Antes de que existiera Guinea, sus tierras del interior formaban parte del mundo mandé, la matriz cultural de la que salieron los grandes imperios del Sahel occidental. En el siglo XIII, según la tradición oral que los griots todavía recitan, el príncipe Sundiata Keïta unificó los reinos malinké y fundó el Imperio de Malí, que llegó a extenderse desde el Atlántico hasta el recodo del Níger. La Alta Guinea, regada por el río Milo y por el propio nacimiento del Níger, fue una de las cunas de ese pueblo mandinga o malinké, comerciante, agricultor y guerrero, que difundió el islam a través de sus rutas caravaneras del oro y la sal.
Mientras el interior giraba en la órbita de Malí y, más tarde, del Imperio Songhai, la costa y las montañas seguían otros ritmos. En el litoral vivían pueblos como los baga y los nalu; en las tierras bajas del oeste se asentaron los soussou (susu). Y hacia la meseta central empezaron a llegar, desde los siglos XV y XVI, oleadas de pastores fulani (peul o fulɓe) que, con sus rebaños, fueron ocupando poco a poco los pastos frescos de altura del Fouta Djallon.
De ese encuentro de pueblos —mandingas islamizados, agricultores animistas de las tierras bajas y pastores fulani recién llegados— surgiría la Guinea histórica. Un mosaico étnico y religioso que todavía hoy define al país: peul en el centro montañoso, malinké en el este y el norte, soussou en la costa, y una constelación de pueblos forestales en el sudeste.
En el siglo XVIII, la meseta del Fouta Djallon fue escenario de una revolución que cambiaría la historia religiosa de la región. Los pastores fulani, mayoritariamente musulmanes, vivían sometidos a las aristocracias animistas de los pueblos que habían llegado antes. Hartos de esa subordinación, y movidos por un ferviente islam reformista, se alzaron en una guerra santa (yihad). Hacia 1725, tras la victoria en la batalla de Talansan, los fulani tomaron el control de la meseta y fundaron el Imamato del Fouta Djallon, considerado uno de los primeros estados teocráticos islámicos del África subsahariana.
El nuevo Estado se gobernaba bajo una interpretación estricta de la sharía, con capital política en Timbo (cerca de la actual Mamou) y un centro religioso en Fugumba, y estaba dividido en nueve provincias o diwe con amplia autonomía. Su primer almami (del árabe al-imam, "el que guía") fue Karamokho Alfa, líder espiritual de la revuelta, que murió en 1751. Lo sucedió Ibrahima Sori, un jefe más guerrero que consolidó militarmente el Imamato frente a sus vecinos.
De esa dualidad nacieron dos facciones que marcarían la política del Fouta durante más de un siglo: los Alfaya, herederos del linaje religioso de Karamokho Alfa, y los Soriya, del linaje más secular de Ibrahima Sori. Ambos acordaron alternarse en el poder, un sistema tan original como inestable. El Fouta Djallon se convirtió además en un gran foco de enseñanza coránica y de manuscritos en árabe y en pular (la lengua fula escrita con alfabeto árabe, el ajami), irradiando el islam hacia buena parte de África Occidental.
A fines del siglo XIX, cuando Francia empujaba su conquista tierra adentro desde el Senegal, un hombre encarnó como ninguno la resistencia africana: Samory Touré. Nacido hacia 1830 en una familia malinké de comerciantes de la Alta Guinea, comenzó como soldado y fue construyendo, a fuerza de talento militar y diplomático, un vasto Imperio de Wassoulou que hacia 1880 se extendía por el este de Guinea y partes de los actuales Malí, Costa de Marfil, Sierra Leona y Burkina Faso.
Samory organizó un ejército moderno y disciplinado, compró y luego fabricó fusiles de repetición, y empleó una guerra de movimiento y tierra quemada que desconcertó a los franceses. Entre 1882 y 1898, en las llamadas guerras mandingas, resistió durante casi dos décadas el avance colonial, alternando batallas, treguas y desplazamientos de todo su imperio hacia el este para escapar del cerco. Su figura se volvería, mucho después, un símbolo del panafricanismo y del orgullo anticolonial —el propio Sékou Touré se decía descendiente suyo—.
