El archipiélago de los Bijagós, un rosario de unas ochenta y ocho islas e islotes frente a la desembocadura del Geba, es el hogar del pueblo bijagó y de una de las culturas más singulares de África. Su rasgo más notable es su organización matrilineal: son las mujeres quienes eligen marido, administran la economía doméstica y ejercen un poder ritual central, con sacerdotisas —las baloberas— que dirigen la vida espiritual y las ceremonias.
Aislados por las mareas y los canales, los bijagó desarrollaron una religión propia ligada a los espíritus, los antepasados y ciclos de iniciación muy elaborados, y una relación sagrada con ciertas islas, consideradas prohibidas o reservadas a los ritos. Esa cosmovisión convive con la pesca, el cultivo del arroz y la recolección.
En 1996, la UNESCO declaró el archipiélago Reserva de la Biosfera, y en 2024 lo inscribió en la lista del Patrimonio Mundial por su excepcional biodiversidad y su patrimonio cultural. Es un reconocimiento a un lugar donde naturaleza y cultura son inseparables.
Bubaque es la isla principal y el centro administrativo de los Bijagós, y la puerta de entrada habitual al archipiélago: un ferry la conecta con Bissau y desde allí se salta al resto de las islas. Es el lugar más poblado y con más servicios de un archipiélago por lo demás muy remoto.
En Bubaque late la vida cotidiana bijagó: el mercado, los pescadores que salen al amanecer, la cocina que mezcla lo africano y lo portugués. Un pequeño museo etnográfico permite acercarse a la cultura de las islas, sus máscaras, sus ritos de iniciación y su historia.
La isla funciona como base para explorar los parques nacionales del archipiélago y las islas más aisladas. Su ambiente tranquilo, de caminos de arena y bosque, resume el encanto y el aislamiento de los Bijagós.
El Parque Nacional de Orango protege uno de los fenómenos más asombrosos del archipiélago: una de las escasas poblaciones del mundo de hipopótamos adaptados al agua salada, que nadan entre las islas y las lagunas costeras. Tras las lluvias, entre octubre y diciembre, regresan a las lagunas interiores como la de Anor, en Orango Grande.
Orango es también una isla profundamente sagrada para los bijagó y un centro de su cultura matrilineal, gobernada tradicionalmente por sacerdotisas. La tradición conserva la memoria de reinas isleñas, y en Orango se veneran los túmulos de antiguas soberanas, en un paisaje de sabana, palmeras y lagunas.
El parque combina así naturaleza y cultura: manglares, sabana y playas donde conviven hipopótamos, cocodrilos, manatíes y una riquísima avifauna, con una comunidad humana que mantiene vivas sus creencias. Es uno de los grandes atractivos de los Bijagós.
En el extremo sur del archipiélago, el Parque Nacional Marino de João Vieira y Poilão protege un puñado de islas e islotes de enorme valor ecológico y espiritual. La isla de Poilão es sagrada para los bijagó, escenario de ritos de iniciación, y por eso mismo ha permanecido casi intacta.
Ese carácter reservado la convirtió, además, en uno de los mayores sitios de desove de tortuga verde del Atlántico. Cada temporada, miles de hembras suben a sus playas a poner sus huevos; en los mejores años se han contabilizado decenas de miles de nidos solo en Poilão, cifras que la sitúan entre los santuarios de tortugas más importantes del mundo.
La protección de estas islas combina la conservación científica con el respeto a la sacralidad bijagó, en un modelo donde la tradición cultural y la ecología se refuerzan. Es uno de los tesoros naturales de Guinea-Bisáu.
No todo en los Bijagós es parque nacional: algunas islas pequeñas se han convertido en refugios de eco-turismo tranquilo. La Ilha de Rubane, frente a Bubaque, alberga eco-lodges junto a playas vírgenes y es famosa por la pesca deportiva —barracudas, capitanes— y como base cómoda para explorar las islas vecinas.
Más aislada aún, la Ilha de Kere ofrece un lodge sencillo, playas solitarias, paseos en kayak entre manglares y noches sin luz eléctrica, ideal para desconectar por completo. Son islas donde el atractivo es, precisamente, la ausencia: sin autos, sin bullicio, con el ritmo de las mareas.
Este turismo de baja escala, si se maneja con cuidado, puede ofrecer a las comunidades bijagó una alternativa económica que ayude a preservar tanto sus playas como su cultura, frente a las presiones de la pesca industrial y el cambio climático que amenazan al archipiélago.