La ocupación humana de esta tierra se remonta a la prehistoria más profunda: en Jericó, en el valle del Jordán, hay restos de asentamiento que la convierten en una de las ciudades habitadas más antiguas del mundo, con muros de piedra de hace más de diez mil años. Durante la Edad del Bronce, la región estuvo poblada por pueblos que las fuentes egipcias y bíblicas llaman cananeos: una constelación de ciudades-estado que hablaban lenguas semíticas, adoraban a divinidades como El y Baal, y quedaban a menudo bajo la órbita de Egipto. La primera mención conocida de la palabra 'Israel' aparece en la estela egipcia de Merneptah, hacia el 1208 a. C., donde figura como el nombre de un pueblo de la región.
Entre el siglo XI y el X a. C. surgieron en las tierras altas dos reinos hebreos que la tradición bíblica describe como una monarquía unida bajo Saúl, David y Salomón y luego dividida en dos: Israel al norte, con capital finalmente en Samaria, y Judá al sur, con capital en Jerusalén y su Templo. Acá conviene ser precisos, porque hay debate historiográfico legítimo: la arqueología confirma la existencia histórica de ambos reinos —una inscripción del siglo IX a. C. hallada en Tel Dan menciona la 'Casa de David'—, pero el alcance y esplendor de la monarquía unida de David y Salomón, tal como los pinta la Biblia, están discutidos entre los especialistas. Lo que sí está establecido es que en esos siglos se forjaron una identidad y una religión que marcarían la historia mundial.
El fin de estos reinos llegó por la fuerza de los grandes imperios mesopotámicos. En el 722 a. C., el Imperio asirio conquistó el reino de Israel y deportó a buena parte de su población, origen de la leyenda de las 'diez tribus perdidas'. En el 586 a. C., el rey babilonio Nabucodonosor II tomó Jerusalén, destruyó el Templo de Salomón y deportó a las élites de Judá a Babilonia: es el llamado exilio babilónico, un trauma fundacional que la tradición judía nunca olvidó. Décadas después, el rey persa Ciro el Grande, tras conquistar Babilonia, permitió el regreso de los judíos y la reconstrucción del Templo.
El período que los historiadores llaman del Segundo Templo se extiende desde la reconstrucción del santuario de Jerusalén, hacia el 516 a. C., hasta su destrucción en el año 70 d. C. Fue una etapa de enorme densidad. Tras el dominio persa llegó el helenismo con las conquistas de Alejandro Magno, y con él la tensión entre la cultura griega y la tradición judía. Esa tensión estalló en la revuelta de los Macabeos (167-160 a. C.) contra los reyes seléucidas, que dio origen a la dinastía asmonea y a un breve reino judío independiente, recordado hasta hoy en la festividad de Janucá.
En el año 63 a. C., el general romano Pompeyo entró en Jerusalén y la región quedó bajo la órbita de Roma. Roma gobernó primero a través de reyes clientes —el más célebre, Herodes el Grande, que amplió el Templo hasta convertirlo en una de las maravillas del mundo antiguo— y luego mediante prefectos y procuradores. En este marco, en una Judea inquieta y mesiánica, se sitúa la vida de Jesús de Nazaret, cuya predicación y crucifixión bajo el prefecto Poncio Pilato darían nacimiento al cristianismo, una fe que empezó como movimiento dentro del judaísmo y terminó separándose de él.
La presión romana desembocó en dos grandes rebeliones. La Primera Guerra Judeo-Romana (66-73 d. C.) terminó con el saqueo de Jerusalén y la destrucción del Segundo Templo por las legiones de Tito en el año 70, un golpe del que el judaísmo religioso nunca volvió: sin Templo ni sacrificios, la fe se reorganizó en torno al estudio de la Torá, la oración y las sinagogas, y nació el judaísmo rabínico. La segunda gran rebelión, la de Bar Kojba (132-135 d. C.), fue aplastada por Adriano, que arrasó Judea, prohibió a los judíos entrar en Jerusalén, refundó la ciudad como Aelia Capitolina y rebautizó la provincia como Siria Palestina. Grandes cantidades de judíos murieron, fueron vendidos como esclavos o emigraron, acelerando una diáspora que ya existía. Conviene matizar un relato muy difundido: la diáspora no fue un único 'exilio' provocado de golpe por Roma, sino un proceso largo; una población judía siguió viviendo en la tierra, sobre todo en Galilea, durante siglos.
Con la conversión del emperador Constantino al cristianismo en el siglo IV, la provincia de Palestina se transformó por completo. De tierra de una minoría perseguida, el cristianismo pasó a religión imperial, y la región donde había vivido Jesús se convirtió en Tierra Santa, meta de peregrinos de todo el mundo mediterráneo. La emperatriz Elena, madre de Constantino, viajó a Jerusalén hacia el año 326 y, según la tradición, identificó los lugares de la crucifixión y la sepultura, sobre los que se levantó la basílica del Santo Sepulcro. Se construyeron también la basílica de la Natividad en Belén y decenas de iglesias y monasterios.
Durante los siglos bizantinos, entre el IV y el VII, Palestina vivió una etapa de relativa prosperidad y densidad de población, con ciudades florecientes, mosaicos deslumbrantes —como el famoso mapa de Madaba— y una fuerte impronta monástica en el desierto de Judea. La población era mayoritariamente cristiana, pero convivían con comunidades judías, sobre todo en Galilea, donde se compilaron el Talmud de Jerusalén y importantes textos rabínicos, y con samaritanos, cuyas revueltas contra el poder bizantino fueron duramente reprimidas.
