A orillas del río Cacheu, en el norte del país, se levanta uno de los asentamientos europeos más antiguos de toda África Occidental. Cacheu fue una de las primeras factorías fundadas por los portugueses, formalizada con un fuerte hacia 1588, y durante los siglos XVII y XVIII fue el principal centro esclavista de la región de los "Ríos de Guinea".
Desde aquí, y desde compañías como la de Cacheu, se organizaba la compra de cautivos a los reinos del interior y su embarque hacia Cabo Verde y América. El viejo fuerte de piedra que aún domina el río es, por eso, un memorial ineludible de la trata atlántica: un pequeño museo de la esclavitud documenta hoy aquel comercio de seres humanos y la resistencia de sus víctimas.
Cacheu es también uno de los focos históricos de la cultura criolla del país, mezcla de lo africano y lo portugués que dio origen al crioulo. Visitar su fuerte es asomarse, sin adornos, a uno de los capítulos más oscuros y fundacionales de la historia guineana.
Alrededor de aquel puerto histórico se extiende hoy el Parque Natural de los Tarrafes del Río Cacheu, que protege el mayor manglar de Guinea-Bisáu y uno de los más extensos de África Occidental. "Tarrafe" es el nombre local del manglar, y aquí forma un laberinto de canales, islas y bosques inundados que se recorre en piragua.
Es un refugio de enorme riqueza biológica: cocodrilos, manatíes, nutrias, monos y una avifauna abundantísima encuentran cobijo entre las raíces del mangle. Los manglares cumplen además una función ecológica clave, como criadero de peces y crustáceos y como barrera natural contra la erosión de la costa.
El parque combina conservación y vida comunitaria: las poblaciones ribereñas viven de la pesca, la recolección de moluscos y el cultivo del arroz de manglar, en un equilibrio frágil que el ecoturismo de bajo impacto busca sostener. Es una de las joyas naturales del norte del país.
En el extremo noroeste, casi pegado a la frontera con Senegal, el remoto pueblo de Varela guarda algunas de las playas más hermosas y solitarias del continente: kilómetros de arena fina bordeados de cocoteros, casi siempre desiertos. Llegar hasta allí exige recorrer una pista difícil, y esa lejanía es, justamente, lo que ha preservado su belleza.
La zona es tierra de los felupe (jola), uno de los pueblos originarios de la costa, emparentados con las comunidades de la vecina Casamance senegalesa, con la que comparten historia y cultura. La frontera política divide a familias y aldeas que se sienten parte de un mismo mundo.
Varela representa la cara más agreste y menos explorada de Guinea-Bisáu: naturaleza intacta, pueblos tradicionales y una sensación de fin del mundo que atrae a los viajeros más aventureros. Su aislamiento la protege, pero también la mantiene al margen del desarrollo.