Mucho antes de que existiera nada parecido a Eritrea, las tierras altas que hoy comparten Eritrea y el norte de Etiopía fueron cuna de una de las primeras civilizaciones organizadas del Cuerno de África. Alrededor del siglo VIII a.C. y hasta el siglo V a.C. floreció allí el reino de D'mt (o Da'amat), una sociedad agrícola y comerciante que dominó la meseta y mantuvo intensos contactos con el sur de Arabia, al otro lado del mar Rojo.
D'mt desarrolló la irrigación, el arado, el cultivo del mijo y la fundición del hierro. De aquella época quedan templos, altares e inscripciones en escritura sudarábiga y en las primeras formas del ge'ez, la lengua sagrada que después usarían Aksum y la Iglesia ortodoxa. Durante mucho tiempo se pensó que D'mt había sido poco más que una colonia de comerciantes sabeos llegados del actual Yemen; hoy los historiadores lo entienden como un reino autóctono africano que adoptó y transformó influencias arábigas, no como una simple sucursal de ellas.
Tras la decadencia de D'mt, hacia el siglo V a.C., la región quedó fragmentada en pequeños reinos y ciudades-estado durante varios siglos. De esa fragmentación, y del control de las rutas que unían el interior con el mar Rojo, surgiría con el tiempo una potencia que marcaría para siempre la historia de la región: el reino de Aksum.
Entre los siglos I y VII de nuestra era, el reino de Aksum se convirtió en una de las grandes potencias del mundo antiguo, mencionada por autores griegos y romanos a la altura de Roma, Persia y China. Aunque su capital, Aksum, estaba en la actual Tigray etíope, su ventana al mundo era eritrea: el puerto de Adulis, en la bahía de Zula, sobre el mar Rojo, fue durante siglos la gran puerta comercial del Cuerno de África.
Por Adulis salían marfil, oro, incienso, caparazones de tortuga, pieles de rinoceronte y esclavos, y entraban tejidos, vino, aceite, vidrio y metales del Mediterráneo, de Egipto, de Arabia y de la India. Un manual de navegación griego del siglo I, el Periplo del mar Eritreo, describe con detalle este comercio, y siglos más tarde el viajero Cosmas Indicopleustes copió allí el célebre Monumentum Adulitanum. Aksum acuñó su propia moneda en oro, plata y bronce —algo excepcional para un Estado africano de la época— y extendió su influencia hasta el otro lado del mar Rojo, en el Yemen.
El hecho decisivo llegó en el siglo IV. Hacia el año 333, el rey Ezana se convirtió al cristianismo, influido por Frumencio, un joven cristiano de Tiro que llegó a la corte y sería consagrado primer obispo de Aksum. Ezana hizo del cristianismo la religión del reino y fue uno de los primeros gobernantes del mundo en poner la cruz en sus monedas. Aksum se convirtió así en uno de los primeros Estados cristianos de la historia, junto con Armenia y el Imperio romano, y esa fe echó raíces tan hondas que la Iglesia ortodoxa tewahedo sigue siendo, diecisiete siglos después, uno de los pilares de la identidad de Eritrea. La expansión del islam por el mar Rojo, a partir del siglo VII, fue cerrando las rutas comerciales de Aksum, que entró en una lenta decadencia; Adulis quedó en ruinas, tragado por el olvido, hasta que la arqueología moderna volvió a sacarlo a la luz.
Con la decadencia de Aksum, el centro de gravedad de la región se desplazó hacia el interior cristiano, mientras la costa del mar Rojo entraba en la órbita del islam. Desde muy temprano, comerciantes y predicadores musulmanes se asentaron en los puertos y en las islas Dahlak, que a partir del siglo IX fueron sede de un sultanato próspero, célebre por sus pescadores de perlas y por sus estelas funerarias en árabe, hoy testimonio mudo de aquella época.
La costa eritrea se pobló así de una sociedad musulmana, mercantil y cosmopolita, en contraste con las tierras altas cristianas del interior. Los pueblos afar, saho, tigre y rashaida, entre otros, fueron tejiendo en el litoral y en las llanuras un mundo distinto, ligado al comercio marítimo, a la pesca y al pastoreo del camello.