El equilibrio bizantino se quebró en el siglo VII. Entre el 614 y el 628 hubo una breve y violenta ocupación persa sasánida que dañó Jerusalén, y aunque el emperador Heraclio recuperó la ciudad, el Imperio bizantino salió exhausto de sus guerras con Persia. Ese agotamiento dejó la puerta abierta a una fuerza nueva que venía del sur, de la península arábiga, y que en pocos años cambiaría el mapa de todo Oriente Próximo.
Hacia el año 636, pocos años después de la muerte del profeta Mahoma, los ejércitos árabes musulmanes derrotaron a los bizantinos en la batalla del Yarmuk y tomaron el control de la región. Jerusalén se rindió en torno al 637-638, según la tradición ante el propio califa Omar. Empezaba así un dominio islámico que, con distintas dinastías y un largo paréntesis cruzado, se prolongaría durante casi mil trescientos años, hasta el siglo XX.
Jerusalén ocupa un lugar central en el islam. Es la tercera ciudad santa después de La Meca y Medina, y fue la primera alquibla, la dirección hacia la que rezaban los primeros musulmanes antes de que se fijara La Meca. Según la tradición islámica, desde la roca de la Explanada (el Haram al-Sharif, 'Noble Santuario') el profeta Mahoma realizó su viaje nocturno y su ascensión a los cielos. Sobre esa roca, el califa omeya Abd al-Malik hizo construir hacia el 691 la Cúpula de la Roca, con su cúpula dorada inconfundible, y cerca se levantó la mezquita de Al-Aqsa. Ese mismo espacio es, para el judaísmo, el Monte del Templo, el lugar más sagrado, donde estuvieron los dos Templos: de ahí que sea uno de los puntos más disputados del planeta.
Bajo los sucesivos califatos —omeya desde Damasco, abasí desde Bagdad, y luego el fatimí desde El Cairo—, la región fue en general un territorio periférico pero conectado a grandes redes comerciales y culturales. La población, mayoritariamente cristiana y judía al principio, se fue arabizando en la lengua y, de forma más lenta y parcial, islamizando en la religión. Cristianos y judíos vivían como dhimmíes, comunidades protegidas con estatus subordinado que pagaban un impuesto especial, en un régimen que combinaba tolerancia relativa y desigualdad legal, con períodos más duros —como la destrucción del Santo Sepulcro ordenada por el califa fatimí al-Hakim en 1009— que tuvieron eco en la Europa cristiana.
En 1095, el papa Urbano II llamó a la primera cruzada, una expedición militar para arrebatar Jerusalén y los Santos Lugares al dominio musulmán. En julio de 1099, tras un asedio brutal, los cruzados tomaron Jerusalén y masacraron a buena parte de sus habitantes musulmanes y judíos: las crónicas de la época, cristianas y musulmanas, coinciden en el baño de sangre, aunque las cifras de víctimas se discuten y las más altas suelen considerarse exageradas. Sobre esa conquista se fundó el reino latino de Jerusalén, uno de los Estados cruzados que se extendieron por la costa del Levante.
Durante casi dos siglos, la región fue escenario de un choque intermitente entre los reinos cruzados europeos y las potencias musulmanas. El punto de inflexión llegó en 1187, cuando el sultán Saladino, fundador de la dinastía ayubí, derrotó a los cruzados en la batalla de los Cuernos de Hattin y reconquistó Jerusalén. A diferencia de 1099, Saladino permitió en general la salida de los habitantes y respetó los lugares cristianos, gesto que le valió una reputación de caballerosidad incluso entre sus enemigos europeos. La tercera cruzada, con Ricardo Corazón de León, no logró recuperar la ciudad.
Los cruzados dejaron una huella material impresionante: las murallas y el puerto de Acre, la ciudad fortificada de Cesarea, castillos e iglesias que todavía se visitan. Pero su presencia fue, a la larga, un paréntesis. En el siglo XIII, los mamelucos —una casta militar de origen esclavo que gobernaba desde Egipto— expulsaron a los últimos cruzados; la caída de Acre en 1291 puso fin a la presencia latina en Tierra Santa. Los mamelucos gobernarían la región hasta comienzos del siglo XVI, cuando la incorporó otro gran imperio.
En 1516-1517, el sultán otomano Selim I derrotó a los mamelucos e incorporó Palestina, Siria y Egipto a su imperio. Comenzaba una etapa de cuatro siglos, la más larga de dominio único desde la Antigüedad, que se prolongaría hasta la Primera Guerra Mundial. Bajo los otomanos, la región no formaba una unidad política llamada 'Palestina', sino que se repartía entre distintos distritos administrativos (sanjaks) dependientes de provincias mayores como Damasco.
El gran constructor otomano de la zona fue Solimán el Magnífico, que en la década de 1530 mandó levantar las murallas de la Ciudad Vieja de Jerusalén que hoy siguen en pie. Tras un período inicial de cierta prosperidad, buena parte de la etapa otomana fue de estancamiento y despoblación relativa en el interior, con una economía agrícola y una administración a menudo lejana y fiscalmente exigente. La población era mayoritariamente árabe musulmana, con minorías cristianas de varias iglesias y comunidades judías concentradas en las cuatro 'ciudades santas' del judaísmo: Jerusalén, Hebrón, Safed y Tiberíades. Safed, en Galilea, fue en el siglo XVI un centro floreciente de la mística judía, la cábala.
El siglo XIX trajo cambios acelerados. Las potencias europeas, cada vez más interesadas en un Imperio otomano en decadencia, abrieron consulados, protegieron a comunidades religiosas y financiaron instituciones. Los peregrinos y arqueólogos occidentales redescubrieron la Tierra Santa. Y hacia el final del siglo empezaron a llegar los primeros inmigrantes del movimiento sionista, en un territorio donde vivía una población árabe mayoritaria con su propia sociedad, sus ciudades y su vida rural. La chispa de lo que vendría estaba encendida.
