Los primeros pobladores del territorio que hoy llamamos Gabón fueron pueblos cazadores-recolectores emparentados con los actuales pigmeos, que vivían dispersos en la inmensa selva ecuatorial mucho antes de que llegara nadie más. Grupos como los babongo, los baka y los bakola conocían el bosque como nadie: se movían siguiendo la caza, la miel y los frutos, y desarrollaron una relación profunda y ritual con la selva que aún sobrevive en su música polifónica y en sus tradiciones. Durante miles de años fueron los dueños solitarios de estas tierras.
A partir de aproximadamente el primer milenio antes de nuestra era, y en oleadas sucesivas que se prolongaron durante siglos, la gran expansión bantú alcanzó África Central. Los pueblos bantúes llegaban del noroeste, del área de la actual frontera entre Nigeria y Camerún, y traían consigo la agricultura, la cerámica y, sobre todo, el trabajo del hierro, que transformó por completo la vida en la región. Fueron ocupando los claros, los cursos de los ríos y las costas, y desplazando o absorbiendo poco a poco a los pueblos cazadores hacia lo más profundo del bosque.
De esas migraciones nació el mosaico humano gabonés, que hoy reúne varias decenas de grupos étnicos. Entre los pueblos bantúes que fueron poblando el país destacan los myènè de la costa —con los mpongwe del estuario a la cabeza—, los punu y otros grupos del sur, los nzebi, los kota y los teke del interior y del este. Mucho más tarde, ya entrado el segundo milenio, llegarían desde el norte los fang, que terminarían de dibujar el reparto étnico del Gabón moderno. Aquella diversidad, tejida durante milenios en la selva, es la base de la nación actual.
Cuando los europeos aparecieron en el horizonte, el estuario que da nombre al país estaba dominado por los mpongwe, un pueblo myènè de hábiles comerciantes y navegantes que controlaba la desembocadura y actuaba como intermediario entre el interior y el mar. Organizados en clanes encabezados por jefes, los mpongwe supieron aprovechar su posición estratégica en la costa para convertirse en los grandes tratantes de la región, un papel que marcaría toda su relación con los recién llegados.
Los primeros europeos fueron los portugueses. Hacia 1472-1474, en el marco de las exploraciones patrocinadas por la corona lusa, navegantes como Lopo Gonçalves y Rui de Sequeira alcanzaron esta parte del golfo de Guinea. Al ver la forma del ancho estuario del río Komo, con sus brazos y su curva, les recordó a un gabão, la capa o abrigo con capucha que usaban los marineros portugueses, y lo llamaron "Rio de Gabão". De aquel nombre marinero, extendido primero al río, después a la costa y finalmente a todo el país, nació la palabra "Gabón".
Más tarde, ya entre los siglos XVIII y XIX, se produjo la última gran migración que completó el rompecabezas étnico del país: la de los fang, un pueblo bantú que bajó desde el norte, desde las tierras de la actual Camerún y Guinea Ecuatorial, empujando hacia el sur y ocupando buena parte del norte y el centro de Gabón. Guerreros y agricultores, los fang se convertirían con el tiempo en el grupo étnico más numeroso del país. Portugueses, holandeses, ingleses y franceses fueron sucediéndose frente a estas costas, atraídos por un comercio que pronto tendría un lado muy oscuro.
Durante más de tres siglos, la costa gabonesa se integró en el gran circuito comercial del Atlántico. Al principio, los barcos europeos buscaban sobre todo marfil, ébano, cera, maderas preciosas y tintes; los mpongwe del estuario y otros pueblos costeros como los orungu, más al sur en torno al cabo Lopez, se enriquecieron actuando de intermediarios entre los productores del interior y los mercaderes del mar. Nada llegaba directamente a los europeos: todo pasaba por las manos de los jefes locales, que cobraban su parte.
Con el tiempo, ese comercio derivó cada vez más hacia la trata de esclavos. La costa de Loango, al sur, y el propio estuario del Gabón se convirtieron en puntos de embarque de personas capturadas en el interior y vendidas a traficantes que las llevaban a las plantaciones de América. Es un capítulo que debe nombrarse sin eufemismos: hombres, mujeres y niños arrancados de sus comunidades, encadenados y transportados en condiciones atroces al otro lado del océano. Los reinos y jefaturas de la costa participaron en ese tráfico como proveedores, en una economía de la violencia que desangró el interior africano.