En el siglo XVI, la gran potencia del momento llamó a la puerta. En 1557, el Imperio otomano, en plena expansión, tomó el puerto de Massawa y la vecina Arqiqo bajo el mando de Özdemir Pasha, y organizó la provincia de Habesh, gobernada desde la costa. El control otomano nunca penetró mucho tierra adentro —se estrelló contra la resistencia de los reinos cristianos del altiplano y quedó reducido de hecho a una franja litoral—, pero se prolongó durante siglos. Más tarde, en el siglo XIX, el Egipto del jedive Ismail, formalmente vasallo otomano, tomó el relevo y ocupó Massawa en 1865, extendiendo su dominio por la costa y llegando incluso a chocar con el Imperio etíope. Cuando la revuelta mahdista en Sudán obligó a Egipto a replegarse, dejó la puerta abierta a una nueva potencia recién llegada al reparto de África: Italia.
La aventura colonial italiana en Eritrea empezó casi por casualidad. En 1869, una compañía naviera genovesa, la Rubattino, compró la bahía de Assab a un sultán local; en 1882 el Estado italiano asumió la posesión, y en 1885, con la aquiescencia británica, ocupó Massawa tras la retirada egipcia. Desde esos puertos, Italia fue extendiendo su control por el interior hasta que, el 1 de enero de 1890, proclamó oficialmente la Colonia Eritrea, cuyo nombre —del griego Erythra Thalassa, "mar Rojo"— reunía por primera vez bajo una sola frontera a pueblos y territorios que nunca habían formado una unidad política. Es el acta de nacimiento de la Eritrea moderna, paradójicamente trazada por una potencia extranjera.
El expansionismo italiano chocó pronto con el Imperio etíope. En 1896, el ejército de Menelik II aplastó a los invasores en la batalla de Adua, una de las mayores derrotas coloniales europeas en África, que frenó las ambiciones italianas hacia el sur pero consolidó su dominio sobre Eritrea. En 1897, la capital se trasladó de la calurosa Massawa a Asmara, en la meseta a más de 2.300 metros, de clima templado. Para unir ambas ciudades, los italianos tendieron una proeza de ingeniería: el ferrocarril Massawa-Asmara, que baja más de dos kilómetros de desnivel entre puentes, túneles y curvas imposibles.
La gran transformación llegó con el fascismo. A partir de 1935, con Eritrea convertida en base y trampolín para la invasión de Etiopía, Mussolini volcó enormes recursos en Asmara. Arquitectos italianos la convirtieron en un laboratorio de la modernidad: racionalismo, art déco, futurismo y monumentalismo se plasmaron en más de cuatro mil edificios, entre ellos la estación de servicio Fiat Tagliero de 1938, con sus alas de hormigón de treinta metros como un avión a punto de despegar, el Cinema Impero de 1937 o el mercado, los cafés de mármol y las villas. Por eso se la llamó la "piccola Roma", la pequeña Roma de África. En 2017, la UNESCO inscribió Asmara en la lista de Patrimonio de la Humanidad como "ciudad modernista de África", el primer sitio moderno de este tipo reconocido en el continente. Pero detrás del esplendor arquitectónico había un régimen colonial rígidamente racista, con barrios segregados y leyes que reservaban lo mejor a los italianos y relegaban a los eritreos a una ciudadanía de segunda.
La Segunda Guerra Mundial puso fin al dominio italiano. En la primavera de 1941, tras la durísima batalla de Keren —una de las más sangrientas de la campaña de África Oriental, librada entre febrero y marzo entre montañas casi verticales—, las tropas británicas y de la Commonwealth derrotaron al ejército italiano y ocuparon Eritrea. Comenzó así la Administración Militar Británica, que gobernaría el territorio durante más de una década, desmantelando parte de su industria pero abriendo, por primera vez, cierto espacio a la vida política y a la prensa eritreas.