El sionismo nació en la Europa de finales del siglo XIX como movimiento nacional judío que buscaba una patria para un pueblo disperso y perseguido. El contexto era el de un antisemitismo persistente y a veces violento: los pogromos del Imperio ruso, que provocaron migraciones masivas, y el caso Dreyfus en Francia, que mostró la fuerza del odio antijudío incluso en la Europa liberal. En 1896, el periodista austrohúngaro Theodor Herzl publicó 'El Estado judío', y en 1897 organizó en Basilea el Primer Congreso Sionista, que fijó como objetivo la creación de un hogar nacional para el pueblo judío en la tierra de Israel.
Antes incluso de Herzl, ya habían empezado a llegar inmigrantes judíos a la Palestina otomana. Los historiadores hablan de sucesivas olas migratorias, las aliyot: la primera aliá (1882-1903), de pioneros que fundaron colonias agrícolas; la segunda (1904-1914), más ideológica y socialista, que creó los primeros kibutz —comunas colectivas— y, en 1909, la ciudad de Tel Aviv. Muchos de estos inmigrantes venían del Imperio ruso huyendo de la persecución.
Este proceso tuvo desde el inicio una contracara conflictiva. La tierra estaba habitada por una población árabe mayoritaria, que en su gran mayoría no era sionista y que fue desarrollando su propia conciencia nacional palestina. La compra de tierras por organizaciones sionistas, a veces a grandes propietarios ausentistas, y el desplazamiento de campesinos árabes que las trabajaban generaron tensiones tempranas. Las dos narrativas nacionales que chocarían durante todo el siglo XX —una que veía un retorno legítimo a una tierra ancestral, otra que veía la llegada de colonos que amenazaban su presencia— empezaron a tomar forma en estas primeras décadas.
Durante la Primera Guerra Mundial, el Imperio británico hizo promesas que resultarían contradictorias. Por un lado, en la correspondencia Husayn-McMahon (1915-1916), alentó a los árabes a rebelarse contra los otomanos con la expectativa de un gran Estado árabe independiente. Por otro, en el acuerdo secreto Sykes-Picot (1916), se repartió con Francia el dominio de la región. Y el 2 de noviembre de 1917 emitió la Declaración Balfour, una carta del ministro de Exteriores Arthur Balfour en la que el gobierno británico veía 'con favor el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío', con la salvedad de que 'no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes'. Ese texto, breve y deliberadamente ambiguo, es una de las piezas fundacionales del conflicto: para el sionismo fue un respaldo histórico; para los árabes palestinos, la promesa de su tierra a otro pueblo por parte de una potencia extranjera.
Tras la guerra, la Sociedad de Naciones otorgó a Gran Bretaña el Mandato de Palestina, que incluía la obligación de facilitar el hogar nacional judío. Bajo administración británica, entre 1920 y 1948, la inmigración judía creció con fuerza, sobre todo en los años treinta con la huida del nazismo en Europa. La población judía pasó de en torno al 10% al comienzo del Mandato a cerca de un tercio hacia el final.
El período estuvo marcado por una violencia creciente entre las tres partes: la comunidad judía (el Yishuv), la árabe palestina y la potencia mandataria. Hubo estallidos en 1920, 1921 y 1929, y sobre todo la Gran Revuelta Árabe de 1936-1939, una insurrección palestina contra el dominio británico y la inmigración judía que fue reprimida con dureza. En respuesta, Gran Bretaña restringió la inmigración judía con el Libro Blanco de 1939, justo cuando los judíos europeos más necesitaban un refugio ante el avance del nazismo. El Holocausto, en el que fueron asesinados unos seis millones de judíos, reforzó de manera decisiva el reclamo de un Estado propio y volvió insostenible el statu quo. Agotada, Gran Bretaña entregó el problema a la recién creada Organización de las Naciones Unidas.
El 29 de noviembre de 1947, la Asamblea General de la ONU aprobó la Resolución 181, que recomendaba dividir la Palestina del Mandato en dos Estados, uno judío y uno árabe, con Jerusalén y sus alrededores bajo un régimen internacional especial. El plan asignaba alrededor del 55% del territorio al Estado judío y en torno al 42% al árabe, en un momento en que los árabes eran cerca de dos tercios de la población y poseían la mayor parte de la tierra. La votación fue de 33 votos a favor, 13 en contra y 10 abstenciones. El liderazgo sionista aceptó el plan como base legal para su Estado; los Estados árabes y el liderazgo palestino lo rechazaron, por considerarlo injusto y por negarse a que se repartiera un territorio de mayoría árabe.
El rechazo dio paso de inmediato a una guerra civil entre las comunidades judía y árabe. El 14 de mayo de 1948, al retirarse los británicos, David Ben Gurión proclamó el Estado de Israel. Al día siguiente, los ejércitos de varios países árabes —Egipto, Transjordania, Siria, Irak, Líbano— entraron en el territorio, y la guerra civil se convirtió en la primera guerra árabe-israelí. Israel resistió y, al terminar la guerra en 1949, controlaba cerca del 78% del territorio del antiguo Mandato, bastante más de lo que le asignaba el plan de la ONU.
