Keren, la segunda ciudad de Eritrea, se extiende en un valle rodeado de montañas al noroeste de Asmara, y ofrece una cara del país muy distinta a la de la capital. Es una ciudad de mayoría musulmana, habitada sobre todo por los pueblos tigre y bilen, con un ambiente relajado, casas bajas y una fuerte impronta de comercio caravanero.
Su emblema es el mercado del lunes, uno de los más pintorescos de África Oriental: desde el amanecer llegan pastores y campesinos de toda la región para vender y comprar camellos, ganado, granos, especias y artesanías, en una explosión de colores, regateos y polvo. También es célebre el mercado de plata de las mujeres bilen, con su orfebrería tradicional. Cerca de la ciudad se encuentra el santuario de Mariam Dearit, una capilla dedicada a la Virgen construida dentro del tronco hueco de un gigantesco baobab centenario, lugar de peregrinación que reúne a cristianos y musulmanes.
Keren también tiene un lugar en la historia militar. En sus montañas se libró, entre febrero y marzo de 1941, la batalla de Keren, uno de los enfrentamientos más duros y decisivos de la campaña británica contra los italianos en África Oriental. Los cementerios de guerra británicos e italianos a las afueras de la ciudad recuerdan aquella carnicería entre riscos casi verticales, que abrió a los aliados las puertas de Asmara.
En las montañas del extremo norte, en un paisaje áspero y remoto, se encuentra Nakfa, un pueblo pequeño con un peso simbólico enorme en la historia de Eritrea. Durante la guerra de independencia, y sobre todo desde finales de los años setenta, Nakfa se convirtió en el reducto y el bastión inexpugnable del Frente Popular de Liberación de Eritrea (FPLE).
Acosados por las ofensivas del ejército etíope y sus bombardeos, los combatientes eritreos organizaron aquí un verdadero Estado subterráneo. En trincheras, cuevas y galerías excavadas en la roca funcionaban hospitales, escuelas, talleres de reparación, farmacias e imprentas, a salvo de la aviación. Pese a años de asedios y ataques masivos, Nakfa nunca fue reconquistada por Etiopía: se transformó en el símbolo viviente de la tenacidad y la autosuficiencia de la resistencia eritrea.
Ese valor simbólico fue tan grande que, cuando Eritrea creó su moneda nacional en 1997, la bautizó nakfa en su honor. Hoy el pueblo, todavía marcado por las cicatrices de la guerra, es casi un lugar de peregrinación patriótica, un monumento vivo a los treinta años de lucha que dieron origen al país.
Entre Asmara y Keren, en un rincón sorprendentemente verde de un país en buena parte árido, se encuentra Elabered, una antigua finca agrícola de origen colonial. Aprovechando manantiales y el agua de las montañas, los italianos crearon aquí una gran explotación modelo con huertas, cítricos, frutales y lecherías, que siguió funcionando después de la independencia como empresa estatal.
Elabered muestra otra cara de Eritrea: la del potencial agrícola de sus valles cuando hay agua. En medio de laderas secas, sus plantaciones de naranjos y sus establos componen un oasis de fertilidad que abastece de frutas, lácteos y hortalizas a la región. Es un ejemplo del esfuerzo, no siempre logrado, por reconstruir y modernizar el campo eritreo tras décadas de guerra y sequías.
Toda esta región del norte —la zona de Anseba y las tierras altas septentrionales— combina la aridez de las montañas con estos valles agrícolas y con una población de gran diversidad étnica y religiosa. Es una Eritrea rural, tradicional y menos conocida que la de Asmara o la costa, pero esencial para entender la variedad humana y natural del país.