El Parque Nacional de la Lopé, en el centro del país, es el más accesible de Gabón —se llega en el tren Transgabonés— y uno de los más fascinantes. Protege un mosaico único donde las últimas sabanas, que sobrevivieron a las glaciaciones, se encuentran con la selva ecuatorial que avanza sobre ellas. Ese paisaje abierto permite ver con relativa facilidad grandes grupos de mandriles —Lopé alberga algunas de las mayores concentraciones de estos primates del mundo—, elefantes de bosque, búfalos y numerosas aves.
Pero el valor de Lopé no es solo natural. En 2007, la UNESCO lo inscribió en la lista del Patrimonio de la Humanidad como "Ecosistema y Paisaje Cultural Relíctico de Lopé-Okanda", reconociendo también su enorme riqueza arqueológica: miles de petroglifos —grabados en piedra— y vestigios que documentan la ocupación humana de la región durante milenios, desde los cazadores de la Edad de Piedra hasta las migraciones bantúes que atravesaron estos corredores de sabana. Lopé es, a la vez, un santuario de fauna y un archivo de la historia humana de África Central.
Si Lopé es el parque más accesible, el Parque Nacional de Ivindo es la Gabón más selvática y espectacular. Inscrito en el Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO en 2021, protege un tramo del río Ivindo jalonado por cataratas majestuosas, como las de Kongou y Mingouli, entre las más impresionantes de África Central, que se precipitan entre la selva más densa e intacta del país.
Su joya escondida son los baï, claros pantanosos en medio del bosque donde la fauna se concentra para alimentarse de minerales y plantas acuáticas. En el más famoso, el claro de Langoué Baï —"descubierto" para la ciencia durante la célebre Megatransect del naturalista Michael Fay en 2000—, los visitantes pueden observar desde una plataforma elefantes de bosque, gorilas de llanura, sitatungas y búfalos que salen a campo abierto. Es una de las experiencias de fauna más extraordinarias y difíciles de igualar de todo el continente.
La región central es también la del gran ferrocarril del país: el Transgabonés, una ambiciosa línea construida entre 1974 y 1986 con la renta del petróleo para unir Libreville, en la costa, con Franceville, en el sureste, atravesando cientos de kilómetros de selva. Su construcción fue una de las grandes obras de la era de Omar Bongo, pensada para explotar la madera y el manganeso del interior y para vertebrar un territorio dominado por el bosque.
Para el viajero, ese tren es hoy la vía más práctica de adentrarse en el corazón de Gabón: la estación de la Lopé permite bajar directamente en las puertas del parque, algo insólito en África Central. El Transgabonés simboliza el intento de un país pequeño y rico en recursos de conectar sus dos mundos —la costa y la selva profunda— y de poner su interior selvático al alcance de quien quiera explorarlo.