A comienzos del siglo XIX, con la abolición progresiva de la trata por parte de las potencias europeas, Francia y Gran Bretaña empezaron a patrullar estas aguas para interceptar los barcos negreros. Fue precisamente en ese contexto de represión del tráfico donde Francia encontró la excusa —y la oportunidad— para instalarse de forma permanente en la costa gabonesa, firmar tratados con los jefes mpongwe y dar el primer paso hacia la colonización.
La presencia francesa se formalizó en 1839, cuando el oficial de marina Édouard Bouët-Willaumez firmó tratados con el jefe mpongwe Antchouwé Kowe Rapontchombo —a quien los franceses llamaban "rey Denis"— para instalar puestos comerciales en el estuario. En 1843 se levantó el Fort d'Aumale. Y en 1849 nació la ciudad que se convertiría en capital: Libreville, la "ciudad libre", fundada como asentamiento para una cincuentena de esclavos liberados del barco negrero brasileño L'Elizia, interceptado por la marina francesa cerca de Loango. Su nombre era un eco directo de Freetown, la capital de Sierra Leona creada por los británicos con la misma idea.
El gran salto hacia el interior lo protagonizó un explorador nacido italiano y nacionalizado francés: Pierre Savorgnan de Brazza. Entre 1875 y 1885 remontó el río Ogooué, la gran arteria fluvial que atraviesa el país, exploró sus afluentes y las tierras del este, y firmó tratados con los pueblos locales que abrieron a Francia todo el interior de Gabón y del Congo. En 1880, en las mesetas del sureste, Brazza fundó Franceville, una localidad que también acogió a esclavos liberados. A diferencia de otros conquistadores, Brazza cultivó una imagen de explorador pacífico y respetuoso, aunque su obra sirviera igualmente a la expansión imperial.
El reparto europeo de África, sellado en la Conferencia de Berlín de 1884-85, consolidó el dominio francés sobre la región. Gabón quedó bajo administración colonial, y en las décadas siguientes las autoridades impusieron los cultivos y trabajos forzados, la explotación de la madera —el preciado okoumé, ideal para hacer contrachapado— y un sistema de concesiones que entregó enormes territorios a compañías privadas. La resistencia de pueblos como los fang fue sometida por la fuerza. La selva gabonesa entraba de lleno en la máquina colonial.
En 1910, Francia reorganizó sus posesiones de la región en una gran federación colonial: el África Ecuatorial Francesa (AEF), con capital en Brazzaville. Gabón pasó a ser una de sus cuatro colonias, junto con el Medio Congo, Ubangui-Chari (la actual República Centroafricana) y el Chad. Durante décadas, la economía gabonesa giró en torno a la explotación de la madera de okoumé y a otros recursos, extraídos con mano de obra africana en condiciones muy duras y una escasa inversión en la población local.
En medio de esa colonia remota, en 1913, un médico, teólogo y músico alsaciano llamado Albert Schweitzer fundó a orillas del río Ogooué, en Lambaréné, un hospital para atender a la población africana. Financiado en buena parte con sus propios conciertos de órgano y con donaciones, el hospital de Lambaréné se convirtió con los años en un símbolo mundial de la medicina misionera y humanitaria en el trópico. Su figura fue admirada y también discutida —se le reprochó cierto paternalismo colonial—, pero su labor le valió el Premio Nobel de la Paz en 1952. El hospital sigue funcionando y parte del complejo es hoy un museo.
Las dos guerras mundiales sacudieron también a Gabón. En 1940, durante la Segunda Guerra Mundial, Libreville fue escenario de combates entre las fuerzas de la Francia de Vichy y las de la Francia Libre del general De Gaulle, que acabaron tomando la colonia para la causa aliada. Después de la guerra, el viento de la descolonización empezó a soplar: los africanos obtuvieron representación política, surgieron los primeros partidos y líderes gaboneses, y la vieja federación del AEF encaminó a sus territorios, uno a uno, hacia la independencia.
Gabón alcanzó la independencia el 17 de agosto de 1960, dentro del proceso general de emancipación de las colonias francesas de África. Su primer presidente fue Léon Mba, un político fang de la región del estuario que había sido alcalde de Libreville y que gobernó con estrechos vínculos con la antigua metrópoli. En febrero de 1964, un golpe de Estado militar intentó derrocarlo y llevó brevemente al poder a su rival Jean-Hilaire Aubame, pero la intervención directa de tropas francesas restauró a Mba en el poder en cuestión de días, un episodio que reveló hasta qué punto Francia seguía tutelando a su antigua colonia.