Ese mismo acontecimiento tiene dos nombres y dos memorias. Para Israel es la Guerra de Independencia, el nacimiento del Estado tras dos mil años y el refugio para los sobrevivientes del Holocausto. Para los palestinos es la Nakba, la 'catástrofe': durante la guerra, entre unos 700.000 y 750.000 palestinos —la mayoría de la población árabe de lo que sería Israel— huyeron o fueron expulsados de sus hogares y no se les permitió regresar; cientos de aldeas quedaron despobladas o destruidas. Las causas de este éxodo son objeto de un intenso debate historiográfico: algunos historiadores subrayan las expulsiones deliberadas y las masacres —como la de Deir Yassin—, otros el pánico de la guerra y los llamados de líderes árabes a marcharse; el consenso académico actual reconoce que hubo tanto huida como expulsión, en proporciones que se siguen discutiendo. Que algunos historiadores hayan descrito el proceso como limpieza étnica, mientras otros rechazan ese término, refleja hasta qué punto los hechos de 1948 siguen siendo terreno en disputa. En paralelo, en los años siguientes, cientos de miles de judíos de países árabes y musulmanes emigraron o fueron expulsados y se instalaron en Israel.
El armisticio de 1949 no trajo paz, sino líneas de alto el fuego. La Franja de Gaza quedó bajo administración egipcia y Cisjordania (la 'orilla occidental' del Jordán), incluida Jerusalén Este, bajo control jordano. Israel y sus vecinos árabes quedaron en un estado de guerra latente que estallaría varias veces. En 1956, Israel se sumó a Gran Bretaña y Francia en la crisis de Suez contra Egipto, pero se retiró del Sinaí bajo presión internacional.
El vuelco decisivo fue la Guerra de los Seis Días, del 5 al 10 de junio de 1967. Ante la movilización egipcia, el cierre de los estrechos de Tiran y la retórica de aniquilación de algunos líderes árabes, Israel lanzó un ataque preventivo que destruyó en tierra a la aviación egipcia y le dio superioridad aérea. En apenas seis días, Israel derrotó a Egipto, Jordania y Siria y ocupó la península del Sinaí, la Franja de Gaza, Cisjordania con Jerusalén Este, y los Altos del Golán sirios. Se estima que murieron alrededor de 20.000 árabes y unos 800 israelíes, y entre 280.000 y 325.000 palestinos y unos 100.000 sirios huyeron o fueron desplazados. La guerra multiplicó por varias veces el territorio bajo control israelí y puso a más de un millón de palestinos bajo ocupación militar: nacía así la cuestión de los territorios ocupados, que domina el conflicto hasta hoy. El Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la Resolución 242, que llamaba a la retirada israelí de territorios ocupados a cambio de paz y reconocimiento, con una redacción ambigua que ambas partes interpretan distinto.
En 1973, en la festividad judía del Yom Kipur, Egipto y Siria lanzaron un ataque sorpresa para recuperar los territorios perdidos en 1967. Israel sufrió al principio graves reveses, pero logró revertir la situación tras duros combates y un gigantesco puente aéreo de suministros estadounidense. La guerra terminó sin cambios territoriales importantes, pero tuvo consecuencias enormes: sacudió la confianza israelí, dio a Egipto suficiente prestigio para negociar, y desembocó, tras la histórica visita del presidente egipcio Anwar el-Sadat a Jerusalén, en los Acuerdos de Camp David (1978) y el tratado de paz de 1979, por el cual Israel devolvió el Sinaí a Egipto. Fue la primera paz entre Israel y un país árabe, y le costó la vida a Sadat, asesinado por extremistas en 1981.
En 1987 estalló la Primera Intifada, una revuelta popular palestina en los territorios ocupados contra la ocupación israelí, que combinó protestas, huelgas y enfrentamientos, y que cambió la percepción internacional del conflicto. En ese clima, y tras el fin de la Guerra Fría, se abrió una vía de negociación. En 1993, tras conversaciones secretas en Noruega, Israel y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) firmaron la Declaración de Principios, primera de los llamados Acuerdos de Oslo. El primer ministro israelí Isaac Rabin y el líder de la OLP Yasser Arafat se estrecharon la mano en la Casa Blanca ante el presidente Bill Clinton, en una imagen que dio la vuelta al mundo.
Los Acuerdos de Oslo establecieron un reconocimiento mutuo entre Israel y la OLP y crearon la Autoridad Nacional Palestina, que asumió el gobierno de partes de Cisjordania y Gaza durante un período de transición de cinco años. La idea era que, al final de ese plazo, se negociaran los temas más difíciles —el 'estatuto final'—: las fronteras, los asentamientos israelíes, el destino de los refugiados palestinos y el estatus de Jerusalén. Esos temas centrales quedaron deliberadamente sin resolver, y nunca se resolvieron.
El proceso de Oslo se descarriló. En 1995, Rabin fue asesinado por un extremista judío israelí opuesto a los acuerdos. La expansión de los asentamientos israelíes en los territorios ocupados —ilegales según la mayor parte de la comunidad internacional, aunque Israel lo discute— siguió adelante. La Cumbre de Camp David de 2000 fracasó, y ese mismo año estalló la Segunda Intifada, mucho más violenta, con oleadas de atentados suicidas palestinos y duras operaciones militares israelíes. Israel construyó una barrera de separación en Cisjordania y en 2005 se retiró unilateralmente de Gaza, de donde en 2007 tomó el control el movimiento islamista Hamás, tras lo cual Israel y Egipto impusieron un bloqueo. Desde entonces se han sucedido varias guerras en Gaza. Las causas del fracaso de Oslo se debaten: cada parte responsabiliza a la otra, y los historiadores señalan también las ambigüedades del propio proceso y la debilidad de sus garantías.