El final llegó el 29 de septiembre de 1898, cuando una columna francesa al mando del capitán Henri Gouraud lo capturó por sorpresa en Guélémou, en la actual Costa de Marfil. Para alejarlo de cualquier posibilidad de reavivar la resistencia, los franceses lo deportaron al Gabón, en África central. Allí, en la localidad de Ndjolé, a orillas del río Ogooué, Samory Touré murió de neumonía el 2 de junio de 1900. Con él caía el último gran obstáculo a la conquista francesa de la región.
La conquista de Guinea fue un rompecabezas que Francia armó pieza por pieza. Desde mediados del siglo XIX había establecido factorías y protectorados en la costa, y en 1885 fundó un puesto en la isla de Tombo, germen de la ciudad de Conakry. La resistencia del interior fue vencida en dos frentes: por un lado la larga guerra contra Samory Touré; por otro, la anexión del Imamato del Fouta Djallon, cuyo último almami independiente, Bôcar Biro, fue derrotado en la batalla de Poredaka en noviembre de 1896.
Unificados esos territorios, en 1891 nació oficialmente la colonia de la Guinea Francesa, integrada desde 1895 en la gran federación del África Occidental Francesa (AOF), con capital federal en Dakar. Conakry se convirtió en capital de la colonia y en su puerta al mar: en 1904 se ceded a Francia el pequeño archipiélago de las Islas de Los, y se tendió un ferrocarril desde Conakry hacia el interior, hasta Kankan, para sacar los productos de exportación.
El dominio colonial se sostuvo sobre el trabajo forzado, el impuesto de capitación y el cultivo obligatorio de productos como el caucho, el banano y, sobre todo, el plátano y el café. El sistema del indigénat sometía a los africanos a un régimen jurídico inferior. Como en el resto de la AOF, la administración se apoyó en jefes de cantón designados por Francia, que recaudaban impuestos y reclutaban mano de obra. Ese orden duraría hasta que, tras la Segunda Guerra Mundial, una nueva generación de líderes sindicales y políticos empezó a exigir derechos, igualdad y, finalmente, la libertad.
El 28 de septiembre de 1958, Guinea protagonizó uno de los momentos más célebres de la descolonización africana. Ese día, el general Charles de Gaulle sometió a referéndum una nueva constitución que ofrecía a las colonias francesas una autonomía limitada dentro de una "Comunidad Francesa", pero sin independencia. Guinea fue el único territorio del África francesa que votó abrumadoramente "No". Detrás de ese rechazo estaba Ahmed Sékou Touré, líder sindical y jefe del Partido Democrático de Guinea (PDG).
El gesto había quedado sellado semanas antes. Durante una visita de De Gaulle a Conakry en agosto de 1958, Sékou Touré pronunció ante el general una frase que recorrió el continente: "Preferimos la pobreza en libertad a la riqueza en la esclavitud". De Gaulle respondió con sequedad que Guinea era libre de decir que no, pero que entonces asumiría sola las consecuencias. El 2 de octubre de 1958, apenas cuatro días después del referéndum, Guinea proclamó su independencia, la primera de una colonia francesa en el África subsahariana, con Sékou Touré como presidente.
La reacción de Francia fue tan inmediata como implacable. En cuestión de semanas retiró a todos sus funcionarios, médicos, maestros e ingenieros, cortó la ayuda y se llevó cuanto pudo transportar: archivos, fondos, equipos, vehículos, hasta —según la memoria popular— los teléfonos y las bombillas de las oficinas. Guinea nació independiente pero descabezada y aislada, y buscó apoyo en el bloque soviético, en Ghana de Nkrumah y en el naciente movimiento panafricano. La audacia de aquel "No" convirtió a Sékou Touré en un héroe continental, pero también inauguró décadas de dificultades económicas.
La epopeya del "No" tuvo un reverso oscuro. Sékou Touré gobernó Guinea durante 26 años, hasta su muerte en 1984, y convirtió al país en un Estado de partido único en torno al PDG, con una retórica socialista y revolucionaria. El poder personal del "Responsable Supremo de la Revolución" no admitía disidencia: cualquier crítica podía interpretarse como parte de un "complot", y los complots —reales o inventados— se sucedieron sin descanso, alimentando una espiral de purgas, detenciones y ejecuciones.
El símbolo más siniestro de ese régimen fue el Campo Boiro, un centro de detención en Conakry por el que pasaron miles de opositores, funcionarios caídos en desgracia, intelectuales y ciudadanos comunes. Muchos fueron torturados o sometidos a la llamada "dieta negra" —privación total de comida y agua hasta la muerte—. Las estimaciones más citadas hablan de unas 5.000 personas ejecutadas o muertas por tortura y hambre en el campo, aunque las cifras exactas siguen siendo objeto de debate y de reclamos de justicia.