Al terminar la guerra, el destino de Eritrea quedó en manos de las grandes potencias y de las recién nacidas Naciones Unidas. El país estaba dividido: unos querían la independencia, otros la unión con Etiopía —impulsada sobre todo entre sectores cristianos del altiplano y por la Iglesia—, y otros la partición. Incapaces de acordar la independencia, y presionados por los intereses estratégicos de Estados Unidos y del emperador Haile Selassie, en 1950 la ONU adoptó una solución de compromiso: en 1952, Eritrea quedó federada con Etiopía como una unidad autónoma, con su propio parlamento, bandera e idiomas oficiales, pero bajo la corona etíope.
La federación duró poco y mal. Desde el principio, Haile Selassie fue vaciándola de contenido: prohibió los partidos, censuró la prensa, impuso el amárico en las escuelas en lugar del tigriña y el árabe, y desmontó una a una las instituciones autónomas. El desenlace llegó en 1962, cuando el parlamento eritreo —bajo fuerte presión y, según muchos, de forma fraudulenta— votó su propia disolución y Eritrea fue anexada como la decimocuarta provincia de Etiopía. Para buena parte de los eritreos, aquello no fue una unión sino una anexión forzada, la traición de una promesa. La vía política se había cerrado; se abría la de las armas.
El 1 de septiembre de 1961, un antiguo bandolero convertido en símbolo nacional, Hamid Idris Awate, disparó los primeros tiros contra la policía etíope en las llanuras del oeste. Es la fecha que Eritrea celebra como el inicio de su lucha armada. Al frente estaba el Frente de Liberación de Eritrea (FLE), de base sobre todo musulmana y de las tierras bajas, que llevó la guerra de guerrillas a todo el territorio.
Con los años, tensiones internas, religiosas y regionales dividieron el movimiento. De esas escisiones surgió, a comienzos de los años setenta, el Frente Popular de Liberación de Eritrea (FPLE), de orientación marxista y nacionalista, que reunía a cristianos y musulmanes bajo la consigna de la unidad y en el que despuntó un joven combatiente llamado Isaias Afwerki. Tras una cruenta guerra civil entre ambos frentes, el FPLE se impuso como fuerza hegemónica de la resistencia. La caída del emperador y la llegada al poder en Etiopía del Derg, la junta militar marxista de Mengistu Haile Mariam, endureció aún más el conflicto: con armamento soviético, Etiopía lanzó ofensivas masivas y bombardeos que estuvieron a punto de aniquilar a los rebeldes a fines de los setenta.
El FPLE se replegó entonces a las montañas del norte, en torno a Nakfa, y organizó allí una de las resistencias más asombrosas del siglo XX: durante una década sostuvo un Estado clandestino en trincheras y cuevas, con hospitales, escuelas, talleres y hasta imprentas bajo tierra, con una notable participación de mujeres combatientes. Nakfa, jamás reconquistada, se volvió el símbolo de la tenacidad eritrea; su nombre bautizaría luego la moneda nacional. En los años ochenta el viento cambió. Debilitado el Derg y aliado el FPLE con las guerrillas etíopes que combatían a Mengistu, la ofensiva final fue arrolladora: en mayo de 1991, los combatientes eritreos entraron en Asmara y expulsaron al último soldado etíope. Treinta años de guerra, con decenas de miles de muertos y cientos de miles de exiliados, terminaban en victoria.
Tras la victoria militar de 1991, el FPLE instaló un gobierno provisional y esperó dos años para formalizar la independencia. En abril de 1993, bajo supervisión de la ONU, los eritreos votaron en un referéndum: un 99,8 % se pronunció por la independencia. El 24 de mayo de 1993, Eritrea proclamó su soberanía y fue admitida en las Naciones Unidas. Isaias Afwerki, líder del FPLE —refundado como partido único, el Frente Popular por la Democracia y la Justicia—, asumió la presidencia. Los primeros años trajeron esperanza, reconstrucción y una relativa cordialidad con la nueva Etiopía de Meles Zenawi.