El Israel del siglo XXI es un país de contrastes marcados. Es una democracia parlamentaria con una economía avanzada, apodada la 'nación startup' por su potente sector tecnológico, y una sociedad diversa que reúne a judíos de origen europeo (askenazíes), de países árabes y del norte de África (sefardíes y mizrajíes), etíopes, rusos y muchos otros, además de una minoría de ciudadanos árabes que ronda el 20% de la población. Es a la vez el único Estado de mayoría judía del mundo y un país donde conviven, en tensión, corrientes seculares y religiosas, incluida una comunidad ultraortodoxa (haredí) que crece con rapidez.
La política interna está atravesada por debates profundos: el peso de la religión en el Estado, el servicio militar, el costo de la vida y, sobre todo, la relación con los palestinos y la naturaleza del propio sistema. En los últimos años, planes de reforma judicial impulsados por gobiernos de derecha provocaron algunas de las mayores protestas de la historia del país. Israel mantiene, además, una relación estratégica estrecha con Estados Unidos y, desde 2020, ha normalizado relaciones con varios países árabes mediante los llamados Acuerdos de Abraham.
Pero el conflicto de fondo sigue sin resolverse y marca la vida cotidiana. Cisjordania continúa bajo ocupación militar israelí con una expansión sostenida de los asentamientos; Gaza ha vivido guerras devastadoras; y el estatus de Jerusalén, reclamada como capital tanto por Israel como por los palestinos, sigue siendo uno de los nudos más difíciles. La solución de dos Estados, largamente proclamada como horizonte, atraviesa una crisis profunda, mientras crece el debate sobre alternativas. Presentar este presente con equilibrio exige reconocer realidades duras para todos: el trauma y la búsqueda de seguridad de los israelíes tras generaciones de guerras y atentados, y la ocupación, el desplazamiento y la falta de un Estado propio que padecen los palestinos. Es una historia todavía abierta, sobre la que este texto no pretende dar veredictos, sino ofrecer los hechos y las miradas con la mayor honestidad posible.
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Mucho antes de que existiera Tel Aviv, en esta costa estaba Jaffa (Yafo), uno de los puertos naturales más antiguos del Mediterráneo, con más de tres mil años de historia documentada. Aparece en fuentes egipcias, en la Biblia —por acá habrían entrado los cedros del Líbano para el Templo de Salomón, y desde su puerto habría zarpado el profeta Jonás— y en la mitología griega, que situó aquí la roca donde Perseo rescató a Andrómeda. Cananeos, egipcios, filisteos, fenicios, persas, griegos, romanos, árabes, cruzados y otomanos controlaron su puerto.
Durante siglos, Jaffa fue la puerta de entrada de peregrinos y mercancías a Tierra Santa. En el período otomano era una próspera ciudad árabe famosa por sus naranjas, la variedad 'Jaffa' que se exportaba a media Europa. En 1948 fue escenario de duros combates y la mayoría de su población árabe huyó o fue expulsada. Hoy, sus callejuelas de piedra restauradas, sus galerías de arte y su mercado de pulgas conviven con una comunidad mixta, judía y árabe, integrada administrativamente a Tel Aviv.
Tel Aviv nació en 1909, cuando un grupo de familias judías compró dunas de arena al norte de Jaffa para fundar un barrio nuevo, Ahuzat Bayit, que pronto adoptó el nombre de Tel Aviv ('colina de la primavera'). Fue concebida como la primera ciudad hebrea moderna, planificada, laica y de habla hebrea, símbolo del proyecto sionista de construir una vida urbana nueva. Creció con rapidez con las olas de inmigración, sobre todo en los años treinta con la llegada de judíos que huían de la Alemania nazi.
Fue precisamente en Tel Aviv donde David Ben Gurión proclamó la independencia del Estado de Israel el 14 de mayo de 1948, en un edificio que hoy es museo. La ciudad se convirtió en el corazón económico, cultural y nocturno del país: el contrapunto secular y cosmopolita de la Jerusalén religiosa e histórica. Hoy es una metrópoli mediterránea de playas, rascacielos, tecnología y vida nocturna, a menudo descrita como una 'burbuja' por su distancia respecto de las tensiones que marcan al resto del país.
Uno de los rasgos más singulares de Tel Aviv es su arquitectura. En las décadas de 1930 y 1940, arquitectos judíos formados en Europa —muchos en la escuela alemana Bauhaus, que huían del nazismo— levantaron en la ciudad un conjunto extraordinario de edificios de estilo moderno o internacional: líneas limpias, balcones curvos, fachadas blancas pensadas para el clima mediterráneo. Es el mayor conjunto de arquitectura de este estilo en el mundo, con más de cuatro mil edificios.
En 2003, la Unesco inscribió esta 'Ciudad Blanca de Tel Aviv' como Patrimonio de la Humanidad, reconociéndola como un ejemplo excepcional de urbanismo y arquitectura moderna adaptada a un contexto local. Recorrer sus calles arboladas es leer la historia de una ciudad joven que quiso ser, desde su nacimiento, una declaración de modernidad: la Europa de vanguardia trasplantada a la arena del Mediterráneo oriental por gente que escapaba de la catástrofe europea.
Más al norte, sobre la costa, están las ruinas de Cesarea Marítima, una de las grandes obras de la Antigüedad en esta tierra. La construyó el rey Herodes el Grande entre el 22 y el 10 a. C. y la dedicó al emperador Augusto (César). Herodes levantó de la nada un puerto artificial monumental, con enormes bloques de hormigón hidráulico sumergidos, además de un teatro, un hipódromo, templos y acueductos. Cesarea fue durante siglos la capital administrativa romana de la provincia de Judea, sede de los prefectos y procuradores, entre ellos Poncio Pilato, cuyo nombre apareció grabado en una piedra hallada en el lugar.
