Gao es una de las ciudades más antiguas del Sahel. Mucho antes de convertirse en la capital del Imperio Songhai, fue el centro de un reino comercial que las fuentes árabes medievales llamaban Kawkaw (o Gao). Situada en un punto estratégico del río Níger, en el borde del desierto, la ciudad era un término natural de las rutas caravaneras que cruzaban el Sahara: por ella pasaban el oro del sur, la sal de las minas del desierto, los esclavos, los dátiles y las mercancías del Magreb.
Ya en el primer milenio de nuestra era existía allí un poblado importante, y hacia los siglos IX-XI el reino de Gao era uno de los estados más notables del África occidental, conocido por los geógrafos árabes. Los yacimientos arqueológicos de la zona, sobre todo Gao-Saney (Sané) a pocos kilómetros, han revelado los restos de la antigua ciudad y de su necrópolis, con célebres estelas funerarias de mármol e inscripciones árabes de los siglos XI-XII. Algunas de esas estelas fueron importadas desde Almería, en Al-Ándalus, prueba asombrosa de los contactos a larga distancia de aquel reino saheliano.
Los gobernantes de Gao se contaron entre los primeros de la región en adoptar el islam, atraídos por la fe de los comerciantes transaharianos. La ciudad estuvo un tiempo bajo la influencia del Imperio de Malí, en su apogeo, pero conservó su identidad y su fuerza comercial. De ese sustrato antiguo, rico y cosmopolita, surgiría en el siglo XV el mayor imperio que había conocido el África occidental.
En el siglo XV, aprovechando la decadencia del Imperio de Malí, el pueblo songhai de Gao se expandió hasta construir el mayor estado de la historia del África occidental. El artífice de esa expansión fue el rey Sonni Ali (que reinó de 1464 a 1492), un conquistador implacable y genial estratega que sometió Tombuctú y Djenné y forjó un imperio a lo largo del Níger. Con él, Gao pasó de capital de un reino a corazón de una potencia continental.
A la muerte de Sonni Ali, un general suyo, Muhammad Ture, tomó el poder y fundó una nueva dinastía, la de los Askia, adoptando el título de Askia Muhammad (o Askia el Grande, que reinó de 1493 a 1528). Bajo su gobierno, el Imperio Songhai alcanzó su máxima extensión y esplendor: dominaba desde el Atlántico hasta el actual Níger, controlaba el comercio transahariano de oro y sal, y protegía y financiaba los grandes centros de saber, sobre todo la Universidad de Sankoré en Tombuctú, que vivió entonces su edad de oro.
Askia Muhammad, musulmán devoto, realizó hacia 1496-1498 una célebre peregrinación a La Meca con un fastuoso séquito, de la que regresó con el título de califa del Sudán y un enorme prestigio religioso. A esa peregrinación se asocia la construcción de su gran monumento en Gao. El imperio de los Askia organizó una administración compleja, un ejército profesional y un sistema de provincias, y fue uno de los estados más sofisticados de su tiempo en cualquier parte del mundo.
Hacia 1495, el emperador Askia Muhammad mandó erigir en Gao el monumento que hoy es el símbolo de la ciudad y el único vestigio en pie del Imperio Songhai: la Tumba de los Askia. Es una pirámide escalonada de barro (banco) de unos 17 metros de altura, de forma troncopiramidal, erizada de haces de madera —los toron— que sobresalen de los muros y sirven de andamiaje permanente para el revoque, la misma técnica de las grandes mezquitas de Tombuctú y Djenné.
El monumento es una obra maestra de la arquitectura de tierra sudano-saheliana. El conjunto no es solo la pirámide: incluye dos mezquitas de barro con techo plano, un cementerio y una explanada abierta para las asambleas. La tumba servía a la vez de mausoleo del emperador, de afirmación de su poder y de emblema de la islamización del imperio: unía el prestigio religioso ganado en la peregrinación con la tradición monumental africana. Durante siglos, los habitantes de Gao mantuvieron el edificio con el revoque anual, como quien cuida la memoria de sus reyes.
En 2004, la UNESCO inscribió la Tumba de los Askia en la lista del Patrimonio de la Humanidad, precisamente por ser el único testimonio monumental que sobrevive de aquel gran imperio, y un ejemplo excepcional de la tradición constructiva en barro del Sahel occidental. Es, junto a las ciudades de Tombuctú y Djenné, uno de los cuatro sitios malienses inscritos por la UNESCO, y el gran orgullo de Gao.
El fin del Imperio Songhai llegó de forma abrupta en 1591. El sultán saadí de Marruecos, codicioso de las riquezas del oro y la sal, envió a través del Sahara un ejército armado con arcabuces —las armas de fuego, revolucionarias para la época— al mando de Yuder Pachá. En la batalla de Tondibi, cerca de Gao, esa fuerza relativamente pequeña pero dotada de pólvora derrotó al numeroso ejército songhai, que combatía con lanzas, arcos y caballería. Fue el hundimiento de todo el imperio.
Gao, Tombuctú y Djenné cayeron bajo dominio marroquí. La ocupación desarticuló el estado songhai, dispersó a sus élites y hundió el comercio y la vida cultural del Níger medio. El poder marroquí se diluyó con el tiempo en manos de los arma (descendientes de los soldados de la invasión) y de diversos jefes locales, mientras las rutas comerciales se desplazaban hacia la costa atlántica, donde operaban los europeos. Gao entró en una larga decadencia y quedó reducida a una ciudad provinciana, muy lejos de su antiguo esplendor imperial.
En el siglo XIX y comienzos del XX, la región cayó bajo dominio colonial francés e integró el Sudán Francés, que a la independencia, en 1960, se convertiría en la República de Malí. Gao siguió siendo una de las principales ciudades del norte, puerto del Níger y capital regional, orgullosa de su pasado songhai y de su gran pirámide de barro. Pero en el siglo XXI le esperaba una nueva tragedia.
En 2012, la rebelión en el norte de Malí golpeó de lleno a Gao. Tras el avance del movimiento tuareg del MNLA y el colapso del ejército maliense, la ciudad quedó en manos de grupos yihadistas: fue el MUJAO (Movimiento por la Unicidad y la Yihad en África Occidental), ligado a Al Qaeda, el que tomó el control de Gao e impuso una versión brutal de la ley islámica, con castigos atroces contra la población. La ciudad, capital simbólica del norte, vivió meses de terror.
En enero-febrero de 2013, la intervención militar internacional —la Operación Serval francesa, con apoyo de tropas chadianas y malienses— expulsó a los yihadistas de Gao, en algunos de los combates más duros de toda la campaña. Pero la liberación no trajo la paz. Gao y su región (junto con la vecina Ménaka) se convirtieron en uno de los epicentros de la violencia yihadista del Sahel, con la actividad simultánea del JNIM (Al Qaeda) y de la Provincia del Sáhara del Estado Islámico, que se disputan el territorio y golpean a la población y a las fuerzas de seguridad con atentados, minas y ataques.
La retirada de la misión de la ONU (MINUSMA) en 2023, la llegada de mercenarios rusos junto a la junta militar y la escalada general del conflicto agravaron aún más la situación. En 2025-2026, el bloqueo yihadista de combustible que asfixió a todo Malí y una ofensiva coordinada de los grupos armados —que en abril de 2026 atacaron localidades como Kidal, Gao y los alrededores de Bamako— dejaron al norte en una situación crítica. Gao, capital de un imperio legendario y guardiana de la Tumba de los Askia, sigue atrapada en una de las guerras más largas y crueles de África, a la espera de tiempos mejores.