Esa esperanza se rompió en 1998. Una disputa por la localidad fronteriza de Badme desató una guerra brutal entre Eritrea y Etiopía que, entre 1998 y 2000, causó decenas de miles de muertos —algunas estimaciones hablan de más de setenta mil— en combates de trincheras que recordaron a la Primera Guerra Mundial. El Acuerdo de Argel, firmado el 12 de diciembre de 2000, puso fin a los combates y creó una comisión de fronteras que en 2002 falló a favor de Eritrea en Badme; Etiopía se negó a acatarlo, y la frontera quedó militarizada y cerrada durante casi dos décadas, en un estado de "ni guerra ni paz".
Ese conflicto sirvió de coartada para clausurar el país por dentro. La Constitución aprobada en 1997 nunca se implementó; no ha habido elecciones nacionales; la prensa independiente fue clausurada en 2001 y numerosos disidentes, entre ellos el grupo de altos dirigentes conocido como el "G-15", fueron detenidos sin juicio. El servicio nacional, previsto en principio por dieciocho meses, se transformó de hecho en un servicio de duración indefinida —el programa Warsai-Yikealo, desde 2002—, que obliga a hombres y mujeres a años de trabajo militar y civil mal remunerado. Estos son datos ampliamente documentados por Naciones Unidas y por organizaciones de derechos humanos, y explican en buena parte el enorme éxodo de jóvenes eritreos que emprenden rutas migratorias peligrosísimas. Conviene consignarlos con la misma sobriedad factual con que se cita cualquier otro tramo de esta historia, sin épica ni caricatura.
Eritrea entra en su cuarta década de vida independiente como uno de los países más reservados y menos visitados del mundo, a veces llamado —con exageración periodística, pero no sin motivo— la "Corea del Norte de África". Su economía se apoya en la minería (sobre todo el oro y los minerales de la mina de Bisha), en la agricultura de subsistencia y en las remesas de una enorme diáspora repartida por Europa, Norteamérica, Israel y el golfo Pérsico. La moneda nacional, el nakfa, introducida en 1997, lleva el nombre del pueblo-símbolo de la resistencia.
En 2018 pareció abrirse una rendija de esperanza: el nuevo primer ministro etíope, Abiy Ahmed, aceptó el fallo fronterizo de 2002, y ambos países firmaron una declaración de paz que le valió a Abiy el Premio Nobel. La frontera se reabrió brevemente, familias separadas por veinte años volvieron a abrazarse y vuelos y llamadas se restablecieron. Sin embargo, la apertura fue efímera: la frontera volvió a cerrarse, y entre 2020 y 2022 el ejército eritreo intervino de forma sangrienta en la guerra de Tigray, en el norte de Etiopía, lo que devolvió al país al aislamiento y a las acusaciones internacionales.
Y sin embargo, más allá de la política, Eritrea conserva tesoros que muy pocos ven. La Asmara modernista, intacta y silenciosa, con sus cafés donde todavía se sirve macchiato al estilo italiano; el ferrocarril de vapor que baja al mar Rojo; las islas Dahlak casi vírgenes; las ruinas milenarias de Adulis, Qohaito y Metera; el mercado de camellos de Keren. Es un país de gente hospitalaria y orgullosa, con una de las tasas de criminalidad más bajas del continente, que arrastra el peso de su historia reciente pero que se sabe heredero de tres mil años de civilización a orillas del mar Rojo. Su gran asignatura pendiente sigue siendo la misma por la que luchó tres décadas: una libertad plena que todavía no llega del todo.
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Asmara es una de las ciudades más sorprendentes del planeta: una cápsula del tiempo art déco a 2.300 metros de altura, en pleno Cuerno de África. Su nombre viene del tigriña Arbate Asmara, "las cuatro (aldeas) están unidas", en recuerdo de los cuatro caseríos que se fusionaron en su origen. Pero la ciudad que hoy conocemos es obra del período italiano: en 1897 reemplazó a Massawa como capital de la colonia, y a partir de 1935, con el fascismo, se convirtió en un colosal laboratorio de arquitectura moderna.