Cesarea tuvo también un papel clave en los inicios del cristianismo —según los Hechos de los Apóstoles, aquí el apóstol Pedro bautizó al primer converso pagano— y fue un centro intelectual cristiano en época bizantina. Más tarde, los cruzados la fortificaron con las murallas que todavía se ven. Hoy es un parque arqueológico donde el teatro romano, restaurado, sigue acogiendo conciertos frente al mar, y el acueducto se recorta sobre la playa: una síntesis perfecta de las muchas capas de esta costa.
La estrecha llanura que corre junto al Mediterráneo, desde Gaza hasta el Carmelo, ha sido siempre el eje de comunicación y de riqueza de la región: por acá pasaba la Vía Maris, la gran ruta comercial que unía Egipto con Mesopotamia, y por acá se movieron ejércitos y caravanas durante milenios. Es la zona más llana, más fértil y más fácil de habitar, y por eso concentra hoy la mayor parte de la población y de la economía de Israel.
En esta franja costera, en torno a Tel Aviv, se ubica el llamado Gush Dan, la gran conurbación donde vive cerca de la mitad de los israelíes y donde late el corazón tecnológico y financiero del país. La 'nación startup' tiene aquí su epicentro. Es la Israel más volcada al mundo, la que mira al Mediterráneo y a Occidente, construida sobre siglos de historia portuaria y comercial que empezó con fenicios y romanos y sigue con las torres de vidrio de hoy.
Pocas ciudades del mundo tienen la carga simbólica de Jerusalén. Para el judaísmo es la ciudad de David, sede de los dos Templos y lugar más sagrado de la fe; el Muro Occidental (o Muro de los Lamentos), último resto del muro de contención del Monte del Templo herodiano, es su punto de oración más venerado. Para el cristianismo es donde Jesús fue crucificado, sepultado y, según la fe, resucitó: la basílica del Santo Sepulcro marca ese lugar y es meta de peregrinación desde el siglo IV. Para el islam es la tercera ciudad santa, con la Cúpula de la Roca y la mezquita de Al-Aqsa sobre el Haram al-Sharif, el mismo espacio que el judaísmo venera como Monte del Templo.
Esa superposición de lugares santos en un territorio mínimo hace de la Ciudad Vieja un mosaico único, dividido tradicionalmente en cuatro barrios —judío, cristiano, musulmán y armenio— dentro de las murallas que mandó levantar Solimán el Magnífico en el siglo XVI. Es también la raíz de siglos de disputas, porque el mismo metro cuadrado puede ser lo más sagrado para dos pueblos a la vez.
Jerusalén ha sido, según la arqueología, conquistada, destruida y reconstruida decenas de veces a lo largo de su historia. Bajo sus calles se apilan las capas de todos sus dueños: la ciudad jebusea y davídica en la llamada Ciudad de David, al sur de las murallas actuales; los restos del Templo de Salomón, destruido por Babilonia en el 586 a. C.; el Segundo Templo ampliado por Herodes y arrasado por Roma en el 70 d. C.; la Aelia Capitolina romana de Adriano; las iglesias bizantinas; los edificios omeyas del Haram; las construcciones cruzadas, ayubíes, mamelucas y otomanas.
Excavar en Jerusalén es siempre delicado, porque cada hallazgo toca reclamos religiosos y nacionales enfrentados. Sitios como los túneles del Muro Occidental o las excavaciones cerca del Monte del Templo han generado tensiones e incluso choques. La ciudad es, literalmente, un archivo de piedra donde la historia no está en un museo, sino debajo de los pies y en disputa constante.
El estatus de Jerusalén es uno de los problemas más difíciles del conflicto israelí-palestino y del derecho internacional. El plan de partición de la ONU de 1947 preveía para la ciudad un régimen internacional especial (corpus separatum), que nunca llegó a aplicarse. Tras la guerra de 1948, la ciudad quedó dividida: Jerusalén Oeste bajo control israelí y Jerusalén Este, con la Ciudad Vieja, bajo control jordano. En la guerra de 1967, Israel tomó Jerusalén Este y luego la anexó, un paso que la mayor parte de la comunidad internacional no reconoce.
Israel considera a Jerusalén su capital 'eterna e indivisible'; los palestinos reclaman Jerusalén Este como capital de su futuro Estado. La mayoría de los países mantuvo históricamente sus embajadas en Tel Aviv para no prejuzgar el estatus, aunque algunos, como Estados Unidos en 2018, las trasladaron a Jerusalén, en una decisión muy controvertida. Presentar la cuestión con equilibrio obliga a decir que ambas partes tienen a la ciudad como núcleo de su identidad, y que su reparto es uno de los nudos que ninguna negociación logró desatar.
El área de Jerusalén y el centro del país concentra algunos de los lugares más cargados de historia de todo el Levante. A pocos kilómetros, ya en Cisjordania, están Belén, con la basílica de la Natividad, y otros sitios de peregrinación cristiana. Alrededor de la ciudad se extienden el desierto de Judea, con sus monasterios milenarios, y colinas donde se libraron batallas desde tiempos bíblicos.
La región vive en gran medida de este peso histórico y religioso: es meta de peregrinos de las tres religiones y de viajeros de todo el mundo. Pero también es un territorio donde la geografía del conflicto está muy presente, con la línea que separa Jerusalén Oeste de Jerusalén Este y de Cisjordania marcando fronteras invisibles pero muy reales en la vida cotidiana de sus habitantes, israelíes y palestinos.
