopes, elefantes, jirafas, leones y una rica avifauna—, aunque las poblaciones de grandes mamíferos se vieron muy mermadas por la caza, la sequía y la presión humana a lo largo del siglo XX. El parque conserva además vestigios de arte rupestre y sitios arqueológicos que hablan de una ocupación humana muy antigua.
Es una reserva muy poco desarrollada para el turismo, con infraestructura escasa, y su acceso está fuertemente condicionado por la situación general de seguridad del país. Representa, junto con otros espacios protegidos, el esfuerzo de Malí por conservar un patrimonio natural sahélico frágil y amenazado.