En poco más de un lustro se levantaron más de cuatro mil edificios en estilos racionalista, futurista, art déco y monumental. La joya más célebre es la estación de servicio Fiat Tagliero, de 1938, con sus dos alas de hormigón de treinta metros extendidas como las de un avión sin apoyo aparente. A su alrededor florecieron cines como el Impero, cafés de mármol y latón, hoteles, iglesias, una mezquita, una sinagoga y una catedral, todo en una trama urbana ordenada y arbolada. Por eso los italianos la llamaron la "piccola Roma".
Lo extraordinario es que todo ese conjunto sobrevivió casi intacto, congelado por décadas de aislamiento y guerra. En 2017, la UNESCO declaró a Asmara Patrimonio de la Humanidad como "ciudad modernista de África", el primer sitio de arquitectura moderna reconocido en el continente. Pasear por sus avenidas, tomar un macchiato en un café de los años treinta y ver pasar bicicletas es una experiencia única, aunque conviene recordar que aquella modernidad se construyó sobre un régimen colonial profundamente segregado.
Una de las mayores proezas de la ingeniería colonial en África fue el ferrocarril que une Asmara con el puerto de Massawa. Construido por los italianos entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, de vía estrecha, salva más de dos mil metros de desnivel entre la meseta y el mar Rojo a lo largo de un trazado imposible de puentes, viaductos y treinta y nueve túneles excavados en la roca.
El tren fue durante décadas la columna vertebral de la colonia, transportando mercancías, tropas y viajeros. Quedó gravemente dañado durante la guerra de independencia, cuando muchos de sus rieles y traviesas fueron desmontados y reutilizados para fortificaciones. Tras la independencia, veteranos eritreos que habían aprendido el oficio en tiempos italianos lo reconstruyeron pieza por pieza, casi de memoria, en una hazaña de tenacidad y de amor por la máquina.
Hoy funciona sobre todo como atracción turística e histórica: en ocasiones especiales, viejas locomotoras de vapor italianas vuelven a resoplar montaña abajo, entre nubes y precipicios, en uno de los viajes en tren más espectaculares de África. Es, además, un símbolo perfecto de la relación de Eritrea con su pasado: una herencia colonial que el país supo hacer suya y preservar.
La meseta central no es solo Asmara. En su borde oriental, donde el altiplano se despeña hacia el mar Rojo, se abren paisajes de vértigo y rincones de honda espiritualidad. Cerca del pueblo de Nefasit, encaramado en la montaña, se alza el monasterio ortodoxo de Debre Bizen, fundado a fines del siglo XIV por el monje Abuna Filipos. Es uno de los grandes centros religiosos del país, guardián de manuscritos antiguos y de una biblioteca monástica, y por tradición solo pueden acceder a él los varones, tras una empinada caminata de un par de horas premiada con vistas inmensas.
En esa misma escarpa ocurre un pequeño milagro ecológico. Mientras la meseta es seca y la costa es un desierto ardiente, en la franja intermedia —donde chocan la humedad del mar Rojo y la altura de la montaña— sobrevive un bosque tropical de niebla: es la zona de Filfil y el llamado Cinturón Verde, el paisaje más húmedo y frondoso de Eritrea, refugio de aves, monos y de una vegetación que recuerda que estas tierras estuvieron mucho más arboladas antes de siglos de tala y pastoreo.
Este borde de la meseta ilustra la asombrosa variedad de un país pequeño: en pocas decenas de kilómetros se pasa de los cafés art déco de Asmara a monasterios medievales y de allí a la selva de niebla y, más abajo, al desierto costero. Todo un mundo comprimido en la caída de la montaña hacia el mar.
Al sureste de Asmara, la pequeña ciudad de Dekemhare guarda otra faceta del legado italiano: la del proyecto agroindustrial. Durante la colonia, y sobre todo en los años treinta, fue concebida como un centro modelo de producción, con notable arquitectura racionalista, bodegas y fábricas. La zona se volvió famosa por sus viñedos y por la producción de vino, un cultivo que los italianos introdujeron aprovechando el clima templado de la meseta.