En 1981, la Ciudad Vieja de Jerusalén y sus murallas fueron inscritas por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad, y al año siguiente incluidas en la Lista del Patrimonio en Peligro, reflejo de las tensiones que rodean su conservación. En menos de un kilómetro cuadrado se apiñan más de doscietos monumentos: el Santo Sepulcro, la Cúpula de la Roca, Al-Aqsa, el Muro Occidental, sinagogas, iglesias de casi todas las confesiones cristianas, madrazas y mercados con siglos de vida.
La candidatura fue presentada por Jordania, un detalle que ilustra hasta qué punto la propia gestión del patrimonio está enredada en la disputa política. Recorrer la Ciudad Vieja a pie —por la Vía Dolorosa, entre los zocos, subiendo a las azoteas desde donde se ve el conjunto— es una de las experiencias más intensas que ofrece la región: la sensación física de estar en un lugar donde la historia de buena parte de la humanidad se concentra, se reza y, todavía hoy, se disputa.
La región montañosa de Galilea, en el norte, es más verde y lluviosa que el resto del país, y guarda un peso religioso enorme: es el paisaje de la vida de Jesús. En Nazaret transcurrió su infancia, y allí se levanta la Basílica de la Anunciación, sobre el lugar donde, según la tradición cristiana, el ángel Gabriel anunció a María el nacimiento de Jesús. A orillas del Mar de Galilea —el lago de agua dulce donde el Jordán se ensancha— se sitúan buena parte de sus predicaciones y milagros: Cafarnaúm, el monte de las Bienaventuranzas, Tabgha.
Por eso Galilea es, junto con Jerusalén y Belén, uno de los grandes destinos de la peregrinación cristiana, con iglesias que jalonan los lugares evangélicos alrededor del lago. Nazaret es hoy la mayor ciudad de población árabe de Israel, con mayoría musulmana y una importante minoría cristiana, un dato que recuerda la complejidad demográfica de esta tierra: el paisaje del cristianismo primitivo está habitado por una sociedad diversa y muy actual.
Galilea tiene también un lugar central en la historia judía. Tras la destrucción del Segundo Templo en el año 70 d. C. y el aplastamiento de la revuelta de Bar Kojba en el 135, el centro de la vida judía se desplazó al norte, a Galilea. Aquí se estableció el Sanedrín, el máximo órgano religioso, y en ciudades como Séforis y Tiberíades trabajaron los sabios que compilaron la Mishná y el Talmud de Jerusalén, textos fundacionales del judaísmo rabínico. Las sinagogas antiguas de la región, con sus mosaicos, atestiguan esa presencia continuada.
Siglos más tarde, en el XVI, la ciudad de Safed (Tzfat), en las montañas de Galilea, se convirtió en el gran centro mundial de la cábala, la mística judía, con figuras como Isaac Luria. Esa continuidad —de la Antigüedad tardía al misticismo renacentista— hace de Galilea una de las cunas históricas del judaísmo religioso, un dato menos conocido que su fama cristiana pero igual de decisivo.
En la costa norte, Acre (Akko) es una de las ciudades más fascinantes de la región. Puerto desde la Antigüedad, alcanzó su apogeo durante las Cruzadas: tras la caída de Jerusalén en 1187, se convirtió en la capital del reino cruzado de Jerusalén y en su principal puerto, base de las órdenes militares de los Hospitalarios, Templarios y Teutónicos. Cuando Acre cayó en manos de los mamelucos en 1291, terminó la presencia cruzada en Tierra Santa.
Lo notable de Acre es que la ciudad otomana posterior se construyó encima de la cruzada, conservándola casi intacta bajo tierra: hoy se pueden recorrer las salas de los caballeros, los refectorios y los túneles medievales por debajo de la ciudad amurallada otomana. Por esa doble ciudad, la Unesco la declaró Patrimonio de la Humanidad en 2001. Acre resistió además, en 1799, el asedio de Napoleón, que fracasó ante sus murallas. Es hoy una ciudad de población mixta, con un casco antiguo de mayoría árabe.
Haifa, la gran ciudad del norte, se despliega en las laderas del monte Carmelo con vistas al Mediterráneo. Puerto de importancia desde época otomana y sobre todo bajo el Mandato británico —que construyó su moderno puerto y la conectó por ferrocarril—, es hoy el principal centro industrial y portuario del norte de Israel, además de sede de una potente universidad técnica, el Technion.
Haifa tiene fama de ser una de las ciudades donde mejor conviven las distintas comunidades del país: judíos y árabes comparten barrios y vida cotidiana con menos tensiones que en otros lugares. Su rasgo más famoso son los Jardines Bahá'í, unas espectaculares terrazas ajardinadas que descienden por la ladera y que rodean el Santuario del Báb, uno de los lugares más sagrados de la fe bahá'í, cuyo centro administrativo y espiritual mundial está en Haifa y Acre. Por esos jardines y santuarios, la Unesco los inscribió como Patrimonio de la Humanidad en 2008.
El norte es una región fronteriza y estratégica. Limita con el Líbano y con Siria, y a poca distancia están los Altos del Golán, la meseta que Israel ocupó a Siria en la guerra de 1967 y anexó en 1981, en una decisión no reconocida internacionalmente. Las guerras y tensiones con el Líbano —incluidas las de 1982 y 2006— tuvieron a Galilea como zona de retaguardia y a veces de frente, y muchos de sus pueblos conocen los refugios antiaéreos.
El norte es, además, el gran reservorio de agua del país. El Mar de Galilea (lago Kineret) fue durante décadas la principal fuente de agua dulce de Israel, del que parte el Acueducto Nacional que la lleva al centro y al sur. En una tierra donde el agua siempre fue escasa y motivo de disputa —también con los vecinos, por el reparto de las aguas del Jordán—, este norte verde y lluvioso tiene un valor que va mucho más allá de su belleza: es, literalmente, una cuestión de supervivencia.