Enfermo de cáncer, Léon Mba preparó su sucesión colocando como vicepresidente a un joven funcionario, Albert-Bernard Bongo. Cuando Mba murió en París, en noviembre de 1967, Bongo lo sucedió de inmediato en la presidencia. En 1968 fundó un partido único, el Partido Democrático Gabonés (PDG), y convirtió al país en un régimen de partido único que controlaría durante décadas. En 1973 se convirtió al islam y adoptó el nombre de El Hadj Omar Bongo, al que más tarde añadiría Ondimba.
Omar Bongo gobernó Gabón durante 42 años, hasta su muerte en 2009: uno de los mandatos más largos de la historia de África. Su poder se sostuvo sobre la renta del petróleo, descubierto y explotado a gran escala desde los años setenta, sobre una hábil red de clientelismo y sobre la estrecha alianza con Francia dentro de la llamada "Françafrique". El país, con una población pequeña y grandes ingresos petroleros, alcanzó uno de los PIB por habitante más altos del continente, pero esa riqueza se repartió de forma muy desigual y buena parte de la población siguió siendo pobre. Bajo la presión internacional, Bongo aceptó a comienzos de los años noventa un retorno formal al multipartidismo, aunque siguió ganando todas las elecciones hasta el final.
A la muerte de Omar Bongo, en 2009, lo sucedió su hijo Ali Bongo Ondimba, que ganó unas elecciones cuestionadas y prolongó así el poder de la familia. Su reelección en 2016, decidida por un margen mínimo y en medio de denuncias de fraude, provocó disturbios y la quema del Parlamento. Ali Bongo sufrió además un grave accidente cerebrovascular en 2018 que dejó dudas sobre su capacidad para gobernar, y en 2019 hubo incluso una intentona golpista fallida. El descontento con más de medio siglo de dominio de una misma familia crecía.
El desenlace llegó el 30 de agosto de 2023. Pocas horas después de que la autoridad electoral proclamara la enésima victoria de Ali Bongo en unos comicios muy discutidos, un grupo de altos oficiales militares anunció por televisión que tomaba el poder y ponía al presidente bajo arresto domiciliario. Al frente del golpe quedó el general Brice Clotaire Oligui Nguema, jefe de la poderosa Guardia Republicana y, paradójicamente, pariente de los propios Bongo. El golpe puso fin a 56 años de gobierno ininterrumpido de la dinastía Bongo, y fue recibido con celebraciones en las calles de Libreville. Oligui Nguema asumió como presidente de la transición y, en abril de 2025, fue elegido presidente en las urnas.
Más allá de la política, Gabón afronta hoy el desafío de reinventar su economía. El petróleo, que durante décadas fue su gran fuente de riqueza, está en declive, y el país intenta diversificarse hacia la madera procesada, la minería de manganeso —del que es uno de los mayores productores del mundo— y, sobre todo, el ecoturismo. En 2002, el presidente Omar Bongo había sorprendido al mundo creando de golpe trece parques nacionales que protegen cerca del 11% del territorio, una apuesta pionera por conservar una de las selvas mejor preservadas de África, hogar de gorilas, elefantes de bosque, mandriles y una fauna extraordinaria. Con dos sitios inscritos en el Patrimonio de la Humanidad —el Ecosistema y Paisaje Cultural Relíctico de Lopé-Okanda y el Parque Nacional de Ivindo—, Gabón se ofrece hoy al mundo como un santuario verde, un país que busca su futuro tanto bajo tierra como bajo el dosel de su selva.
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El Parque Nacional de la Lopé, en el centro del país, es el más accesible de Gabón —se llega en el tren Transgabonés— y uno de los más fascinantes. Protege un mosaico único donde las últimas sabanas, que sobrevivieron a las glaciaciones, se encuentran con la selva ecuatorial que avanza sobre ellas. Ese paisaje abierto permite ver con relativa facilidad grandes grupos de mandriles —Lopé alberga algunas de las mayores concentraciones de estos primates del mundo—, elefantes de bosque, búfalos y numerosas aves.
Pero el valor de Lopé no es solo natural. En 2007, la UNESCO lo inscribió en la lista del Patrimonio de la Humanidad como "Ecosistema y Paisaje Cultural Relíctico de Lopé-Okanda", reconociendo también su enorme riqueza arqueológica: miles de petroglifos —grabados en piedra— y vestigios que documentan la ocupación humana de la región durante milenios, desde los cazadores de la Edad de Piedra hasta las migraciones bantúes que atravesaron estos corredores de sabana. Lopé es, a la vez, un santuario de fauna y un archivo de la historia humana de África Central.