Dekemhare llegó a ser uno de los polos industriales de la colonia, con destilerías, curtiembres y talleres. Como buena parte de la infraestructura eritrea, sufrió los estragos de la guerra de independencia, que la dejó semidesierta y dañada, pero conserva un conjunto de edificios de época que la convierten en una visita interesante para quien quiera entender el ambicioso y a la vez opresivo proyecto colonial italiano fuera de la capital.
Toda esta región de la meseta central es, además, el corazón demográfico y cultural del pueblo tigriña, cristiano ortodoxo, que constituye alrededor de la mitad de la población eritrea. Sus aldeas de casas de piedra, sus iglesias circulares y sus campos de cereales en terrazas componen el paisaje humano más característico del altiplano.
Massawa, construida sobre islas de coral unidas por diques a la costa, fue durante siglos el gran puerto del norte del Cuerno de África y la puerta de entrada a la meseta eritrea. Su arquitectura cuenta su historia como un libro de piedra: casas de coral con celosías de madera, arcos y patios de estilo otomano y árabe, palacios egipcios del siglo XIX y edificios italianos del XX se superponen en su casco antiguo.
Desde que los otomanos la tomaron en 1557, Massawa pasó por muchas manos: fue base otomana, luego posesión egipcia a partir de 1865 y finalmente pieza clave de la colonia italiana desde 1885, que la modernizó y la conectó por ferrocarril con Asmara. Su población, mayoritariamente musulmana, y su cultura costera la hacen muy distinta del altiplano cristiano: aquí el mundo es el del mar Rojo, el de los dhows, las especias y el comercio con Arabia.
Massawa lleva también las cicatrices de la guerra. Durante la lucha de independencia fue escenario de combates feroces y de bombardeos etíopes en 1990 que arrasaron parte de su patrimonio; muchos de sus edificios de coral siguen en ruinas, con las fachadas acribilladas. Esa mezcla de belleza histórica y heridas de guerra le da a la ciudad una atmósfera melancólica e inolvidable, la de un puerto milenario que sobrevivió a imperios y a bombas.
Frente a Massawa se extiende el archipiélago de Dahlak, más de doscientas islas de arena y coral —solo unas pocas habitadas— dispersas por las aguas cálidas del mar Rojo. Es uno de los rincones marinos menos masificados del planeta: arrecifes intactos, tortugas, dugongos, manglares y una vida submarina exuberante hacen de sus aguas un paraíso casi secreto del buceo y el snorkel.
Pero Dahlak no es solo naturaleza: tiene una historia profunda. En la Edad Media fue sede de un próspero sultanato musulmán, uno de los centros del comercio del mar Rojo, famoso sobre todo por la pesca de perlas, que se prolongó durante siglos. En la isla principal, Dahlak Kebir, se conservan grandes cisternas antiguas excavadas para recoger el agua de lluvia y un notable cementerio con centenares de estelas funerarias en árabe, algunas de más de mil años, testimonio de aquella civilización insular.
En tiempos más recientes, el archipiélago tuvo un papel estratégico: durante la guerra fría, la isla de Nokra albergó una base naval —usada por soviéticos y por el régimen etíope— y una tristemente célebre prisión. Hoy, superadas aquellas sombras, Dahlak vive de la pesca y de un turismo mínimo, y representa la cara más luminosa y virgen de la Eritrea del mar Rojo.
En la bahía de Zula, al sur de Massawa, yacen las ruinas de Adulis, uno de los sitios arqueológicos más importantes de todo el Cuerno de África. Durante siglos, entre la Antigüedad y la Alta Edad Media, Adulis fue el gran puerto del reino de Aksum, la ventana por la que aquel imperio cristiano comerciaba con el Mediterráneo, Egipto, Arabia, la India y más allá.