Un punto de quiebre fue noviembre de 1970, cuando una fuerza portuguesa lanzó desde la vecina Guinea-Bisáu la Operación Mar Verde, un ataque anfibio contra Conakry para derrocar a Sékou Touré y golpear a los guerrilleros del PAIGC que él acogía. El asalto fracasó, pero desató una nueva y feroz oleada de purgas contra supuestos cómplices internos. El aislamiento, el miedo y el éxodo de cientos de miles de guineanos hacia los países vecinos marcaron aquellos años. Cuando Sékou Touré murió por sorpresa en 1984, durante un tratamiento médico en el exterior, dejaba un país empobrecido y traumatizado, pero también el recuerdo imborrable de haber sido el primero en decir que no.
Apenas una semana después de la muerte de Sékou Touré, en abril de 1984, un grupo de militares dio un golpe de Estado y llevó al poder al coronel Lansana Conté. El nuevo régimen liberó a los presos del Campo Boiro y abrió tímidamente la economía, pero Conté se aferró al poder durante casi un cuarto de siglo, con elecciones cuestionadas y una corrupción rampante, hasta su muerte en diciembre de 2008.
Su desaparición reabrió el ciclo de la inestabilidad. Ese mismo diciembre de 2008, otra junta tomó el poder encabezada por el capitán Moussa "Dadis" Camara. El nuevo régimen se hundió en el horror el 28 de septiembre de 2009, cuando los soldados abrieron fuego contra una manifestación opositora reunida en el estadio de Conakry: al menos 150 personas murieron y decenas de mujeres fueron violadas, en una masacre por la que Camara sería condenado años más tarde. Herido en un atentado en diciembre de 2009, Camara terminó exiliado, y en 2010 Guinea celebró por fin sus primeras elecciones consideradas libres, que llevaron a la presidencia al veterano opositor Alpha Condé.
El mandato de Condé, sin embargo, estuvo marcado por una tragedia sanitaria de alcance mundial. A fines de 2013, en la aldea de Meliandou, en la prefectura de Guéckédou, en plena Guinea forestal, murió un niño de dos años: fue el primer caso de la mayor epidemia de ébola de la historia. La enfermedad se propagó desde el sudeste guineano hacia Sierra Leona y Liberia, y entre 2014 y 2016 causó más de once mil muertos en la región y una enorme conmoción global. Guinea, uno de los países más pobres del mundo, quedó de nuevo en el centro de la atención internacional, esta vez por una catástrofe que expuso la fragilidad de sus sistemas de salud.
Guinea encierra una paradoja que define su presente: es uno de los países más pobres del planeta y, al mismo tiempo, uno de los más ricos en recursos. Bajo su suelo se hallan las mayores reservas de bauxita del mundo —el mineral del que se extrae el aluminio—, y el país es uno de sus principales exportadores, sobre todo hacia China. También posee oro, diamantes y uno de los mayores yacimientos de hierro sin explotar del mundo, en los montes Simandou. Pero esa riqueza mineral apenas ha mejorado la vida de la mayoría, en un clásico ejemplo de la "maldición de los recursos".
En lo político, la historia reciente pareció repetirse. Alpha Condé, el primer presidente elegido democráticamente, forzó en 2020 un cambio constitucional para presentarse a un tercer mandato, en medio de protestas y represión. La maniobra le costó el cargo: el 5 de septiembre de 2021, un cuerpo de fuerzas especiales al mando del coronel Mamady Doumbouya derrocó a Condé y disolvió el gobierno, instalando una nueva junta militar, el Comité Nacional de Reagrupamiento para el Desarrollo (CNRD).
Desde entonces, Guinea vive una transición prometida hacia el poder civil que se ha ido dilatando, mientras la junta consolida su control y avanzan megaproyectos mineros. En paralelo, en 2022 comenzó el juicio histórico por la masacre del estadio de 2009, un intento inédito de rendición de cuentas. El país sigue buscando, tras décadas de dictadura, golpes y crisis, la manera de convertir su extraordinaria riqueza natural y humana en desarrollo y estabilidad. Guinea, la que dijo "No" en 1958, todavía escribe su camino hacia una libertad que sea también prosperidad.