El desierto del Néguev ocupa aproximadamente la mitad de la superficie de Israel, pero concentra solo una pequeña parte de su población. Es una región árida y espectacular, con cañones, cráteres de erosión únicos —como el Majtesh Ramón— y paisajes que van del amarillo al rojo. Durante milenios fue tierra de paso de caravanas: los nabateos, el mismo pueblo que construyó Petra, levantaron aquí ciudades y rutas para el comercio del incienso entre Arabia y el Mediterráneo, cuyos restos son hoy Patrimonio de la Humanidad.
El Néguev es también el territorio histórico de los beduinos, pueblos árabes tradicionalmente nómadas o seminómadas cuya forma de vida ha cambiado radicalmente en las últimas décadas. Su relación con el Estado de Israel es compleja: hay ciudades beduinas reconocidas y también aldeas 'no reconocidas' cuya situación legal y de servicios es objeto de disputa. Para el fundador del Estado, David Ben Gurión, hacer 'florecer el desierto' del Néguev era casi una misión nacional; él mismo se retiró a vivir a un kibutz de la zona, donde está enterrado.
Beersheba (Beer Sheva) es la principal ciudad del Néguev y la puerta de entrada al desierto. Su nombre y su historia se remontan a la Biblia: es la 'Beerseba' de los patriarcas, asociada a Abraham e Isaac, y su Tel (colina arqueológica), con un antiguo sistema de pozos y planificación urbana de la Edad del Hierro, forma parte de los sitios bíblicos declarados Patrimonio de la Humanidad.
En época otomana, Beersheba fue reconstruida como centro administrativo, y en la Primera Guerra Mundial fue escenario de una batalla célebre en 1917, cuando la caballería australiana la tomó a los otomanos, episodio clave del avance británico hacia Jerusalén. Hoy es una ciudad moderna en pleno crecimiento, sede de una universidad importante y de un incipiente polo tecnológico, y el gran centro urbano de una región que Israel busca desarrollar para descongestionar el saturado centro del país.
Sobre una meseta aislada junto al Mar Muerto se alza Masada, uno de los sitios más impresionantes y simbólicos de la región. El rey Herodes el Grande construyó allí, en el siglo I a. C., un palacio-fortaleza lujoso, con cisternas, termas y almacenes, aprovechando lo inexpugnable del lugar. Pero Masada es famosa sobre todo por lo que ocurrió al final de la Primera Guerra Judeo-Romana: según el historiador Flavio Josefo, un grupo de rebeldes judíos se refugió allí y resistió el asedio romano hasta que, en el año 73 o 74 d. C., ante la caída inminente, se habrían suicidado colectivamente para no caer esclavos.
El relato de Masada, transmitido por una única fuente antigua, se convirtió en el siglo XX en un potente símbolo nacional israelí de resistencia hasta el final. Conviene, por eso, la cautela historiográfica: los arqueólogos han confirmado la fortaleza y el asedio, pero algunos discuten los detalles del suicidio colectivo tal como lo narró Josefo. Sea como fuere, Masada, Patrimonio de la Humanidad desde 2001, sigue siendo un lugar de una fuerza extraordinaria, sobre todo al amanecer, cuando el sol sale sobre el desierto y el Mar Muerto.
El Mar Muerto es uno de los lugares más singulares del planeta: un lago hipersalino situado a más de 430 metros bajo el nivel del mar, el punto de tierra firme más bajo de la superficie terrestre. Su altísima concentración de sal hace que el cuerpo flote sin esfuerzo y que no pueda vivir en él casi ningún organismo, de ahí su nombre. Sus barros y minerales se usan desde la Antigüedad con fines terapéuticos y cosméticos; ya Herodes y Cleopatra valoraban la zona.
En sus orillas se dieron hallazgos capitales para la historia de las religiones: en las cuevas de Qumrán, cerca del mar, se descubrieron a partir de 1947 los Manuscritos del Mar Muerto, los textos bíblicos y sectarios más antiguos que se conocen, de hace más de dos mil años. El Mar Muerto enfrenta hoy un problema grave: su nivel baja cada año varios metros, porque las aguas del Jordán que lo alimentan se desvían para consumo humano y agrícola en toda la cuenca. Su retroceso, compartido por Israel, Jordania y los palestinos, es uno de los grandes desafíos ambientales de la región.
En medio de la aridez, el desierto guarda oasis sorprendentes. Ein Gedi, junto al Mar Muerto, es un manantial permanente rodeado de cascadas y vegetación, mencionado ya en la Biblia como refugio del rey David y hoy reserva natural con íbices y damanes. Estos oasis fueron durante milenios puntos vitales de agua para viajeros y rebaños en una tierra donde una fuente podía marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
En el extremo sur, donde el país se estrecha hasta un solo punto sobre el mar Rojo, está Eilat, el único puerto israelí en ese mar y su gran balneario. Su salida al mar Rojo tuvo enorme valor estratégico: el bloqueo de los estrechos de Tiran, que dan acceso a Eilat, fue uno de los detonantes de la guerra de 1967. Hoy Eilat vive del turismo, del sol durante todo el año y de los arrecifes de coral, que son de los más septentrionales del mundo y un paraíso para el buceo. Desde sus playas se ven, a la vez, las costas de cuatro países —Israel, Jordania, Egipto y, a lo lejos, Arabia Saudita—, una imagen que resume la posición de encrucijada de todo este territorio.