Adulis aparece en fuentes clásicas: el Periplo del mar Eritreo, un manual de navegación griego del siglo I, la describe como un mercado bullente de marfil, caparazones de tortuga y esclavos; y el viajero bizantino Cosmas Indicopleustes, en el siglo VI, copió allí las célebres inscripciones griegas conocidas como el Monumentum Adulitanum. Las excavaciones han sacado a la luz templos, iglesias paleocristianas, viviendas y objetos importados de todo el mundo antiguo, que confirman su papel de gran encrucijada comercial.
Hoy Adulis es un yacimiento en estudio, castigado por el tiempo y por su ubicación en una zona árida y de acceso difícil, pero cargado de un valor histórico enorme: es la prueba tangible de que estas costas eritreas estuvieron, hace casi dos mil años, conectadas con Roma y con la India, en el centro de las rutas que unían África, Asia y Europa. Adulis es, en cierto modo, el origen remoto de la vocación marítima y cosmopolita de Eritrea.
Keren, la segunda ciudad de Eritrea, se extiende en un valle rodeado de montañas al noroeste de Asmara, y ofrece una cara del país muy distinta a la de la capital. Es una ciudad de mayoría musulmana, habitada sobre todo por los pueblos tigre y bilen, con un ambiente relajado, casas bajas y una fuerte impronta de comercio caravanero.
Su emblema es el mercado del lunes, uno de los más pintorescos de África Oriental: desde el amanecer llegan pastores y campesinos de toda la región para vender y comprar camellos, ganado, granos, especias y artesanías, en una explosión de colores, regateos y polvo. También es célebre el mercado de plata de las mujeres bilen, con su orfebrería tradicional. Cerca de la ciudad se encuentra el santuario de Mariam Dearit, una capilla dedicada a la Virgen construida dentro del tronco hueco de un gigantesco baobab centenario, lugar de peregrinación que reúne a cristianos y musulmanes.
Keren también tiene un lugar en la historia militar. En sus montañas se libró, entre febrero y marzo de 1941, la batalla de Keren, uno de los enfrentamientos más duros y decisivos de la campaña británica contra los italianos en África Oriental. Los cementerios de guerra británicos e italianos a las afueras de la ciudad recuerdan aquella carnicería entre riscos casi verticales, que abrió a los aliados las puertas de Asmara.
En las montañas del extremo norte, en un paisaje áspero y remoto, se encuentra Nakfa, un pueblo pequeño con un peso simbólico enorme en la historia de Eritrea. Durante la guerra de independencia, y sobre todo desde finales de los años setenta, Nakfa se convirtió en el reducto y el bastión inexpugnable del Frente Popular de Liberación de Eritrea (FPLE).
Acosados por las ofensivas del ejército etíope y sus bombardeos, los combatientes eritreos organizaron aquí un verdadero Estado subterráneo. En trincheras, cuevas y galerías excavadas en la roca funcionaban hospitales, escuelas, talleres de reparación, farmacias e imprentas, a salvo de la aviación. Pese a años de asedios y ataques masivos, Nakfa nunca fue reconquistada por Etiopía: se transformó en el símbolo viviente de la tenacidad y la autosuficiencia de la resistencia eritrea.
Ese valor simbólico fue tan grande que, cuando Eritrea creó su moneda nacional en 1997, la bautizó nakfa en su honor. Hoy el pueblo, todavía marcado por las cicatrices de la guerra, es casi un lugar de peregrinación patriótica, un monumento vivo a los treinta años de lucha que dieron origen al país.
Entre Asmara y Keren, en un rincón sorprendentemente verde de un país en buena parte árido, se encuentra Elabered, una antigua finca agrícola de origen colonial. Aprovechando manantiales y el agua de las montañas, los italianos crearon aquí una gran explotación modelo con huertas, cítricos, frutales y lecherías, que siguió funcionando después de la independencia como empresa estatal.
Elabered muestra otra cara de Eritrea: la del potencial agrícola de sus valles cuando hay agua. En medio de laderas secas, sus plantaciones de naranjos y sus establos componen un oasis de fertilidad que abastece de frutas, lácteos y hortalizas a la región. Es un ejemplo del esfuerzo, no siempre logrado, por reconstruir y modernizar el campo eritreo tras décadas de guerra y sequías.