Si Lopé es el parque más accesible, el Parque Nacional de Ivindo es la Gabón más selvática y espectacular. Inscrito en el Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO en 2021, protege un tramo del río Ivindo jalonado por cataratas majestuosas, como las de Kongou y Mingouli, entre las más impresionantes de África Central, que se precipitan entre la selva más densa e intacta del país.
Su joya escondida son los baï, claros pantanosos en medio del bosque donde la fauna se concentra para alimentarse de minerales y plantas acuáticas. En el más famoso, el claro de Langoué Baï —"descubierto" para la ciencia durante la célebre Megatransect del naturalista Michael Fay en 2000—, los visitantes pueden observar desde una plataforma elefantes de bosque, gorilas de llanura, sitatungas y búfalos que salen a campo abierto. Es una de las experiencias de fauna más extraordinarias y difíciles de igualar de todo el continente.
La región central es también la del gran ferrocarril del país: el Transgabonés, una ambiciosa línea construida entre 1974 y 1986 con la renta del petróleo para unir Libreville, en la costa, con Franceville, en el sureste, atravesando cientos de kilómetros de selva. Su construcción fue una de las grandes obras de la era de Omar Bongo, pensada para explotar la madera y el manganeso del interior y para vertebrar un territorio dominado por el bosque.
Para el viajero, ese tren es hoy la vía más práctica de adentrarse en el corazón de Gabón: la estación de la Lopé permite bajar directamente en las puertas del parque, algo insólito en África Central. El Transgabonés simboliza el intento de un país pequeño y rico en recursos de conectar sus dos mundos —la costa y la selva profunda— y de poner su interior selvático al alcance de quien quiera explorarlo.
El río Ogooué es la columna vertebral de Gabón: nace en el sureste, atraviesa el país de este a oeste a lo largo de cerca de mil doscientos kilómetros y desemboca en el Atlántico formando un amplio delta cerca de Port-Gentil. Durante siglos fue la gran vía de comunicación, comercio y penetración hacia el interior de una tierra cubierta de selva impenetrable. Por sus aguas circularon el marfil, la madera y, también, los esclavos.
Fue remontando el Ogooué como el explorador Pierre Savorgnan de Brazza abrió el interior de Gabón a Francia entre 1875 y 1885. El río sigue siendo hoy un eje de vida: en sus orillas se suceden aldeas de pescadores, y su curso medio, en torno a Lambaréné, se abre en un extraordinario sistema de lagos y canales. Navegarlo en piragua es una de las experiencias más auténticas del país.
A orillas del Ogooué, la tranquila ciudad de Lambaréné es conocida en todo el mundo por un hombre: Albert Schweitzer. Médico, teólogo, filósofo y organista alsaciano, Schweitzer llegó aquí en 1913 y fundó un hospital para atender a la población africana, que sostuvo durante décadas en gran parte con el dinero de sus propios conciertos de órgano y con donaciones. Su filosofía del "respeto por la vida" y su entrega le valieron el Premio Nobel de la Paz en 1952.
El hospital de Schweitzer, ampliado y modernizado, sigue funcionando como centro sanitario y de investigación, y parte del complejo original es hoy un museo que conserva su consultorio, su vivienda y numerosos objetos personales. Aunque su figura ha sido revisada con ojos críticos por su paternalismo, Lambaréné mantiene viva la memoria de uno de los personajes más singulares de la historia del país. Desde la ciudad salen además apacibles paseos en piragua por el río.
Alrededor de Lambaréné, el Ogooué se desborda en un fascinante laberinto de lagos, canales y selva inundada de enorme valor ecológico. Es un mundo de agua y bosque, salpicado de aldeas de pescadores que viven al ritmo del río, donde la vida se mueve en piragua. Estos humedales del bajo Ogooué figuran entre las zonas húmedas más importantes de África Central por su biodiversidad.
Navegar entre sus canales permite observar una rica avifauna, y con suerte, manatíes africanos —esos escurridizos y amenazados mamíferos acuáticos— e hipopótamos. Es un destino para quienes buscan la calma y el contacto directo con la naturaleza y las comunidades ribereñas, en uno de los paisajes fluviales más serenos y auténticos de Gabón.
