Elmina es el lugar donde empezó la presencia europea permanente en el África subsahariana. En 1482, los portugueses levantaron aquí el castillo de São Jorge da Mina —de ahí el nombre, "la mina"—, la fortaleza europea más antigua que se conserva al sur del Sahara. Su objetivo era controlar el riquísimo comercio del oro akan, y por eso se instaló justo en esta costa, la Costa del Oro.
Con el correr de los siglos, el castillo de Elmina cambió de dueños y de función. En 1637 los holandeses de la Compañía de las Indias Occidentales se lo arrebataron a los portugueses, y bajo su control —y el de otras potencias— la fortaleza se transformó en uno de los grandes centros de embarque de esclavos hacia América. En sus mazmorras oscuras y sofocantes se hacinaban los cautivos antes de cruzar la puerta del no retorno.
Junto al castillo creció el colorido puerto pesquero de Elmina, con sus centenares de canoas pintadas, y a poca distancia se alza el fuerte de São Jago (Fort Coenraadsburg), construido en la colina para proteger la fortaleza principal. Hoy el castillo de Elmina, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, es a la vez un monumento histórico extraordinario y un lugar de peregrinación y duelo para la diáspora africana.
A pocos kilómetros de Elmina se levanta el castillo de Cape Coast, el otro gran monumento de la trata en Ghana. Fundado por los suecos a mediados del siglo XVII y disputado por varias potencias, terminó en manos británicas, que lo convirtieron en el cuartel general de su comercio en la Costa del Oro y en la capital administrativa de la colonia hasta 1877, cuando el gobierno se trasladó a Accra.
Bajo sus patios blancos y encalados se esconde el horror: mazmorras subterráneas donde se encerraba a cientos de personas en condiciones inhumanas, sin luz ni aire suficiente, a la espera de los barcos negreros. Desde allí, los cautivos atravesaban la célebre "puerta del no retorno", el estrecho umbral que daba al mar y por el que salían encadenados para no volver jamás a su tierra. Se calcula que a través de los castillos de esta costa pasaron cientos de miles de africanos rumbo a la esclavitud en América.
Cape Coast, también Patrimonio de la Humanidad, es hoy un lugar de memoria de importancia mundial. En 2009, el presidente estadounidense Barack Obama lo visitó junto a su familia, y desde entonces se ha convertido en un símbolo de la reconexión de la diáspora con África, especialmente en el marco de iniciativas como el "Year of Return". Visitarlo es una de las experiencias más conmovedoras y necesarias que ofrece el continente.
La Región Central es el corazón del pueblo fante, una de las grandes ramas akan, que se asentó en esta costa y desarrolló una densa red de estados. Los fante fueron intermediarios claves del comercio con los europeos y, más tarde, rivales de los ashanti del interior, con quienes se enfrentaron a menudo aliándose con los británicos.
En 1868, en un temprano y notable experimento de autogobierno africano, varios estados fante formaron la Confederación Fante, con su propia constitución y asamblea, en un intento de defender sus intereses frente a los ashanti y de negociar con los británicos en pie de igualdad. Aunque la confederación fue efímera y desmantelada por los propios británicos, es recordada como un antecedente pionero del constitucionalismo y el nacionalismo ghanés.
Como antigua capital colonial, Cape Coast fue también una cuna intelectual: aquí se fundaron algunas de las escuelas más prestigiosas del país, que formaron a buena parte de la élite que luego lideraría la independencia. La Región Central combina así ese denso legado histórico —castillos, fuertes, tradición fante y de los asafo, las compañías militares y ceremoniales de los pueblos costeros— con una identidad cultural muy marcada.
Tierra adentro de la costa de los castillos, la Región Central guarda también uno de los últimos refugios de la selva tropical húmeda que antaño cubría el sur de Ghana: el Parque Nacional Kakum, creado en 1992 sobre una antigua reserva forestal. Es un ejemplo de conservación impulsado en parte por las propias comunidades locales.
Su atracción más famosa es la canopy walkway, una pasarela colgante de varios tramos suspendida a más de treinta metros del suelo, tendida entre las copas de los árboles gigantes. Caminar por ella, balanceándose sobre el dosel de la selva, permite ver el bosque desde la altura de las aves y es una de las experiencias de naturaleza más populares del país.
Kakum protege un ecosistema exuberante: alberga elefantes de bosque, monos, antílopes bongo y una riquísima variedad de aves y mariposas, muchas de ellas difíciles de ver desde el suelo. En una región marcada por la memoria histórica de los castillos, Kakum ofrece el contrapunto de la Ghana natural, verde y biodiversa, y recuerda la importancia de conservar los últimos fragmentos de selva del país.