Toda esta región del norte —la zona de Anseba y las tierras altas septentrionales— combina la aridez de las montañas con estos valles agrícolas y con una población de gran diversidad étnica y religiosa. Es una Eritrea rural, tradicional y menos conocida que la de Asmara o la costa, pero esencial para entender la variedad humana y natural del país.
En una espectacular meseta a unos 2.700 metros de altura, al sur de Asmara, se extienden las ruinas de Qohaito, uno de los yacimientos arqueológicos más importantes y enigmáticos de Eritrea. Se cree que corresponde a una antigua ciudad preaksumita y aksumita, posiblemente la Koloe que mencionan las fuentes clásicas como estación en la ruta comercial que unía el puerto de Adulis con la capital, Aksum.
Qohaito conserva vestigios impresionantes: los restos de una antigua presa de piedra —la llamada presa de Safira—, columnas y muros de templos, tumbas y estructuras que hablan de una comunidad próspera que supo gestionar el agua en un entorno de altura. En los acantilados cercanos se han hallado además pinturas rupestres de épocas mucho más antiguas, con figuras de ganado, que revelan una ocupación humana milenaria de estas tierras.
El sitio, todavía poco excavado y de acceso difícil, se recorre entre paisajes de una belleza austera, con baobabs aferrados a la roca y vistas que se pierden en el horizonte del altiplano. Qohaito es un testimonio de que el interior eritreo, y no solo la costa, fue parte activa de las grandes redes comerciales y culturales de la Antigüedad del mar Rojo.
Cerca de la ciudad de Senafe, en el sur profundo, se levantan las ruinas de Metera (también llamada Belew Kelew o Matara), una importante ciudad aksumita y preaksumita que floreció como centro urbano y comercial en las tierras altas. Las excavaciones han sacado a la luz los cimientos de villas, altares, tumbas y objetos que confirman su relevancia en la órbita del reino de Aksum.
Su símbolo más famoso es una alta estela de piedra grabada con un disco y una media luna —emblemas religiosos preaksumitas— y con una inscripción en ge'ez, una de las más antiguas conocidas. Este tipo de estelas, como las mucho mayores de la vecina Aksum etíope, marcaba tumbas o conmemoraba a los poderosos, y son una de las señas de identidad de aquella civilización. La de Metera es un tesoro arqueológico de primer orden.
Toda la zona de Senafe y Adi Keih forma el corazón histórico del sur eritreo. Junto a Qohaito y Metera, estas tierras altas fueron escenario de la vida aksumita durante siglos y, mucho más tarde, de duros combates durante la guerra con Etiopía de 1998-2000, ya que Senafe fue ocupada temporalmente por el ejército etíope. Historia antigua y conflicto moderno se dan la mano en este rincón del país.
El sur de Eritrea, que administrativamente forma la región de Debub, es una tierra de mesetas templadas, aldeas de piedra e iglesias antiguas, habitada mayoritariamente por campesinos tigriña de fe ortodoxa. Ciudades como Adi Keih sirven de base y de puerta de entrada para explorar el patrimonio arqueológico de la zona, en especial las cercanas ruinas de Qohaito.
Más al norte, hacia Asmara, la localidad de Segeneiti se distingue por su entorno rural salpicado de imponentes baobabs, esos árboles ancestrales de tronco descomunal que salpican el paisaje del sur. Sus aldeas tradicionales, sus iglesias y su ritmo pausado ofrecen una ventana a la vida campesina del altiplano eritreo, poco cambiada en lo esencial a lo largo de los siglos.
Debub es también una región de fuerte identidad histórica y política: de estas tierras altas cristianas salió buena parte del debate sobre el destino de Eritrea a mediados del siglo XX —entre quienes querían la unión con Etiopía y quienes soñaban la independencia—, y por aquí pasaron los frentes de la guerra de liberación y de la guerra fronteriza de 1998-2000. Recorrer el sur es, así, recorrer a la vez el pasado más remoto de Aksum y las heridas más recientes de la nación.