En el extremo sureste del país, en la región del Haut-Ogooué, se encuentra Franceville, la cuarta ciudad de Gabón y el final de la línea del ferrocarril Transgabonés. Fue fundada en 1880 por el explorador Pierre Savorgnan de Brazza, que la concibió —como Libreville— en parte como asentamiento para esclavos liberados; su nombre original era Masuku. Su localización, en las mesetas del interior profundo, la convirtió en un puesto avanzado de la penetración francesa hacia el Congo.
El Haut-Ogooué tiene además un peso político singular: es la región natal del clan Bongo, que gobernó Gabón durante 56 años. Omar Bongo nació cerca de aquí, y durante su largo mandato la zona recibió especial atención e inversiones. Hoy Franceville es la puerta de entrada a un rincón del país muy distinto del resto: el de las mesetas, las cascadas y las sabanas del sureste.
El Parque Nacional de los Plateaux Batéké ofrece la cara menos esperada de Gabón. En lugar de la densa selva ecuatorial que domina el país, aquí se extienden mesetas herbosas, colinas de sabana y cañones de arenisca esculpidos por los ríos, un paisaje abierto y luminoso que parece de otro continente. Es la prolongación de las grandes mesetas Batéké que continúan en la vecina República del Congo, tierra ancestral del pueblo teke o batéké.
El parque, creado en 2002, es escenario de uno de los proyectos de conservación más ambiciosos del país: la reintroducción del león, extinguido en Gabón, además de la protección de gorilas, elefantes de bosque y una fauna de sabana singular. Su carácter remoto y su paisaje inusual lo convierten en un destino para viajeros aventureros que quieren descubrir un Gabón radicalmente distinto al de la selva cerrada.
Cerca de Franceville, el río Ogooué —aquí todavía joven y bravo— se despeña en las espectaculares cataratas de Poubara, uno de los saltos de agua más impresionantes de la región y también fuente de energía hidroeléctrica para el sureste del país. Pero lo que ha hecho famoso a este lugar no es solo la fuerza del agua, sino una obra de ingeniería tradicional que la cruza.
Sobre el río se tiende uno de los puentes de lianas más antiguos de África: una pasarela colgante tejida enteramente con miles de lianas por el pueblo batéké, que la reteje y renueva de generación en generación desde tiempos ancestrales. Es un testimonio vivo del ingenio de las comunidades locales y un símbolo de la relación entre los pueblos de la región y su entorno selvático. Cruzarlo, suspendido sobre las aguas, es una de las experiencias más memorables del sureste gabonés.
El Parque Nacional de Loango es el gran imperdible natural de Gabón y una de las imágenes que han dado la vuelta al mundo: elefantes de bosque, búfalos e hipopótamos caminando por playas atlánticas desiertas, con la selva a un lado y el océano al otro. Creado en 2002 dentro de la red de parques nacionales, protege un mosaico de bosque, sabana, lagunas, manglares y litoral que sostiene una fauna excepcional, incluidos gorilas de llanura y una gran diversidad de aves.
Frente a sus costas, entre julio y septiembre, pasan las ballenas jorobadas y los delfines, lo que convierte a Loango en uno de los pocos lugares del planeta donde se puede hacer safari de fauna terrestre y avistamiento de cetáceos casi al mismo tiempo. Los recorridos combinan salidas en 4x4, paseos en lancha por las lagunas y caminatas guiadas. Fue esta costa la que llevó al naturalista Michael Fay y a otros a impulsar la creación del sistema de parques que hoy define la imagen ecoturística del país.
Sobre una isla del delta del río Ogooué se levanta Port-Gentil, la segunda ciudad de Gabón y su capital económica. Es el centro de la industria petrolera y maderera del país: aquí se concentran las refinerías, los puertos y las empresas que durante décadas movieron la principal fuente de riqueza nacional. Su carácter industrial y su relativo aislamiento —hasta hace poco no había carretera que la uniera al resto del país, y se llegaba sobre todo en avión o en barco— le dan una personalidad muy propia.
Para el viajero, Port-Gentil es sobre todo una escala estratégica: punto de partida aéreo y marítimo hacia el Parque Nacional de Loango y base para el avistamiento de ballenas jorobadas, que entre julio y septiembre remontan estas aguas del golfo de Guinea. La ciudad resume la doble cara del país: la del Gabón del petróleo y la del Gabón de la naturaleza, separadas apenas por una franja de mar.
En el extremo sur del país, casi en la frontera con la República del Congo, el Parque Nacional de Mayumba protege una estrecha y larguísima franja de playas atlánticas de arena. Es uno de los mayores sitios de anidación de tortugas laúd del planeta: cada temporada, entre noviembre y marzo, miles de estas gigantescas tortugas —las de mayor tamaño que existen— salen del mar para poner sus huevos en la arena, un espectáculo natural que ha convertido a Mayumba en un lugar de referencia mundial para la conservación de la especie.
El parque, en su mayor parte marino, protege también las aguas por las que pasan ballenas jorobadas y delfines. Remoto y poco visitado, Mayumba es una experiencia para quienes buscan la naturaleza más pura y salvaje, lejos de cualquier circuito masivo, en una de las costas mejor conservadas de África.
El estuario del río Komo, la gran bahía sobre la que se asienta Libreville, es el lugar donde empieza la historia moderna de Gabón. Aquí vivían los mpongwe, un pueblo myènè de comerciantes que controlaba el tráfico entre el interior y el mar. Y fue precisamente la silueta de este estuario —ancho, curvo, con forma de capa marinera— la que llevó a los navegantes portugueses del siglo XV a llamarlo "Rio de Gabão", el nombre que acabaría designando a todo el país.
En el siglo XIX, los jefes mpongwe firmaron con Francia los tratados que permitieron instalar los primeros puestos comerciales y militares en la zona. El "rey Denis" (Antchouwé Kowe Rapontchombo) y otros líderes negociaron con los recién llegados, en una relación que mezcló comercio, alianzas y pérdida progresiva de soberanía. El estuario se convirtió así en la puerta de entrada de la colonización francesa de toda la región.
Libreville nació en 1849 con una vocación simbólica: ser un refugio de libertad. Los franceses la fundaron como asentamiento para medio centenar de esclavos liberados del barco negrero brasileño L'Elizia, capturado por la marina francesa. De ahí su nombre, "ciudad libre", inspirado en la Freetown de Sierra Leona. Se sumó al vecino Fort d'Aumale, levantado en 1843, y ese conjunto formó el núcleo de la futura capital.
Con el tiempo, Libreville pasó de pequeño puesto colonial a capital del Gabón independiente en 1960 y a gran ciudad atlántica. Hoy concentra a una parte enorme de la población del país y su vida institucional y económica. El viajero encuentra en ella su malecón junto al mar, el bullicioso mercado de Mont-Bouët —el mayor del país—, la delicada iglesia de madera de Saint-Michel con sus columnas talladas, y el Museo Nacional de Artes y Tradiciones, que conserva las célebres máscaras y relicarios del arte gabonés. Es la base logística desde la que casi todos los viajes al interior comienzan.
Alrededor del estuario, la naturaleza está sorprendentemente cerca de la ciudad. Cruzando en lancha desde Libreville, la península de arena de Pointe-Denis ofrece largas playas atlánticas casi vacías, algunos lodges y esa sensación de fin del mundo a apenas veinte minutos de la capital. Es el escape playero favorito de los habitantes de Libreville.
Muy cerca, dos parques nacionales protegen los ecosistemas costeros del estuario. El Parque Nacional de Pongara, frente a la ciudad, combina densos manglares, bosque y playas donde, entre noviembre y marzo, desovan las tortugas laúd, las mayores del mundo; se organizan salidas nocturnas para verlas subir a poner sus huevos. Al norte, el Parque Nacional de Akanda es un laberinto de manglares, estuarios y bancos de arena que constituye un refugio clave para aves migratorias y tortugas marinas, y que se recorre en lancha entre canales y bosque inundado. Ambos forman parte de la red de trece parques nacionales creada en 2002.
Tierra adentro, al noreste del estuario, se elevan los Montes de Cristal, una cadena de montañas bajas cubiertas por una selva permanentemente envuelta en niebla. Es uno de los mayores focos de biodiversidad botánica de toda África: sus laderas húmedas albergan una asombrosa riqueza de orquídeas, begonias, helechos y plantas endémicas, además de cascadas y una avifauna espléndida.
Protegido como Parque Nacional de los Montes de Cristal desde 2002, es un destino pensado para los amantes de las plantas, las aves y el senderismo en plena selva de montaña. Su cercanía relativa a Libreville lo convierte en una de las formas más accesibles de sumergirse en la exuberancia de la selva gabonesa sin adentrarse en las regiones más remotas del país.